La relación del Profeta con las cosas
03/05/2000 - Autor: Abderrahmán Muhámmad Maanán - Fuente: Webislam
Pregunta: Nos ha llamado la atención cuando ha salido todo esto del daraba el hadiz de Aisha en el que se dice que el Profeta no sólo nunca agredió a una mujer sino nisiquiera golpeó con la mano a ninguna cosa (lâ daraba biyadihi shaiân)... Es una curiosa matización... ¿Había alguna relación especial entre el Profeta y los objetos?
Respuesta: Hay
hadices que hablan de la extraordinaria delicadeza de Muhammad con todo lo que
le rodeaba. Hay un hadiz en el cual él dijo a sus compañeros que, cuando alguno
de sus compañeros se pinchaba con una aguja él, sentía el dolor, y no lo dijo
metafóricamente. Ésa es la conclusión de los comentaristas de este hadiz, es
decir, que lo sentía realmente. Que él llegó a hacerse tan sensible que era
capaz de captar todo lo que sucedía a su alrededor y por tanto penetraba de una
forma clara en el mundo espiritual de todas las cosas. Rasulul-lah sin
duda tuvo esta capacidad, o de lo contrario el Islam no sería lo que es. A
nosotros nos puede resultar extraño pero, evidentemente, si él no hubiera sido
así, no habría tenido calidad de Profeta. Rasul o Nabí alude a
una persona que es capaz de comunicar un mensaje porque está comunicada con todo
lo que existe gracias a poseer una sensibilidad extraordinaria. Muhammad la
poseía y seguramente en una profundidad increíble, de tal manera que esto
condicionaba su relación con las cosas. Él no era animista, no consideraba que
las cosas estaban dotadas de alma, pero sí de una magia especial o de algo para
lo que no hay nombre, quizá la palabra "alma" sea insuficiente...
Era muy especial la costumbre
que tenía de ponerle nombre a todo... Ponerle nombres a las cosas es tener una
relación personal con ellas. Desde luego todos sus animales tenían nombres
propios, pero incluso los objetos, cada turbante tenía un nombre propio, sus
capas, sus arcos, sus espadas, tenían nombres propios. Es curioso, porque
hablaba con las cosas. Se sabe que mantenía conversaciones con objetos, con las
piedras, con los troncos. Incluso hay gente que dijo haber escuchado las
respuestas de estas conversaciones que se mantenían en otro universo, por
supuesto. Si Rasulul-lah no hubiera sido así, no habría sido Profeta. Tenía
necesariamente que contar con esa delicadeza que viene de algo regalado: él era
así, no lo buscó. Él amaba profundamente las cosas, todo lo que le rodeaba, con
un amor especialmente intenso. Hay hadices preciosos en este sentido, como aquel
que cuenta cómo estando sobre la montaña Uhud ella tembló y el Profeta le dijo
estáte quieta porque yo te quiero igual que tú me quieres. Que el pequeño
temblor acabase es normal, no estamos diciendo necesariamente que él la
aquietara, pero se conserva el hadiz entre los musulmanes como prueba no del
poder de Muhammad sino de su capacidad de relacionarse con las cosas
aparentemente menos dotadas de alma.
Otro hadiz nos habla de cómo
escuchaba el lamento de las cosas, y por eso él era capaz de escuchar sonidos
que no perciben los seres humanos. Cómo tranquilizó con la mano -como se hace
con un animal doméstico- a un mimbar que se quejaba. Él además sabía
que esa sensibilidad no era exclusiva suya, sabía que algunos animales captaban
los gemidos de los muertos en las tumbas. Nosotros tenemos ciegos determinados
ojos y taponados determinados oídos y que únicamente en su persona estaban
absolutamente despiertos. Y que justamente la espiritualidad islámica es el
intento de avivarlo. No es que Muhammad sea modelo de una "actitud ecológica" de
vivir sino que su espiritualidad es un ejemplo a seguir para llegar a esa
conciencia con la cual nuestras relaciones con las cosas nunca serán
artificiales sino auténticas. Se trata de haber seguido un proceso espiritual en
el cual se entra en comunicación con el espíritu que hay en las cosas. Lo que
hay que aprender de Muhammad no es el ponerle nombres a las cosas sino realmente
el seguir su proceso espiritual hasta descubrir que en las cosas anidan
realidades más allá de lo que nosotros percibimos normalmente y que es lo que
las unifica, es decir, aquello en lo que descubrimos a Allah, el Uno Único.
Y no sólo el Profeta. Todos
los auliyá (los íntimos de Allah) perciben el poder y la sabiduría que
hay en cada cosa. El kafir es el que no traspasa el objeto y descubre
en él la semilla (habb) de amor (hubb) que lo hizo. Eso
infinito que es el Ahad pasa a residir en todo objeto finito por el hecho de
existir, y tenemos la obligación islámica de amar a Allah en cada cosa. Todas
las cosas tienen dos caras, una en la que se ve a Allah y otra en la que se ven
las cosas. El camino espiritual consiste en descubrir qué conjunto de cualidades
de Allah son la urdimbre de cada uno de los seres que existen. También la de las
cosas. Puedes ver a Allah en la misma nafs de las cosas. No podemos
dejar pasar la oportunidad que nos ofrecen las cosas. Cada cosa existente te
interpela con lo que es.
Nuestro conocimiento aspira con la Ciencia a desentrañar el significado de las cosas, y no puede ser de otra forma, pues Allah es en sí mismo indefinible. ¿Cómo se define –entonces- a Allah? En cada cosa concreta. Lo que no tiene límites lo encerramos en lo más pequeño. Lo eterno en el instante que no dura, lo inmutable en la deteriorabilidad de algo material... Todo lo que existe es Nombre de Allah, porque es una esencia específica e irrepetible. Cada cosa que existe es el Nombre propio de Allah. Las cosas son los rostros de Allah.
La Materia de que están compuestas las cosas, la cosa en sí ante nosotros es ni más ni menos que la prueba de la existencia de Allah. La verdad desconcertante del ser que constituye la realidad es el principio del camino. Cuando me sumerjo en la Realidad, a pesar de su aparente inconsistencia y su mutabilidad, y la vivo como definitiva y contundente, estoy en al-haqq. Me sumerjo en la materia para conocer mi realidad, mi verdad, para descubrir mi propia eternidad.
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