Dinero para
las Guerras
EL DINERO SE HA CONVERTIDO
EN UN DIOS Y UN TIRANO – Parte 2
omo todo ídolo, este poderoso dios está hecho
por el hombre. Su naturaleza se mostró al mundo
en septiembre de 1939: Cuando se declaró la Se-
gunda Guerra Mundial, el dinero apareció repentina-
mente después de 10 años desesperados de escasez
de dinero durante la Gran Depresión.
Ni una sola vez durante los seis años que duró la gue-
rra un gobierno declaró: “Los combates tendrán que ce-
sar porque falta dinero”. ¡Esto nunca sucedió! Sólo se
necesitaron los recursos disponibles en hombres y ma-
teriales, y el dinero fluyó.
De la noche a la mañana, los asediados desemplea-
dos fueron reclutados con entusiasmo para convertirse
en soldados y fabricantes de municiones. El dinero si-
guió y miles de millones de dólares estuvieron disponi-
bles para la matanza.
Si se pudo encontrar dinero tan rápidamente para
que el gobierno llevara a cabo una guerra, también se
puede proporcionar dinero a los individuos en tiempos
de paz. No hay ninguna dificultad técnica en esto. Es
más bien una cuestión de voluntad de resolver un
problema que tiene solución.
Después de este ejemplo, ¿podemos todavía decir
que la falta de dinero es un problema? Esta es una men-
tira que hay que desenmascarar.
Los creditistas sociales de Douglas hacen un llamado
a todos los patriotas a oponerse a esta tiranía. Nos ne-
gamos a aceptar crisis artificiales que producen pobreza
en masa, y guerras que producen víctimas en masa.
El dinero debe estar regulado por la capacidad de
producción de una sociedad, en lugar de que la ca-
pacidad esté limitada por el dinero.
Es ridículo que ciudades y provincias renuncien a un
desarrollo necesario y posible con el pretexto de una fi-
nanciación insuficiente. Es absurdo que instituciones pú-
blicas, como los ayuntamientos, endeuden a sus pobla-
ciones con quienes no producen nada, los banqueros.
El sistema financiero debería facilitar la distribución
de bienes a cada persona: garantizar que los precios de
los bienes se ajusten al poder adquisitivo del individuo.
Entonces uno podría comprar entre la variedad de bie-
nes que corresponden a sus necesidades. Los precios y
el poder adquisitivo deben estar equilibrados; de lo con-
trario, la distribución universal será imposible.
Todo el mundo tiene necesidades, desde “la cuna
hasta la tumba”, por lo que todos deben tener poder ad-
quisitivo. Las necesidades están ligadas a la persona
humana, y el derecho a utilizar los bienes también debe
estar ligado a la persona humana. De lo contrario, los
bienes ya no están al servicio de las necesidades. Nues-
tro sistema garantiza esta armonía proporcionando un
dividendo a todos, desde el nacimiento hasta la muerte
La forma actual de distribuir el poder adquisitivo no
puede garantizar a todos una participación en los bienes
terrenales, porque vincula el derecho a los bienes casi
exclusivamente al empleo. No todo el mundo puede con-
seguir un empleo.
Al mismo tiempo, la automatización reduce la de-
manda de trabajadores y aumenta la productividad, ha-
ciendo que menos trabajadores produzcan más bienes.
Si un producto puede producirse sin mano de obra hu-
mana, también debe garantizarse el acceso al producto
sin necesidad de emplear a todas las personas.
Decir que cada persona debe estar empleada para
tener derecho a vivir, cuando los avances tecnológi-
cos tienen como objetivo la reducción del trabajo, es
hacer del progreso de la sociedad una fuerza casti-
gadora en lugar de una fuerza liberadora.
Uno come comida, no trabajo. Usamos ropa, no tra-
bajos. Los derechos sobre bienes, como alimentos y
ropa, etc., deberían ser según la presencia de bienes
ofrecidos para satisfacer las necesidades humanas, y no
por el estatus de una persona en el proceso productivo.
El Crédito Social de Douglas, también conocido como
Democracia Económica, ofrece la solución. No ha ha-
bido ningún otro plan viable.
Los programas sociales son prueba de que la dis-
tribución de bienes está mal organizada. Los progra-
mas no corrigen el sistema; más bien permiten que la
corrupción persista mientras suavizan sus efectos.
La democracia económica corregiría este defecto con
la provisión de dinero para todos, distribuyendo a nivel
nacional el poder adquisitivo correspondiente a la pro-
ducción; y proporcionando un dividendo a cada persona,
asegurando que todos obtengan una parte al menos su-
ficiente para disfrutar de los beneficios esenciales.
La democracia económica corrige la causa del caos
y el desorden económico, en lugar de remendar sus mu-
chos defectos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario