El nuevo
enemigo global a vencer, tan brutal que une en su contra a países y líderes
adversarios, está obteniendo un triunfo propagandístico y, según lo anunciado
por el presidente de EEUU (en la emblemática noche previa al 11 de septiembre),
Barack Obama, será afrontada por un nuevo tipo de guerra para el cual se
desplegará al máximo una nueva tecnología: los drones. Comenzará en Irak aunque
la extensión de su territorio incluye a Siria, en donde EEUU y su odiado
mandatario, Bashar Al Assad, comparten a los yihadistas como enemigos. O dicho
de otro modo, EEUU coincide en el objetivo de los rebeldes sirios en que hay que
derrocar a Al Assad, aunque con planes bastante diferentes para el futuro.
Las
decapitaciones de los terroristas islamistas de ISIS, EIL o “Estado Islámico”,
como se autodenominan, se han transformado en un hit en las redes sociales que
sólo los empodera tenebrosamente en Occidente, ya que la práctica es común en
países árabes como castigo.
Argumentan un
Corán que no existe, extremo, una versión que no admite al otro, comparable a
cualquier otro fundamentalismo religioso pero este grupo, que no es otra cosa
que la evolución de Al Qaeda, lo ejerce con un poder tan extendido
territorialmente y capaz de obtener voluntades en un espectro tan amplio del
Globo que no resiste comparaciones.
Con los
mismos objetivos de Al Qaeda, los mismos integrantes (salvo las defecciones de
las luchas internas que sufrieron en Siria) el hecho de haberse instituido como
un “Estado” en la forma de califato, de fronteras móviles, que se expande como
una mancha negra y con el mundo como meta única, sin “plan B”, los yihadistas no
reconocen un solo origen, lejano y asiático, sino que se nutren de jóvenes
formados en Oxford, París, Hamburgo y hasta en la mismísima Latinoamérica.
El “negocio”
de la guerra, hasta ahora, estuvo regido por unos parámetros que tenían que ver
más con la reactivación económica de las empresas sanitarias, de construcción
(con las reconstrucciones), del petróleo y obviamente, la industria
militar.
Los
yihadistas no son neófitos en el tema: su proyecto nació en donde reina el
recurso hidrocarburífero y sus primeros blancos fueron las plantas extranjeras
en la materia.
Pero así como
en algún momento las guerras fueron el reaseguro de la fabricación de armas, hoy
lo son de cosas mucho más complejas. Son más de 2000 las empresas contratistas
de inteligencia, robótica, experimentación, nuevas técnicas letales vinculadas
al Pentágono. Y como una burla futurista, la guerra ya no se producirá en las
galaxias, aunque tampoco sobre la superficie terrestre: Obama lanzó la primera
guerra mundial de drones, unos robots capaces de matar, no siempre en forma
“quirúrgica”, con posibilidad de víctimas del “fuego amigo”, pero con menos
riesgo de víctimas propias para la fuerza atacante.
Dijo Obama,
en un discurso que quedará en la historia por sus implicancias: “Nuestras
empresas de tecnología y universidades son incomparables, nuestras industrias
manufactureras y concesionarios están prosperando, la independencia energética
está más cerca de lo que nunca había estado en décadas, por todo el trabajo que
queda, nuestros negocios están en el tramo más largo ininterrumpido de creación
de empleo en nuestra historia”, aseveró el mandatario, quien además le recordó
al mundo el gran paradigma de superioridad estadounidense: “América está mejor
posicionada hoy para aprovechar el futuro que cualquier otra nación en la
Tierra”.
Pragmáticos
como son, los estadounidenses rechazan la participación de su país en guerras
lejanas con beneficios poco palpables en su casa. Sacan cuentas y el balance les
da en negativo. Por ello la oportunidad de “defender a Occidente”, es librada
con EEUU como base principal del resto del mundo occidental, una vez más, contra
todas las amenazas pendientes en paralelo: el inicio de la conquista del mundo
de los yihadistas, pero también el expansionismo de China como cultura que
avanza, copta y aplica sus propias normas y la soberbia de la Rusia de Putin,
capaz de aprovecharse mejor que sus antecesores durante la “guerra fría” de los
resquicios que dejan las distracciones económicas, políticas y militares del
resto del mundo.
Una nueva
industria florece y esos aparatos que hacen la guerra por encargo y a control
remoto son los protagonistas. Exploran, filman, graban, controlan, permanecen
quietos o en movimiento sobre el objetivo y, además, disparan, matan y vuelven a
su base con mayores posibilidades de hacerlo íntegros que una nave con pilotos
de elite comandándolas.
Si los
yihadistas buscan congelar el mundo en el pasado a fuerza de degüello, la
respuesta es una batalla del “futuro”, con robots capaces de perseguirlos, como
dijo Obama, “en donde se encuentren y durante todo el tiempo que resulte
necesario”.
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