ace unos 60 años, muchos padres pretendían provocar el sarampión en sus hijos. Si algún amiguito lo tenía, les mandaban a jugar juntos para adelantar el “contagio” a esta enfermedad infantil que se consideraba inevitable. Era algo normal, nadie se escandalizaba, casi nadie moría, ni hubo una vacuna pública para eso ─tampoco, en realidad, había sido un “contagio”─. Los niños estaban felices, pues preferían el sarampión antes que ir a la escuela y, en muchos casos, por fin eran objeto de atenciones y consentimientos. Pero el sistema médico hizo de la enfermedad algo anormal, explica Ivan Illich en Némesis Médica. Fue hasta la década de los 70 cuando se estableció la vacuna contra el sarampión en la salud pública ─que no es un sistema de salud sino de enfermedad, obedeciendo a los intereses farmacéuticos, afirma la doctora canadiense Ghislaine Lanctot en “La Mafia Médica”, a quien se le quitó su licencia por tal atrevimiento. El sarampión ha sido demonizado. Las autoridades sanitarias siembran un sentimiento de culpa ante esas ronchas, por el supuesto contagio a otros niños; y el gobierno presiona a los padres para que vacunen a sus hijos, pese a los conocidos riesgos de estas vacunas. A fines de los años 90, el investigador británico Andrew Wakefield demostró que dichas inoculaciones causaban un autismo exponencial, y también se le retiró por ello su licencia profesional ─no obstante, ha sido corroborado por muchos otros médicos. Ver video “Vaxxed” y otros. El problema radica en el entendimiento del sarampión, de los virus y su papel en la biología humana. Hoy sabemos que los virus no existen como nos lo cuentan, que no son organismos vivos sino exosomas: fragmentos tóxicos de proteína que el cuerpo desecha. No contagian a nadie, ya que su aparición depende de la toxicidad en cada organismo (el “terreno”); surgen desde dentro, no contagian desde fuera; y no son una enfermedad: su función es limpiar, desintoxicar. Así funciona el sarampión. El sarampión es una de las funciones de desintoxicación del organismo humano en los primeros años, como medida natural de autoprotección. Hoy los niños son intoxicados desde el nacimiento con multitud de vacunas, o viven en ambientes contaminados en aire, agua, “comida chatarra” y otras situaciones insalubres, siendo inevitable el sarampión, que puede ser fatal si los alimentos carecen de nutientes ─en especial de vitamina A. Manipulando las estadísticas, dicha vacuna se introdujo cuando las epidemias habían disminuido debido a su fin de ciclo y a las mejores condiciones de vida, haciéndolas aparecer como falsamente efectivas. Pero sólo agravaron las cosas, provocando la meningitis, explica la doctora Suzanne Humphries en “Desvaneciando ilusiones” (pp. 293ss). Y el doctor canadiense Andrew Moulden ─muerto misteriosamente─ probó que “Todas las vacunas causan daño”, sobre todo isquemia: obstruyendo la circulación sanguínea. En efecto, al igual que con la vacuna de Covid19, las muertes no son ocasionadas por la enfermedad sino precisamente por esos pinchazos. Así que el sarampión sigue en el mundo a pesar (y a causa) de la masiva vacunación. Texas y Nuevo México, por ejemplo, tienen la mayor vacunación en Estados Unidos ¡y también la mayoría de los casos! Aquello de que el vacunado no se enfermaría, pronto quedó en ridículo junto a las dosis de refuerzo. Es que el sarampión, como la gripe, son parte de la naturaleza humana. Y son una cura, no un daño. Pero la presidente Claudia Sheinbaum, por ignorancia o perversidad, presume que producirán en México las genocidas vacunas ARNm. A nada le atinan
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