presidente Sheinbaum.
De modo desproporcionado, por un
beso se priva de la libertad a un ser
humano, su más valiosa facultad. Un
beso no solicitado, sí, ¿oportunista?,
sí, pero un beso al fin, al fin amor.
Sheinbaum no muestra la indig-
nación que ahora quieren imponer en
la ley; ni reacciona con la cachetada
que lo frena todo. “Nos tomamos la
foto, no te preocupes”, le dice. Pero
viene el castigo. En un saco se echan
todas las posibles tipificaciones de
abuso sexual, como graves, incluidos
besos y piropos, aunque muchas mu-
jeres no sienten igual indignación o in-
cluso les agrade que las ensalcen y
por ello salen a la calle bien arregla-
das para eso, para ser admiradas.
Ahora, si a la mujer no le gusta, ya
no pone un alto con una actitud firme,
sino que lo mete a la cárcel, lo deshu-
maniza. El hombre es definido por
naturaleza como acosador.
Sin embargo, ambas actitudes, de
la admirada y del admirador, son com-
pletamente naturales y sanas, y no
siempre tienen que ver con violencia
de género. Pero estos desplantes
mediáticos, leguleyos y globalistas, no
sólo son machistas: socaban los
derechos humanos más preciados de
una persona; terminan con la mínima
tolerancia que nos permite convivir,
aceptando nuestras diferencias y defi-
ciencias; y se polariza aún más a la
sociedad entre hombres y mujeres.
Resulta hipócrita cuando, por otro
lado, la educación pública obedece al
Nuevo Orden Mundial de la ONU, y en
continuidad con Peña Nieto prepara a
los niños de la escuela primaria para
el verdadero abuso sexual, mediante
el “amor secreto” y “consentido”, in-
cluso con adultos, abriendo paso a la
pedofilia. Los prepara e incita a tener
relaciones sexuales, y para el aborto.
Y lejos de orientarles en su desar-
rollo sexual, los confunde ofreciéndole
infinidad de falsas identidades de gé-
nero que con frecuencia desembocan
en suicidios, sin que los padres
puedan intervenir. ¿No es esto un
verdadero abuso de género?
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