jueves, 27 de agosto de 2026

Palestina. Cuando un pueblo irrumpe en el curso de la historia

 

Palestina. Cuando un pueblo irrumpe en el curso de la historia

Por Jaldía Abubakra. Resumen Medio Oriente, 26 de agosto de 2026.

El Diluvio de Al-Aqsa no inició la lucha del pueblo palestino ni constituye su final. El 7 de octubre de 2023 fue un acontecimiento histórico que abrió una ruptura en una trayectoria mucho más larga, desafió un orden que parecía inamovible y alteró las condiciones palestinas, árabes, regionales e internacionales en las que esa lucha continúa.

Hay acontecimientos cuya importancia no puede medirse únicamente por lo que sucede el día en que ocurren. Su verdadera dimensión aparece después, cuando descubrimos que han alterado certezas que parecían inamovibles, han obligado a modificar estrategias y han abierto procesos cuyo desenlace todavía desconocemos.

El 7 de octubre de 2023 fue un acontecimiento histórico que abrió una ruptura en una trayectoria mucho más larga. El Diluvio de Al-Aqsa no inició la lucha del pueblo palestino ni constituye su culminación. Palestina llevaba generaciones resistiendo al colonialismo, la expulsión y la ocupación. Pero reconocer esa continuidad no debería impedirnos comprender la magnitud de la ruptura producida aquel día.

Casi tres años después, el mundo no ha regresado al lugar en el que estaba.

El Diluvio desafió un orden establecido en el que Israel podía continuar la colonización mientras profundizaba su integración regional; los gobiernos árabes podían avanzar hacia la normalización; Estados Unidos podía diseñar una nueva arquitectura para Asia Occidental con Israel ocupando una posición cada vez más central; y Palestina podía permanecer fragmentada, sometida y progresivamente relegada de la agenda internacional.

No era la resolución de la cuestión palestina. Era la pretensión de construir un orden capaz de funcionar sin resolverla.

El Diluvio demostró que ese orden podía ser desafiado. No lo destruyó ni construyó automáticamente otro en su lugar, pero volvió a demostrar la capacidad del pueblo palestino —de su voluntad, su resistencia y su acción organizada— para intervenir en el curso de la historia y alterar correlaciones de fuerzas que parecían inamovibles.

Porque las correlaciones de fuerzas no se expresan únicamente en el número de soldados, aviones, misiles o aliados. Israel continúa disponiendo de una enorme superioridad militar y del respaldo de las principales potencias occidentales. Pero la superioridad material no equivale a poseer una capacidad absoluta para determinar el curso de los acontecimientos.

El 7 de octubre mostró que un pueblo sometido a una correlación de fuerzas enormemente desigual todavía podía recuperar la iniciativa.

Palestina regresó al centro de la política mundial como no ocurría desde hacía décadas. Pero el cambio más profundo no consistió simplemente en que volviera a ocupar titulares. Millones de personas comenzaron a hacerse una pregunta elemental: ¿qué ocurrió antes del 7 de octubre?

Responder obligaba a hablar del bloqueo de Gaza y después a mirar más atrás: Oslo, la ocupación de 1967, la Nakba de 1948, los refugiados, el Mandato británico, la Declaración Balfour y el desarrollo del proyecto colonial sionista.

Para buena parte de una nueva generación, la historia dejó de comenzar en el momento en que el palestino respondía.

También cambió el lenguaje. Nakba, apartheid, colonialismo, derecho al retorno, sionismo y resistencia —conceptos durante mucho tiempo ausentes o marginales en buena parte del debate público occidental— entraron en universidades, medios, sindicatos, movimientos sociales y espacios culturales.

Durante décadas, el sionismo había conseguido imponer en buena parte de Occidente no solamente una determinada correlación política, sino también buena parte del vocabulario con el que debía interpretarse Palestina. Israel era «la única democracia de Oriente Medio»; Palestina era un «conflicto»; la colonización se convertía en una «disputa territorial»; la resistencia era reducida a un problema de «terrorismo».

«El 7 de octubre fue un acontecimiento histórico que abrió una ruptura en una trayectoria mucho más larga.»

El Diluvio, y sobre todo el genocidio desarrollado después en Gaza, quebraron la comodidad de ese relato. La pregunta dejó de ser solamente qué había ocurrido el 7 de octubre y pasó a ser también cómo se había construido el orden contra el que los palestinos se rebelaban.

Porque la dominación colonial no se ejerce únicamente sobre la tierra. También busca imponer una determinada interpretación del pasado y delimitar aquello que el colonizado puede imaginar como futuro.

Oslo representó también esa reducción del horizonte: una cuestión de liberación nacional fue progresivamente encerrada en la administración de fragmentos territoriales bajo ocupación, mientras millones de refugiados, los palestinos de 1948 y el derecho al retorno quedaban desplazados del centro del proyecto político.

El Diluvio no vino a devolvernos al proyecto nacional anterior a Oslo. Abrió la posibilidad de pensar más allá tanto de Oslo como de los límites que condujeron hasta él: recuperar Palestina como una cuestión de liberación nacional de un pueblo entero frente a un proyecto colonial, y superar la ilusión de que ese colonialismo puede resolverse mediante un Estado palestino fragmentado en las fronteras de 1967 mientras permanece intacto el sistema que produjo el despojo.

Las organizaciones, las estrategias y las etapas históricas nacen, cambian y desaparecen. El sujeto histórico permanece: el pueblo palestino y su lucha frente a un proyecto colonial.

La ruptura tampoco quedó confinada a Palestina.

Antes de octubre de 2023 avanzaba un proyecto de reorganización regional basado en la posibilidad de integrar plenamente a Israel sin resolver la cuestión palestina. Los acuerdos de normalización y las negociaciones para extenderlos parecían demostrar que Palestina podía convertirse definitivamente en una cuestión secundaria. El Diluvio interrumpió esa trayectoria.

Desde entonces, Gaza dejó de ser un escenario aislado. Líbano, Yemen, Irak, Irán y el mar Rojo quedaron involucrados, de formas y con intereses diferentes, en una confrontación de dimensiones regionales. Israel e Irán pasaron del enfrentamiento indirecto al choque militar abierto y Estados Unidos intervino directamente para defender sus intereses y los de su aliado.

El mapa estratégico de Asia Occidental ya no es el que existía antes del 7 de octubre.

El viejo orden regional no desapareció y los procesos de normalización continúan, pero quedó cuestionada la posibilidad de reorganizar la región ignorando Palestina. Al mismo tiempo, volvió a hacerse visible la distancia entre unas sociedades árabes ampliamente movilizadas por Palestina y unos gobiernos que apostaron por la normalización o la contención de la confrontación. Palestina, que debía quedar relegada, volvió a atravesar la política de toda la región.

La respuesta israelí abrió uno de los capítulos más devastadores de la historia palestina. El genocidio en Gaza continúa, acompañado por destrucción masiva, hambre, desplazamiento y el ataque contra las condiciones necesarias para sostener la vida. Mientras tanto, Cisjordania vive una ofensiva de colonización, desplazamiento forzoso, incursiones militares, asesinatos y encarcelamientos.

Nada de ello puede convertirse en una contabilidad destinada a decidir si la resistencia «mereció la pena». Las vidas palestinas no son unidades dentro de un cálculo de costes y beneficios, ni puede exigirse a un pueblo colonizado que justifique su derecho a resistir en función de la violencia que el colonizador decida ejercer contra él.

Pero la respuesta al Diluvio mostró con extraordinaria claridad la arquitectura internacional que sostiene el poder israelí.

Armas, financiación, cooperación militar, protección diplomática y vetos demostraron que la cuestión palestina nunca ha enfrentado exclusivamente a palestinos e israelíes. Cuando el orden fue desafiado, aparecieron las fuerzas dispuestas a defenderlo.

Y también quienes comenzaron a cuestionarlo.

Sudáfrica llevó a Israel ante la Corte Internacional de Justicia. La Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant. Algunos gobiernos rompieron o redujeron relaciones diplomáticas y aumentaron las iniciativas destinadas a aislar internacionalmente a Israel.

Nada de ello ha detenido el genocidio y las instituciones internacionales han mostrado una vez más sus enormes límites. Pero concluir por ello que nada ha cambiado sería confundir la historia con una fotografía del presente.

Quizá una de las consecuencias más profundas todavía no pueda medirse en fronteras, tratados o correlaciones militares.

Millones de personas salieron a las calles en ciudades de todo el mundo. Estudiantes ocuparon universidades y cuestionaron inversiones y convenios con instituciones israelíes. Sindicatos, organizaciones populares, movimientos sociales, artistas, académicos y trabajadores comenzaron a discutir su propia relación con Israel y con las estructuras que permiten la continuidad de la colonización.

Una generación que apenas conocía Palestina comenzó a conocer la Nakba. Personas educadas durante décadas dentro del lenguaje de la denominada «guerra contra el terrorismo» comenzaron a preguntarse por el colonialismo. Instituciones acostumbradas a mantener relaciones con Israel sin apenas coste social o político comenzaron a ser cuestionadas.

También llegó la respuesta: prohibiciones, censura, persecución judicial y policial, despidos, sanciones universitarias y criminalización de la solidaridad con Palestina.

Después del Diluvio muchas cosas continuaron. Pero ya no pudieron continuar significando exactamente lo mismo.

Una ruptura histórica abre posibilidades, pero no determina su desenlace.

Todavía no sabemos cuál será el resultado de los procesos desencadenados desde octubre de 2023. Reconocer la dimensión histórica del Diluvio no exige convertirlo retrospectivamente en una victoria militar ni negar sus contradicciones. Los acontecimientos históricos no se miden solamente preguntando quién conquistó territorio o quién terminó militarmente más fuerte. También se reconocen por aquello que hicieron imposible volver a pensar de la misma manera.

Por eso el Diluvio puede ser simultáneamente continuidad y ruptura: continuidad de una lucha que no comenzó en 2023; ruptura porque alteró las condiciones palestinas, árabes, regionales e internacionales en las que esa lucha continuará.

Y aquí aparece una cuestión que atraviesa toda la historia palestina: quién determina su curso y quién consigue imponer el relato con el que será comprendida.

Se suele decir que la historia la escriben los vencedores. En Palestina, esa frase nunca fue una abstracción. La colonización pudo presentarse como independencia; la expulsión de un pueblo, como un problema de refugiados; la ocupación, como una disputa territorial; y la resistencia de quienes habían sido despojados, como una amenaza contra el orden.

Pero el poder del vencedor colonial no consiste únicamente en imponer su versión del pasado. Su victoria sería todavía más profunda si consiguiera convencer al colonizado de que no existe otro futuro posible.

Eso nunca ocurrió en Palestina.

El 7 de octubre no escribió la primera página de la resistencia palestina y tampoco escribirá la última. Fue un acontecimiento histórico que abrió una ruptura dentro de una trayectoria mucho más larga y volvió a demostrar que incluso bajo una correlación de fuerzas enormemente desigual un pueblo organizado puede recuperar la iniciativa e intervenir en acontecimientos cuyo curso otros consideraban decidido.

El Diluvio no resolvió la lucha palestina. Una ruptura histórica tampoco garantiza por sí sola la liberación.

Pero demostró algo que el orden establecido había trabajado durante décadas para convertir en impensable: Palestina no es una historia terminada y el pueblo palestino sigue siendo un sujeto capaz de intervenir en su curso.

FUENTE: MASARBADIL

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