Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)
Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)
Interesados comunicarse a correo: erubielcamacho43@yahoo.com.mx si quieren versión impresa o electrónica donativo voluntario .
jueves, 13 de septiembre de 2012
La peligrosa impostura nuclear.
La peligrosa impostura nuclear.
http://www.nodo50.org/ciencia_popular/
Los ingenieros han concebido y fabricado una maquinaria que son incapaces
de manejar en caso de accidente grave.
La información empieza a salir a la luz: en la central nuclear de
Fukushima, la piscina del reactor 4, llena de centenares de toneladas de
combustibles muy radioactivos, encaramada a 30 metros sobre un edificio en
ruinas, provista de un improvisado circuito de enfriamiento, amenaza a la
humanidad con una catástrofe peor aún que la de Chernóbil. Una catástrofe
que se añade a la de marzo de 2011 en Fukushima: 3 reactores abiertos que
vierten su contenido mortal por tierra, mar y aire.
Los ingenieros de la nuclear no saben qué hacer frente a todos estos
problemas. Han clamado tanto que la seguridad en la nuclear era, es y será
total que, cuando la gran catástrofe ha sucedido, nadie tenía una solución
que proponer. Tal es la aterradora realidad que revela Fukushima. A
Chernóbil se le había atribuido la incompetencia técnica de los
soviéticos. Imposible servirse de nuevo de la misma fábula política.
Si usamos su razonamiento, no queda más que una sola conclusión: la
incompetencia de los ingenieros de la nuclear. En caso de avería del
circuito de refrigeración, si el calentamiento del reactor alcanza un
umbral de no retorno, escapa del control y origina un magma fusionando
radionucleidos de metal fundido y de cemento disuelto muy tóxico e
incontrolable.
La verdad, planteada por Three Miles Island, Chernóbil y Fukushima, es que
una vez que el umbral ha sido superado, los ingenieros son incapaces.
Ellos han concebido y fabricado una máquina nuclear pero ignoran qué hacer
en caso de accidente grave, es decir “fuera de su alcance”. Son unos
presuntuosos ignorantes, fingen saber pero no saben. Los petroleros saben
apagar un pozo de petróleo encendido, los mineros saben buscar a sus
compañeros atrapados en un túnel a centenares de metros bajo tierra. Ellos
no, porque ellos han decretado que no habría jamás accidentes graves.
En su dominio, ellos son más incompetentes que los obreros de un garaje.
Si es necesario cambiar el cilindro de un motor, estos obreros saben cómo
hacerlo: la tecnología existe. Si la cuba de un reactor nuclear se abre y
si el combustible sale al exterior, los “nuclearistas” no saben qué hay
que hacer. Se objetará que una central nuclear es más compleja que un
coche. Cierto, pero es también más peligrosa. Los ingenieros de las
nucleares deberían ser al menos tan competentes en su propio dominio como
los que se ocupan de la reparación de los motores de los coches averiados:
este no es el caso.
Aquí el hecho fundamental es alarmante e incuestionable: las
radionucleares sobrepasan las capacidades tecnocientíficas de los mejores
ingenieros del mundo. Su maestría es parcial y se vuelve nula en caso de
accidente fuera de su alcance, allí donde se espera una mayor competencia:
tal es la realidad, la incuestionable realidad. Como si los ingenieros y
los especialistas fuesen un adivino con su bola de cristal. ¿La
contaminación nuclear? Sin peligro, afirman, cuando no saben nada. ¿El
estado del reactor destruido bajo el sarcófago de Chernóbil? Estabilizado,
claman los que no saben nada. ¿La polución nuclear en el Océano Pacífico?
Diluida, sostienen los que no saben nada.
¿Los efectos de los radionucleidos diseminados por el medio ambiente para
las futuras generaciones? Ninguno, claman los que no saben nada. ¿El
estado de las regiones prohibidas alrededor de Chernóbil y Fukushima? En
absoluto nocivas para la salud, tanto hoy como en decenios, proclaman los
que no saben nada. ¿Para quién serán nocivas las radiaciones? Solamente
para los tristes, adelantan los que no saben nada. Son adivinos. El arte
de las nucleares es el arte de la adivinación. Es decir, un engaño.
Las nucleares, que se anuncian como lo más puntero del saber
tecnocientífico, ahora se presentan como una suerte de religión del saber
absoluto, se revelan con una extremada flaqueza, no por la debilidad
humana sino por la falta del saber tecnocientífico. Cualquiera que sea la
causa contingente de la superación del umbral de no-retorno (atentado
terrorista, inundación, seísmo), la incapacidad de reparar y de controlar
la diseminación de radionucleidos manifiesta una laguna en el saber que
amenaza la evidencia de la propia modernidad. Los modernos pretendían
haber roto con los conductos mágicos. La nuclear es la experiencia de una
brutal herida narcisista en la armadura del saber con la que se cubre el
hombre moderno: un sufrimiento aún mayor porque es su propia invención
quien lo coloca en un lugar de vulnerabilidad máxima.
En efecto, el rechazo de considerar la posibilidad real de un accidente no
previsto, tiene como consecuencia la negligencia práctica y la
indisponibilidad de poner los medios técnicos adecuados para estas
situaciones imprevistas. Estos medios no existen, y nadie sabe si se
pueden fabricar. Quizá un reactor “excursionista” sea incontrolable o
irrecuperable.
Yo no lo sé, y ningún “nuclearista” lo sabe; pero es seguro que nadie lo
sabrá jamás si no se intentan fabricar los instrumentos técnicos. Ahora
bien, la afirmación de la infalibilidad impide su concepción. Sin duda
abrir esta leonera implicará reconocer una peligrosidad hasta ahora
acallada y programar costes adicionales para evitarla. La infalibilidad de
los papas de la nuclear tiene muchas ventajas: apagar las conciencias e
incrementar los beneficios, al menos mientras todo vaya bien; el mayor
inconveniente es el de no exponer ningún recurso a estos riesgos extremos.
Todo saber científico o tecnológico es por definición incompleto y
susceptible de modificación. Afirmar la infalibilidad de un saber
tecnocientífico o comportarse como si esta infalibilidad fuera adquirida,
es ignorar la naturaleza del saber y confundirlo con una religión secular
que destierra la duda y niega el fracaso. De ahí el efecto psicótico de
sus discursos (infalibles y ciertos) y sus prácticas (chapuceras y
falsas). A todo observador le afecta esta contradicción y más aún su
negación. Cada uno es conminado, por un lado, a reconocerles una ciencia y
una técnica consumadas y, por otro, a callar a pesar de la constatación de
su fracaso. En resumen, lo nuclear vuelve loco. Pero esto no es más que un
aspecto de nuestra condición nuclear. Contaminados de todos los países,
¡uníos! (Jean-Jacques Delfour, Le Monde).
http://www.nodo50.org/ciencia_popular/
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario