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sábado, 13 de septiembre de 2014

La tercera guerra de Irak

La tercera guerra de Irak

SEPTIEMBRE 11, 2014
Luis Enrique Escobar
 
medio
Como parte de la reciente escalada de violencia en los dos principales teatros de la guerra en el Levante, Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, el día de ayer comunicó su plan de cuatro puntos para combatir al Estado Islámico (E.I.) establecido en buena parte de los territorios que formalmente pertenecen a Irak y Siria.
En resumidas cuentas se anunció: 1) Profundizar y ampliar las campañas de bombardeos en posiciones del E.I.; 2) Armar y asistir a las fuerzas que combatan a aquellas del E.I.; 3) Acrecentar las capacidades antiterroristas y formar una coalición internacional en torno al tema y 4) Proveer asistencia humanitaria a los desplazados por la violencia.
Respecto al primer elemento de la estrategia, debe quedar claro que tal medida sucede desde el 8 de agosto de manera casi ininterrumpida, con un total de 154 operaciones y cuyos resultados más visibles fueron evitar la caída de Erbil, interrumpir la matanza de la minoría étnica y confesional de los yazidíes, romper el largo sitio sobre Amerli y despejar las presas de Mosul y Haditha.
El primer resultado importa puesto que en la ciudad bajo el control del gobierno kurdo autonomista residen oficinas de compañías petroleras trasnacionales y personal militar, diplomático y de inteligencia de los EUA. El segundo logro fue ampliamente voceado como una justificación más del llamado intervencionismo humanitario en tanto impidió una masacre. El tercero interesa porque mostró las limitaciones reales de una coalición entre las tropas Peshmerga kurdos y las milicias chiíes que actúan bajo la cobertura estadounidense y patrocinio iraní. En cuanto se replegó a los muyahidines del E.I., los milicianos de Kata’ib Hezbollah (brigadas del partido de Dios) una organización ramal del famoso grupo libanés, se apoderaron de la población e impidieron por las armas la entrada de kurdos. Poco después se destruyeron residencias de sunníes sospechosos de simpatizar o ser miembros del E.I. Finalmente, es de la mayor relevancia que más de 70 operaciones de bombardeo a la fecha se dirigieron exclusivamente a la zona inmediata de la presa de Mosul, mostrando la amplitud que requerirá una campaña de bombardeos como la anunciada.
Sobre el segundo elemento de la estrategia delineada por el presidente Obama considero un error fundamental el no estimar la inevitabilidad de un recrudecimiento en el conflicto sirio y su posible desbordamiento en países vecinos hasta ahora en calma, pero que ya muestran signos de desestabilización como Líbano o incluso Jordania. En este punto importa que los grupos rebeldes laicos, como el Ejército Libre, se encuentren reducidos a la insignificancia estratégica y política: no hay socios creíbles para la política estadounidense dentro de Siria. Las posibilidades que esas armas acaben en manos del E.I. o de Jabhat al-Nusra son elevadas, y tomando en cuenta que el segundo grupo sólo se distingue del Estado Islámico por mantenerse fiel a al-Qaeda central y combatirle es algo sumamente delicado. Por alguna razón al-Nusra no es suficiente objeto de atención occidental, a pesar de también decapitar periodistas, cometer atrocidades variadas, romper toda norma de guerra y actualmente controlar el paso fronterizo de Quneitra en los altos del Golan. En efecto, un brazo de al-Qaeda está a las puertas de Israel.
Por otra parte, iniciar operaciones de bombardeo en Siria sin el consentimiento del régimen representa un riesgo para el éxito de la estrategia en tanto el terreno es de suyo complicado y se carece de información puntual de las posiciones y equipo del E.I. y otras agrupaciones, por lo que habrá que recopilarla con sobrevuelos de reconocimiento sistemáticos. Ante este escenario y dado que el gobierno de Bashar al Assad aún mantiene importantes márgenes de acción antiaérea al no haber empleado mayormente un arsenal pensado para combatir a la aviación israelí, en su mayor parte equipo balístico tierra-aire, resulta más valiosa la cooperación pragmática que un posible enfrentamiento directo con otro actor relevante.
Sobre este punto, vale la pena señalar que Estados Unidos está ya colaborando en los hechos con otro régimen con que está en principio enemistado: Irán. La coordinación de esfuerzos para mantener a flote al gobierno iraquí es patente hace meses, pero desde junio es abierta la intervención iraní en el conflicto, cuando dos unidades enteras de la Guardia Revolucionaria fueron desplegadas a las ciudades santas para el chiismo de Nayaf y Kerbala dentro de Irak. De manera encubierta, Irán ha tomado parte del conflicto por medio de una larga serie de organizaciones militantes chiítas a las que adiestra, financia y arma, como las Brigadas de Badr, el Ejército Mukhtar y más notoriamente, Hezbollah central y su ramal iraquí. Es conocido el protagonismo de esta fuerza para mantener importantes poblaciones sirias para el régimen alawita, pero no sobra recordar hasta dónde llega la influencia iraní en un sentido amplio. Fue precisamente el involucramiento de Irán durante el gobierno de Nouri al Maliki en Irak lo que condujo al empoderamiento de los grupos chiíes y a la marginación total de la política sunní; sucesos básicos para explicar el crecimiento súbito y el apoyo que goza el E.I. entre esta población.
El presidente Obama también hizo mención del nuevo gobierno iraquí como fundamento de la estrategia de largo plazo para recuperar la paz en el país y como punto necesario para armar una amplia coalición internacional. El primer problema que asoma como evidente es que aún no son nombrados los ministros de Defensa y del Interior, además de la complicación que significa mantener en la posición de uno de los tres vice-primer ministros al mismísimo Nouri al Maliki. Si bien los nombramientos terminarán por hacerse de alguna u otra forma, la suposición que pueda revivirse la Sahwa (despertar) de las tribus sunníes contra sus aliados del E.I. no es realista ante la purga realizada contra los liderazgos responsables de aquel evento y la fundada desconfianza respecto a los líderes chiíes que están al mando en Bagdad. Por otro lado, será cosa de verse cómo se desenvolverán las negociaciones y acuerdos entre países enfrentados por su sistema de alianzas locales como Irán, Turquía, Arabia Saudita, Qatar y Jordania. Si bien a todos conviene la desaparición del Estado Islámico, no es claro un consenso sobre qué equilibrio se desee para la región en su conjunto.
Como muestra de la complicación en ciernes, baste mencionar uno de los expedientes más delicados: las tropas kurdas a las órdenes del gobierno autonómico iraquí, que están armándose gracias a la asistencia alemana y francesa, están en pugna con las autoridades turcas que se oponen al fortalecimiento de cualquier grupo armado que pretenda restaurar el Kurdistán histórico. También dentro del Kurdistán, la milicia socialista del PKK (Partido Kurdo de los Trabajadores) representa un dilema, ya que combate efectivamente al E.I. pero al hallarse en el listado de organizaciones terroristas no es sujeto de asistencia militar por parte de algún país occidental.
En general soy escéptico a los posibles beneficios que reportará la estrategia en los campos militar y político y sospecho que su efecto más probable sea fragmentar al Estado Islámico en un mosaico de posiciones inconexas bajo su influencia sin que por ello desaparezca, termine por agravar el desastre humanitario producto de la guerra civil en curso y profundice las divisiones étnicas y confesionales en los dos países sin siquiera acercarse a resolver el problema de fondo que representa el auge del islamismo radical en la región, sea con organizaciones sunníes o chiíes. Sería una imprudencia enorme minimizar el atractivo que ejerce ese camino político entre gruesos segmentos de la población, mismo que no sólo se opone al credo occidental de democracia y derechos humanos, sino que al acentuar la pureza como inspiración conduce casi inevitablemente a manifestaciones facciosas y violentas.
Considero que la única manera de dar salida a un conflicto de la magnitud presente pasa por construir y potenciar capacidades institucionales de los Estados sumidos en la guerra civil, que indudablemente requerirán encarar y derrotar militarmente a todos los grupos armadas que reten el monopolio del uso legítimo de la fuerza; pero que esencialmente es imperativo re-elaborar un pacto nacional capaz de plantear un piso mínimo que posibilite la convivencia civilizada. De lo contrario, los progresos militares serán transitorios o en el peor de los casos, y el más probable, sucedan gracias a milicias facciosas financiadas externamente y reacias a ceder sus ganancias a la autoridad estatal.
Por lo pronto, el ejecutivo estadounidense anunció el inicio de la tercera guerra de Irak en tres décadas. Con la diferencia crucial que no hay un enemigo a vencer como lo fuera en su momento Saddam Hussein y el partido árabe socialista Baath, y por lo tanto no hay símbolo reconocible de victoria. El autoproclamado Califa Ibrahim, Abu Bakr al Bagdadi, carece de visibilidad mediática y dirige una organización que si bien es vasta, rica y con evidentes prendas estatales, es en verdad una red de células de militantes radicales, no un ejército propiamente dicho. Mucho menos un Estado de pleno derecho que se pueda derribar. Ello le permite al E.I. una flexibilidad operativa que aunada a su visión del mundo, que parece confirmarse para quienes la suscriben con el involucramiento estadounidense, le permitirá seguir luchando por un buen tiempo.

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