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domingo, 25 de enero de 2026

China: la construcción de otro mundo posible

 Resistencia y solidaridad
RENATA WIMER*
Ante el paisaje de deca-
dencia evidente de la
civilización occidental,
y cuando la idea de
una esperanza histó-
rica para la humanidad parecía
haberse extinguido, emprendí un
viaje a China. No buscaba confir-
mar ninguna tesis previa; el despla-
zamiento fue casi accidental. Sin
embargo, esa experiencia alteró
profundamente mi visión del mun-
do contemporáneo, mostrándome
que otro tipo de proyecto civiliza-
torio ya no era una utopía lejana,
sino una realidad en marcha, y que
la historia puede enseñarnos a pro-
yectar alternativas posibles, aun en
medio del caos global.
La milenaria China se erige hoy
como una de las fuerzas más diná-
micas de nuestro tiempo. Repre-
senta el crecimiento más veloz de
un país en la historia moderna y un
sistema económico y político sin-
gular. Ha sabido sortear inmensas
dificultades históricas para conso-
lidar una civilización que celebra
su pasado milenario y se proyecta
con determinación hacia el futuro.
En el año en que nací, 1978,
Deng Xiaoping inició la gran aper-
tura económica de China sin aban-
donar los principios socialistas
de su antecesor Hua Guofeng ni
de Mao. Logró conjuntar visiones
que parecían incompatibles desde
la perspectiva liberal: un Estado
arraigado en una visión socialista
junto con la activación de un mo-
delo económico impulsado por
inversión extranjera, dando lugar a
una economía mixta bajo la regula-
ción plena del Partido Comunista.
Durante los años 90, China pasó
de ser la gran maquiladora barata
del mercado global para convertir-
se en un centro de manufactura de
alto valor. Este proceso, consolida-
do a partir de 2010, la transformó
en la potencia tecnológica e indus-
trial que conocemos hoy. Desde
2016, es la principal economía
mundial, según el Fondo Moneta-
rio Internacional.
Nada de esto sería posible sin
una planificación meticulosa del
desarrollo social, político y econó-
mico. Para los liberales que defien-
den el libre mercado sin control del
Estado –y se presentan como ene-
migos absolutos del comunismo–
conviene recordar que toda esta
organización es fruto de los planes
quinquenales que emanan del Par-
tido Comunista, iniciados en 1953
con Mao en el poder. Esto también
es posible gracias a la historia de
un país que atravesó guerras civi-
les, hambrunas e intervenciones
externas. China denomina al siglo
XIX “el siglo de la humillación”,
periodo en el que perdió territorios
estratégicos y aceptó tratados des-
iguales impuestos por potencias
occidentales y Japón. De esa expe-
riencia surgió un profundo sentido
de unidad nacional, soberanía y
protección de sus fronteras.
Dos mil años de influencia del
pensamiento confuciano han mol-
deado una perspectiva política dis-
tinta a la occidental. El tejido po-
lítico chino es sólido, producto de
largos procesos históricos; no pue-
de juzgarse de manera superficial.
A menudo se dice que en China no
hay democracia, pero la realidad es
que el pueblo participa de manera
mucho más directa en el rumbo
político que en Occidente, en una
forma de “democracia sustanti-
va”, ejercida a través de consultas
locales, sindicatos, asambleas po-
pulares y el Congreso Nacional del
Pueblo. No es multipartidista –mo-
delo que en su alternancia genera
inestabilidad–, sino que tiene un
sistema basado en la meritocracia:
gobierna quien ha demostrado
mérito como pensador, dirigente y
servidor público.
China redefinió el socialismo:
el mercado funciona como medio,
no como fin, y sectores estraté-
gicos como energía, transporte o
banca dependen del Estado, que
regula la economía para garantizar
competencia saludable. Desde
los tiempos de Mao hasta hoy,
existen escuelas de marxismo en
cada universidad y es obligatoria
la formación en filosofía marxista,
historia del Partido Comunista y
pensamiento de Mao, Deng y Xi. El
marxismo en China se estudia y se
practica, no es propaganda.
Hace poco leí un artículo en El
Economista que me maravilló: el
fundador de Huawei, una de las
grandes empresas tecnológicas
multinacionales, es dueño sólo de
un por ciento de su empresa, el res-
to pertenece a los trabajadores y a
un comité sindical que administra
el programa de propiedad acciona-
ria. Este ejemplo concreto muestra
con claridad la diferencia social
entre China y Occidente: aunque
hay ricos, el Estado y el Partido
regulan sus acciones para impedir
el enriquecimiento ilimitado. Ese
principio marca una de las diferen-
cias estructurales más profundas
entre China y las democracias libe-
rales contemporáneas.
China no sólo genera riqueza:
construye equidad, estabilidad y
un proyecto civilizatorio con sen-
tido histórico. Hoy, este proceso
ofrece una lección para el mundo
contemporáneo: pensar lo imposi-
ble y proyectarse hacia un futuro
compartido, donde la coordinación
entre Estado, sociedad y cultura
permita la construcción de alterna-
tivas viables y sostenibles.
* Creadora escénica, compositora y
actriz

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