unque desde el sábado pa-
sado la Casa Blanca se ha
empeñado en presentar al
mundo la operación Furia
Épica como la culminación
del arte de la guerra –si bien no existe
una declaración específica al respecto,
pero para qué en su momento Donald
Trump y su ghostwriter (Tony Schwartz)
decidieron titular El arte de la nego-
ciación (The Art of the Deal, 1987), la
conocida recopilación de las memorias
y las “tácticas” de bienes raíces del mag-
nate neoyorquino, si no para evocar al
clásico de Sun Tzu−, tras una semana de
bombardeos conjuntos estadunidenses
e israelíes sobre Irán; lo único realmente
“épico” de ella ha sido la desconexión
entre la realidad y el espectáculo mediá-
tico del presidente estadunidense y sus
funcionarios.
Y la “farsa” es el mejor término para
hablar de la manera en cómo un manda-
tario que hasta hace poco se presentaba
como el único capaz de traer la paz
mundial con su “arte del trato” cambió
sin parpadear esta –falsa y absurda, pe-
ro repetida ad nauseam– retórica por la
de “infligir el máximo daño y sufrimien-
to” y como uno que no sólo criticó, sino
que supuestamente “aprendió” de la
debacle estadunidense en Irak (2003) se
acaba de meter en apenas un par de días
–según Trump el régimen iraní se iba a
caer en 48 horas– en un pantano poten-
cialmente parecido (o peor), mientras
incluso la propia guerra de G. W. Bush
se empezó a frustrar, según sus propios
objetivos, sólo unos meses después del
ataque.
De allí los desesperados, cambiantes
y contradictorios intentos de justificar
esta guerra (a la que en realidad nun-
ca ha habido una justificación) y los
igualmente desesperados, cambiantes y
contradictorios intentos de definir sus
objetivos y su horizonte, algo que nunca
ha sido claramente delineado (“traer a
los iraníes de vuelta a la mesa de la ne-
gociación”, “obliteración del programa
nuclear iraní”, “libertad para la gente”,
“un deal a lo Venezuela”, “el cambio to-
tal de régimen”, etcétera).
Y si bien −si uno es lo suficientemente
viejo para acordarse− podría parecer
difícil de topar lo absurdo de algunas
de las declaraciones de Bush Jr. de ha-
ce unos veintitantos años –“Nuestros
enemigos son innovadores y tienen re-
cursos, y nosotros también. Ellos nunca
dejan de pensar en nuevas formas de
dañar a nuestro país y a nuestra gente, y
nosotros tampoco” (NPR, 5/8/04)−, o de
Donald Rumsfeld −“(…) hay cosas cono-
cidas que sabemos; cosas que sabemos
que sabemos. También hay incógnitas
conocidas; es decir, sabemos que hay
cosas que no sabemos. Pero también hay
incógnitas desconocidas; aquellas que
no sabemos que no sabemos” (C-Span,
12/2/02)− para Trump y su administra-
ción, y este bien podría ser su propio
eslogan promocional, “no hay cosas
imposibles”.
Como cuando, presentándolo bási-
camente como un “logro” y un criterio
por el que juzgar el “éxito” de su ataque,
el presidente, mezclando libremente la
“lógica” bushiana con la rumsfeldiana,
admitió que la gente que Estados Unidos
había identificado como posibles suceso-
res al poder en Irán… ha sido asesinada
el fin de semana:
“El ataque fue tan exitoso que eliminó
a la mayoría de los candidatos. No será
nadie en quien pensábamos porque to-
dos están muertos. El segundo o tercer
puesto está muerto” (ABC, 3/3/26); y
en otra declaración del mismo día: “La
mayoría de las personas que teníamos
en mente han muerto. Y ahora tenemos
otro grupo. Es posible que también
estén muertos, según los informes. Así
que supongo que se avecina una tercera
ola. Muy pronto no sabremos quiénes
son” (Fox News, 3/3/26).
No pues… Sun Tzu, von Clausevitz,
von Moltke, todos los grandes estra-
tegas de la guerra –los dos últimos
alemanes, al igual que el propio abuelo
de Trump que, de hecho, huyó en 1885
del Reino de Baviera a EU para evitar el
cumplimiento de su servicio militar– no
le llegan ni a los talones al presidente. Y
que además, como un buen estratega,
ya el domingo −como escribió uno de los
periodistas–, en un desesperado afán
de fijar algún escenario en el que podría
declarar la victoria y dejar todo atrás,
llamaba a todos y decía cualquier cosa,
“tirando espaguetis a la pared” (a ver
qué se pegaba).
Igualmente, pronto la operación Far-
sa (a.k.a. Improvisación) Épica se volvió
extremadamente “flexible”, como igual-
mente aseguró Trump (Casa Blanca,
2/3/26) en un intento de afirmar “que el
tiempo está de su lado”, siendo la “fle-
xibilidad” un eufemismo para “no tene-
mos un plan de salida”. Pero tranquilo,
todo va bien: “Califico esta guerra con
un 15 sobre 10” (Afp, 4/3/26), dijo un par
de días después el presidente, el tipo de
puntuación que difícilmente funcionaría
siquiera en El Aprendiz.
Aun así, sólo en un mundo indistin-
guible de los reality shows, saturado
del kitsch y los clichés, el secretario de
defensa/guerra de un país −en este caso
Pete Hegseth− pudo haber comparado
la situación de Irán con la del futbol
americano: “El equipo sabía qué jugadas
ejecutar porque sus primeras series ofen-
sivas estaban guionadas. Pero ahora que
el partido ha comenzado y la carga está
en marcha, no saben qué jugadas pedir, y
mucho menos cómo formar una reunión
y pedirlas” (Yahoo, 4/3/26). “Increíble”, ni
siquiera empieza a describirlo.
Como en caso de tantas otras deci-
siones de Trump (los aranceles vienen
a la mente), la guerra en Irán es medio
pensada, mal concebida y constituye
una repetición de errores pasados:
de la tragedia a la farsa, de vuelta a la
tragedia, enjuagar y repetir... Sólo que
ahora a mayor escala y con consecuen-
cias potenciales aún más graves. Para
disimularlo la Casa Blanca ya empezó a
definirla como “una operación militar
especial” (sic). Por más viejo que sea
y por más que lo intente no me puedo
acordar quién y cuándo hizo algo pareci-
do y como va esta historia.
Para Trump y su
administración
“no hay cosas
imposibles”
Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)
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sábado, 7 de marzo de 2026
Operación Farsa Épica
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