La primavera árabe. Espectáculo y profanación en la nueva realidad
mundial
Las revueltas árabes son parte de una
verdadera transformación del mundo, no sólo del espacio geopolítico de los
árabes, sino de la forma en que la humanidad ha de preguntarse por la política
10/06/2013 - Autor: Mauricio Amar
Díaz - Fuente: Hoja de Ruta
·
sociedad
La revueltas árabes, espectáculo y profanación
El 17 de
marzo se cumplieron dos años y tres meses desde que el joven tunecino Mohamed
Bouazizi se quemara a lo bonzo en la ciudad de Sidi Bouzid, hecho que dio
inicio a lo que ya Wikipedia denomina “Revolución tunecina”, que en su momento
fue llamada revuelta porque, al parecer la palabra revolución estaba reservada
para otros, o porque a fin de cuentas lo que se esperaba era el derrocamiento
de un dictador y no la transformación significativa de las relaciones de
producción vigentes, lugar en el que el concepto de revolución había quedado
anclado en el siglo XX.
Cuando el
asunto se extendió a otros países de la región, especialmente a Egipto,
aparecieron nuevos calificativos, siendo quizás el más aceptado por la prensa
el de “primavera árabe”, denominación muy interesante, porque buscaba recordar
no la lucha contra el capitalismo y la explotación del mundo árabe comandada
por Estados Unidos, que, sin ir más lejos mantiene su presencia militar en Irak
hasta hoy, sino la búsqueda de los checos en 1968 por desembarazarse del
régimen soviético, es decir, del que actualmente es un muerto que sin embargo
camina con los zapatos del propio capitalismo. Como el año de la primavera de
Praga coincide con las enormes manifestaciones de mayo en Francia y Alemania,
cuyos efectos en nuestros días se sienten más como ampliación del liberalismo
cultural que como una transformación profunda de los regímenes políticos,
también fue posible una cierta comparación con este fenómeno.
Posiblemente
toda esta búsqueda por definir lo que ocurría en las calles árabes, se deba a
que en parte esto no era explicable para la prensa occidental. Para ésta los
árabes habían permanecido por décadas dormidos bajo el poder de líderes que
detentaban un poder absoluto. La Hermandad Musulmana no entraba en los análisis
políticos porque parecía completamente fuera del espectro político. Se encontraba
más bien incrustada en la genealogía del terrorismo, ese conjunto de
organizaciones con rostro árabe, que había sido declarado por George W. Bush
como el principal enemigo de Estados Unidos, lo que, como sabemos fue un
eufemismo para crear enemigos verdaderos, posibles de ser invadidos y
controlados sus recursos naturales. Eso no evitó que los más realistas pensaran
de inmediato en la Hermandad Musulmana cuando vieron las calles del Cairo
repletas de manifestantes. Ahí aparecía su oportunidad, ellos debían ser
quienes estaban detrás del movimiento de los que habían permanecido inmóviles
por tantas décadas. Y sin embargo, los descendientes de Hassan al Banna y
Sayyid Qutb no aparecieron hasta mucho más tarde, cuando precisamente el
movimiento debía ser ya frenado en pos del retorno a la estabilidad política.
Parecía que la Hermandad se había preocupado más de pensar en el ejercicio del
poder que en crear las condiciones para una revuelta ciudadana, que, para los
medios, inexplicablemente no tenía un tinte marcadamente religioso.
El uso de
tecnologías por parte de los árabes parecía una cosa asombrosa. Convocar a
marchas por Twitter o Facebook los enlazaba, para el análisis especializado de
Occidente, con el anhelo de libertad capitalista. Las nuevas “redes sociales”
parecían entonces confirmar que los árabes se habían despegado de la familia y
habían pasado a ser sujetos. Buscaban una ciudadanía “plena”, lo que no podía
significar en los medios más que la búsqueda por unirse al gran mercado mundial
del consumo y las responsabilidades individuales. Esta idea se extendió aún más
cuando las protestas se hicieron notoriamente irreversibles y ningún apoyo a
Mubarak podría ser bien visto, ni siquiera el que explícitamente realizó Shimon
Peres, presidente de Israel (1).
El fin de
la historia, la imposición de un mercado mundial incuestionable y la
conformación de democracias legítimas, fórmula que tanto crédito intelectual le
había dado a Francis Fukuyama, parecía a la vuelta de la esquina, haciendo caso
omiso, por supuesto de un modelo económico derrumbado precisamente en
Occidente. Los árabes, que habían sido “buenos nativos” durante los últimos
cien años se transforman así en redentores de Occidente, confirmación de que la
crisis es sólo una crisis y no un derrumbe, o en otras palabras, como decía
Fukuyama años antes, el capitalismo sólo se enfrentaría a problemas pero no a
contradicciones (2).
Pero las
transformaciones en el Mundo Árabe pueden ser leídas con una vista un poco más
aguzada, más allá de que cualquier lectura que emane desde nuestra realidad
debe enfrentar ciertos escollos de comprensión, cuya propia exposición puede
ayudar, en parte, a mitigar sus efectos. Un punto de apertura a una nueva
lectura puede ser el indicar las oposiciones conceptuales que debemos
enfrentar. En primer lugar, acerca de la idea extendida de que esta es una
búsqueda ciudadana por integrar a los países árabes dentro del mundo
democrático-capitalista occidental, se debe al menos dudar de su alcance. Hosni
Mubarak no fue un enemigo de Estados Unidos ni de Israel. Por el contrario, fue
considerado un aliado de la Casa Blanca y defendido hasta el final por el
Estado judío. A tal punto estaban de amorosas las relaciones entre Estados
Unidos y el dictador que la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró en
2009 que Mubarak era un amigo de ella y de su familia (3). Si esto parece algo
muy personal, se puede mencionar que el propio presidente Barak Obama lo
declaró un “aliado incondicional en muchos aspectos a los Estados Unidos” y que
“ha sido una fuerza para la estabilidad en la región” (4). ¿Por qué se
opondrían los jóvenes egipcios a un régimen que cuenta con un respaldo de este
tipo por parte de Estados Unidos, y que, además, ha permitido la estabilidad de
toda una región? ¿No será que ahí se encuentra precisamente el problema? Sería
ridículo argumentar que en vez de Estados Unidos y la paz, los egipcios querían
a la Hermandad Musulmana y la guerra, que sería la oposición de pares que
Estados Unidos e Israel buscan instaurar. Más bien debemos cuestionar qué
significa para los egipcios el status quo que los norteamericanos llaman
estabilidad y cuál es la relación tan violenta que se atribuye a los Hermanos
Musulmanes, hoy en plena gestión del gobierno de Egipto.
En el
primer caso, un antecedente importante es la ayuda militar que Estados Unidos
brindaba al régimen de Mubarak. Se calcula que esta ascendía a 250 mil millones
de dólares, a los que se debía sumar 1.300 millones más en ayuda militar (5).
Esto convertía a Egipto en el segundo país –después de Israel, por supuesto-
con mayor recepción de “ayuda” económica por parte de Estados Unidos. Por su
juego en el orden estadounidense en la región, los presidentes estadounidenses
de turno estaban incluso dispuestos a obviar las violaciones a los Derechos
Humanos ampliamente documentadas en Egipto. El informe de Amnistía
Internacional de 2008, por ejemplo, atestiguaba que en este país “alrededor de
18.000 personas seguían recluidas sin cargos ni juicio por orden del ministro
del Interior en virtud de la Ley del Estado de Excepción” (6), y asimismo,
veinte personas habían muerto en 2007 producto de torturas en centros de
detención. La ley de Estado de Excepción mencionada se encontraba vigente desde
1981, es decir, desde hacía 30 años la vida bajo excepción en Egipto era la
regla. No hubo mención de esta situación por parte de Obama en su visita a la
Universidad del Cairo en 2009, cuando quiso dirigirse a todo el “mundo
islámico” para proponer un nuevo trato y, al mismo tiempo, exigir un compromiso
con los intereses nacionales de Estados Unidos, fundamentalmente en la “guerra
contra el terrorismo” (7).
Probablemente
los más agudos sabían que Obama ponía una cara amistosa a los árabes desde un
país históricamente relevante en la región para continuar con las políticas de
control norteamericano por otras vías. Acaso los mismos egipcios lo tenían
perfectamente claro y el inicio de las protestas tenía tanto de
antiestadounidense como la elección de Morsi en 2012. Hoy, cuando las protestas
en Egipto comienzan a masificarse nuevamente, se puede apreciar que la
Hermandad Musulmana no representó nunca el movimiento de la revuelta, sino que
encarnó el rechazo a Mubarak en un contexto político diferente al de la Plaza
Tahrir. El movimiento, como tal, no podía ser representado por ningún candidato
que estuviera dispuesto a jugar institucionalmente. En ese sentido, las
protestas egipcias, como las de todas las que se dieron e países árabes,
representan una forma de violencia pura, que no funda ni conserva derecho, sino
que lo disuelve (8). Acaso esta forma de violencia, que reveló Benjamin, sea la
única capaz de oponerse realmente al estado de excepción convertido en regla
(9) y a la vida desnuda que bajo su suspensión se produce.
Que los
árabes estén siguiendo los pasos de Occidente es algo bastante discutible,
entonces, si por Occidente se entiende a las grandes potencias sumergidas en
democracias donde, como dirá Agamben, se repite constantemente la necesidad de
un cambio, pero “los que lo repiten son sobre todo los políticos y los
periódicos que quieren orientar el cambio de manera que nada, en definitiva, se
altere” (10). En este sentido, los indignados españoles parecen haberse
inspirado en las protestas árabes y no al revés.
De igual
forma, respecto a la pretensión de que los árabes se han occidentalizado por el
uso de las llamadas redes sociales, pareciera que la prensa occidental concibe
a los medios como fines en sí mismos. Los medios serían otro recurso, además
del terrorismo, por medio del cuál los árabes son puestos en movimiento frente
a su histórica postración en señal de rezo. Edward Said, hacia el final de
Orientalismo analiza el símbolo que T. H. Lawrence representa para la mirada
occidental sobre los árabes. Dice:
“El gran drama de la obra de Lawrence reside en que
simboliza la batalla que se libra en primer lugar para estimular a Oriente (sin
vida, sin tiempo, sin fuerza) al movimiento; en segundo lugar, para imponer
sobre ese movimiento una forma esencialmente occidental, y en tercer lugar,
para mantener a ese Oriente nuevo y resurgido dentro de una visión personal
cuyo modo retrospectivo incluye un poderoso sentimiento de fracaso y traición”
(11).
Twitter y
Facebook son para Occidente los Lawrence de Arabia contemporáneos, los motores
occidentales a partir de los cuáles Oriente se pone en movimiento rectilíneo
uniformemente acelerado hacia Occidente, donde puede ser, finalmente, todo
entendido, estudiado y controlado, ya no de un modo militar –aunque sea
indispensable aquello llegada la ocasión- sino de forma gubernamental,
estadística o probabilística. Se esperará con un 95% de confianza que una mayor
inserción de las tecnologías de la información en los estancados árabes,
generará un mayor nivel de cercanía de éstos con ciertos valores que los
gobiernos y los medios creen propios, la democracia entre ellos. Si fracasa el
movimiento, la razón será inevitablemente que los árabes no habían aprendido la
lección completamente, que sus aspiraciones no se condicen con el desarrollo
político de sus movimientos sociales, o, en otras palabras, que no alcanzaron a
comprender el mensaje movilizador de Lawrence. Por eso lo árabe no alcanza a
ser revolucionario, sino sólo revoltoso.
Por el
contrario, si nos fijamos en los casos particulares en los que sí ha habido
intervención de Estados Unidos o Europa, como ocurrió en Libia y Siria, nos
encontramos con que Occidente, en realidad, es la pieza clave para que la
revuelta se transforme en una guerra civil, con miles de muertos. Por cierto
que inmersa en algo que podríamos llamar mundo árabe, Siria se vio también
revolucionada por lo que ocurrió en Egipto, y la verdad es que el régimen de Al
Assad tiene bastantes similitudes al de Mubarak. La particularidad siria
realmente residía en su articulación con Irán, y la relación no dócil que el
gobierno tenía con Estados Unidos e Israel. La revuelta se convirtió en un
pretexto velado para intervenir de forma indirecta y las consecuencias fueron
letales toda vez que Al Assad y las propias tropas sirias no tenían el temor a
quitar la vida de sus compatriotas como sí ocurrió en un determinado momento de
algidez en Egipto. La guerra civil, en este sentido, no debe ser reducida a los
que ven de un lado la simple intervención de Estados Unidos y de otra la
sanguinaria represión de Al Assad sobre los sirios rebeldes. Debe comprenderse,
más bien, como la puesta en juego de un conflicto entre un Estado represivo y
la ciudadanía que es real y bastante parecido al caso egipcio, pero que por las
particularidades geopolíticas del país, tuvo una intromisión de un tercer
actor, Estados Unidos, que bloqueó de modo irreversible lo que conocimos como
la primavera árabe. Es evidente que el recibir ayuda militar por parte de una
potencia compromete a los actores en sus fines y no sólo en sus medios, y todo
indica, según la prensa –que ahora uso como aliada a falta de conocimiento
directo- que así ha sido, si no a la totalidad de los sectores rebeldes, al
menos a una parte de ellos (12).
La otra
muestra de la presencia directa de las potencias occidentales es Irak, un país
desmembrado, con escaso poder sobre sus recursos naturales, y con una presencia
militar estadounidense que al comienzo prometía la libertad y la democracia, lo
que fue transformado, a través de los años, por la promesa de que se retirarán
las tropas. ¿Qué han ganado los árabes con la intervención militar de Estados
Unidos? Probablemente varios años de entrampamiento político y violencia. Para
tener una idea de lo que significa la invasión estadounidense para la política
y la vida social iraquí, el Instituto para la Economía y la Paz, que es
estadounidense, ha mostrado en un informe que el 35% de los 104.000 ataques
calificados de “terroristas” en todo el mundo entre 2002 y 2011 se produjeron
en Afganistán e Irak, los dos países donde Estados Unidos mantiene hasta hoy
tropas militares y ejerce, consecuentemente un fuerte control político. Irak
lidera, en todo caso el índice mundial de terrorismo con 1.228 actos
calificados de este tipo (13).
La
democracia de la plaza Tahrir no es, por tanto, la democracia estadounidense,
pero aceptar aquello tendría consecuencias catastróficas para todas las
llamadas democracias liberales. Esto es lo que entendieron los indignados
españoles y los manifestantes griegos, pero el punto decisivo es, a mi parecer,
la imposibilidad de traducir la violencia divina en un “proyecto” político. Ni
españoles ni egipcios terminaron siendo representados en las urnas, porque
traducir las demandas de un movimiento cuyo principal factor de éxito es la
heterogeneidad que le constituye, significa transformar aquella multiplicidad
en un camino demasiado trazado. En 1935, en un momento en que era inconcebible
la acción política sin una determinación ideológica que condicionara sus fines,
Walter Benjamin se refirió a los antiguos levantamientos de trabajadores,
evidenciando su desgracia: la ausencia de una teoría de la revolución que les
indicara el camino a seguir. Sin embargo, aclara luego, “esto mismo es la
condición para la fuerza inmediata y para el entusiasmo con que emprenden la
construcción de una nueva sociedad”(14).
Es
posible, que los árabes adolezcan de un camino a seguir, y muy probablemente
esto signifique la derrota política en el espacio institucional. Eso es
necesario de tener en cuenta si lo que se quiere es sacar cálculos respecto a
que va a pasar hoy. A obtener ese dato se ha acostumbrado la sociedad del
espectáculo. Pero la dignidad de la Plaza Tahrir es probablemente un hecho
menos que espectacular, aunque la captura de las cámaras haga pensar lo
contrario. Más bien como un gesto anti-espectacular, los árabes se tomaron los
espacios que el Estado de excepción les tenía vedados. Lo que se aparece como
una imagen inapropiable, pero al mismo tiempo constitutiva de la identidad del
Pueblo, es ahora transformada por el pueblo en lugar de uso.
Que la
plaza se haya llamado Tahrir, es decir, Libertad, parece bajo la excepción una
paradoja que los manifestantes disuelven ocupándola y haciendo caso omiso de la
prohibición de juntarse en espacios públicos. Asimismo, como recordó Rodrigo
Karmy en 2011, al estallar las revueltas en El Cairo uno de los lugares
“afectados” fue el museo de la ciudad, saqueado en febrero de ese año. El
símbolo de lo intocable, como es el museo, se ve profanado en un gesto que,
creo, no se borra simplemente con un llamado a elecciones para que todo vuelva
a la normalidad. El lugar físico y delimitado espacialmente llamado museo, se
había convertido en los últimos siglos, en el paradigma del espacio público
egipcio. Intocable, inmóvil, tradicional, patrimonial, misterioso –y por tanto
impenetrable-, objeto de codicia por parte de los extranjeros, saqueado en
varias oportunidades, al punto que buena parte de él se encuentra capturado por
las potencias. Contra ello se revelaron los egipcios, no para «hacer historia»,
como dirá cualquier documento de la prensa internacional, sino para hacer tabula
rasa sobre la historia, para construir sobre las ruinas que se mostraban
falsamente como un pasado glorioso.
Las
revueltas árabes son parte de una verdadera transformación del mundo, no sólo
del espacio geopolítico de los árabes, sino de la forma en que la humanidad ha
de empezar a preguntarse por la política. La emergencia de un paradigma como el
de las democracias liberales, que con el tiempo se ha convertido en un espacio
cerrado, a partir del cuál todo enunciado que busque ponerlo en cuestión es
desechado por irracional, comienza a visualizar la grieta por la cuál pueden
entrar formas completamente diferentes de entender la vida, la relación de ésta
con el derecho y la soberanía. En este sentido, Egipto no representa
simplemente una revuelta, sino un cambio de época que no puede desligarse del
declive económico –pero aun no militar- de Estados Unidos, la emergencia de
nuevos polos político-económicos, y la inesperada revitalización de la política
como asunto de las personas y no simplemente del soberano.
Si
efectivamente nos encontramos ante la enorme dificultad que plantea la no
articulación de proyectos políticos definidos, al mismo tiempo, debemos
rescatar que la incertidumbre goza del estatus de la potencia. Frente a la
captura de la vida por parte del derecho y el gobierno, así como también frente
a la museificación de la vida y de la memoria, los movimientos no levantan estatuas,
sino que las derriban, y no como la de Saddam Hussein que fue un espectáculo
apropiado por los vencedores, sino en el silencio, en la síncopa que el tiempo
del progreso occidental ha despachado simplemente como lo “sin tiempo”. En ese
intersticio, la potencia aparece sin destino prefijado, y por ello mismo
violenta, terrorista, subversiva, rebelde y tercermundista. La tarea del
pensamiento no ha de ser dar una tarea definida a los movimientos sociales
contemporáneos, sino develar la transformación que ellos ya han producido y
están produciendo. No para capturar el hilo de una teleología, sino para
alumbrar las cláusulas que el poder había impuesto y hoy no resisten más.
Para
terminar, quisiera recalcar que aquello que ha sido nombrado como Occidente u
Oriente no son realidades, sino discursos que se circunscriben en una
determinada verdad, en la que cada uno de los polos tiene asignada una tarea
histórica. Poner en cuestión, entonces, toda noción que remita a algunos al
Oriente y a otros a Occidente, a unos a la barbarie y a otros al progreso,
sigue siendo un legado a largo plazo que nos dejó Edward Said.
Notas
(1) Ver El País de
España, 31 de enero de 2011. URL disponible en:
http://internacional.elpais.com/internacional/2011/01/31/actualidad/1296428408_850215.html. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://internacional.elpais.com/internacional/2011/01/31/actualidad/1296428408_850215.html. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(2) Cf. Fukuyama,
F., The end of history and the last man, The Free Press, New York, 1992, p.
136.
(3) Ver
OpenMarket.org, 11 de febrero de 2011. URL disponible en:
http://www.openmarket.org/2011/02/11/politics-is-a-country-club-mubarakclinton-edition/. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.openmarket.org/2011/02/11/politics-is-a-country-club-mubarakclinton-edition/. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(4) Van Auken, B.,
“Las lágrimas de cocodrilo de Obama por la violencia en Egipto”, trad. Morales
Bastos, B., en Rebelión.org, 10 de febrero de 2011. URL disponible en:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122124. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122124. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(5) Ver RTVE de
España, 28 de enero de 2011. URL disponible en:
http://www.rtve.es/noticias/20110128/eeuu-califica-muy-preocupante-situacion-egipto-insta-mubarak-hacer-reformas/399117.shtml. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.rtve.es/noticias/20110128/eeuu-califica-muy-preocupante-situacion-egipto-insta-mubarak-hacer-reformas/399117.shtml. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(6) Amnistía
Internacional, Egipto-Informe 2008. URL disponible en:
http://www.amnesty.org/es/region/egypt/report-2008. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.amnesty.org/es/region/egypt/report-2008. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(7) El discurso
completo de Barak Obama en la Universidad de El Cairo se encuentra disponible
en New York Times, 4 de junio de 2009. URL disponible en:
http://www.nytimes.com/2009/06/04/us/politics/04obama.text.html?_r=0. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.nytimes.com/2009/06/04/us/politics/04obama.text.html?_r=0. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(8) Cf. Benjamin,
W., “Para una crítica de la violencia”, en Conceptos de filosofía de la
historia, trad. Murena, H.A., Terramar Ediciones, Buenos Aires, 2007, pp.
113-138, p. 138.
(9) Cf. Benjamin,
W., “Sobre el concepto de historia”, en La dialéctica en suspenso, trad.
Oyarzún, P., Editorial Lom, Santiago, 1996, pp. 45-67, p. 53.
(10) Agamben, G.,
“En este exilio. Diario italiano 1992-1994”, en Medios sin fin. Notas sobre la
política, trad. Gimeno Cuspinera, A., Pre-Textos, Valencia, 2010, pp. 101-118,
p. 103.
(11) Said, E.,
Orientalismo, trad. Fuentes, M., Editorial Debate, Madrid, 2002, p. 321.
(12) Cf. Telesur,
11 de agosto de 2012. URL disponible en:
http://www.telesurtv.net/articulos/2012/08/11/estados-unidos-prometio-mas-ayuda-economica-para-oposicion-siria-9614.html. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.telesurtv.net/articulos/2012/08/11/estados-unidos-prometio-mas-ayuda-economica-para-oposicion-siria-9614.html. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(13) Fuente: Vision
of Humanity. URL disponible en:
http://www.visionofhumanity.org/globalterrorismindex/#/2011/OVER/. Consultado el 5 de marzo de 2013.
http://www.visionofhumanity.org/globalterrorismindex/#/2011/OVER/. Consultado el 5 de marzo de 2013.
(14) Benjamin, W.,
“París, capital del siglo XIX”, en El París de Boudelaire, trad. Dimópulos, M.,
Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2012, p. 62.
*Mauricio Amar Díaz
es Doctorando en Filosofía de la Universidad de Chile.
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