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jueves, 12 de marzo de 2026

Trece Días de Guerra y el Fracaso de una Estrategia

 

  • Misiles balísticos lanzados desde Irán hacia objetivos israelíes en represalia tras los ataques aéreos contra el territorio iraní. (Foto: EFE)
Publicada: jueves, 12 de marzo de 2026 16:34

Al cumplirse trece días de la guerra contra Irán, es necesario examinar dónde realmente reside el fracaso.

Por Xavier Villar

Los primeros ataques de lo que Teherán ya denomina la Guerra del Ramadán fueron presentados por Washington y Tel Aviv como un preludio a un Oriente Próximo (Asia Occidental) reconfigurado. Según las declaraciones oficiales, se aspiraba a eliminar físicamente al liderazgo iraní, neutralizar sus capacidades de misiles y demostrar una fuerza tan abrumadora que neutralizara su proyección regional. Sin embargo, el desarrollo de las operaciones ha dejado claro que no existía un plan coherente, ni de entrada ni de salida, y que los supuestos objetivos se encuentran lejos de ser alcanzables.

El costo humano de la guerra es significativo. Más de 1500 personas han perdido la vida, incluidas numerosas niñas en la escuela primaria Shajare Tayebé, en Minab, cuyo ataque se ha convertido en un símbolo de la violencia indiscriminada estadounidense. Las cifras de bajas estadounidenses permanecen opacas; los informes oficiales reconocen solo una fracción, mientras que el número real probablemente sea mucho mayor. En Israel, la población enfrenta una creciente sensación de vulnerabilidad. Misiles y drones iraníes han logrado penetrar de manera sostenida la defensa aérea, incluido el Iron Dome, mediante una estrategia deliberada de saturación que agota los interceptores. Esta combinación de coordinación regional y persistencia operativa ha vuelto a poner de manifiesto, como ya ocurrió en junio durante la guerra de los doce días, que la red de defensa, presentada hasta ahora como infranqueable, no es tal.

El ataque que acabó con la vida del Líder, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, no produjo la descomposición esperada por los planificadores estadounidenses. Lejos de provocar levantamientos populares o la rendición de las fuerzas de seguridad, la figura de Khamenei consolidó la cohesión interna. La Asamblea de Expertos se reunió discretamente y reforzó la continuidad de las líneas de defensa, demostrando la resiliencia de las instituciones iraníes frente a intentos de desestabilización. El enfoque de decapitación, piedra angular de la doctrina militar israelí y estadounidense, ha mostrado su limitación frente a un Estado con estructuras profundamente arraigadas y legitimidad institucional.

Los recursos movilizados por Estados Unidos hasta ahora superan los 11 000 millones de dólares en menos de dos semanas, reflejando la confianza de Washington en que puede sostener conflictos prolongados lejos de su territorio. Mientras tanto, la economía interna estadounidense empieza a sentir el impacto: el precio de la gasolina ha subido y la opinión pública se muestra crecientemente escéptica respecto a una guerra cuya justificación estratégica carece de claridad. El verdadero fracaso reside en la subestimación de la resistencia iraní, de las dinámicas regionales y de la complejidad política del conflicto.

La Resistencia como Disuasión

La administración estadounidense no ha mostrado indicios de contar con un plan coherente de seguimiento. Como expresó el senador Mark Warner, la fase posterior al ataque inicial nunca se presentó con claridad. Esta ausencia de previsión operacional se ha traducido en un escenario donde Irán, con su liderazgo renovado, mantiene la cohesión y una estrategia de respuesta calculada.

La estrategia de defensa iraní, centrada en misiles y drones, ha sido eficiente para proyectar fuerza y disuasión, demostrando que la superioridad aérea y tecnológica no garantiza resultados inmediatos. Durante estas oleadas de ataques, las fuerzas iraníes han alcanzado instalaciones en el Golfo Pérsico, Jordania, Emiratos, Kuwait, Irak y territorios ocupados, utilizando sistemas de producción nacional y destruyendo activos estratégicos críticos, incluido equipo avanzado de vigilancia y radares enemigos.

Un elemento central ha sido la colaboración entre el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán y Hezbolá. Han identificado vulnerabilidades en la red de alerta temprana israelí y estadounidense, apuntando a radares en Catar, Jordania, Emiratos y Arabia Saudí, y golpeando infraestructura clave como la estación de comunicaciones por satélite Ha’Ela Teleport y la base Sdot Micha. Esta estrategia ha degradado progresivamente la eficacia del Iron Dome y otros sistemas de interceptación, dejando brechas que permiten que más misiles alcancen objetivos. Cada ataque en infraestructura se entiende como una inversión para un eventual ataque masivo, no como un objetivo aislado, mostrando un plan de largo plazo que va más allá de la reacción inmediata.

Además, la dependencia de Israel en sistemas estadounidenses, a veces lejanos y vulnerables, ha quedado expuesta. Cada batería de defensa utilizada para proteger otra reduce la cobertura efectiva sobre objetivos civiles, generando decisiones difíciles sobre dónde asignar recursos defensivos. Como resultado, los tiempos de advertencia se han reducido drásticamente, lo que provoca frustración tanto entre civiles como en autoridades israelíes. La narrativa mediática de una supuesta derrota de Hezbollah e Irán no hace más que intensificar la percepción de impotencia y vulnerabilidad de Israel.

Durante estas operaciones, Irán ha rechazado sistemáticamente cualquier alto el fuego que no implique una transformación sustancial del marco de negociación impuesto por Washington. La República Islámica no negocia desde una posición donde sus capacidades sean consideradas el problema a resolver; insiste en que la cuestión central es la agresión estadounidense e israelí y el orden regional que la sustenta. Teherán busca revertir la lógica de las negociaciones, redefiniendo la agenda para abordar la conducta de Estados Unidos e Israel y situando el objetivo en la conclusión definitiva de la guerra, preservando su identidad como república islámica revolucionaria.

Esta postura se fundamenta en experiencias pasadas, cuando bajo la cobertura de diplomacia activa Estados Unidos atacó objetivos iraníes, reforzando la percepción de que las negociaciones habían funcionado como instrumento de engaño estratégico. La posición iraní es clara: cualquier acuerdo debe romper el ciclo de guerra recurrente y garantizar que el conflicto no pueda reiniciarse fácilmente. No se busca un cese temporal de hostilidades, sino un acuerdo integral que transforme las condiciones estratégicas que permitieron la recurrencia de la guerra.

En este sentido, se puede decir que el objetivo estratégico iraní es sostener los impactos necesarios para garantizar que la guerra total se traduzca en disuasión efectiva y en lo que podría describirse como un “alto el fuego total”, en el que los costes de reanudar el conflicto sean prohibitivos. Cualquier acuerdo duradero debe contemplar no solo la seguridad de Irán, sino también las alianzas regionales bajo su paraguas, incluyendo a Hezbolá, que se han vuelto parte integral de su disuasión.

La Batalla de Ormuz y la Economía de la Persistencia

El estrecho de Ormuz ha sido un ejemplo claro del fracaso estratégico de la campaña estadounidense y aliada. La guerra ha afectado gravemente el tráfico marítimo, vital para el comercio global de petróleo, con ataques a embarcaciones y restricciones a la navegación que han demostrado la limitación de la presencia estadounidense en la región. La capacidad ofensiva iraní, combinada con drones y misiles de bajo costo, ha mostrado que la superioridad tecnológica no se traduce automáticamente en control del terreno ni en seguridad para la navegación civil.

El impacto económico se ha dejado sentir de manera inmediata. El precio del petróleo Brent ha superado los 100 dólares por barril en varias ocasiones, alterando mercados y cadenas de suministro de fertilizantes, medicamentos y materias primas esenciales. Ormuz se convierte así en un punto de presión estratégico, donde Irán puede proyectar su influencia sin comprometer su territorio ni su población, generando costos políticos y económicos considerables para Estados Unidos y sus aliados.

La cuestión central es la persistencia. Si Estados Unidos no logra colapsar la infraestructura de misiles y drones iraníes, Teherán puede mantener una campaña de desgaste prolongada. Los impactos acumulados sobre la economía y la política interna estadounidense pueden superar rápidamente el deseo de sostener la guerra. La ambigüedad de las declaraciones presidenciales estadounidenses, entre el “éxito rotundo” y la advertencia de limitar las capacidades de Irán, refleja la dificultad de traducir superioridad militar en resultados estratégicos claros.

El conflicto ha demostrado que la estrategia iraní combina planificación, paciencia y coordinación regional, con objetivos claros de disuasión y preservación de influencia, mientras obliga a Estados Unidos e Israel a revisar sus suposiciones sobre cómo medir la efectividad en una guerra de desgaste prolongada.

El resultado es un conflicto en el que la narrativa mediática occidental sobre el éxito militar se enfrenta a la evidencia de una resiliencia iraní que no es caótica, sino deliberadamente estructurada. Cada oleada de misiles, cada dron enviado, cada punto de infraestructura seleccionado, refleja una estrategia coherente de maximizar presión, proteger capacidades y mantener la iniciativa en la negociación futura. Esta guerra no se resuelve únicamente por el poder aéreo, sino por la capacidad de sostener impactos, recalibrar la defensa enemiga y redefinir las condiciones de un eventual alto el fuego que garantice disuasión permanente y un marco regional más estable desde la perspectiva iraní.

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