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martes, 24 de noviembre de 2015

Los ciegos y el elefante

¿Quién no ha escuchado alguna vez la fábula hindú de los seis viajeros ciegos y el elefante? Mi primer día en la clase general de relaciones internacionales en Columbia (Nueva York) en 1977, se la escuché al profesor William T. R. Fox,inventor del término superpotencia en un librito publicado en 1944, 'Superpowers'.
A quien palpó el costado del elefante le pareció una pared. Quien empezó por el colmillo lo confundió con una lanza. El que se aferró a la trompa vio en él una serpiente. El que acarició la rodilla quedó convencido de estar ante un árbol. Quien tocó la oreja seguro estuvo de tocar un abanico y al sexto, agarrado a la cola, nadie le pudo convencer de que no era una soga.
En filosofía y teología la antigua parábola de la India, a partir de la versión poética de John Godfrey Saxe (1816-1887), se ha utilizado profusamente para advertir contra los riesgos de las verdades absolutas y de las creencias excluyentes.
El origen y la evolución del Estado Islámico (ISIS o Daesh) lo convierten en parte de un elefante mayor: un movimiento yihadista violento suní redivivo, cuya nueva naturaleza polimorfa hace que cualquiera de las respuestas en curso o posibles -militares, económicas, financieras, terroristas de Estado o de paramilitares, diplomáticas, policiales, de propaganda, psicológicas y humanitarias- resulten inadecuadas por separado frente a la amenaza que representa.
¿A qué nos enfrentamos? ¿A un embrión de Estado terrorista o a una insurgencia suní, perseguida por los regímenes de Bagdad y Damasco con ayuda de Irán y, cada vez más, de Rusia?
¿A un movimiento terrorista, heredero de Al Qaeda y del wahabismo saudí, o a una alianza de tribus, clanes y familias de Irak y Siria, dirigidos por ex oficiales del ejército de Sadam, que se echaron en brazos de los restos de la Al Qaeda en Irak como mal menor para, tras perderlo todo, defenderse de la persecución a la que están sometidos? ¿A todos a la vez y a otros muchos?
Los objetivos y las prioridades de los principales actores necesarios para acabar con la violencia en Siria e Irak y para empezar a arrancar las profundas raíces del conflicto son tan divergentes y, en muchos casos, contradictorias que cualquier estrategia, por fundamentada que parezca sobre el papel, resulta ineficaz a corto plazo.
Las teorías más antiguas de las relaciones internacionales, también originarias de la antigua India, sobre amigos y enemigos (el 'Artha-Sastra' de Cautilya o Sanakia, siglo IV a. C.) han saltado por los aires en la antigua Mesopotamia y su periferia. Hay que buscar otro gran foro diplomático para diseñar algo mejor que Sykes-Picot (1916), pero ese foro requiere unas condiciones que el Elíseo y la Casa Blanca, con Putin o sin él, siguen lejos de ofrecer.
Como han señalado muchos internacionalistas, empezando por el francés François Heisbourg, estamos, probablemente, en los primeros años de una confrontación más parecida a las guerras de religión europeas de la era moderna que a las guerras de la Guerra Fría y de la Posguerra.
Se libra simultáneamente en muchos frentes y ha resquebrajado ya el modelo estatal impuesto durante la Primera Guerra Mundial en Oriente Medio, varios Estados artificiales de África como Libia, Sudán y Mali, y el equilibrio inestable mantenido hasta 1979 entre las ramas mayoritaria y minoritaria del Islam.

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