Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

  Interesados comunicarse a correo: erubielcamacho43@yahoo.com.mx  si quieren versión impresa o electrónica donativo voluntario .

sábado, 11 de octubre de 2014

La idolatría de la nada

La idolatría de la nada

14/09/2004 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
  • 4me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación


Nada
Nada
Cabalistas y místicos llevarían al extremo esta tesis y afirmarían, sin medias tintas, que la nada de la que procede la Creación es Dios mismo.
Giorgio Agamben
A Daniel Sedcontra
Nombrar la nada es invocar algo que escapa a la conciencia. Más allá de su realidad o de su irrealidad, es la propia orientación hacia la nada lo que puede desvelar el signo.
Algunos pasarán la vida junto a ella sin reconocerla, sin darse cuenta de su presencia, de la fidelidad extrema que la nada expresa por el hombre y todas sus creaciones. Otros apenas la reconocerán entonando el carpe diem: todo es efímero. Otros harán de ella un ídolo, la transformarán en el origen y el destino final de todo lo visible. Otros verán en ella un motivo de angustia: la nada arruina todas las creaciones humanas y evapora su sentido: ¿por qué actuar si nada permanece? El tedio rodea a los hombres de la nada, un sopor liberado a su vacío. A otros, sin embargo, el pensamiento de la nada los libera hacia formas grotescas de alegría: si la nada rodea todas las creaciones humanas y divinas, todo está permitido. A otros, la vivencia de la nada se les presenta como amada. Es la amante invisible de los que han visto deshacerse el mundo a su alrededor, pero que permanecen fieles al deseo. A otros les sucede lo contrario: la nada se les presenta como muerte de la amada, como un anhelo imposible de llenar que todo lo hace nada. Frente a unos, que solo son capaces de desear la nada, otros ya no desean nada...
Aún mejor que pensar desde el hombre es pensar desde ella misma, desde el propio actuar de la nada en la criatura.
Del mismo modo que la acción propia de la lluvia es llover, la acción propia de la nada es anonadar.
El anonadarse de la criatura. En un principio no es algo que se escoja voluntariamente, es algo que sucede. La pérdida de referencias, el agotamiento de lo que nos rodea, el golpe de la muerte, de los heraldos negros, el vacío de sentido, el sinsabor, la angustia, la desidia... nada de esto es la nada, pero a través de estos estados somos forzados a mirar a la nada cara a cara.
En otros casos, orientarse a la nada puede ser una decisión más o menos libremente tomada. Pero, ¿por qué alguien decide orientarse a la nada? La respuesta no puede ser más rudimentaria: si la nada es la no-cosa, orientarse hacia la nada es tratar de sustraerse a la tiranía de las cosas. Es decir: la nada se hace apetecible para aquellos que han sentido el deseo de liberarse de lo que los rodea (desapego).
Orientarse a la nada: desvincularse de todos los objetos. ¿Qué es un objeto? Aquello que tiene una forma separada, que puede ser manipulado. Junto a los objetos físicos existen entes de razón: superando el punto de vista metafísico, ampliamos nuestro concepto de lo objetual hasta límites insospechados.
Orientarse a un mundo no-objetual... Hay que preguntarse: ¿es la nada un ente de razón? Es decir: ¿acaso no es ella misma un objeto para la conciencia? Ahí están las antinomias de la nada, y un argumento que niega su existencia: la nada como ente de razón es una trampa. Si es nada no puede ser ente de razón, si es ente de razón no es nada (no existe).
Al ser señalada como polo de orientación por la conciencia, la nada corre el peligro de desaparecer, de ser suplantada por la cosa. Sin embargo, quiere seguir siendo otra cosa que cosa, quiere seguir no siendo ninguna cosa, y por eso se escapa hasta la cueva más profunda. La nada actúa como un agujero negro en la conciencia.
La idolatría de los objetos se da como objetivos: querer tener, querer ser, querer saber. Orientarse hacia la nada es orientarse hacia la ausencia de objetivos: vivir sin finalidad, sin situar nuestro fin entre las cosas, preservar el no saber como fundamento de una vida libre. La nada nos ofrece una apertura: siempre más allá de cualquier objetivación... No vivo para esto o para aquello, vivo para el más allá de todos los objetos. Lo cual, puede ser comprendido del siguiente modo: vivo por nada y para nada.
De nuevo nos situamos entre el límite y la sombra: vivir por nada y para nada sería hacer de la nada un objetivo, cosificarla como objeto de conciencia. Seguimos luchando contra la idolatría de la nada. Así pues: no vivo siquiera para nada, simplemente: vivo siempre para el más allá de lo que vivo, desconociendo el objeto final de mi existencia.
Lo mismo que hemos dicho con respecto a la nada ocurre con este "más allá": si vivo para algo que está "más allá", estoy convirtiéndolo en un objeto de conciencia. Aquí podemos oír el susurro de la nada: "yo abarco el más allá, soy anterior a la vida y aún más lejana que la muerte".
La idolatría de la nada, como la del más allá, invierte los valores: transformación de lo indeterminado en un ente de razón. Pero la nada escapa a toda determinación: se sitúa a si misma como ausencia de objetivo. De ahí el carácter terrible de la nada: nada la sacia, todo lo devora.
Así pues, la nada desbarata cualquier intento de cosificación de la experiencia. El costo, sin embargo, es alto. Ella es como una amante que reclama de nosotros una fidelidad extrema. A cambio de esa fidelidad no nos da nada.
Transfinalidad: siempre más allá de cualquier logro, de cualquier aparente. Siempre sabiendo que todo logro humano pertenece a la nada, que ella lo devora. Negación de la seguridad al ego, mantenerse siempre en marcha hacia un fin que nos es desconocido. Ausencia de asideros.
Orientarse a la nada es intuir siempre una finalidad más allá de cualquier objeto de conciencia, es empezar a percibir algo inalcanzable que nos llama.
Sin la nada el espacio está cerrado, es una cárcel para la mirada. La nada siempre en fuga es la posibilidad de una apertura siempre más allá de lo pensable.
La nada, como polo de orientación, reclama de nosotros una gran sinceridad y sutileza: las tentaciones de identificarla son múltiples.
La fidelidad a la nada nos mantiene a salvo: ella es la garantía de que nuestra orientación no sea un mero reflejo de nosotros mismos.
La nada no ofrece respuestas: este es uno de los modos como la nada actúa. Esto quiere decir que ella no se ofrece como respuesta, que no se entrega y siempre se escapa a todo intento de determinarla... Así pues, ¿qué esperamos de un pensamiento de la nada?
La nada, criatura sin ojos y sin boca, criatura desnuda de preceptos, ausente de todo lo visible. La nada, devoradora de obras, de sentimientos e ilusiones, destructora de toda tentación de identidad en la criatura. La nada nos deja en suspenso, anula cualquier pretensión del hombre por ser o existir al margen de la nada.
Todo es creado constantemente de la nada: orientarse a la nada es hacerlo a lo anterior de nuestro nacimiento, rememorar el paso de la no-existencia a la existencia.
Arrojarse a la nada: volver al vientre de la madre, a ese momento en el cual todavía carecemos de identidad y somos un mero amasijo de huesos y de vísceras sin ojos ni mirada.
Lo anterior a nuestro nacimiento se nos presenta como un caos, frente al orden ficticio que inventa la criatura. Todo lo que percibimos como orden en nuestro entorno carece de entidad en si mismo: permanece prisionero de la nada originaria. El orden de las cosas es una construcción que pretende exorcizar la nada, se nos revela como un artificio que es absorbido por una inmensa masa de tiempo y de espacio, por un magma incoloro, sin forma y sin sonido...
La orientación a la nada realiza un cambio de valores: lo abismal se aparece como un orden inasible, que nos abarca y aniquila. Reconocer el abismo como orden es abandonar toda ficción de una soberanía por parte del hombre y arrojarse a la nada, a lo sin fondo.
Arrojarse a lo desconocido, aceptar el hecho de que existimos como un objeto inerte, transportado por fuerzas que no podemos controlar.
Rendirse, abandonarse, someterse...
Penetrar el instante sin conciencia, sin ojos y sin manos y sin rostro. No somos ni esto ni lo otro, no somos más que un cúmulo de niebla, vida acordada de átomos que entrega su máscara al fluir de la materia. Penetrar el fulgor del sol al ser creado, recorrer la distancia que separa la muerte de la vida.
Tras el más completo de los aniquilamientos queda un soplo de vida recorriéndolo todo, un transpirar acompasado, un ritmo y una constancia de la vida al margen de los deseos o pulsiones de las criaturas. Una vez borrado el hombre, queda un proceso de vida que se renueva constantemente, con independencia de su anhelo.
Reconocer esa fuerza que nos hace y nos deshace a cada instante como anterior a nosotros, reconocer que carecemos del más mínimo poder sobre nuestro destino.
Así es como fuimos creados de la nada, y como somos de nuevo creados de la conciencia de nuestra propia nada.
"Alabado sea Al-lâh, que ha hecho existir las cosas a partir de la nada y luego a aniquilado la nada."
(Ibn ‘Arabî)
Allí donde mires encontrarás la nada aniquilada, la paz de los caminos, la lluvia que hace verdecer la tierra. Allí donde mires verás el paso de las aguas, el descenso a los infiernos y la ascensión al cielo. Allí donde mires —pero hay que aprender a vaciar la mirada, a ver tan solo el brillo de las cosas, la intensidad del puro estar de lo ente, la transparencia sin sombra de todo lo visible— verás como por un instante todo queda en suspenso, muere y se eleva antes de continuar su curso. Si eres capaz de mantener la mirada fija en cualquier cosa durante el tiempo necesario, verás como la cosa se quiebra y muestra un vacío sin fondo, como el cielo se desgarra y las montañas se deshacen como copos de lana cardada...
Ser capaz de amar la vida aún en la nada, en el más completo de los aniquilamientos. Ser capaz de respirar en medio de la muerte, reconocer la belleza de una Creación que constantemente crece y aniquila, sin importarle las pequeñas miserias de las criaturas. Reconocer lo inútil de toda resistencia, rendirse ante el avance de la nada.
La nada, en la medida en que es, es Al-lâh, porque no hay nada excepto Al-lâh: la il-laha ila Al-lâh.
Allí, en la nada, el Rostro del Único te muestra el secreto y te lo esconde, te hace y te deshace a partir de la nada que le das. Tú Única Realidad es la conciencia de tú nada.
"Póstrate y acércate".
(Qur’án, surat 96, al-Aalaq, ayat 19)
"Allí donde te vuelvas, hallarás la Faz de Al-lâh".
(Qur’án, surat 2, al-Baqara, ayat 115)
Anuncios

Relacionados

«No me abarcan ni los cielos ni la tierra...»

Artículos - 20/12/1998

La cultura europea y su deuda semita

Artículos - 14/10/2000

El miedo en el Islam

Artículos - 18/03/2001

No hay comentarios:

Publicar un comentario