Octubre
20, 2009 | Por kamel | # Enlace permanente
Qué he
hecho hoy en el sendero de Dios?
La
importancia de rendirse cuentas a sí mismo.
Por Kamel
Gomez
El Islam,
guía de Dios para la humanidad, nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos
y examinar nuestros pensamientos, sentimientos, intenciones y acciones.
Entre los
musulmanes hay una práctica muy recomendada que a veces descuidamos y no la
hacemos, además, algunos de nuestros hermanos la desconocen. Sin embargo, sus
beneficios son muy importantes. Nos referimos a la práctica de la “Muhasaba”.
¿Cómo definirla? Es sencillamente tomarnos unos minutos al final del día para
meditar sobre nuestras actividades. Nos enseña nuestra Tradición: “hasibu
anfusakom qabla an tuhasibu”; es decir: “ríndanse cuentas a sí mismos antes de
que se las rindan”.
Por
ejemplo, en mi caso particular y como buen argentino, en las noches preparo mi
pava de mate y me hago estas preguntas:
. ¿Qué he
hecho hoy en el sendero de Dios?
. ¿He
estudiado los principios de mi Tradición?
. ¿He
practicado correctamente mis deberes y obligaciones?
. ¿Cómo
me relacioné hoy con mis seres queridos, mi familia, mis amigos, mis hermanos
musulmanes y mis hermanos no musulmanes?
. ¿He
sido un fiel reflejo de las enseñanzas del Noble Corán?
. ¿He
colocado al Profeta Muhammad como modelo en mis acciones?
Nos
enseña el Imam Alí, en el Nahyul Balaga o Cimas de Elocuencia, lo siguiente:
…”Ante
vosotros está el ejemplo del Sagrado Profeta para que lo sigáis; es suficiente
para que seáis guiados el hecho de que ha censurado este mundo y de que ha
explicado completamente sus males, corrupciones y vicios. Sus placeres y vicios
no eran para él, sino para los enemigos de Dios y el hombre. No disfrutó los
placeres de la vida ni se engalanó con su pompa y gloria.
Si
queréis estudiar las vidas de los grandes hombres, ahí tenéis la vida de Moisés
ante vosotros. Siempre rezó ante Dios: ‘Señor, tenía realmente necesidad de los
que me has amablemente otorgado. ¡Por favor Señor!, no me dejes’. De hecho,
estaba rezando por una hogaza de pan ya que habitualmente comía vegetales y
vivía de hierbas comestibles. Vivió por tanto tiempo de vegetales verdes (sin
cocinar ni sazonar) que su piel (en determinados lugares) tomó un color
verdoso.
Si os
gusta, ahí tenéis ante vosotros el ejemplo de David, el dulce cantor del
Paraíso, a quien le fueron revelados los Salmos. Acostumbraba a hacer cestos de
las hojas de la palmera datilera, a venderlos y vivir de lo que conseguía de
este modo (aunque era un rey y tenía a sus órdenes un gran ejército).
Podéis
imitar el noble ejemplo de Jesús. Usaba una piedra como almohada y se ponía
ásperos vestidos. El hambre fue la única salsa que usó siempre. Sólo la luna
iluminaba sus noches y sólo el sol le dio algún calor durante los inviernos.
Sus postres (frutas) eran aquellos vegetales que también comían los animales.
No tuvo esposa que lo atrajera hacia los caminos mundanales ni hijos cuyo amor
pudiera interponerse entre él y el deber; no tuvo riqueza, cuyo logro y
protección pudieran haberle apartado los pensamientos del próximo mundo. No fue
avaro, por consiguiente nunca se humilló. Sus vehículos eran sus piernas y sus
servidores sus manos. Si os gusta, podéis seguir su ejemplo.
Pero el
mejor ejemplo para vosotros es seguir a nuestro Sagrado Profeta. Seguidle fiel
y sinceramente…
… Nuestro
Sagrado Profeta hizo uso de las cosas mundanas sólo para las necesidades más
básicas de la vida y nunca pensó en obtener ningún confort o comodidad en la
vida ni siquiera temporalmente. Comía poco y generalmente estaba hambriento.
Cuán a menudo los placeres del mundo le fueron presentados y él rehusó
aceptarlos. Su voluntad era la voluntad de Dios. Detestaba aquellas cosas que
Dios detestaba, despreciaba aquellas que son despreciadas por Dios y aquellos
hechos que Dios desdeña…
… Nuestro
Sagrado Profeta acostumbraba a tomar sus comidas mientras estaba sentado en la
tierra, y acostumbraba a sentarse como una persona ordinaria (como un pobre no
como un rey o un noble); reparaba sus propios zapatos, lavaba sus propios
vestidos, y cabalgaba sin montura sobre un burro; e incluso (si había carestía
de monturas) llevaba a otro cabalgando detrás de él…
…Odiaba
sinceramente el esplendor y pompa de este mundo y había apartado los deseos de
sus placeres de su mente. Despreciaba y odiaba las ostentaciones de la vida
lujosa para que no pudieran tentarle ni pudiera pensar en este mundo como una
morada permanente o un lugar en el que regocijarse en lujuria y opulencia. No
tenía en absoluto inclinación por una vida de confort y comodidad; esto no
tenía encanto para él ni lugar en su corazón. Incluso la simple conversación
acerca de ello era abominable para él; odiaba verlo alrededor y oír acerca de
sus halagos en su sociedad, como una persona que odiaba ver a su peor enemigo y
despreciaba oírlo en su sociedad…”
Estas
hermosas palabras, sin duda, nos señalan la piedad de los profetas y la
importancia de tomarlos como modelos en nuestras vidas cotidianas.
Por
supuesto, el musulmán no puede descuidar su compromiso con la sociedad en la
que vive, y con el mundo. Por eso nuestro amado Profeta Muhammad nos enseña:
“Quien
observe un acto execrable que lo rechace con su mano si es que puede hacerlo;
si no puede así que lo rechace con su lengua; y si tampoco puede de esta manera
que lo rechace con su corazón”
Esta
tradición nos destaca la importancia del compromiso de los musulmanes con sus
sociedades. Todos nosotros somos conscientes de esta delicada etapa que le toca
transitar a la humanidad. El Noble Corán lo define así:
¡Por la
era! Que es cierto que el hombre está en pérdida (camina hacia su perdición).
Pero no así los que creen, llevan a cabo las acciones de bien, se encomiendan
la verdad y se encomiendan la paciencia. (Cap. 103)
En
general, mucho de nosotros hemos estudiado, lo que llamamos “signos menores”.
Nuestros sabios coinciden en que todos, en mayor o en menor medida, están
presentes. Sin embargo, nuestra actitud hacia éstos puede ser pasiva o activa.
Queremos decir, a veces repetimos los signos menores criticando la sociedad
actual y nos pasamos horas charlando lo que vemos en nuestro día a día. A esto
llamamos actitud pasiva y la interpretamos de dos maneras: una individual y
otra social. La individual se relaciona también a nuestra Muhasaba, es decir:
¿Cuántas veces nos preguntamos hasta qué punto participamos en los signos
menores y somos incluso adictos a estos? La interpretación social tiene que ver
con que muchas veces, criticando a otros por lo que hacen, nos olvidamos de que
tenemos la obligación de ayudarlos, de indicarles el camino, de señalarles la
importancia de la espiritualidad.
Analicemos
un ejemplo concreto. Nos enseña el Profeta Muhammad:
“Llegará
un tiempo para mi comunidad en el que se apegarán a cinco cosas y olvidarán
otras cinco: se apegarán al mundo y olvidarán el más allá; se apegarán a la
riqueza y olvidarán el cómputo (del día del Juicio); se apegarán a las mujeres
y olvidarán a las huríes (del Paraíso); se apegarán a las mansiones y olvidarán
los sepulcros; y se apegarán a sí mismos y olvidarán al Señor; esos se desentienden
de mí, y yo me desentiendo de ellos.”
Aquí
nuestro amado Profeta, misericordia para los mundos y ejemplo dotado de un
carácter magnánimo, nos advierte de cinco grandes amores, que nos hacen olvidar
otras cinco cosas importantes en la conciencia del creyente. Es interesante
que, en los valores que están en boga, lo que se vende por todos lados sean
estas cinco características. Esta narración no deja de ser también una
excelente descripción del mundo moderno. Pensemos en los “ídolos” de hoy, y veremos
cómo poseen estas cinco cosas.
Reflexionemos
ahora activamente. ¿Hasta dónde nuestros corazones reflejan estos amores, o
incluso, quizás hasta los cinco apegos en nuestro interior?
Luego,
¿qué hacemos con aquellos hermanos a los que hemos perjudicado al tener estos
apegos y opresiones? ¿Y qué hacemos por ayudar al resto de los hombres sea con
el consejo (nasiha) o, aquellos que poseen piedad (taqua) y conocimiento
(ma’rifa), con la guía (irshad)?
Otra vez
la tradición nos ilumina:
“La
opresión es de tres formas: una opresión que Dios, Imponente y Majestuoso,
perdona; una opresión que no perdona, y una opresión cuyo perdón está
supeditado al perdón de otro. En cuanto a la opresión que no perdona es
atribuir asociados a Dios, Imponente y Majestuoso; la opresión que Dios perdona
es aquella que el hombre comete contra sí mismo y que acontece entre Dios y la
persona; y en cuanto a la opresión cuyo perdón está supeditado al perdón de de
otro, es aquella que acontece entre los siervos.”
Indaguemos
los cinco apegos de la tradición del Profeta en forma más detallada.
…” se
apegarán a la riqueza y olvidarán el cómputo (del día del Juicio)”…
Nos
advierte el Noble Corán, entre otras aleyas:
Y es
tenaz en su amor por los bienes (Cap. 100:8)
Dice: he
disipado grandes riquezas (Cap. 90:6)
Y en el
capítulo 104, leemos:
(1)¡Perdición
para todo aquel que murmura y difama!
(2) Ese
que acumula riqueza y la cuenta.
(3) Cree
que su riqueza lo va a hacer inmortal.
Si,
siguiendo Tafsir Al Mizan, leemos las aleyas de atrás para adelante, entendemos
que el hombre, como piensa que la riqueza lo hará inmortal, es que la acumula y
la cuenta. Y es para proteger esa riqueza, que murmura y difama.
Y el Imam
Ali Rida nos señala las causas de la riqueza:
“La
riqueza no se reúne sino por cinco cosas: una avaricia intensa, una larga
esperanza, una codicia dominante, cortar el vínculo con los parientes, y
preferir la vida mundanal a la del más allá.”
Sin duda,
el tema del hisab, del cómputo, es fundamental en el Islam y en la vida del
creyente. Ya citábamos antes las tres opresiones.
Dijo el
Profeta (BPD):
“¿Sabéis
quien es indigente entre vosotros?” Contestaron:
“El indigente entre nosotros es aquel que no posee dinares ni dirhames. (Es decir, quien no posee dinero en efectivo)” El les dijo (BPD):”No. El indigente es aquel que el Día del Juicio se presentará con el ayuno, la oración, la peregrinación, la caridad obligatoria y muchas de las acciones buenas, en tanto que peleado con uno, ha insultado a otro, traicionó a otro y murmuró contra otro. Entonces se tomará de sus obras buenas para ellos (en compensación por lo que les hizo), hasta que no le quede nada a su favor. Luego se tomarán de las acciones malas de ellos y se pondrán sobre él. Después será arrojado al Fuego.”
“El indigente entre nosotros es aquel que no posee dinares ni dirhames. (Es decir, quien no posee dinero en efectivo)” El les dijo (BPD):”No. El indigente es aquel que el Día del Juicio se presentará con el ayuno, la oración, la peregrinación, la caridad obligatoria y muchas de las acciones buenas, en tanto que peleado con uno, ha insultado a otro, traicionó a otro y murmuró contra otro. Entonces se tomará de sus obras buenas para ellos (en compensación por lo que les hizo), hasta que no le quede nada a su favor. Luego se tomarán de las acciones malas de ellos y se pondrán sobre él. Después será arrojado al Fuego.”
En la recopilación
de narraciones que hace Ibn Arabi, encontramos esta hermosa tradición de
nuestro Profeta Muhammad:
“Dos
hombres de mi comunidad hablaban sentados frente al Señor Todopoderoso y uno de
ellos decía: ’Oh Señor, hazme justicia por el perjuicio que me ha causado mi
hermano’
Dios
(exaltado sea) dijo (al acusado): ‘Ofrece a tu hermano algo para resarcirle’
‘Oh
Señor, respondió, no me queda ninguna buena acción para cederle’
‘Entonces
que acarree mis pecados’, replicó el demandante.
Los ojos
del Enviado de Dios se llenaron de lágrimas, y dijo: ‘Será un día terrible
aquél en que los hombres tengan necesidad de que una parte de sus pecados le
sean acarreados’
Después
prosiguió: Dios dirá al demandante que levante la cabeza y mire los jardines
del Paraíso. Él levantará los ojos y exclamará: ‘Oh señor, veo ciudades de
plata y palacios de oro engastados de coronas de perlas. ¿A qué profeta, a qué
mártir pertenecen?’
‘A aquel
que Me lo pueda pagar’, dijo Dios.
‘¿Y quién
puede pagártelo?’
‘Tú, tú
puedes’
‘¿Y cómo,
Señor?
‘Perdonando
a tu hermano’
‘Ya lo he
perdonado’
Dios
proseguirá: ’Toma la mano de tu hermano y hazle entrar en el Paraíso’.
El
enviado de Dios añadió:
‘Temed a
Dios y Haced las paces entre vosotros, ya que ciertamente Dios establecerá la
Paz entre los creyentes el Día de la Resurrección.’
…” se
apegarán a las mujeres y olvidarán a las huríes (del Paraíso); se apegarán a
las mansiones y olvidarán los sepulcros”…
Shakespeare
dice: “¡Oh poderoso amor!, que transformas a las bestias en hombres… y a los
hombres en bestias”.
En
nuestra sociedad, la sexualidad ha sido reducida a un mero objeto de consumo,
en donde la ética y la moral no tienen lugar y lo único importante es tener
sexo la mayor cantidad de veces con la mayor cantidad de personas y si, es
posible, publicarlo o realizarlo en presencia de otras personas… en fin, el
estado decadente de la civilización moderna es conocido por todos.
Por eso
el Islam señala que el casamiento es la mitad de nuestra religión. La
sexualidad, que el Islam invita a disfrutar plenamente, debe darse en el marco
del matrimonio. Es increíble como hoy las relaciones casuales y sin ningún tipo
de responsabilidad están en auge. Un libertinaje sexual que crece por doquier,
y que encima, va acompañado del crecimiento de la prostitución y de la
esclavitud sexual. En nuestro país, está lleno de lugares en donde mujeres
secuestradas especialmente de Paraguay son obligadas a prostituirse. Y todavía
no mencionamos el grave problema de las violaciones, abusos sexuales y pedofilia,
tan común hoy en nuestras noticias…
Sin duda,
el tema de los palacios y las grandes construcciones arquitectónicas están muy
relacionados con la enseñanza profética de aquellos beduinos que harán
rascacielos. Ni hablar de las tradiciones que hablan de las hermosas mezquitas,
pero vacías de adoración.
Dice el
Noble Corán:
“La
rivalidad sin sentido por obtener mayores bienes materiales os mantendrá
distraídos. Hasta que os llegue el momento de visitar las tumbas” (Cap102:1-2).
Y del
Imam Ali:
“Cuántos
desgraciados hay quienes les ha llegado la hora de la muerte y aún se afanan en
procurar lo mundano”.
En un
cuento nos llega esta enseñanza:
El
Profeta (PBd) estaba sentado como de costumbre entre la asamblea. Sus
compañeros, formando un círculo alrededor de él, le rodeaban como el engaste de
un anillo. Mientras tanto entró un musulmán que era un hombre pobre y con ropa
harapienta. Conforme a la tradición islámica, según la cual, entrando en una
asamblea, debe uno, sea cual sea su rango, sentarse allá donde haya un espacio
vacío, sin pretender un sitio especial bajo el pretexto de que su rango lo
exige así, este hombre miró a su alrededor con atención y viendo un lugar
vacío, fue a sentarse allí. Así fue a instalarse al lado de un hombre rico, que
recogió sus prendas y se puso aparte. El Profeta (PBd), que vio su
comportamiento, se volvió hacia Él y le dijo:
- ¿Tienes
miedo de que algo de su pobreza se pegue a ti?
- ¡No, oh
Enviado de Dios!
- ¿Tienes
miedo de que algo de tu riqueza le contamine?
- ¡No, oh
Enviado de Dios!
- ¿Tienes
miedo de que tus ropas se ensucien y se ajen?
- ¡No, oh
Enviado de Dios!
-
¿Entonces por qué lo has evitado y te has apartado?
-
Reconozco que he cometido un error y en expiación de mi pecado, estoy ahora
dispuesto a dar la mitad de mis bienes a este hermano musulmán.
- Pero yo
no estoy dispuesto a aceptar -contestó el hombre de los harapos- Porque tengo
miedo de que un día me llene de orgullo y me comporte ante un hermano musulmán
de la misma manera que esta persona lo ha hecho conmigo.
Hay
también una interesante enseñanza que nos deja Saadi. Cuenta que vio en el
Paraíso a un Rey, y en el Infierno a un sufí. Le preguntó al sufí el por qué de
su situación, y el sufí respondió que era a causa de recorrer palacios y
visitar reyes. Entonces, le preguntó también al rey por qué estaba en el
paraíso, a lo cual respondió: esto se debe a estar siempre reunido con hombres
sufíes…
…“se
apegarán a sí mismos y olvidarán al Señor”…
Dice el
Noble Corán:
Y no
seáis como aquellos que olvidaron a Dios y Él los hizo olvidarse de sí mismos.
Esos son los descarriados. (Cap.59:19)
Nos
enseña el Imam Ali:
“Quien se
considera sí mismo grande, es insignificante ante Dios”.
“¡Oh!
Cómo amo, respeto y venero a aquellas personas que son mejor conocidas y
respetadas en el Paraíso que en la Tierra”.
Hay una
interesante explicación que nos entrega Ibn Ayiba:
“Debes
saber que el Real-exaltado sea-, en Su Sabiduría, ha establecido a Satanás, al
ego (nafs) y a la gente como guardias que impiden al acceso a Su Presencia.
Nadie accede a ella sin superarlos y abrirse paso a la fuerza porque están
estacionados ante Su Puerta y Él les ha encomendado guardarla diciéndoles: ‘No
dejéis que nadie entre, excepto quien os venza’. Así cuando viene alguien que
quiere entrar se le oponen las criaturas haciéndole ver los defectos de la vía
para que le disguste; si las vence se presenta Satanás indicándole que le
llevará mucho tiempo alcanzar la apertura (espiritual), haciéndole temer la pobreza,
y diciéndole cuando alcanza la apertura de Dios: ‘¿Será o no será?’. Y si lo
vence se presenta el ego que le dice: ‘¿Cómo vas a abandonar tu vida, tu rango,
y tu dignidad por algo que no sabes si existe o no?’. Y cuando lo vence dice el
Altísimo: ‘Bienvenido seas ’…”
Sobre lo
que dice la gente, el Imam Ali viene en nuestra ayuda y nos enseña:
…”Pertenezco
a un grupo que no se preocupa de ninguna crítica por la causa de Dios. Las
caras de aquéllos que pertenecen a este grupo indican claramente su sinceridad,
honestidad y veracidad. Su plática es del modelo de la plática de personas pías
y virtuosas. Pasan sus noches en oración a Dios, y sus días actuando como guía
de los que buscan la verdad. Siguen fielmente el Corán, reviven la religión
revelada por Dios y las tradiciones del Sagrado Profeta. No son vanos ni
orgullosos, ni ambiciosos ni deshonestos, ni envidiosos ni maliciosos, ni crean
disensión ni falacia. Sus mentes están llenas de amor al Paraíso y sus cuerpos
se afanan por alcanzarlo”.
Sobre la
gente con la que debemos relacionarnos, nos llega del Mensajero de Dios:
Le
dijeron los apóstoles a Jesús: “Oh espíritu de Dios, ¿A quién debemos
frecuentar?”. Respondió: “A aquél que os haga recordar a Dios cuando le veáis,
cuyas palabras incrementen vuestro conocimiento, y cuyas acciones os hagan
anhelar el más allá”.
Sin duda
la importancia de los hermanos es trascendental. El Profeta también nos enseña
que “el creyente es espejo del creyente” y el Imam Yafar Sadiq nos indica: “El
más querido de mis hermanos para mí es aquel que me regala mis defectos (me los
hace notar y en buena manera)”
Recogemos
de otra tradición:
“Cada
creyente tiene 30 deberes para con su hermano en el din, de los cuales no se
puede excusar, debiendo cumplirlos u obtener la disculpa (por no hacerlo, de su
hermano). Son: perdonar sus errores, ser compasivo y amable con él cuando está
en un país extraño; guardar sus secretos; darle la mano cuando está por caer;
aceptar la defensa que se hace de él; rechazar las calumnias (o chismes) en su
contra; persistir en darle buen consejo; cultivar su amistad; satisfacer su
confianza (en uno); visitarlo cuando está enfermo; estar con él en el momento
de su muerte; aceptar sus invitaciones y regalos; devolver sus favores de la
misma manera; agradecerle por sus favores; ser agradecido por su ayuda;
proteger su honor y su propiedad; ayudarlo a satisfacer sus necesidades; hacer
un esfuerzo para resolver sus problemas; decirle ‘Dios te bendiga’ cuando
estornuda; guiarlo hasta la cosa que ha perdido; responder sus saludos; tomarlo
al pie de la letra (no malinterpretar lo que dice); aceptar sus dádivas; dar
veracidad de sus juramentos; ser amigable con él, no antipático y hostil;
ayudarlo si está siendo injusto o víctima de una injusticia (en cuanto a ayudarlo
cuando está siendo injusto, significa librarlo de serlo, y para cuando es
víctima de una injusticia, queremos decir ir en auxilio de sus derechos);
reprimir el sentirse aburrido o hastiado de él; no desampararlo en medio de sus
problemas; querer para él de bueno lo que se quiere para sí; y disgustar que a
él le toque lo que a uno le disgusta.”
Podemos
citar también esta tradición que aparece en la recopilación de Ibn Arabi:
Dios dirá
en el Día de la Resurrección:
“¡Oh hijo
de Adán! He estado enfermo y no Me has visitado”.
El hombre
responderá: “Oh Señor, ¿cómo podría visitarte, si eres el Señor de los mundos”.
Dios
dirá: “¿No sabías que Mi siervo fulano, cayó enfermo? Y sin embargo tú no le
visitaste, y ¿no sabías que si le hubieras visitado Me hubieses encontrado a su
lado”.
“¡Oh hijo
de Adán! Te he pedido de comer y no has querido alimentarte”.
El hombre
responderá: “Oh Señor, ¿cómo te hubiera podido dar de comer , si eres el Señor
de los mundos”.
Dios
dirá: “¿No sabías que Mi siervo fulano te pidió de comer? Y sin embargo no le
diste de comer ¿No sabías que si le hubieras dado de comer, hubieras encontrado
lo necesario en Mí?
“¡Oh hijo
de Adán! Te he pedido de beber y no has apagado mi sed”.
El hombre
responderá: “Oh Señor, ¿cómo hubiera podido apagar Tu sed, si eres el Señor de
los mundos”
Dios
dirá: “Mi siervo fulano te pidió de beber, y sin embargo no le diste de beber.
Si le hubieras dado de beber, hubieras encontrado lo necesario en Mí”
El Imam
Al Baquir nos enseña también, algo muy importante para la purificación del
nafs, valorando la importancia del ayuno:
Cuando
Dios creó al intelecto (al-`aql) le preguntó: “¿Quién eres tú y Quién soy Yo?”,
y el intelecto le respondió: “Tú eres mi Señor, y yo soy tu siervo fiel”. Y
Dios le ordenó: “¡Retrocede!”, y luego le ordenó: “¡Aproxímate!”, y juró Dios:
“¡Por mi Poder y mi Majestad, no creé nada más amado para Mí que tú, y sólo te
perfeccionaré en quienes ame!: Por ti juzgaré, y por ti recompensaré y
castigaré”. Y cuando Dios creó al alma le preguntó por dos veces,: “¿Quién eres
tú, y Quién soy Yo?”, y el alma respondió: “Yo soy yo, y Tú eres Tú”, y se
manifestó separada de su Señor, y cada vez Dios la sometió a la prueba del
fuego, durante un ciclo, y a la del ayuno, por otro, para finalmente extraerla
de la abstención, y preguntarle por tercera vez: “¿Quién eres tú, y Quién soy
Yo?”, y el alma reconoció: “Tú eres mi Señor, y yo soy tu sierva fiel”.
Llegamos
a la última parte de la Tradición que hemos decidido comentar.
…“se
apegarán al mundo y olvidarán el más allá”…
Quisimos
dejar para el final esta advertencia de nuestro Profeta.
Nos dice
el Imam Ali:
“El ayuno
de los deleites del mundo, es el mejor de los ayunos”
Y del
Imam As-Sadeq:
“El amor
a la vida mundanal es la causa de toda falta”
“Aquel
cuyo corazón se vincula a la vida mundanal, se habrá vinculado a tres cosas:
una preocupación interminable, un deseo imposible, y una esperanza que no es
alcanzada”.
En una
aleya del Generoso Corán encontramos:
“Conocen
una parte superficial de la vida del mundo pero viven despreocupados de la Otra
Vida (hum gafilun)”
In sha
Allah, trataremos de dar algunas precisiones sobre el término que utiliza el
Corán. ¿Qué entendemos por “gafla”?
En
nuestra ayuda, aparece una máxima de Ibn Ata Allah que dice así:
“El
distraído (gafil) amanece pensando que hará, el juicioso (aqil) pensando que
hará Dios con él”
Ibn Ayiba
comenta:
“El
distraído es el ignorante de Dios aunque abunde en Su recuerdo con la lengua, y
el juicioso es el sabio en Dios aunque escasee en él el Dikr verbal… Pues en el
distraído su alma está presente y sus esperanzas son enormes, comienza así el
día observando qué va hacer consigo mismo, y dispone sus asuntos y objetivos
conjeturando con su inteligencia porque le gusta ver todas las cosas preparadas
a su alrededor, pero cuando la predestinación le impone algo que le importuna y
destruye sus esperanzas se encoleriza y entristece disputando con su Señor y
pervirtiendo su adab…El juicioso en cambio, el sabio que ha realizado en su
corazón la grandeza de su Señor reunificándose en Él, ve resplandecer en su
corazón los soles de la gnosis y ya no ve a los seres. No tiene noticias de su
alma y cuando amanece observa que hará Dios con él…”
La
actitud contraria al distraído es la de aquel que está unido y presente en el
Dikr. Dice la súplica de Kumail: “ia manis muhu daua, uadikruhu shifa, oh quien
Su nombre es remedio, y Su recuerdo curación”. No nos referimos al “dios
ausente”, apenas presente en las lenguas, o como nos señala el Corán: “iaquluna
bi al sinatihim ma laisa fi qulubihim, dicen con su lenguas lo que no hay en
sus corazones”
El Corán
también nos señala (Cap. 33:4):
“Dios no
puso dos corazones en el interior del hombre…”
Y del
Imam Yafar Sadiq: “El corazón es el recinto sagrado de Dios, así pues, no
alojes en el recinto sagrado de Dios a otro fuera de Él”
En la
sentencia de Ibn Ata Allah leemos:
¿Cómo
puede brillar un corazón en cuyo espejo están grabadas las imágenes de los
seres?
¿O cómo viajará hacia Dios estando encadenado por sus pasiones?
¿O cómo ambicionar entrar a la presencia de Dios sin haberse purificado de la inmundicia de sus distracciones (gaflat)?
¿Y cómo espera comprender las sutilezas de los secretos no habiéndose arrepentido de sus faltas?
¿O cómo viajará hacia Dios estando encadenado por sus pasiones?
¿O cómo ambicionar entrar a la presencia de Dios sin haberse purificado de la inmundicia de sus distracciones (gaflat)?
¿Y cómo espera comprender las sutilezas de los secretos no habiéndose arrepentido de sus faltas?
Explicación
dada por Ibn Ayiba:
El
corazón es el “lugar” de la manifestación de lo divino, pero ese lugar debe
estar vacío y libre y su espejo bruñido para que resplandezcan en él las
realidades espirituales. “El espejo, que es algo que cuanto más bruñido está
más aumenta su poder de reflejar lo que está frente a sí, ejemplifica aquí a la
basira, el ojo del corazón…Dios hizo que el corazón del hombre sea como un
espejo bruñido en el cual se refleja lo que tiene enfrente y que tiene una sola
dirección…”.
Ibn Ayiba
menciona al respecto los hadices del Profeta:
“Todo tiene un pulidor, y el pulidor del corazón es el recuerdo de Dios”, y también:
“Cuando el siervo peca aparece en su corazón un punto negro; si él se aleja (del mal) y pide perdón es pulido (borrado), pero si vuelve sobre esa falta aumenta el tamaño del punto negro hasta cubrir su corazón”.
“Todo tiene un pulidor, y el pulidor del corazón es el recuerdo de Dios”, y también:
“Cuando el siervo peca aparece en su corazón un punto negro; si él se aleja (del mal) y pide perdón es pulido (borrado), pero si vuelve sobre esa falta aumenta el tamaño del punto negro hasta cubrir su corazón”.
“…No
pueden ingresar a la Presencia sagrada sino los purificados, pues está
prohibido que el corazón impuro por relación sexual (yanaba: condición de
impurificación después de la relación sexual, de la cual sólo es posible
purificarse con el baño completo) penetre en la mezquita, y su impurificación
es la distracción (gafla) respecto de su Señor, como dice el Altísimo:
¡Creyentes!, no os acerquéis a la oración estando ebrios hasta que sepáis lo que decís, ni tampoco impurificados -salvo de viaje- hasta que os bañéis (4:43), es decir: no os acerquéis a la oración de la presencia ebrios con el amor al mundo…hasta que despertéis ( de esa inconsciencia) y meditéis lo que decís en presencia del Soberano, ni tampoco impuros por el ayuntamiento con la distracción hasta haberos purificado con el agua de lo invisible…”
¡Creyentes!, no os acerquéis a la oración estando ebrios hasta que sepáis lo que decís, ni tampoco impurificados -salvo de viaje- hasta que os bañéis (4:43), es decir: no os acerquéis a la oración de la presencia ebrios con el amor al mundo…hasta que despertéis ( de esa inconsciencia) y meditéis lo que decís en presencia del Soberano, ni tampoco impuros por el ayuntamiento con la distracción hasta haberos purificado con el agua de lo invisible…”
Dice el
Noble Corán:
“…Hombres
a los que ni el negocio ni el comercio les distraen del recuerdo de Dios…”
(Cap. 24:36)
En esta
aleya, no sólo entendemos que en el momento de realizar las obligaciones que
demanda nuestra Tradición, debemos abandonar nuestras tareas. También, y aún
más importante, se refiere a aquellos que en el momento que desarrollan sus
actividades, son conscientes del recuerdo de Dios, sin estar nunca distraídos.
Para
finalizar, citamos esta hermosa súplica que nos llega del Imam Zainul Abidin:
“Letanía
de los Recordantes”
اِلهي
لَوْ لاَ الْواجِبُ مِنْ قَبُولِ اَمْرِكَ لَنَزَّهْتُكَ مِنْ ذِكْري اِيّاكَ
ilâhî
laula-l uâÿibu min qabûli amrika la nazzahtuka min dhikrî ‘îâka,
¡Señor
mío! Si no fuera por lo obligatorio de obedecer Tu orden te consideraría exento
de que te alcanzara mi recuerdo (Tú nos has dicho: ¡Recuérdenme, que os
recordaré!)
عَلى
اَنَّ ذِكْري لَكَ بِقَدْري لا بِقَدْرِكَ وَما عَسى اَنْ يَبْلُغَ مِقْداري حَتّى
اُجْعَلَ مَحَلاًّ لِتَقْديسِكَ
‘alâ anna
dhikrî laka biqadrî lâ biqadrika, wa mâ ‘asâ aî iabluga miqdârî hattâ uÿ‘ala
mahal·lal litaqdîsika,
Si bien
mi recuerdo de Ti se corresponde con mi rango y no alcanza a Tu Jerarquía;
además ¿qué grado puede llegar a alcanzar mi condición para ser dispuesto como
sitio de Tu Glorificación.
وَمِنْ
اَعْظَمِ النِّعَمِ عَلَيْنا جَرَيانُ ذِكْرِكَ عَلى اَلْسِنَتِنا وَاِذْنُكَ لَنا
بِدُعاَئِكَ وَتَنْزيهِكَ وَتَسْبيحِكَ
wa min
a‘dzamin ni‘ami ‘alainâ ÿaraiânu dhikrika ‘alâ alsinatinâ, wa idhnuka lanâ
bidu‘â’ika wa tanzîhika wa tasbîhika,
Entre las
grandes mercedes que nos has brindado, está el hecho de que Tu recuerdo fluya
por nuestras lenguas, y Tu anuencia para que pudiéramos suplicarte,
glorificarte y alabarte.
اِلهي
فَاَلْهِمْنا ذِكْرَكَ في الْخَلاَءِ وَالْمَلاَءِ وَاللَّيْلِ وَالنَّهارِ
وَالاِْعْلانِ وَالاِْسْرارِ وَفي السَّرّاَءِ وَالضَّرّاَءِ
ilâhî fa
alhimnâ dhikraka fi-l jalâ’i wa-l malâ’i, wa-l laili wa-n nahâri, wa-l i‘lâni
wa-l asrâri, wa fi-s sarrâ’i wa-d darrâ’i,
¡Señor
mío! Inspíranos Tu recuerdo en la soledad y en la compañía, así como en la
noche y en el día, en lo manifiesto y en lo oculto, en la felicidad y en la
adversidad
وَآنِسْنا
بِالذِّكْرِ الْخَفِيِّ وَاسْتَعْمِلْنا بِالْعَمَلِ الزَّكِيِّ وَالسَّعْيِ
الْمَرْضِيِّ
wa ânisnâ
bi-dh dhikri-l jafîî, wasta‘milnâ bi-l ‘amali-z zakîî was sa‘îi-l mardîî,
¡Haznos
gustar de la compañía del recuerdo sigiloso (de Ti)! ¡Haz que nos ocupemos de
acciones sinceras, puras y de esfuerzos elogiables!
وَجازِنا
بِالْميزانِ الْوَفِيِّ
wa ÿâzinâ
bi-l mîzâni-l wafîî,
¡Retribúyenos
en una copiosa medida!
اِلهي
بِكَ هامَتِ الْقُلُوبُ الْوالِهَةُ وَعَلى مَعْرِفَتِكَ جُمِعَتِ الْعُقُولُ
الْمُتَبايِنَةُ
ilâhi
bika hâmati-l qulûbu-l uâlihatu, wa ‘alâ ma‘rifatika ÿumi‘ati-l ‘uqûlul
mutabâîinatu,
¡Señor
mío! Por Ti son cautivados los corazones apasionados y por conocerte concuerdan
los intelectos contrapuestos.
فَلا
تَطْمَئِنُّ الْقُلُوبُ اِلاّ بِذِكْراكَ وَلا تَسْكُنُ النُّفُوسُ اِلاّ عِنْدَ
رُؤْياكَ
falâ
tatma’innu-l qulûbu il·lâ bidhikrâka, wa lâ taskunu-n nufûsu il·lâ ‘inda
ru’iâka,
No se
sosiegan los corazones excepto por Tu recuerdo y no se serenan las almas sino
al contemplarte.
اَنْتَ
الْمُسَبَّحُ في كُلِّ مَكانٍ وَالْمَعْبُودُ في كُلِّ زَمانٍ
anta-l
musabbahu fî kul·li makâniw, wa-l ma‘bûdu fî kul·li zamâniw,
Tú eres
el Alabado en todo lugar (los cielos y la tierra), el Adorado en toda época,
وَالْمَوْجُودُ
في كُلِّ اَوانٍ وَالْمَدْعُوُّ بِكُلِّ لِسانٍ وَالْمُعَظَّمُ في كُلِّ جَنانٍ
wa-l
mauÿûdu fî kul·li auâniw, wa-l mad‘ûû bi kul·li lisâniw, wa-l mu‘adzdzamu fî
kul·li ÿanâniw,
el
Presente en todo momento, el Invocado en todo lenguaje y el Enaltecido en todo
corazón
وَاَسْتَغْفِرُكَ
مِنْ كُلِّ لَذَّةٍ بِغَيْرِ ذِكْرِكَ وَمِنْ كُلِّ راحَةٍ بِغَيْرِ اُنْسِكَ
wa
astagfiruka min kul·li ladhdhatim bi gairi dhikrika, wa min kul·li râhatim bi
gairi unsika,
(¡Señor
mío!) Me arrepiento de todo placer que no haya provenido de Tu recuerdo y de
toda comodidad que no haya surgido de Tu compañía,
وَمِنْ
كُلِّ سُرُورٍ بِغَيْرِ قُرْبِكَ وَمِنْ كُلِّ شُغْلٍ بِغَيْرِ طاعَتِكَ
wa min
kul·li surûrim bi gairi qurbika, wa min kul·li shuglim bigairi tâ’atika,
de toda
alegría que no haya sido motivada por Tu cercanía y de toda ocupación que no
sea la obediencia a Ti!
اِلهي
اَنْتَ قُلْتَ وَقَوْلُكَ الْحَقُّ يا اَيُّهَا الَّذينَ امَنُوا اذْكُرُوا اللّهَ
ذِكْراً كَثيراً وَسَبِّحُوهُ بُكْرَةً وَاَصيلاً
ilâhî
anta qulta wa qaulukal haqqu, «iâ aîîuha-l ladhîna âmanû-dhkuru-l·lâha dhikran
kazîraw, wa sabbihûhu bukrataw wa asîlan»,
¡Señor
mío! Tú lo has dicho y Tu palabra es verdad “¡Creyentes recordad mucho a Dios!
¡Glorificadle mañana y tarde!” (Sura 33:41)
وَقُلْتَ
وَقَوْلُكَ الْحَقُّ فَاذْكُرُوني اَذْكُرْكُمْ
wa qulta
wa qaulukal haqqu, “fadhkurûnî adhkurkum”,
Lo has
dicho y Tu palabra es verdad “¡Recordadme, que os recordaré!” (Sura 2:152)
فَاَمَرْتَنا
بِذِكْرِكَ وَوَعَدْتَنا عَلَيْهِ اَنْ تَذْكُرَنا تَشْريفاً لَنا وَتَفْخيماً
وَاِعْظاماً
fa amartanâ
bidhikrika, wa ua‘adtanâ ‘alaihi an tadhkuranâ tashrîfal lanâ, wa tafjîmaw wa
i‘dzâmaw,
Entonces,
nos has ordenado recordarte y nos prometiste recordarnos cuando lo hiciéremos,
a fin de ennoblecernos, honrarnos, y elevarnos;
وَها
نَحْنُ ذاكِرُوكَ كَما اَمَرْتَنا فَاَنْجِزْ لَنا ما وَعَدْتَنا
wa hâ
nahnu dhâkirûka kamâ amartanâ, fa anÿiz lanâ mâ ua‘adtanâ,
y aquí
estamos ¡recordándote! Tal como nos exhortaste; por ello, ¡Cumple Tu promesa!
يا ذاكِرَ
الذّاكِرينَ وَيا اَرْحَمَ الرّاحِمينَ
iâ
dhâkira-dh dhâkirîna, wa iâ arhamar râhimîna,
¡oh,
Recordante de los recordantes! ¡oh, el más Compasivo de los Misericordiosos!
Nota:
este artículo nace de las reflexiones que compartimos en las noches de laitatul
qadr del mes de Ramadan pasado, junto con la jutba pronunciada en Aid El Fitr,
en la ciudad de Mar del Plata.
Bibliografía
empleada:
-El Noble
Corán. Utilizamos dos traducciones: la de Navio y la de González Bornez. Esta
última está disponible en internet en el sitio www.libros.ir y
www.islamoriente.com .
-Cimas de
Elocuencia. Los discursos, cartas y dichos de Hadrat Ali. También disponible en
internet en www.biab.org.
-Un Ramo
de Flores. Del jardín de las tradiciones del Profeta y Ahlul Bait. Para
descargarlo de internet: www.islamelsalvador.com y www.islamoriente.com .
-El
tabernáculo de las luces. Ibn Al Arabi. Ed. Sufi. Colección Generalife. 1998,
Madrid.
- Revista
“Al- hikma”, números 3 y 5. Ambos números dedicados a los Hikam de Ibn Ata
Allah con los comentarios de Ibn Ayiba. Traducción: Hasan Bize
- Revista
“Irfan”, número 2, Director: Mahmud Husein.
-“Aliul
kalan”, Palabras Sublimes. Máximas de Amirul muminin Ali Ibn Abi Taleb.
Recopilación y traducción: Yasin Kamel Selmán.
-Además
de las páginas web antes citadas, también:
www.webislam.com
, www.musulmanesandaluces.org, www.senderoislam.net y www.islammdp.blogspot.com
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Octubre
8, 2009 | Por kamel | # Enlace
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por Seied Husein Nasr
El hombre
se convierte en el reformador de todas las cosas, pero nunca de sí mismo.
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre moderno es que siempre quiere reformarlo todo, desde las instituciones sociales y económicas hasta las tradiciones filosóficas y religiosas, pero raramente está dispuesto a reformarse a sí mismo. Sin poner en orden su casa interior, trata de ordenar y dar forma al mundo que lo rodea. Esta persistente actitud, que se manifiesta hoy en día en casi todos los aspectos de la vida, se basa en último término en el supuesto -adoptado consciente o inconscientemente- de que el hombre tal como es hoy no es básicamente imperfecto; antes bien, las instituciones y tradiciones que perennemente han guiado y nutrido al hombre en su vida terrena son imperfectas, porque ya no se adecuan a la naturaleza del hombre moderno. De este modo, el tiempo y el espacio y el mundo material que esta determinado por ellos se convierten en el criterio de la verdad, de forma que aquello que no se conforma a lo que se llama «los tiempos» es rechazado por anticuado.
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre moderno es que siempre quiere reformarlo todo, desde las instituciones sociales y económicas hasta las tradiciones filosóficas y religiosas, pero raramente está dispuesto a reformarse a sí mismo. Sin poner en orden su casa interior, trata de ordenar y dar forma al mundo que lo rodea. Esta persistente actitud, que se manifiesta hoy en día en casi todos los aspectos de la vida, se basa en último término en el supuesto -adoptado consciente o inconscientemente- de que el hombre tal como es hoy no es básicamente imperfecto; antes bien, las instituciones y tradiciones que perennemente han guiado y nutrido al hombre en su vida terrena son imperfectas, porque ya no se adecuan a la naturaleza del hombre moderno. De este modo, el tiempo y el espacio y el mundo material que esta determinado por ellos se convierten en el criterio de la verdad, de forma que aquello que no se conforma a lo que se llama «los tiempos» es rechazado por anticuado.
Toda esta
actitud, según la cual el hombre se convierte en el reformador de todas las
cosas, pero nunca de sí mismo, y las condiciones terrenales se convierten en el
criterio para juzgar la verdad, es una herencia del Renacimiento europeo, en el
que el hombre -en su «naturaleza terrena» o en lo que en términos islámicos se
llama bashar, y no en su naturaleza universal o insan- se convierte en la
«medida de todas las cosas». Según este humanismo, que está en la base de una
parte tan grande del pensamiento europeo moderno, es el hombre terrenal y su
naturaleza lo que determina el valor y la validez de las cosas. En
consecuencia, no existe un modelo transcendente e inmutable con arreglo al cual
se pueda juzgar al hombre y la sociedad.
Es en
este clima mental como se plantea habitualmente la cuestión de la reorientación
de la filosofía islámica. Sin embargo, hay una evidente contradicción en los
términos cuando esta cuestión se enfoca de ese modo. Reorientar significa
poseer ya un conocimiento de la meta que se ha de perseguir y luego dirigir los
propios esfuerzos y orientarse uno mismo hacia esa meta. Pero el conocimiento
de la meta que hay que perseguir debe ser en sí mismo el fruto de una filosofía
y de una concepción del mundo.
¿Con
arreglo a qué filosofía vamos a reorientar la filosofía islámica si no es en
función de aquellas limitaciones e inclinaciones subjetivas que en su totalidad
constituyen nuestro entorno inmediato, con arreglo al cual tratamos de reformar
todas las cosas? Y esta actitud es precisamente resultado de ese humanismo y
relativismo que caracterizan a gran parte del pensamiento moderno. Queremos
determinar una meta con nuestro entendimiento humano y luego reorientar hacia
ella el pensamiento religioso, admitiendo con ello, ya sea consciente o
inconscientemente, la primacía de lo humano sobre lo divino. Considerada de
esta manera, la posibilidad de reorientar simplemente la filosofía islámica
implica el hacer concesiones con respecto a los principios mismos de esa
filosofía, y surge la pregunta de si lo que debemos es reorientar o re-entender
la filosofía islámica.
El hombre
llega a conocer la verdad no reorientándola, sino reorientándose a sí mismo de
modo que pueda hacerse digno de ser su receptor.
La
palabra orientar trae a la mente toda la doctrina ishraqi o iluminacionista de
Sohrawardi sobre el simbolismo del espacio. Sabemos que en las lenguas europeas
«orientar» encierra el doble significado de referencia al Este y de volverse
hacia la dirección correcta. En realidad, el Este no es tanto aquí una orientación
geográfica como el «Oriente de Luz», o sea el mundo espiritual que trasciende
al mundo de las formas materiales. Es también la morada de semejante luz
espiritual que nos ilumina y a través de ella recibimos el verdadero
conocimiento. Orientarse, en el sentido verdadero, significa, por tanto,
volverse hacia ese Centro y Origen del que las cosas surgen realmente, ese Este
que es también la dimensión interior y espiritual de las cosas. Significa
asimismo una penetración dentro de nosotros y una reintegración. Aplicada a la
filosofía islámica, esta manera de pensar significa entonces una repenetración
en su contenido espiritual e interior y una absorción de sus verdades
esenciales, o, en otros términos, una recomprensión en el sentido más profundo
de esta palabra.
Cuando
acudimos a la filosofía islámica, encontramos que está llena de inmensas
reservas de sabiduría que hoy permanecen relativamente desconocidas para la
mayoría de los musulmanes contemporáneos. Llegamos a darnos cuenta de que gran
parte del conocimiento que buscamos en otras partes ya existe en su forma pura
e inadulterada en medio de nosotros, aunque prácticamente hemos ignorado su
existencia.
«Todas
las civilizaciones han decaído, pero los modos difieren: la decadencia de
Oriente es pasiva y la de Occidente es activa. El error del Oriente decadente
es que ya no piensa; la del Occidente decadente es que piensa demasiado y mal.
Oriente duerme sobre verdades; Occidente vive en errores» F. Schuon.
La
filosofía islámica, aunque es rica en muchos campos, se basa sobre todo en la
metafísica, y casi todos los tratados sobre filosofía tradicional tratan del
origen y el fin transcendentes de todas las cosas. Los filósofos islámicos
fueron los primeros en considerar la discusión del ser como piedra angular de
la filosofía y buscaron relacionar toda cosa viviente con el Ser Puro, que es
el origen de toda existencia. Además, desarrollaron en la metafísica una
filosofía de la naturaleza inserta en una concepción general del mundo cuyo
propósito era crear una estrecha relación entre las diversas formas y ramas de
las ciencias y relacionar la multiplicidad con la unidad.
Los
filósofos islámicos desarrollaron un sistema ético basado no solo en la «ética
racional», sino también en las enseñanzas específicas del Corán. En la ética
islámica, la Voluntad Divina no aparece de una manera abstracta, sino en
mandatos concretos contenidos en la Ley sagrada o Shari’ah. Esta Ley ayuda a la
inteligencia humana a superar las limitaciones que le imponen las pasiones y a
ver la naturaleza buena y mala de las cosas en su verdadera perspectiva. La
metafísica, por otra parte, nunca está divorciada de la ética y del aspecto
práctico de la religión, en el sentido de que, en cuanto haqiqah, es la
dimensión interior de esta misma Shari’ah que determina la vida y la conducta
del hombre sobre la tierra.
De modo
similar, los filósofos islámicos desarrollaron una estética altamente refinada
y estrechamente vinculada con la metafísica. Dado que el espíritu del Islam
esta basado en la inteligencia y el discernimiento, toda manifestación
auténtica de él posee un aspecto de belleza y armonía. Los filósofos islámicos
-si, naturalmente, entendemos por filósofos a los hukama o «sabios»- basaban su
concepto de la belleza en la noción de armonía y sobriedad, y concebían la
belleza no como el lujo que hoy se considera, sino como una condición necesaria
de una existencia verdaderamente humana. La naturaleza de la verdad, según
ellos, es tal que es bella. Y por esta razón la expresión de la filosofía islámica
-especialmente la metafísica- se combina con la belleza del lenguaje y con
formas de expresión altamente artísticas.
Antes de
dar ningún otro paso debemos re-explorar y reentender completamente estos y
muchos otros aspectos de la filosofía islámica. Naturalmente, hay quienes dirán
que, a pesar de toda esa riqueza, esta filosofía noda una respuesta a los
problemas de hoy. A esta objeción responderíamos que o bien losproblemas de hoy
son problemas reales, en el sentido de que atañen a la naturaleza de las cosas
y a la situación del hombre en el esquema general de la existencia, en cuyo
caso no son realmente problemas nuevos, sino problemas perennes que han sido
ampliamente tratados en las fuentes islámicas tradicionales; o bien éstos son
problemas que – como tantos otros con los que se enfrenta el hombre moderno-
son creados por preguntas planteadas de forma incorrecta o por el tozudo
intento del hombre de «vivir sólo de pan». En este caso, aun si las fuentes
tradicionales no ofrecen una respuesta, su estudio revelará para empezar que no
hay tal problema.
Por
último, incluso si se decide rechazar la filosofía islámica, primero hay que
entenderla. Difícilmente se puede rechazar lo que no se conoce. La
recomprensión de la filosofía islámica, por tanto, no incumbe, cualquiera que
sea la dirección que deseemos seguir en el futuro. En cualquier dirección en
que se quiera ir, hay que empezar por donde uno se encuentra.
Y por
último queda el hecho de que las enseñanzas islámicas tradicionales están
expresadas en un lenguaje que los hombres contemporáneos no comprenden
fácilmente, sobre todo los que han recibido una educación moderna. Los antiguos
tratados generalmente fueron escritos en un lenguaje silogístico que hoy ya no
es corriente. Lo que hay que hacer es desembarazar el contenido de la filosofía
islámica del lenguaje que ahora no es bien recibido y presentarlo en términos
más adecuados al horizonte intelectual de nuestros contemporáneos.
Lo que se
necesita esencialmente es una nueva presentación de todo el cuerpo de la
sabiduría islámica en un lenguaje contemporáneo.
Así, los que buscan para diversos problemas la solución ofrecida por esta forma de sabiduría, la encontrarán sin la barrera del lenguaje o la estructura de pensamiento poco familiar. Los principios de la filosofía islámica deben ser dados a conocer tanto por las soluciones que ofrecen a las cuestiones perennes como en cuanto base y línea de aproximación para solucionar los problemas que acosan al hombre moderno como resultado de las condiciones peculiares y, podríamos decir, anómadas del mundo moderno.
Así, los que buscan para diversos problemas la solución ofrecida por esta forma de sabiduría, la encontrarán sin la barrera del lenguaje o la estructura de pensamiento poco familiar. Los principios de la filosofía islámica deben ser dados a conocer tanto por las soluciones que ofrecen a las cuestiones perennes como en cuanto base y línea de aproximación para solucionar los problemas que acosan al hombre moderno como resultado de las condiciones peculiares y, podríamos decir, anómadas del mundo moderno.
Una
completa re-comprensión y re-presentación de la filosofía islámica «orientará»
por sí misma nuestro pensamiento al clarificar el fin último de la existencia
humana y la meta final del viaje terrenal del hombre. El hombre es un ser
teomórfico y no puede escapar a las profundas exigencias de su naturaleza
interior. Sólo puede sobrevivir aquella civilización y aquella forma de pensamiento
que se conforma a la entelequia del hombre y a la naturaleza esencial de las
cosas. La recomprensión de la filosofía islámica nos revelará una vez mas ese
fin hacia el que el hombre y el cosmos están en definitiva orientados y hacia
el que todas las cosas avanzan. Nos permite, de ese modo, descubrir la meta de
la vida y el pensamiento. Al revelarnos la verdad, nos pone en situación de
reorientarnos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos en dirección a ella,
en ese camino real cuyo final es la unión con la Verdad.
La
cuestión de la reorientación de la filosofía islámica se reduce, pues, a una
recomprensión de ella y al descubrimiento de la meta hacia la que nuestros
pensamientos y esfuerzos deben dirigirse.
El hombre
llega a conocer la verdad no reorientándola, sino reorientándose a sí mismo de
modo que pueda hacerse digno de ser su receptor.
Revista
Kauzar
http://www.islamoriente.com/
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por Seied Husein Nasr
El hombre
se convierte en el reformador de todas las cosas, pero nunca de sí mismo.
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre moderno es que siempre quiere reformarlo todo, desde las instituciones sociales y económicas hasta las tradiciones filosóficas y religiosas, pero raramente está dispuesto a reformarse a sí mismo. Sin poner en orden su casa interior, trata de ordenar y dar forma al mundo que lo rodea. Esta persistente actitud, que se manifiesta hoy en día en casi todos los aspectos de la vida, se basa en último término en el supuesto -adoptado consciente o inconscientemente- de que el hombre tal como es hoy no es básicamente imperfecto; antes bien, las instituciones y tradiciones que perennemente han guiado y nutrido al hombre en su vida terrena son imperfectas, porque ya no se adecuan a la naturaleza del hombre moderno. De este modo, el tiempo y el espacio y el mundo material que esta determinado por ellos se convierten en el criterio de la verdad, de forma que aquello que no se conforma a lo que se llama «los tiempos» es rechazado por anticuado.
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre moderno es que siempre quiere reformarlo todo, desde las instituciones sociales y económicas hasta las tradiciones filosóficas y religiosas, pero raramente está dispuesto a reformarse a sí mismo. Sin poner en orden su casa interior, trata de ordenar y dar forma al mundo que lo rodea. Esta persistente actitud, que se manifiesta hoy en día en casi todos los aspectos de la vida, se basa en último término en el supuesto -adoptado consciente o inconscientemente- de que el hombre tal como es hoy no es básicamente imperfecto; antes bien, las instituciones y tradiciones que perennemente han guiado y nutrido al hombre en su vida terrena son imperfectas, porque ya no se adecuan a la naturaleza del hombre moderno. De este modo, el tiempo y el espacio y el mundo material que esta determinado por ellos se convierten en el criterio de la verdad, de forma que aquello que no se conforma a lo que se llama «los tiempos» es rechazado por anticuado.
Toda esta
actitud, según la cual el hombre se convierte en el reformador de todas las
cosas, pero nunca de sí mismo, y las condiciones terrenales se convierten en el
criterio para juzgar la verdad, es una herencia del Renacimiento europeo, en el
que el hombre -en su «naturaleza terrena» o en lo que en términos islámicos se
llama bashar, y no en su naturaleza universal o insan- se convierte en la
«medida de todas las cosas». Según este humanismo, que está en la base de una
parte tan grande del pensamiento europeo moderno, es el hombre terrenal y su
naturaleza lo que determina el valor y la validez de las cosas. En
consecuencia, no existe un modelo transcendente e inmutable con arreglo al cual
se pueda juzgar al hombre y la sociedad.
Es en
este clima mental como se plantea habitualmente la cuestión de la reorientación
de la filosofía islámica. Sin embargo, hay una evidente contradicción en los
términos cuando esta cuestión se enfoca de ese modo. Reorientar significa
poseer ya un conocimiento de la meta que se ha de perseguir y luego dirigir los
propios esfuerzos y orientarse uno mismo hacia esa meta. Pero el conocimiento
de la meta que hay que perseguir debe ser en sí mismo el fruto de una filosofía
y de una concepción del mundo.
¿Con
arreglo a qué filosofía vamos a reorientar la filosofía islámica si no es en
función de aquellas limitaciones e inclinaciones subjetivas que en su totalidad
constituyen nuestro entorno inmediato, con arreglo al cual tratamos de reformar
todas las cosas? Y esta actitud es precisamente resultado de ese humanismo y
relativismo que caracterizan a gran parte del pensamiento moderno. Queremos
determinar una meta con nuestro entendimiento humano y luego reorientar hacia
ella el pensamiento religioso, admitiendo con ello, ya sea consciente o
inconscientemente, la primacía de lo humano sobre lo divino. Considerada de
esta manera, la posibilidad de reorientar simplemente la filosofía islámica
implica el hacer concesiones con respecto a los principios mismos de esa
filosofía, y surge la pregunta de si lo que debemos es reorientar o re-entender
la filosofía islámica.
El hombre
llega a conocer la verdad no reorientándola, sino reorientándose a sí mismo de
modo que pueda hacerse digno de ser su receptor.
La
palabra orientar trae a la mente toda la doctrina ishraqi o iluminacionista de
Sohrawardi sobre el simbolismo del espacio. Sabemos que en las lenguas europeas
«orientar» encierra el doble significado de referencia al Este y de volverse
hacia la dirección correcta. En realidad, el Este no es tanto aquí una
orientación geográfica como el «Oriente de Luz», o sea el mundo espiritual que
trasciende al mundo de las formas materiales. Es también la morada de semejante
luz espiritual que nos ilumina y a través de ella recibimos el verdadero
conocimiento. Orientarse, en el sentido verdadero, significa, por tanto,
volverse hacia ese Centro y Origen del que las cosas surgen realmente, ese Este
que es también la dimensión interior y espiritual de las cosas. Significa
asimismo una penetración dentro de nosotros y una reintegración. Aplicada a la
filosofía islámica, esta manera de pensar significa entonces una repenetración
en su contenido espiritual e interior y una absorción de sus verdades
esenciales, o, en otros términos, una recomprensión en el sentido más profundo
de esta palabra.
Cuando
acudimos a la filosofía islámica, encontramos que está llena de inmensas
reservas de sabiduría que hoy permanecen relativamente desconocidas para la
mayoría de los musulmanes contemporáneos. Llegamos a darnos cuenta de que gran
parte del conocimiento que buscamos en otras partes ya existe en su forma pura
e inadulterada en medio de nosotros, aunque prácticamente hemos ignorado su
existencia.
«Todas
las civilizaciones han decaído, pero los modos difieren: la decadencia de
Oriente es pasiva y la de Occidente es activa. El error del Oriente decadente
es que ya no piensa; la del Occidente decadente es que piensa demasiado y mal.
Oriente duerme sobre verdades; Occidente vive en errores» F. Schuon.
La
filosofía islámica, aunque es rica en muchos campos, se basa sobre todo en la
metafísica, y casi todos los tratados sobre filosofía tradicional tratan del
origen y el fin transcendentes de todas las cosas. Los filósofos islámicos
fueron los primeros en considerar la discusión del ser como piedra angular de
la filosofía y buscaron relacionar toda cosa viviente con el Ser Puro, que es
el origen de toda existencia. Además, desarrollaron en la metafísica una
filosofía de la naturaleza inserta en una concepción general del mundo cuyo
propósito era crear una estrecha relación entre las diversas formas y ramas de
las ciencias y relacionar la multiplicidad con la unidad.
Los
filósofos islámicos desarrollaron un sistema ético basado no solo en la «ética
racional», sino también en las enseñanzas específicas del Corán. En la ética
islámica, la Voluntad Divina no aparece de una manera abstracta, sino en
mandatos concretos contenidos en la Ley sagrada o Shari’ah. Esta Ley ayuda a la
inteligencia humana a superar las limitaciones que le imponen las pasiones y a
ver la naturaleza buena y mala de las cosas en su verdadera perspectiva. La
metafísica, por otra parte, nunca está divorciada de la ética y del aspecto
práctico de la religión, en el sentido de que, en cuanto haqiqah, es la
dimensión interior de esta misma Shari’ah que determina la vida y la conducta
del hombre sobre la tierra.
De modo
similar, los filósofos islámicos desarrollaron una estética altamente refinada
y estrechamente vinculada con la metafísica. Dado que el espíritu del Islam
esta basado en la inteligencia y el discernimiento, toda manifestación
auténtica de él posee un aspecto de belleza y armonía. Los filósofos islámicos
-si, naturalmente, entendemos por filósofos a los hukama o «sabios»- basaban su
concepto de la belleza en la noción de armonía y sobriedad, y concebían la
belleza no como el lujo que hoy se considera, sino como una condición necesaria
de una existencia verdaderamente humana. La naturaleza de la verdad, según
ellos, es tal que es bella. Y por esta razón la expresión de la filosofía
islámica -especialmente la metafísica- se combina con la belleza del lenguaje y
con formas de expresión altamente artísticas.
Antes de
dar ningún otro paso debemos re-explorar y reentender completamente estos y
muchos otros aspectos de la filosofía islámica. Naturalmente, hay quienes dirán
que, a pesar de toda esa riqueza, esta filosofía noda una respuesta a los
problemas de hoy. A esta objeción responderíamos que o bien losproblemas de hoy
son problemas reales, en el sentido de que atañen a la naturaleza de las cosas
y a la situación del hombre en el esquema general de la existencia, en cuyo
caso no son realmente problemas nuevos, sino problemas perennes que han sido
ampliamente tratados en las fuentes islámicas tradicionales; o bien éstos son
problemas que – como tantos otros con los que se enfrenta el hombre moderno-
son creados por preguntas planteadas de forma incorrecta o por el tozudo
intento del hombre de «vivir sólo de pan». En este caso, aun si las fuentes
tradicionales no ofrecen una respuesta, su estudio revelará para empezar que no
hay tal problema.
Por
último, incluso si se decide rechazar la filosofía islámica, primero hay que
entenderla. Difícilmente se puede rechazar lo que no se conoce. La
recomprensión de la filosofía islámica, por tanto, no incumbe, cualquiera que
sea la dirección que deseemos seguir en el futuro. En cualquier dirección en
que se quiera ir, hay que empezar por donde uno se encuentra.
Y por
último queda el hecho de que las enseñanzas islámicas tradicionales están
expresadas en un lenguaje que los hombres contemporáneos no comprenden
fácilmente, sobre todo los que han recibido una educación moderna. Los antiguos
tratados generalmente fueron escritos en un lenguaje silogístico que hoy ya no
es corriente. Lo que hay que hacer es desembarazar el contenido de la filosofía
islámica del lenguaje que ahora no es bien recibido y presentarlo en términos
más adecuados al horizonte intelectual de nuestros contemporáneos.
Lo que se
necesita esencialmente es una nueva presentación de todo el cuerpo de la
sabiduría islámica en un lenguaje contemporáneo.
Así, los que buscan para diversos problemas la solución ofrecida por esta forma de sabiduría, la encontrarán sin la barrera del lenguaje o la estructura de pensamiento poco familiar. Los principios de la filosofía islámica deben ser dados a conocer tanto por las soluciones que ofrecen a las cuestiones perennes como en cuanto base y línea de aproximación para solucionar los problemas que acosan al hombre moderno como resultado de las condiciones peculiares y, podríamos decir, anómadas del mundo moderno.
Así, los que buscan para diversos problemas la solución ofrecida por esta forma de sabiduría, la encontrarán sin la barrera del lenguaje o la estructura de pensamiento poco familiar. Los principios de la filosofía islámica deben ser dados a conocer tanto por las soluciones que ofrecen a las cuestiones perennes como en cuanto base y línea de aproximación para solucionar los problemas que acosan al hombre moderno como resultado de las condiciones peculiares y, podríamos decir, anómadas del mundo moderno.
Una
completa re-comprensión y re-presentación de la filosofía islámica «orientará»
por sí misma nuestro pensamiento al clarificar el fin último de la existencia
humana y la meta final del viaje terrenal del hombre. El hombre es un ser
teomórfico y no puede escapar a las profundas exigencias de su naturaleza
interior. Sólo puede sobrevivir aquella civilización y aquella forma de
pensamiento que se conforma a la entelequia del hombre y a la naturaleza
esencial de las cosas. La recomprensión de la filosofía islámica nos revelará
una vez mas ese fin hacia el que el hombre y el cosmos están en definitiva
orientados y hacia el que todas las cosas avanzan. Nos permite, de ese modo,
descubrir la meta de la vida y el pensamiento. Al revelarnos la verdad, nos
pone en situación de reorientarnos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos
en dirección a ella, en ese camino real cuyo final es la unión con la Verdad.
La
cuestión de la reorientación de la filosofía islámica se reduce, pues, a una
recomprensión de ella y al descubrimiento de la meta hacia la que nuestros
pensamientos y esfuerzos deben dirigirse.
El hombre
llega a conocer la verdad no reorientándola, sino reorientándose a sí mismo de
modo que pueda hacerse digno de ser su receptor.
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