Hermano Abdelkarim: Este mundo es sólo un encantamiento ¡Que Allah te acoja entre los mejores!
Ese ‘reencantamiento’ vino acompañado de una clara viviencia de valores humanos trascendentes, universales...
11/09/2015 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
“¡Sabed, oh hombres, que esta vida es sólo juego y distracción, y un hermoso espectáculo, y motivo para vuestra jactanciosa rivalidad unos con otros, y vuestro afán por más riqueza e hijos! Su parábola es la de la lluvia vivificante: la vegetación que hace crecer complace a los labradores; pero luego se marchita y la ves amarillear, y al final queda convertida en paja.”
(Corán, Sura 57, Al Hadid, El Hierro, aya 20)
Creo que fue Max Weber el primero que habló del desencantamiento del mundo, de la desacralización que marchaba paralela al desarrollo de la modernidad, del racionalismo mecanicista, del secularismo, de la desalmada burocratización de la vida humana. El sentimiento de lo sagrado estaba siendo sustituido progresivamente por una racionalidad y una ciencia que, según se estuvo repitiendo casi hasta finales del siglo pasado, librarían al ser humano de la oscuridad de las religiones y de las supersticiones atávicas.
En ese contexto positivista y materialista nos movíamos los jóvenes de mi generación, allá por los años setenta del siglo XX, cuando comenzaron a manifestarse con fuerza los primeros signos de agotamiento de lo moderno como paradigma al mismo tiempo que se comenzaban a proponer modelos sociales que retornaban a una cierta utopía y perfilaban un cierto humanismo entre prehistóricas imágenes televisivas del mayo francés y de los grandes festivales —del movimiento hippie, la psicodelia y la contracultura— que entonces se organizaban masivamente en todos los rincones del planeta…
A principios de esa década conocí a Abdelkarim Carrasco, a quien entonces llamábamos Antonio “El bigotes”, un sevillano amable y educado que, con la conciencia de los cambios que aquellos tiempos anunciaban, se sumó a un proyecto de vida comunitaria —Una ‘comunidad terapeútica’ o Centro de Relaciones Interpersonales en un chalet de la Sierra de Córdoba llamado Melero Bajo— en el que también participamos Mansur Escudero (Paco), José María Valls, Vicente Sánchez, José Beltrán, Sabora Uribe (Mai), Abdennur (José Miguel, “El Guita”) y Omar (Pedro) Coca, Abu Bakr (Manuel) Merino, Luisa Molina, Rahima (Concha) González, Cristina Gómez, Juan Torres, Luis Cortés y yo mismo, Hashim (Rafael, “El Cabra”) Cabrera.
A partir de ahí, algunos tomamos la vía de la espiritualidad y la religión y otros continuaron su periplo existencial en el espacio laico, armados de un honesto racionalismo y un agnosticismo liberador en una sociedad que quería superar elimpasse de un dilatado período de autoritarismo marcado de manera indeleble por el nacionalcatolicismo.
Para quienes optamos por el islam, en la mayoría de los casos, esta elección supuso un nuevo “reencantamiento del mundo y de la vida”, un volver a tener en cuenta las realidades invisibles —ángeles y genios— y los hechos imponderables, las sincronías y con ellas la conciencia de que, más allá de nuestros egos y más allá del azar, una fuerza o realidad única crea y recrea sin cesar todo aquello que llega a existir. Al mismo tiempo hemos conservado en mayor o menor medida —y dependiendo de las circunstancias y capacidades personales— una clara actitud racionalista y científica, una progresiva tendencia al sentido común y al saber evidencial, pudiendo conciliar las diferentes dimensiones que comportan la vida humana, la espiritualidad, la vida anímica, corporal, etc., acabando por conformar una suerte de ‘experiencia holística’,por emplear una terminología más contemporánea.
Ese ‘reencantamiento’ vino acompañado de una clara vivencia de valores humanos trascendentes, universales, y de un desarrollo de los vínculos que a todos nos unían entre sí, y a todos con la Naturaleza que nos alberga. Ha habido un gran grupo activo durante cuarenta años que ha llevado a cabo grandes y numerosos proyectos de enorme calado espiritual, social e incluso político. Esos valores han nutrido nuestras vidas, han alimentado nuestras almas y han determinado en gran medida nuestros itinerarios vitales.
Sin embargo, sorpresivamente y en un corto espacio de tiempo, muchos de estos hermanos y hermanas se han marchado, casi todos jóvenes aún, al encuentro con su Señor: Sabora Uribe, Abdennur y Omar Coca, Abu Bakr Merino, Abdennasser Rivera, Mansur Escudero, Alia Marín y ahora, casi sin dejarnos tiempo para digerir su partida, se marcha nuestro querido hermano Abdelkarim Muhiddin.
He necesitado casi tres semanas para poder enhebrar estas líneas, anegado por un hondo sentimiento de dolor y de pérdida, sintiendo con una fuerza inusitada, cuarenta años después, aquel mismo “desencantamiento del mundo” que nos impulsó a una búsqueda que ha resultado tan fructífera. Miro a mi alrededor, contemplo el bello paisaje que me acompaña cada día y siento un enorme vacío, una oquedad que no puede llenarse ya con nada… atraviesan mi mente las imágenes de todos los hermanos y hermanas que han partido ya, las amables conversaciones, las inimitables miradas con las más distintas luces y en las más distantes latitudes…, contemplo esos dilatados horizontes, esas dulces profundidades, y mi alma se siente desolada y dolorida, tratando de reconfortarse leyendo un trozo de la prosa inspirada de Esteban Díaz:“¿Qué es esta incidencia de vacío que desgarra el alma y la vierte hacia lo externo como un caudal de noche fría que la aleja infinitamente de la luz del alba generosa y afable?”1
Sé que los creyentes confían en la bondad divina y piensan bien de Dios. Sé también que existe otra vida más allá de ésta que contemplan ahora nuestros ojos, pero siento al mismo tiempo una gran tristeza porque esta vida que está dejando de ser y siendo al mismo tiempo, esta creación incesante y recurrente, que es en sí un gran regalo, e incluso la hermandad, la amistad verdadera, que es un regalo mayor aún, nos procuran un deleite todavía más escurridizo y efímero… Nuestro hermano Abdelkarim nos lo recordaba a menudo, exhortándonos a degustar intensamente esos momentos irrepetibles y sutiles. ¿Con quién compartir ahora esas querencias, esas inquietudes y silencios que aún nos asaltan?
Cuando fui a verle a su casa de Granada, poco antes de su partida, lo encontré revestido de dignidad, profundamente delgado y dolorido, y me trasladé inevitablemente al cervantino momento de la despedida de Don Quijote, a ese epígono de realidad y conciencia, , de reconocimiento de todos los ‘encantamentos’ que en su vida fueron, y es que Abdelkarim era muy quijotesco, muy dado a emplear su energía en las causas difíciles, abogando por esos desamparados que nada pueden ofrecer porque nada o casi nada tienen. Él no pedía nada a cambio, se daba a los demás con la misma generosidad que contenía su nombre. Besé su mano y le dije, como pude, emocionado y balbuceando desde el corazón, que lo quería.
Elegante, distinguido, se sabía parte de la élite espiritual pero no sentía que ésta pertenencia lo fuese por méritos propios sino porque Dios le había favorecido con la hermandad de sus seres más queridos. Abdelkarim, con el ejemplo de su propia vida, nos ayudó, a todos y a todas, hasta el final de sus días, a recordar que el islam es, sobre todo, un camino al servicio del ser humano, un camino medio, ponderado, equilibrado…, sin extremos, un camino fácil al alcance de cualquiera que desee mejorar su propia vida y la de su entorno.
Abdelkarim nos ha ayudado a comprender, tal como también nos recordó Muhámmad Asad en su tafsir del Corán, que no debe despreciarse la vida en sí, sino más bien valorarla y disfrutarla, puesto que ha sido creada por Dios con un sentido:
“No hemos creado el cielo y la tierra sin un significado y un propósito”
(Corán, 38:27)
y “¿Pensabais, acaso, que os creamos por mera diversión?”
(Corán, 23:115)
Pues, aunque la vida sea en sí misma un regalo positivo de Dios y fuente de bendiciones, pierde su báraka si se vive ciegamente, sin consciencia ni taqua, si no ponemos en práctica en nuestras propias vidas los valores humanos universales que nos hacen cumplir el propósito de nuestra divina creación, si pretendemos disfrutar de ellas sin pensar en el más allá.
Ahora tengo el sentimiento de que, tanto Abdelkarim como los que partieron antes que él, nos esperan en algún sitio de ese barzaj que anuncian nuestras fuentes seguras. El vacío que ahora siento lo es de esos momentos inefables en los que compartimos experiencias y estados con buenas y bellas palabras que surgieron siempre del centro, del corazón, y que por eso mismo tuvieron ese valor tan especial. Aunque nos viésemos de vez en cuando sabíamos que las almas de los hermanos y hermanas estaban en algún lugar de Granada o de Dar as Salam, de la Puebla o de Motril, de Madrid o de Córdoba… ahora este mundo ya no los alberga y conserva tan sólo un buen recuerdo. Nuestro paso por este mundo es un proceso de desencantamiento. El mundo se ha desencantado, se ha vuelto más real y escueto, más lo que es en sí el mundo, tal como Dios nos lo asegura en Su Generoso Libro: “sólo juego y distracción, y un hermoso espectáculo”.
Mi querido hermano Abdelkarim Muhiddin: ¡Que Allah te acoja entre los mejores!
Nota
1. DÍAZ, Esteban. “Password”.
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