jueves, 19 de octubre de 2017

Yo escapé del Estado Islámico

CRÓNICA

ISIS

Yo escapé del Estado Islámico

Los agujeros de bala dentro de una escuela revelan la pesadilla padecida por esta ciudad al norte de Siria. ZOHRA BENSEMRA
"Esta gente nos devolverá a la edad de las tinieblas", dijo un vecino al ver llegar al Daesh a Raqqa. Y así fue. Un veinteañero cuenta en un diario la terrible vida cotidiana en el califato. Los barbudos le robaron hasta a su novia. No fue lo peor que vivió.
Nunca olvidaré el momento en el que Daesh hizo acto de presencia por primera vez en las calles de nuestra ciudad... Aprovecharon nuestra confusión e ignorancia y empezaron a convencer a la gente para que se uniese a sus filas. Al principio se ganaban a las personas con palabras amables, prometiéndoles todo lo habido y por haber. Pero yo no me tragué nada de aquello. Los miembros de Daesh son de dos tipos, básicamente. Están los que de verdad creen que han venido a salvarnos y que fueron los primeros en entrar en la ciudad; los del otro tipo son mucho más violentos.
La primera vez que vi patrullando las calles a la Hisba, la policía religiosa de Daesh, varios de sus miembros estaban increpando a una mujer que tiraba de su hija para subirla a la acera después de que la pequeña hubiese salido corriendo a la carretera. El aspecto de la madre era de lo más decente, al menos según los parámetros locales. Iba ataviada con abaya [túnica larga y de hechura amplia] e hijab [velo tradicional que cubre el cabello y el cuello], pero ellos no dejaban de proferirle gravísimos insultos y de cuestionar su honor por no llevar un velo que le cubriese la cara totalmente. Estaban empleando palabras que a la mayoría de nosotros nos hubiese avergonzado pronunciar...
«¿A qué han venido?», oí que preguntaba alguien. Todos estuvimos de acuerdo en que no los queríamos entre nosotros. Un hombre que tenía delante de mí pidió a la muchedumbre que dejara de decir cosas así. Nos advirtió de que ahora Daesh tenía un espía en cada rincón. «¿Es que no os habéis enterado de lo que pasó anoche? -dijo-. Decapitaron a un tipo en la plaza Naim porque estaba hablando mal de ellos». Ignorando la advertencia, una voz conmovedora gritó a mi espalda: «Esa gente nos devolverá a la edad de las tinieblas»...
No puedo creer lo que está pasando. Cada día la arrogancia de Daesh va a más y se estrecha el malvado dominio que ejerce sobre la ciudad. Ahora mismo no hay forma de desafiar a su control. Ha confiscado muchas armas de los soldados derrotados de Ásad, algunos de los cuales son exhibidos y ajusticiados en público. Daesh los arresta y a continuación los reúne en gran número. Sus hombres los disponen en fila y los ejecutan. El objetivo es infundir tanto miedo en los corazones de quienes son testigos como para que nadie se atreva a desafiar su reinado de terror.
Las cosas van de mal en peor, de oscuro a tenebroso. Es el peor período del que haya sido testigo nadie en Raqqa. El optimismo ha muerto. Escucho anunciar por los altavoces que varias personas están a punto de ser ejecutadas. Un grupo de hombres maniatados y con los ojos vendados aguarda de pie. Ante ellos un hombre enmascarado procede a leer las sentencias. Hassan ha estado luchando con las fuerzas del régimen. Su castigo es la decapitación.
A Eisa, activista en medios, se le acusa de hablar con medios de comunicación extranjeros. Su castigo: muerte por decapitación. Un hombre armado con una espada lleva a cabo las ejecuciones. No hay nada que podamos hacer para evitar lo que está sucediendo delante de nuestros ojos. Es muy peligroso permitir que afloren tus verdaderos sentimientos porque Daesh vigila a la muchedumbre; nos tienen completamente atrapados... Mientras sigo absorto en mis pensamientos, algunas personas detrás de mí empiezan a apartarse; están ansiosas por abandonar el atroz espectáculo sin que nadie se dé cuenta. Pero esto es algo muy arriesgado. Daesh quiere asegurarse por todos los medios de que todos contemplamos los asesinatos que se ejecutan delante de nosotros.
Escuché pronunciar el nombre de uno de mis vecinos a través de los altavoces. De algún modo no pude contenerme y me acerqué a ver. Su cabeza decapitada estaba en el suelo. No podía tenerme en pie; mis piernas sencillamente no me sostenían. No puedo sacarme esa imagen de la cabeza. Mientras regresaba por la calle lanzando imprecaciones en voz alta, un grupo de agentes de la policía religiosa del EI se acercó corriendo y me arrestó. Me llevaron a su comisaría. Yo intenté razonar con ellos, pero no sirvió de nada. «Estabas maldiciendo en voz alta. El castigo son cuarenta latigazos».
Sin el menor rastro de compasión o humanidad, un hombre me azotó. Pude ver en sus ojos que le enorgullecía hacerlo. Al llegar a la puerta de casa me desplomé. Cuando se enteró de lo que me había ocurrido, mi hermana embarazada sufrió un ataque y empezó a sangrar profusamente. Sabíamos que teníamos que llevarla a un ginecólogo cuanto antes, pero cuando llegamos a la clínica nos la encontramos cerrada. En la calle un hombre me dijo que el médico, vecino suyo desde hacía años, había sido arrestado por el EI y que estos le habían cerrado la clínica. Parece ser que los médicos varones tienen ahora prohibido tratar a mujeres.
Mientras algunos miembros de Daesh se afanan en ejecutar a la gente sin razón aparente, otros se dedican al hostigamiento. Provocan a la gente para obtener de ella una reacción. Luego castigan a todo aquel que se encare con ellos o los critique. Cada vez que abre un nuevo capítulo de su libro de los horrores, Daesh cambia a los cabecillas encargados de infligir la brutal opresión que en ese momento tenga en mente.

Chantaje del amor

En primero de carrera me enamoré por primera vez. Empezó como un mero contacto visual, pero pronto pasó a mayores. La experiencia desató muchas emociones en mi interior. Aquella muchacha y yo lo pasábamos maravillosamente bien juntos. Compartíamos nuestros pensamientos, nuestros sueños y nuestras ambiciones. Planeamos un futuro juntos como marido y mujer. Nuestra relación se prolongó durante un tiempo considerable. Para mí fue como una fuente de inspiración que me motivaba y que renovó mi esperanza en la vida.
Yo siempre le hablaba de lo mucho que quería viajar al extranjero para ampliar mis estudios. Pero ella siempre me reprendía e insistía en que lo que debía hacer era quedarme en mi país. Intenté convencerla de que se viniera conmigo diciéndole que deberíamos viajar juntos y huir de la fea realidad en la que vivíamos. Otro sueño más que nunca llegó a hacerse realidad, al igual que mi sueño de estudiar arquitectura.
Me acuerdo tan bien de la primera vez que nos vimos. Fue en una sala de conferencias. Sería una de las pocas veces en las que ambos coincidimos en el mismo aula. Yo solía saltarme las clases y, en su lugar, asistía a las de ella solo para verla. Y además trataba de serle útil. Cogía apuntes en su clase por si acaso ella los necesitaba después para estudiar. Y qué decir de todos aquellos inolvidables cafés de media mañana que compartíamos en la cafetería de la universidad codo con codo. Yo la adoraba. Todavía me embarga la felicidad cada vez que recreo en mi mente la imagen de su rostro sonriendo. Los recuerdos de su sonrisa lo son todo para mí. A veces, cuando pienso en ella, aun estando en la calle, se dibuja en mi cara una radiante sonrisa. La gente debe de pensar que estoy loco. Pero todo se debe a los dulces recuerdos que tengo de ella.
Decidimos comprometernos, pero por aquel entonces no teníamos ni idea de lo que se nos venía encima. Su hermano fue arrestado por Daesh. Le acusaron de colaborar con el Ejército Libre Sirio y amenazaron con ejecutarle. Pero entonces enviaron a uno de sus hombres a «negociar» con la familia de ella. Daesh les hizo una oferta. Liberarían a su hermano con una condición. Ella debía casarse con uno de sus combatientes.
Ella me telefoneó para darme la noticia. El tono de su voz lo decía todo. Supe que estaba a punto de escuchar algo terrible. Sus palabras se clavaron en mi corazón como la metralla que mató a mi padre y destruyó nuestra casa. Estaba destrozado. Pero sabía que la vida de su hermano era más importante que nuestros sentimientos y que los sueños que ambos compartíamos. Una vida vale mucho más que esas cosas, o al menos eso me decía a mí mismo una y otra vez. De hecho, sigo tratando de convencerme de ello.
Intento no analizar la multitud de cosas terribles que me han sucedido ni pensar demasiado en ellas. Me fijo en los otros que me rodean. Algunos han sido menos afortunados y su situación es mucho peor que la mía.
Si quiero seguir adelante y conservar la vida sé que no debo revolcarme en la tristeza que inunda mi corazón. Tengo que apartarme de todo eso. Tengo que mantenerme ocupado. Así que eso hago. Me ocupo de cosas que me dan problemas, pero que me mantienen atareado tanto física como mentalmente. No parece que mi viaje haya acabado, ni por asomo.
Cuánto echo de menos a mi amor. La mujer con la que compartía todos mis problemas. Ahora debo lidiar con todo yo solo.

Por fortuna

Un amigo entra hoy en la tienda. No le veíamos desde que el EI lo arrestó por cuarta vez hace cosa de un mes.
-¡Estás vivo! -exclamo-. Creíamos que estaba muerto.
Él se ríe con una extraña sonrisa en la cara. Me cuenta que la última vez lo arrestaron por llevar los bajos de los pantalones demasiado largos. EI insiste en que deben ir siempre por encima del tobillo. Cualquiera que sea sorprendido rompiendo esta norma debe seguir un curso de sharia de una semana. Por si estas ridículas acusaciones no fueran suficientes, se inventan acusaciones deliberadamente a sabiendas de que son falsas...
Amanece y mi madre entra como una exhalación en mi cuarto y me advierte que no debo llegar tarde a la oración del viernes. Me levanto de un salto y tomo algo para desayunar, pero dejo las cosas sin fregar. No puedo arriesgarme a saltarme una oración y que el EI me pegue una paliza solo porque estaba lavando los platos. De camino a la tienda antes de la oración veo a un conocido. Camina hasta mí y me cuenta en voz baja que Daesh acaba de matar a dos adolescentes arrojándolos desde lo alto de un edificio.
Me cuenta que los habían acusado de cometer un acto homosexual. Y eso que ayer mismo dos combatientes de Daesh acusados del mismo delito solo recibieron una tanda de latigazos. ¿Cómo pueden decir que están haciendo cumplir la palabra de Alá y su justicia cuando castigan de manera tan diferente a la gente por un mismo delito?
Mis pensamientos se ven interrumpidos de repente cuando uno de nuestros vecinos me recuerda que es hora de rezar. Al igual que los demás comerciantes tenemos que cerrar la tienda temporalmente y acudir a la mezquita. Pero al ponernos en camino vemos una orden de Daesh en la que se dice que también tenemos que asistir a un curso de sharia de una semana de duración. Esto quiere decir que tendremos que cerrar la tienda por completo durante todo ese tiempo. Como si no fuera ya lo bastante complicado ganarse la vida sin órdenes como esta.
Cerramos con llave la puerta de la tienda y nos dirigimos a la mezquita. Al llegar nos van separando en grupos atendiendo al lugar en el que vivimos. Todos debemos aguardar a que llegue nuestro turno. Esperamos y esperamos, y para cuando nos toca ya ha empezado a oscurecer. Nos indican que nos sentemos delante de un hombretón peludo que nos dice que somos todos unos herejes y que necesitamos ser reintroducidos al islam. Entonces coge mi identificación y me tiende un recibo con mi nombre. Junto a mi nombre se puede leer: «Esta persona se ha arrepentido».
Ahora entiendo mejor lo que intentan hacer. Quieren convencernos de que nos equivocamos. De que ellos son musulmanes auténticos y nosotros no. No confían en nadie hasta que esa persona no haya acudido a varios cursos de sharia y se haya declarado arrepentida.
Abu Mohamed y yo pensábamos que ya habíamos cumplido con nuestro curso obligatorio de sharia. Pero entonces nos enteramos de que todavía teníamos queasistir además a clases nocturnas en la mezquita. Lo mismo que muchos otros propietarios de comercios.
Esta es la razón de que haya tantas tiendas cerradas en Raqqa. Un viejo amigo mío al que también habían ordenado asistir no se presentó a las clases. Cuando un tipo del EI nos preguntó dónde estaba, le dijimos que se encontraba enfermo. Más tarde nos enteramos de que habían registrado su casa. Pero él no estaba allí.
Ahora que hemos terminado el curso de una semana de duración hemos vuelto a reincorporarnos oficialmente al islam como musulmanes renacidos. Al día siguiente me dirigí con paso firme al trabajo. Un hombre de Daesh me dio el alto y me preguntó si había cumplido con la oración del alba.
-Sí, por supuesto -contesté.
Pero él estaba completamente convencido de que le mentía.
-¿Qué parte del Corán has leído?
Me salvé de que prosiguiera con su interrogatorio cuando pasó de largo una mujer que no llevaba los ojos cubiertos como es debido. El hombre se alejó apresuradamente para abordarla. Yo emprendí el paso y me alejé lo más rápido que pude. Pero las cosas no hicieron sino empeorar cuando crucé el umbral de la tienda. Me dijeron que dos hombres se habían pasado por allí preguntando por mí. Me entró el pánico y noté que empezaban a temblarme las manos. Pregunté quiénes eran.
-No sé, pero uno llevaba pistola -contestó mi jefe.
¿Irían a flagelarme? ¿O acaso pensaban enviarme al frente a luchar en las filas de Daesh? Lo primero que se me pasó por la cabeza fue huir, pero sabía que no tardarían en darme alcance. Me pasé el día entero pensando en esos dos hombres y en lo que iba a pasar. Pero nadie vino a buscarme y tan pronto como cerró la tienda me fui directo a casa.
-¿Qué te pasa? -preguntó mi madre-. ¿Por qué estás tan pálido?
Las madres detectan estas cosas.
No tenía ganas de cenar. No dejaba de pensar en cómo reaccionaría mi madre si Daesh se presentaba en casa para llevarme consigo. Ella no cesaba de preguntarme qué era lo que me tenía tan alterado, pero yo me negué a decirle nada. No quería preocuparla.
No dormí en toda la noche. Tampoco creo que lo hiciera mi madre. Por la mañana salí temprano y me dirigí a la tienda para abrir. Prefería que me arrestasen allíantes que delante de mi madre.
Qué miedo he pasado hoy. A mi amigo lo han sentenciado a muerte por no asistir al curso de sharia. Por fortuna, alguien consiguió prevenirle a tiempo, y él pudo huir antes de que Daesh fuera a por él.

Mujeres con metralletas

Algo más tarde, ese mismo día, fui a ver a una pariente que vivía a un breve trayecto en coche al otro lado de la ciudad. Había intentado llamarla primero para anunciarle nuestra visita, pero su teléfono no funcionaba.
-Me han cortado la línea porque no podía pagar la factura-me dijo cuando llegué. De un tiempo a esta parte, Daesh ha aplicado nuevos recargos sobre las líneas telefónicas, la electricidad y el agua.
Mi pariente dijo que estaba harta y que iba a intentar abandonar la ciudad. Tenía pensado marcharse a Turquía para reunirse con un tío suyo y ver si allí podía encontrar trabajo. Yo le desee buen viaje y rogué a Dios que lo consiguiese.
Al salir de su casa reparé en varias mujeres que iban por la calle con metralletas al hombro. Le pregunté a un vendedor ambulante quiénes eran.
-Son de la brigada Jansa -contestó.
Me contó que la brigada estaba compuesta en su mayor parte por esposas de miembros de Daesh, muchas de las cuales no sabían hablar árabe. La mayoría de las lugareñas las odiaban. Iban por ahí haciendo cumplir las normas de vestimenta impuestas por la sharia.
Mientras observaba, abordaron a una joven que se encontraba delante de un restaurante. Querían saber por qué no llevaba las manos tapadas. La mujer las miró con pánico y se excusó rápidamente diciendo que no sabía que debía llevarlas tapadas.
-¡Ve a comprarte el vestido islámico completo al instante! -gritó una de las mujeres de la brigada-. ¡Si no serás arrestada y multada!
La joven asintió cabizbaja y se marchó. Mientras terminaba mi sándwich, el café en el que estaba empezó a llenarse de combatientes de Daesh. Me dio la sensación de que podían pedir lo que les viniese en gana. Eso me asqueó.
A aquellos hombres les pagaban cientos de dólares al mes además de proporcionarles coches y alojamiento, mientras que la mayoría de los civiles del lugar eran cada vez más pobres y tenían verdaderos problemas para dar de comer a sus familias.

El destino de Anas

El sol vuelve a lucir por primera vez en días. Este tiempo luminoso hace que me sienta optimista. Consigo desechar los lúgubres pensamientos que me han acosado durante semanas. Pero los artículos para el hogar de nuestra tienda de ultramarinos empiezan a cubrirse de polvo. Sencillamente no se venden. El coste de traerlos hasta aquí a través de los innumerables controles del régimen y de Daesh los han tornado carísimos. Vendemos menos en dos meses bajo Daesh de lo que lo hacíamos antes en una sola semana. Y no se debe únicamente a lo mucho que han subido los precios; lo que pasa es que hay mucha gente que ya ni sale a la calle. Por si fuera poco, Daesh ha ordenado en los últimos tiempos a todos los comerciantes que limiten su margen de beneficio al veinticinco por ciento. Y nos cobran unos impuestos que sobrepasan ese porcentaje. A eso hay que sumarle los costes de limpieza y electricidad, cuando podemos disponer de ellas. En definitiva, estamos en pérdidas. Los comerciantes están tirando la toalla.
La madre de un amigo entra en la tienda y me cuenta que han arrestado a su hijo después de registrar su casa. Anas era uno de los nuestros desde el principio de la revolución en 2011, pero se retiró del activismo cuando Daesh tomó el control y, desde entonces, se había casado y formado una familia.
Pobre tipo. No se dio cuenta de que no por eso iban a dejar de ir a por él. Daesh estaba al tanto de su involucramiento con la revolución en el pasado y ya lo habían arrestado en varias ocasiones.
Intento tranquilizar a su madre diciéndole que lo más probable es que solo lo estén interrogando, tal y como han hecho un montón de veces antes. Pero esto no la reconforta y me pide que abandone la ciudad antes de que vengan también a por mí. Sus palabras me han llegado al corazón. Camino por la ciudad con el alma partida mientras miro a todas las otras almas partidas que pasan a mi lado. Cada par de ojos con los que me cruzo me habla de su propia historia, de su propia lucha.
Es mediodía y estoy ordenando los anaqueles cuando un viejo amigo me hace una visita. Parece turbado y me advierte de que no regrese a casa por el camino de costumbre. Dice que hay algo que no quiere que yo vea, pero no me explica el qué. Al final me puede la curiosidad.
Delante de la casa de mi amigo veo el cuerpo de un hombre decapitado. También lo han crucificado. En lo alto hay un cartel que reza así: «Un espía, un colaboracionista que trabajó contra el Estado Islámico». Se trata de Anas. No me lo puedo creer. Estoy tan afectado que no puedo regresar a casa. No quiero que mi madre me vea así. ¿Cómo han podido hacer algo así? ¿Cómo han podido dejar su cuerpo masacrado delante de la casa de su madre? ¿Delante de su familia? La situación empeora día a día. Han empezado a hacer redadas en las casas de todos aquellos que algún día tuvieron algo que ver con la revolución. No importa si fue hace meses o incluso años. Yo fui una de esas personas. Me distancio de la gente con la que solía acudir a las manifestaciones. No quiero que Daesh sospeche de mí ni de ellos.
Alaa pasó hoy por delante de la tienda y no entró. Parecía preocupado. Lo conozco desde hace mucho tiempo, aunque no intimamos hasta que Daesh entró en nuestra ciudad. Pero en Raqqa no queda demasiada gente de nuestra edad y, aunque rara vez nos dejamos ver juntos en público por miedo a llamar la atención, nos hemos hecho amigos. Salí de la tienda corriendo para preguntarle qué pasaba. Alaa me dijo que su madre se había desmayado y que el personal del hospital se había negado a admitirla alegando que no disponían de camas para civiles. Los combatientes de Daesh tienen prioridad.
El hospital está a rebosar de ellos. Muchoshan resultado heridos en bombardeos aéreos o en el campo de batalla. Le dije que la esposa del dueño de la tienda vecina a la nuestra es enfermera y que podíamos pedirle que la llamase. Para cuando llegamos a casa de mi amigo, la enfermera ya estaba allí. El desmayo de la madre de Alaa solo se había debido a un shock, dijo, y se repondría una vez hubiese descansado.
Entonces Alaa me contó toda la historia. Su madre y su vecina Um Walid solían quedar por las mañanas para tomar una taza de café antes de que Um Walid se marchase a trabajar. El hijo de Um Walid, Walid, es un tipo retorcido con problemas mentales. Lo conozco.
Es uno de esos muchachos solitarios que se desvivía por hacer amigos y al que la mayoría de nosotros intentaba evitar a toda costa. Walid se unió a Daesh y se entregó en cuerpo y alma a vengarse de todo el mundo. Le contó a Daesh que su madre les tenía rencor y él mismo se comprometió a castigarla en persona. Había ejecutado en público a su propia madre.
No puedo decir que me sorprendan algunas de las cosas que hace Daesh. Pero muchas otras han resultado ser mucho peores de lo que jamás habría podido imaginar.