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sábado, 13 de septiembre de 2014

“Estado Islámico”, como se autodenominan, se han transformado en un hit en las redes sociales

 El nuevo enemigo global a vencer, tan brutal que une en su contra a países y líderes adversarios, está obteniendo un triunfo propagandístico y, según lo anunciado por el presidente de EEUU (en la emblemática noche previa al 11 de septiembre), Barack Obama, será afrontada por un nuevo tipo de guerra para el cual se desplegará al máximo una nueva tecnología: los drones. Comenzará en Irak aunque la extensión de su territorio incluye a Siria, en donde EEUU y su odiado mandatario, Bashar Al Assad, comparten a los yihadistas como enemigos. O dicho de otro modo, EEUU coincide en el objetivo de los rebeldes sirios en que hay que derrocar a Al Assad, aunque con planes bastante diferentes para el futuro.
Las decapitaciones de los terroristas islamistas de ISIS, EIL o “Estado Islámico”, como se autodenominan, se han transformado en un hit en las redes sociales que sólo los empodera tenebrosamente en Occidente, ya que la práctica es común en países árabes como castigo.
Argumentan un Corán que no existe, extremo, una versión que no admite al otro, comparable a cualquier otro fundamentalismo religioso pero este grupo, que no es otra cosa que la evolución de Al Qaeda, lo ejerce con un poder tan extendido territorialmente y capaz de obtener voluntades en un espectro tan amplio del Globo que no resiste comparaciones.
Con los mismos objetivos de Al Qaeda, los mismos integrantes (salvo las defecciones de las luchas internas que sufrieron en Siria) el hecho de haberse instituido como un “Estado”  en la forma de califato, de fronteras móviles, que se expande como una mancha negra y con el mundo como meta única, sin “plan B”, los yihadistas no reconocen un solo origen, lejano y asiático, sino que se nutren de jóvenes formados en Oxford, París, Hamburgo y hasta en la mismísima Latinoamérica.
El “negocio” de la guerra, hasta ahora, estuvo regido por unos parámetros que tenían que ver más con la reactivación económica de las empresas sanitarias, de construcción (con las reconstrucciones), del petróleo y obviamente, la industria militar.
Los yihadistas no son neófitos en el tema: su proyecto nació en donde reina el recurso hidrocarburífero y sus primeros blancos fueron las plantas extranjeras en la materia.
Pero así como en algún momento las guerras fueron el reaseguro de la fabricación de armas, hoy lo son de cosas mucho más complejas. Son más de 2000 las empresas contratistas de inteligencia, robótica, experimentación, nuevas técnicas letales vinculadas al Pentágono. Y como una burla futurista, la guerra ya no se producirá en las galaxias, aunque tampoco sobre la superficie terrestre: Obama lanzó la primera guerra mundial de drones, unos robots capaces de matar, no siempre en forma “quirúrgica”, con posibilidad de víctimas del “fuego amigo”, pero con menos riesgo de víctimas propias para la fuerza atacante.
Dijo Obama, en un discurso que quedará en la historia por sus implicancias: “Nuestras empresas de tecnología y universidades son incomparables, nuestras industrias manufactureras y concesionarios están prosperando, la independencia energética está más cerca de lo que nunca había estado en décadas, por todo el trabajo que queda, nuestros negocios están en el tramo más largo ininterrumpido de creación de empleo en nuestra historia”, aseveró el mandatario, quien además le recordó al mundo el gran paradigma de superioridad estadounidense: “América está mejor posicionada hoy para aprovechar el futuro que cualquier otra nación en la Tierra”.
Pragmáticos como son, los estadounidenses rechazan la participación de su país en guerras lejanas con beneficios poco palpables en su casa. Sacan cuentas y el balance les da en negativo. Por ello la oportunidad de “defender a Occidente”, es librada con EEUU como base principal del resto del mundo occidental, una vez más, contra todas las amenazas pendientes en paralelo: el inicio de la conquista del mundo de los yihadistas, pero también el expansionismo de China como cultura que avanza, copta y aplica sus propias normas y la soberbia de la Rusia de Putin, capaz de aprovecharse mejor que sus antecesores durante la “guerra fría” de los resquicios que dejan las distracciones económicas, políticas y militares del resto del mundo.
Una nueva industria florece y esos aparatos que hacen la guerra por encargo y a control remoto son los protagonistas. Exploran, filman, graban, controlan, permanecen quietos o en movimiento sobre el objetivo y, además, disparan, matan y vuelven a su base con mayores posibilidades de hacerlo íntegros que una nave con pilotos de elite comandándolas.
Si los yihadistas buscan congelar el mundo en el pasado a fuerza de degüello, la respuesta es una batalla del “futuro”, con robots capaces de perseguirlos, como dijo Obama, “en donde se encuentren y durante todo el tiempo que resulte necesario”.

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