sábado, 21 de marzo de 2015

La geopolítica del Estado Islámico

La geopolítica del Estado Islámico

Escrito por  Agencia ReformaPublicado en InternacionalSábado, 21 Marzo 2015 09:39
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Combatientes iraquíes participan en una operación militar para hacerse con el control de la ciudad de Tikrit, controlada por el Estado Islámico.Combatientes iraquíes participan en una operación militar para hacerse con el control de la ciudad de Tikrit, controlada por el Estado Islámico.
El autollamado Estado Islámico (EI), que como bien dijo el Presidente Obama "no es estado ni es islámico", es una organización terrorista atroz que representa una amenaza global.

Como fenómeno político, aprovechó vacíos de poder y legitimidad que dejó tras de sí la primavera árabe. Se arraigó en la oposición Siria, y creció militarmente gracias al apoyo de países como Estados Unidos (EEUU) o Arabia Saudita. Ha tenido un amplio poder de atracción entre jóvenes de Occidente, y ha logrado posicionar su mensaje de miedo y violencia con gran eficacia.

Actualmente se asienta de forma estratégica en la frontera entre Siria, Turquía e Irak -ha llegado a estar a 200 kilómetros de Bagdad-; tiene alta movilidad y su estandarte vuela también en Libia.

En el espectro religioso, se adhieren a una minoría conservadora y extremista conocida como Wahabismo, que ha florecido en Arabia Saudí desde el siglo 18 y que se distingue por su rechazo a lo diferente, incluyendo a musulmanes de otras estirpes, moderados y occidentales.

A nivel geopolítico, EI ha generado algo no visto en décadas: un interés nacional común entre Washington y Teherán, que han sido los más activos en contenerlo y buscar acabar con él, sin que hasta ahora lo hayan logrado.

Las divisiones, fracturas y arenas del Medio Oriente impiden una respuesta coherente y fortalecen a EI.

Entonces, ¿cuáles son las piezas del rompecabezas del Medio Oriente que hay que entender? ¿Quiénes participan en este laberinto geopolítico y qué divisiones impiden un frente común contra EI?

Paradójicamente, el primer gran obstáculo tiene que ver con un actor diferente a EI: el Gobierno de Bashar al-Assad en Siria, aliado histórico de Irán.

Estados Unidos, Turquía y Arabia Saudita (tres de los jugadores más poderosos) consideran que el régimen de Assad es ilegítimo -o contrario a sus intereses -y buscan su destitución, sin importar que EI haya crecido gracias a su debilitamiento.

Por el contrario, Irán considera que no se puede luchar contra EI y contra Assad al mismo tiempo. Sostiene que la comunidad internacional no puede vetarlo de antemano, o excluirlo de una posible elección "democrática" por parte del "pueblo" sirio.

En la práctica, este desacuerdo limita el apoyo a las fuerzas militares sirias, que por su proximidad serían los combatientes naturales para enfrentar a EI.

Turquía es un jugador al que también debe prestarse prestar especial atención. Hasta la Primera Guerra Mundial fue el Imperio Turco Otomano, y llegó a gobernar desde la frontera con Irán en Asia, hasta Hungría en Europa y Yemen en Arabia. Esa experiencia le brinda una fina comprensión histórica del conflicto y le otorga un papel destacado en su administración y posible resolución.

Muestra de su capacidad de diálogo, incluso con EI, es que a diferencia de Estados Unidos, Jordania, Japón y Egipto, los turcos sí lograron obtener la liberación con vida de 49 rehenes secuestrados el año pasado.

Turquía ha sido ambivalente en su acción militar (se opone tanto a EI como a Assad), y se ha destacado más bien por el apoyo humanitario que brinda a los 1.5 millones de refugiados sirios en su frontera.

Sin embargo, en una muestra de pragmatismo político, ha permitido que grupos armados kurdos - enemigos públicos de Ankara - se desplieguen desde la frontera turca para luchar contra EI.

Líbano e Israel son dos jugadores geográficamente pequeños pero importantes, y ambos tratan de mantener la crisis fuera de sus fronteras. El primero cuenta con Hezbollah y ha brindado un apoyo decidido a favor de Assad y en contra de EI.

Israel ha sumado fuerzas con EEUU y la alianza occidental que combate a EI por medios esencialmente militares.

Jordania, por su parte, también ha sido víctima directa de EI, y dispone su espacio aéreo y sus capacidades bélicas para combatirlo.

Líbano, Israel y Jordania tienen interés en cooperar contra el Estado Islámico, aunque ninguno reúne las condiciones para liderar el esfuerzo.

Arabia Saudí (suní), otro gran poder territorial y militar del Medio Oriente, seguramente ha observado con entusiasmo cómo la acción de EI debilita la influencia (chií) de Irán en la región, particularmente en Irak y Siria.

De hecho, la prensa internacional coincide en que el reino Saudí ha sido uno de los principales patrocinadores de la oposición siria que hoy, después de tres años de guerra civil, se ha transformado en el autollamado Estado Islámico. Se presume que sigue brindándole apoyando.

Irak, como quedó demostrado con la pérdida de control territorial a manos de EI, no cuenta con las capacidades militares para hacer frente a esta amenaza por sí solo.

La invasión de Bush en 2004 dejó tras de sí un ejército desmembrado y desmoralizado, y el gobierno iraquí cometió el error de segregar a grupos que más tarde se integraron a las filas del grupo terrorista. Aquí se juega gran parte de una disputa por el espacio geográfico, cuya resolución exige fórmulas de coexistencia.

Finalmente, volvemos a los dos actores principales y con mayor capacidad de acción: EU e Irán.

Entre ellos, los desacuerdos giran en torno a los medios para enfrentar a EI; a la interpretación de sus causas, y a las limitaciones de política interna de cada uno.

Irán en gran medida culpa a Estados Unidos por EI y apoya el desarrollo de capacidades locales por parte de Irak y Siria como solución, en particular a través del fortalecimiento de las facciones chiíes.

El Presidente Obama está confinado al uso de bombardeos como herramienta principal, puesto que la política interna ha convertido el despliegue de tropas en un tema tabú.

Sin embargo, ambos comparten un mismo interés nacional por primera vez en mucho tiempo: erradicar a esta organización terrorista.

Y ambos consideran que no puede haber una solución únicamente militar, sino que también tiene que ser política y debe leerse en clave de inclusión.

Esta circunstancia inédita en la historia contemporánea representa una oportunidad para la cooperación. Pero va a requerir la combinación correcta de poder aéreo y terrestre, de poder militar y capacidad diplomática.

Esperemos que ambos países sepan aprovecharla.
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