2014: ninguna guerra a gran escala, pero sí interminables conflictos
Hoy no hay conflictos armados
a escala internacional, pero la paz se ve amenazada por decenas de contiendas
El
conflictivo panorama planetario da la razón a Sigmund Freud cuando aseguraba que
“la violencia, individual o colectiva, que acompaña a la condición humana desde
el origen de los tiempos, puede ser limitada, relativamente controlada,
legalmente regulada e incluso castigada, pero nunca exterminada”. Hoy no hay
grandes conflictos armados internacionales pero, por el contrario, la paz brilla
por su ausencia en muchos lugares sumidos en interminables conflictos
intraestatales. Y esto define tanto a los desarrollados en los Estados frágiles
como a los que afectan a sociedades donde formalmente no existe una guerra, pero
donde la violencia anónima y diaria es ya un rasgo genético.
Entre
otras cosas la historia enseña que la violencia es el principio central de la
organización social. También muestra que solo es considerada negativa si deviene
en derrota, pero que si le acompaña la victoria termina por ser mayoritariamente
percibida como virtuosa. Sobre estos presupuestos, y a base de guerras, se han
conformado buena parte de los actuales Estados nacionales y se ha dirimido el
liderazgo global, regional o local a lo largo del tiempo.
Una
panorámica actual del mundo globalizado nos muestra que, para quienes habitamos
en democracias consolidadas, la violencia organizada ya ha dejado de ser un
instrumento útil para solucionar problemas. Dicho sin frivolidad alguna, hasta
podríamos pensar que la guerra ha pasado de moda entre nosotros —cuando
disponemos de otros mecanismos más insidiosos, pero no menos letales, para
defender nuestros privilegios e intereses—, reservándola únicamente como
instrumento de último recurso cuando está en peligro un statu quo que
lleva décadas favoreciéndonos. Esto no quiere decir, por supuesto, que nuestra
estabilidad estructural sea irreversible; por eso debemos ocuparnos diariamente
de perfeccionar un sistema que permita resolver pacíficamente los conflictos que
nos afecten. Pero sabemos igualmente que quienes disfrutamos de esa situación
somos minoría en un mundo en el que las brechas de desigualdad no hacen más que
aumentar y, además, somos corresponsables del malestar e inseguridad de muchos
de nuestros semejantes.
Por
eso son muchos (mayoría) quienes rechazan esa visión típica de las democracias
occidentales, empezando por los que nada tienen que perder y nada esperan de un
orden internacional que consideran injusto, ni de unas autoridades locales que,
frecuentemente, son los principales violadores de sus derechos. No puede
extrañar, en consecuencia, que sean también muchos aún los que entienden la
violencia como el único instrumento a mano para subvertir su desfavorable
situación o, cuando el conflicto se prolonga sine die, en la mejor
opción vital. Tomar las armas se convierte, así, en la menos mala de todas las
alternativas existentes para quienes, individual o colectivamente, pretenden
satisfacer sus necesidades diarias, garantizar su propia seguridad y tratar de
imponer su dictado. Para muchos de ellos la violencia ha dejado de ser un
instrumento al servicio de un objetivo político, para convertirse en un fin en
sí misma.
Hoy,
en una apresurada ojeada, podemos afortunadamente confirmar que, muy al
contrario de lo ocurrido durante el pasado siglo, la guerra en Europa brilla
por su ausencia. Sin que se haya digerido totalmente la implosión de la URSS
y de Yugoslavia, y aunque se registren puntuales brotes de violencia callejera,
el continente es una isla de estabilidad en la que no se vislumbra a medio plazo
ningún proceso que no se pueda gestionar sin recurrir a las armas. A pesar de
sus notables errores y carencias —como se acaba de constatar en el Consejo
Europeo de diciembre, saldado sin avances apreciables en la operatividad de la
Política Común de Seguridad y Defensa—, la Unión Europea sigue siendo el más
exitoso experimento histórico de prevención de conflictos violentos.
Además
de lograr que la guerra haya quedado eliminada de la agenda de los Veintiocho,
su poderoso influjo —junto con el de la OSCE— ha coadyuvado para que ninguno de
los problemas europeos haya derivado en violencia abierta, encarrilando a los
países balcánicos hacia Bruselas y aliviando las tensiones internas de minorías
históricamente maltratadas. Hoy el mayor foco de tensión se vive en torno a
Ucrania, disputada
abiertamente por Moscú y Bruselas, pero no debemos suponer que ese forcejeo
vaya más allá de la mesa de negociaciones. Lo mismo cabe decir de la tensión
báltica, con Rusia procurando restablecer su influencia en su vecindad, y de los
crecientes problemas internos de Turquía, aunque la pacificación del conflicto
kurdo aún esté lejos.
Por
su parte, en América la imagen es engañosa si solo se piensa en Colombia como el
único conflicto abierto. Precisamente la resolución de ese dilatado episodio de
violencia puede ser una de las mejores noticias de 2014, tras haber cimentado un
proceso de negociación que asume que con las armas no hay futuro para nadie. El
visible rearme en el que están metidos varios gobiernos, traspasando los límites
de la mera defensa nacional, es un factor belígeno nada desdeñable. Así, cabe
identificar a Brasil, en su intento por consolidar un liderazgo regional que
busca, potenciando su músculo militar, un hueco entre unos Estados Unidos
hegemónicos y unos vecinos (con Venezuela como punta de lanza) que ensayan
improbables vías alternativas.
No
existe ninguna guerra continental, pero son varias las ciudades centroamericanas
y sudamericanas que encabezan la clasificación de los lugares más violentos del
planeta. Esta violencia anónima es el resultado, en primer lugar, de la brutal
desigualdad reinante- a pesar de los indudables datos de crecimiento económico-,
que excluye a una gran parte de la población de los beneficios de unos sistemas
que solo aprovechan a unos pocos. A eso se suman unas fuerzas de seguridad
incapaces de garantizar la seguridad ciudadana (Argentina ha sido el más
reciente apunte mediático con motivo de huelgas policiales inusitadas). No es
menor tampoco el efecto multiplicador de unos grupos privados (mafias, maras,
cárteles, bandas…) que cuestionan frontalmente el monopolio del Estado en el uso
de la fuerza y que disponen de medios sobrados para comprar voluntades en todos
los niveles del Estado. Pero también, en un proceso que se retroalimenta
constantemente, es el reflejo de una privatización de la seguridad que deja en
situación de extrema vulnerabilidad a quien no pueda costearse directamente la
suya.
Más
oscura es la situación en África Subsahariana, donde ni siquiera Suráfrica está
a salvo de una oleada de inestabilidad que puede arruinar el modélico esfuerzo
de un Nelson Mandela encumbrado, con razón, a los altares de la construcción de
la paz. Desgraciadamente tanto el conflicto de Malí, como los RCA y RDC o los
que asolan a Sudán (Darfur) y Sudán del Sur (ahora sumido en un choque
fratricida) son cualquier cosa menos novedades. En estos y en tantos otros casos
(Chad, Nigeria, Níger…), al margen de su escaso reflejo mediático, se
multiplican causas estructurales tan conocidas como desatendidas durante
décadas- fracasos de convivencia entre distintos, insatisfacción de necesidades
elementales, corrupción generalizada, inquietante debilidad del Estado, ominosa
discriminación étnica y/o religiosa, represión y permanente violación de
derechos…-, a las que solo queda por añadir la gota que colme el vaso de la
paciencia de unas poblaciones que nada bueno esperan de sus gobernantes.
Ninguno
de estos problemas tiene solución militar, dado que sus raíces corresponden a la
esfera social, política y económica. Eso supone que están condenados al fracaso
todos los (limitados y selectivos) esfuerzos militares sobrevenidos- lo que
supone de partida asumir la inoperancia de los sistemas de alerta y acción
tempranas-, si no existe la necesaria voluntad política para activar
preventivamente respuestas multilaterales y multidimensionales que entiendan que
la promoción del desarrollo es la vía más directa para lograr mayores niveles de
seguridad. Ningún contingente militar puede más que paliar, en el mejor de los
casos, los efectos más llamativos del problema; pero nunca podrá por sí solo
enderezar el rumbo de unos procesos que, a falta de soluciones omnicomprensivas,
corren el riesgo de reabrirse de inmediato (baste recordar que más del 40% de
las guerras actuales son mera repetición de conflictos mal cerrados).
El
escaso interés de la comunidad internacional en el futuro de la región- vista
solo bajo la óptica de un foco de amenaza terrorista, comercios ilícitos y
emisión de emigrantes, y la del depredador de sus inmensas riquezas-, la
debilidad de las organizaciones regionales (comenzando por la Unión Africana) y
la interesada fragilidad de muchos de estos Estados lleva a prever una
continuación de la inestabilidad y de los conflictos violentos que hoy la
caracterizan.
Cuando
se cumplen tres años desde el arranque de la mal llamada primavera
árabe, solo ha habido cuatro países en los que el dictador ha caído; pero
en ninguno de los veintidós se ha producido un verdadero cambio de régimen. Con
el macabro protagonismo de Siria —sin esperanza de que Ginebra 2 aporte solución
alguna—, nada ha cambiado para mejor en Yemen, mientras se cruzan apuestas sobre
si Túnez puede evitar el retroceso violento que viven Libia y Egipto. Aunque con
distinto grado de intensidad, las movilizaciones que experimenta el mundo árabe
muestra claramente el agotamiento de unos regímenes políticos fracasados. Su
suicida resistencia pronostica que la región seguirá sometida a convulsiones
recurrentes, de las que ningún país está a salvo, en la medida en que todos
ellos comparten un diagnóstico altamente negativo tanto desde la perspectiva del
desarrollo (incluso en las petromonarquías del Golfo) como de la seguridad (con
la renovada fuerza de la amenaza yihadista por doquier).
Si
a eso se añade que ni Afganistán ni Irak, ni mucho menos el que enfrenta a
Israel con sus vecinos, son ejemplos exitosos de resolución de conflictos,
podemos concluir que en la órbita árabo-musulmana se multiplican los focos de
violencia que seguirán ocupando la atención durante 2014. Por el contrario, uno
de los soplos de esperanza más significativos de la agenda internacional es la
posibilidad de que termine por cuajar el proceso de acercamiento entre
Washington y Teherán, por muchas que sean las asignaturas pendientes y los
previsibles esfuerzos de Israel y Arabia Saudí por abortarlo.
Asia-Pacífico
es, por último, el escenario que con cierto toque sensacionalista parece llamado
a privar del sueño a los amantes de la paz. Aunque es innegable que los dos
gigantes mundiales —EE UU y China— están inmersos en una dinámica de tanteo en
el área, no cabe dar por sentado que sus diferencias vayan a traducirse
necesariamente en violencia. Aunque ninguno de los dos tiene interés en provocar
un estallido que difícilmente serviría a sus intereses, eso no quita para que
ambos realicen calculados movimientos ajedrecísticos para ir ocupando posiciones
de ventaja, tratando atraer a los vecinos a su respectiva órbita. Pero si esto
decepciona a los aficionados a las novedades y las emociones fuertes, ya se
perfilan a la vuelta de la esquina tres nuevos escenarios conflictivos: el
Ártico, el ciberespacio y el espacio exterior. En suma, la voluntad de poder de
la que hablaba Nietzsche nos asegura que las guerras seguirán formando parte de
nuestro futuro.
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Jesús
A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre
Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)
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