Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

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jueves, 10 de mayo de 2012

Todos los niños nacen conociendo a Dios Le molestaba ver cómo los demás aceptaban ciegamente la sabiduría convencional o la forma en que otros se comportaban de manera tan egocéntrica solo para ser tenidos en cuenta 09/05/2012 - Autor: Jennifer Knight-Ari - Fuente: Revista Cascada fitrah infancia vision 3 Había nacido completamente entregada a Dios y había vivido así durante añosSe acordó del día en que el mundo dejó de ser hermoso. Siendo una niña de once años, Rebeca pensó que se estaba quedando ciega. Había un ciruelo japonés en su patio, y sus hojas parecían más marchitas que el día anterior. Bajando la mirada, tampoco la hierba mantenía su viveza. Ni el cielo. Como si un filtro invisible velara su mirada o una lente borrosa quitase el brillo a los colores. Pero no eran únicamente los colores, además... otras cosas que habían sido intensamente brillantes, como los ojos de un bebé o el agua de la piscina, de repente parecían normales y corrientes. Una sombra había descendido sobre su mundo. Fue un cambio sutil. Tal vez para otros hubiese sido imperceptible, pero el cambio de percepción la incomodaba. Quizás sintió que se trataba de una enfermedad más espiritual que física. Sin embargo, no dijo nada a nadie, y posteriormente se le olvidó y el asunto dejó de preocuparla. Pasaron los años y Rebeca se convirtió en una adolescente romántica. De camino a la universidad, vio a su alrededor los edificios de ladrillo cubiertos de hiedra, el musgo que caía de los robles, los estudiantes riendo y hablando y corriendo de aquí para allá, y sintió que su corazón iba a estallar. En aquellos días, su corazón podía romperse en menos de un minuto. Sentía mucho amor por el mundo. Disfrutaba tanto en su pequeño rincón que no podía dejar de observar lo fugaz que era todo. Recordó entonces su extraña experiencia cuando era una niña. ¿Habría sido un acontecimiento pasajero, el momento en que los ojos de una niña se convirtieron en los de una adulta? Se había convertido en una mujer que valoraba la honestidad intelectual y la generosidad emocional. Le molestaba ver cómo los demás aceptaban ciegamente la sabiduría convencional o la forma en que otros se comportaban de manera tan egocéntrica solo para ser tenidos en cuenta. Años más tarde, Rebeca se sumió en una profunda y desesperada tristeza. La mayoría de la gente que conocía parecía estar muy satisfecha, lo cual empeoró las cosas. Los que eran religiosos evitaban pensar demasiado en los vacíos lógicos o metafísicos que podían aparecer en la visión del mundo que habían elegido. Los no religiosos parecían contentarse con mirar al mundo con sus propios ojos, al margen de la religión organizada. Rebeca tuvo que reinventarse a sí misma cada cierto tiempo. Se convirtió en una especie de camaleón, oscilando entre extremos ideológicos, un brillante rostro sonriente bajo unos ojos tristes. Pero había algo incompleto en cada filosofía que probó, algo fracturado que intensificaba el eterno vacío en su propio corazón. Rebeca sintió que se debía a sí misma el encontrar el punto de vista más perfecto. Obviamente, esto implicaba el ser capaz de adaptarse a nuevos datos. La gente a menudo se reía de sus andanzas, desde el liberalismo hasta el marxismo, pasando por la Iglesia y la práctica del yoga. Para ella tampoco era comprensible. No podía volver a pensar como antes: había cambiado, su percepción había cambiado, y ninguna fotografía, recuerdo o diario lograban retornarle sus antiguos sentimientos. Era como si esos recuerdos pertenecieran a una persona completamente distinta. Su evolución se debía a que aún no había encontrado «eso» que buscaba: su lugar en el mundo, el sentido de la vida. Le parecía que, aunque estuviera fuera de su alcance, había una verdad absoluta, una última realidad. A medida en que la búsqueda de Dios se convirtió en una búsqueda de significado, sus problemas personales empezaron a eclipsar a los metafísicos. Padeció insomnio y tuvo sueños tan vívidos como inquietantes. Ya no se sentía cómoda, ni con familiares ni con amigos. Se sentía molesta incluso en su propia piel, y sentía que no pertenecía a ningún lugar. Las grandes instituciones académicas parecían descartar la dimensión espiritual de la experiencia humana, mientras la religión parecía descartar el intelecto. Pero para ella era demasiado arrogante forjar su propio camino, crear su propia filosofía: ¿cómo era posible que en miles de años, miles de millones de almas humanas aún no hubieran dado con algo más completo y eterno sobre el significado de la vida? Mientras Rebeca luchaba por dar con las respuestas, casi se ahogaba una y mil veces en su propia desesperación. ¿Por qué había hambre, genocidios y guerras? ¿Por qué su padre la había abandonado? ¿Por qué nadie la amaba como necesitaba ser amada? ¿Podrían ser la creencia en Dios y Su veneración una opción? La lectura de las Sagradas Escrituras al principio fue una incursión en lo inconvencional, un pequeño acercamiento a algo extraño. Más tarde Rebeca comenzó a sentirse incómoda: las advertencias a los seguidores de otras religiones, las amonestaciones hacia los no creyentes – «¿Es que no ven?». Los creyentes afirmaban que era un comunicado directo del Señor, Dios. Tuvo miedo de seguir leyendo y, sin embargo, mayor era el miedo de ignorar lo que decía. A veces nos creemos que nuestro inestable y personal mundo es sólido y constante, como el mundo en general, y nos creemos seres inmortales; nos entregamos a un mundo de intensas emociones. Pero poco después nos ahogamos en él y nos alejamos. Este tipo de amor es un tormento sin límites y una prueba, porque de él nacen una compasión huérfana y una suave desesperación del corazón. Sentimos piedad por todos los seres vivos, simpatía por todas las criaturas hermosas que sufren la decadencia y el dolor de la separación y, sin poder hacer nada, sufrimos en la desesperación absoluta. Rebeca iba almacenando estos pensamientos, sin darse cuenta de que estas pequeñas semillas comenzaban a penetrar y a crecer en la tierra de su corazón. Pensó en rezar a Dios. Sentía que cada una de las oraciones se relacionaba con una estación y una etapa en la vida del ser humano. La oración del amanecer nos recuerda a la primavera, la frescura de la juventud. La oración al mediodía nos recuerda el verano, la vitalidad de la edad adulta. La oración de la tarde nos recuerda el otoño, y el debilitamiento de la vejez. La oración del crepúsculo nos recuerda al invierno y a la muerte. La oración de la noche nos recuerda la tumba. El corazón de Rebeca fue tocada por palabras, las cuales, además, le recordaron ciertas ideas, palabras en un libro. Fue el ejemplo cotidiano de numerosos creyentes practicantes lo que dio vida a la fe y la hizo viable. Fueron personas amables y atentas que hablaban de Dios con gran conocimiento y reverencia. Sus ojos se iluminaban al ver a un niño hermoso, y exhalaban: «Es la voluntad de Dios». Sus sonrisas eran cálidas, sus abrazos fuertes, sus corazones enormemente generosos. Rebeca sintió que había encontrado la comunidad que había estado buscando. Los musulmanes creen que la misericordia de Dios no tiene límites: al igual que la luna creciente y menguante, Dios perdona a Sus seguidores una y otra y otra vez, y otra vez de nuevo. Todas las personas comparecerán ante Dios y rendirán cuentas de lo bueno y de lo malo que hicieron en esta vida. La vida, por lo tanto, es una prueba ­para que el ser humano supere las incitaciones del alma que ordena el mal y se someta a la voluntad del Eterno y Absoluto. La belleza llegó súbitamente, unos meses después de que Rebeca hubiera experimentado estas transformaciones en su alma. Era un caluroso día de verano. Estaba sentada en un confortable silencio con su marido a la sombra de su porche trasero, entonces se dio cuenta de que el mundo era asombrosamente brillante, casi en Technicolor. Las «lentes de contacto» que habían aparecido cuando tenía once años habían desaparecido. El cielo estaba sorprendentemente azul, los árboles eran sorprendentemente verdes. Sus ojos se llenaron de lágrimas de pronto. Ella lo supo entonces. Había nacido completamente entregada a Dios y había vivido así durante años, casi una docena. Se preguntó si el día en que los colores se disiparon fue el día en que había salido de ese estado perfecto de la naturaleza humana. Tal vez ahora había regresado a su conocimiento innato de la Unicidad de Dios, y se entregó completamente a la Divinidad Única. Parecía que Dios la había llamado de nuevo para que se volviera hacia Él, llenando y desbordando el vacío que había en su corazón, devolviéndole los colores del mundo. ¡Alabado sea Dios! Rebeca pudo ver de nuevo. Jennifer Knight-Ari es redactora independiente en EE.UU. Estudió periodismo en la Universidad de Florida.

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