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viernes, 13 de febrero de 2015

"Hasta la tierra tembló": Madero por volcán de Colima

"Hasta la tierra tembló": Madero

Faltaban solo seis días para que la ciudad de México recibiera al jefe de la revolución triunfante. “¡Viva Madero!” era el grito que recorría el territorio nacional. Un día antes, el 31 de mayo de 1911, el puerto de Veracruz despidió a Porfirio Díaz que zarpaba rumbo a París y al exilio eterno. Quizá mientras el Ypiranga tomaba curso, el viejo general pudo escuchar por última vez algunos compases de Dios nunca muere al tiempo que en su memoria se dibujaba la vieja Oaxaca y la costa de México desaparecía ante sus ojos: atrás quedaba la patria y su vida entera; entrelazadas ambas, habían escrito en mayor o menor medida los últimos cincuenta años de la historia nacional.
Y sin embargo, con toda la nostalgia, incertidumbre y zozobra que para las clases privilegiadas de la sociedad porfiriana traía consigo el fin de un régimen de más de treinta años de permanencia, el triunfo maderista generaba grandes esperanzas porque intentaba crear un espacio común para toda la nación a través de la libertad. El nuevo gobierno intentaría innovar, no imponer. A muchos asombró que la revolución no llevara a la presidencia al caudillo militar, amo y señor de ejércitos y vidas, sino a un hombre sencillo, honesto y franco que esperaría pacientemente las nuevas elecciones para alcanzar el poder a través del voto; un hombre cuya más profunda convicción era la democracia y su mayor respeto la dignidad humana: Francisco I. Madero.         
* * *
Para propios y extraños aquel fortísimo temblor que sacudió la ciudad de México horas antes de la entrada de Madero fue en cierto modo un presagio del tiempo nuevo que se avecinaba. Con enorme precisión, la historia demostraba que el apoteótico arribo a la capital era sólo el preludio de grandes cambios: en 1821, con Iturbide México había iniciado su vida independiente; en 1848, después de la ocupación norteamericana, cuando la ciudad de México volvió ser capital de la república, la nación mexicana buscó redefinir su rumbo sin la mitad del territorio; en 1867 Juárez encarnó tenazmente a la República hasta el triunfo sobre el imperio de Maximiliano; y el ejemplo más reciente era el propio Porfirio Díaz: a partir de 1876 había anunciado la era de la paz, el orden y el progreso. Todos ellos habían encontrado su destino final y el principio de su poder en la ciudad de México.
En 1911 Madero no sería la excepción. El 7 de junio la vieja ciudad de los Palacios no sólo fue testigo de un victorioso desfile, música, cohetones y algarabía; ese día marcó el final del siglo XIX mexicano y su lento andar hacia el XX. Cronistas, escritores y periodistas dieron cuenta de la espontánea y multitudinaria recepción que los habitantes de la ciudad de México brindaron a Madero, pero la mayor parte sólo vieron la forma, pocos percibieron la trascendencia histórica del momento, uno de ellos fue José Vasconcelos:
“Madero entró a la capital… con apoteosis de un vencedor despojado de ejércitos: ídolo guía de su pueblo. Medio millón  de habitantes sistemáticamente vejados por la autoridad saboreó, aquel día el júbilo de ser libre. Paseaban algunos cantando por primera vez, en plena calle, espantando el silencio de los siglos de desconfianza y pavor.  El “Caballito”, viejo símbolo de la tiranía antigua, se cubrió de muchachos desde el pedestal hasta los hombros del rey olvidado. Manos infantiles acariciaron el cetro, como si por fin la autoridad se hubiese vuelto servicio humano y no atropello de bandoleros afortunados. Las campanas de la Catedral, las de la Profesa,  las de noventa templos repicaron el triunfo del Dios bueno. Por una vez en tanto tiempo, caía destronado Huitzilopoxtli, el sanguinario. Tras de larga condena de todo un siglo de mala historia, una nueva etapa inspirada en el amor cristiano iniciaba su regocijo, prometía bienandanzas. Por primera vez, la vieja Anáhuac aclamaba a un héroe cuyo signo de victoria era la libertad, y su propósito no la venganza sino la unión”.[i]
Con el viejo dictador lejos del país la opción era evidente: todos con el vencedor. Días antes al arribo de Madero, los diarios capitalinos dispusieron cambiar el tenor de sus notas: los reporteros cubrieron minuciosamente el recorrido del jefe de la revolución rumbo a la capital y su paso triunfal por ciudades y pueblos; ya nadie recordaba que meses antes llegó a decirse que la lucha de Madero era “la de un microbio contra un elefante”.
Los anuncios hicieron eco del esperado momento del que nadie quería permanecer al margen. Los dueños del comercio La Maleta Social anunciaron: “Madero. Para recibir a este ilustre caudillo tenemos a disposición del público 100,000 banderas de la Paz, sus precios fluctúan entre ocho y veinticinco centavos. Los buenos mexicanos. Para la recepción a tan ilustre caudillo no deben prescindir de una de estas banderas, su precio es insignificante y bien merece este pequeño esfuerzo”.[ii] Y bien valía la pena adquirir una: sobre un fondo blanco, la imagen del jefe de la revolución rodeado de dos laureles y con la leyenda “Paz. Viva el gran libertador de México Don Francisco I. Madero, noviembre 19, 1910 - mayo 25, 1911”.
México vivía un momento inédito en su historia. A diferencia de todos los jefes y caudillos que durante el siglo XIX habían ocupado la silla presidencial por situaciones de facto como lo eran las asonadas, los levantamientos o las revoluciones, Madero sólo gobernaría si su poder emanaba de la ley; no había recurrido a las armas como primera opción sino como último recurso; por eso decidió contender en las nuevas elecciones que se verificarían hasta octubre de 1911. Su error no fue esperar, sino confiar; aceptó el licenciamiento de las tropas que le habían dado el triunfo y consintió el ascenso del intrigante Francisco León de la Barra como presidente interino.
El país entero y la ciudad de México tendrían que esperar algunos meses antes de saludar a un verdadero presidente constitucional electo democráticamente como lo sería Francisco I. Madero a partir del 6 de noviembre de 1911, pero ya desde junio se divisaba el inicio de una nueva época y la clara intención de renovar la moral pública perdida bajo la dictadura personal de Porfirio Díaz. 
Un día después de la entrada triunfal de Madero se tomaron las primeras providencias para revertir lo que había sido uno de los peores vicios morales de la dictadura: la prensa pagada. La cúpula política del maderismo espetó un certero golpe en favor de la libertad: las subvenciones a los principales diarios de la capital y algunos otros del interior del país fueron suprimidas. El 8 de junio de 1911, El Diario informaba: “Desde el día 1 del mes actual han quedado suprimidas las subvenciones que el gobierno les tenía otorgadas a la prensa. Al presentar los directores de periódicos su recibo por la subvención de Mayo, se les notificó que no debían esperar seguir cobrando del nuevo gobierno ninguna cantidad de dinero en pago de su amistad”.[iii]
Era vergonzoso conocer las cantidades destinadas por el Tesoro Público para garantizar la lealtad de los periodistas al gobierno porfiriano. La subvención llegó a generar gastos anuales del orden de los cien mil pesos. El Imparcial –más porfirista que el propio Porfirio- recibía cuatro mil doscientos pesos; The Mexican Herald, publicado en inglés gozaba de mil cien pesos; El Tiempo y La Iberia cuatrocientos; otros más aceptaban de trescientos a ciento cincuenta pesos dependiendo del contenido de sus notas, los que menos recibían no contemplaban asuntos políticos, simplemente aplaudían los eventos de la sociedad porfiriana. Eran donaciones que se giraban en favor de los periódicos, a la lista había que agregar las recibidas por periodistas y articulistas.
La nota de El Diario concluía su información señalando: “El público puede, ahora, apreciar lo que vale en efectivo, la opinión de esos periódicos, estimando con exactitud su conducta presente, ya sea que continúen su programa de adoración al sol que nace, o ya sea que se pongan a gruñir”. Madero consideró erróneamente que al suprimir el “bozal económico” que condicionaba la libertad de expresión la prensa asumiría responsablemente su misión de informar, criticar y orientar a la ciudadanía dentro del régimen democrático. Mezquinamente, gran parte de los periódicos recibieron la noticia como una afrenta y más tarde que temprano le cobraron la factura al nuevo régimen y a Madero en carne propia.
El interinato de Francisco León de la Barra duró de finales de mayo a principios de noviembre de 1911. Poco más de cinco meses en los que el presidente hizo todo lo posible y encaminó todos sus esfuerzos para heredar al próximo mandatario una situación política poco menos que crítica. Su mayor éxito fue lograr la ruptura irreconciliable entre Madero y Zapata. Era el viejo sistema que se resistía a morir.
Tras una exitosa gira electoral como candidato del Partido Constitucional Progresista, la fórmula Madero-Pino Suárez resultó triunfadora en las elecciones de octubre. El dos de noviembre de 1911, con todo el dolor que podía invadir a los viejos, muy viejos diputados porfiristas, la Cámara declaró “Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos al señor don Francisco I. Madero” para el periodo que iniciaría el 6 de noviembre de 1911 y que, con ayuda de la Providencia, debería concluir hasta el 30 de noviembre de 1916.
Gran expectación generó el inicio del nuevo gobierno. Madero pretendía realizar un ejercicio de equidad política y limitación del poder fundamentado en la ley, que no era otra cosa que la democracia, desconocida sin embargo en los hechos, por todos los habitantes del país. Seguramente aquel 6 de noviembre, Madero se levantó por la madrugada, como solía hacerlo, y pensó en el largo camino recorrido hasta la antesala del poder que finalmente alcanzaba por la voluntad del pueblo mexicano, entonces sonrió.
Para Madero debió ser un día aún más emotivo que cuando entró a la ciudad de México, no era un triunfo personal, era la nación que victoriosa se levantaba de una dictadura a través del poder del voto. La euforia desatada en todos los rincones de la ciudad provocó algunas escenas lamentables como el asesinato cometido por un borracho que apuñaló a una mujer por resistirse a gritar ¡Viva Madero!.[iv] Con todo, la sociedad capitalina ansiaba la paz. Desde el triunfo de la revolución no cesaban los brotes armados en distintas poblaciones del territorio nacional. ¿Podría Madero con la presidencia? parecía ser la pregunta que rodeaba el ambiente citadino.
“A pesar de todo, el Gobierno del señor Madero fue bien recibido –escribió Ramón Prida-; casi todos tenían empeño en ayudarlo. Hombre bondadoso y sin rencores, a nadie había perseguido y su trato afable y cortés le captaban simpatías personales. Todo el personal administrativo, desde luego le fue adicto y en cuanto a los políticos, sólo los reyistas y algunos porfiristas recalcitrantes lo hostilizaron. Pocos gobiernos han comenzado bajo tan buenos auspicios”.[v]
La ciudad de México empezó a respirar libertad. A partir de la impresionante movilización popular que en mayo de 1911 había recorrido la ciudad pidiendo la renuncia de Porfirio Díaz, las manifestaciones se hicieron comunes. El 1 de enero de 1912 cientos de estudiantes marcharon por la avenida San Francisco rumbo a la Plaza de la Constitución para protestar contra la prensa amarillista, con grandes mantas señalaban: “El Imparcial, enemigo del pueblo y del gobierno”. Días más tarde otro grupo de estudiantes realizaron un mitin estudiantil en la Escuela de Minería porque José Vasconcelos, presidente del Partido Constitucional Progresista los llamó “cretinos, degenerados y siervos de la dictadura”. Los obreros también se vieron beneficiados con el gobierno de Madero sobre todo con el respeto irrestricto a su derecho de huelga y a manifestarse públicamente. Gran asombro causó la movilización que el Partido Obrero Socialista realizó en la ciudad de México para conmemorar la huelga de Chicago el 1 de mayo de 1912.[vi]
“Yo creo sinceramente -escribió Vasconcelos- que hemos encontrado en Madero al hombre fuerte que ha de encauzar nuestras heterogéneas manifestaciones de vida social, no con la fuerza falsa de los crueles y los malvados, sino con esa fuerza que organiza y construye, que vivifica y estimula el progreso de los pueblos, no la que degrada y contiene en sus anhelos, si no la  fuerza serena del justo, que si es freno, también impulso.[vii]
El régimen maderista intentó moralizar a la sociedad, haciéndola participar de la vida democrática y exigiéndole un compromiso de respeto hacia la ley. La prédica de Madero  pretendía alcanzar todos los ámbitos de la vida pública nacional y su inquebrantable fe se manifestaba en los momentos más cotidianos y naturales de su vida pública y privada, como lo era para él escuchar música, pasear con su esposa por la Alameda o leer un buen libro. Así lo describió Vasconcelos, cuya cercanía con Madero lo marcó por el resto de su vida: “Se le veía en su palco cada vez que la Sinfónica tocaba un concierto… la 1812 de Tchaikovski producíale una impresión muy viva. Él, que era un creyente del pueblo, un enamorado de sus entusiasmos y epopeyas, reconocía en aquella música la gloriosa aventura reciente del pueblo mexicano. Antes, el presidente iba a los gallos; ahora disfrutaba la vena melódica plena de emoción generosa. Después, los presidentes irían a los toros… para gustar de la sangre vertida sin riesgo del espectador”.[viii]
En el empeño puesto en la empresa democrática de Madero las buenas intenciones de algunos de sus colaboradores no fueron suficientes para sostener una administración que tenía la misión de sustituir a una anquilosada dictadura y combatir todos sus vicios. México necesitaba un hombre con realismo político, no buenas intenciones ni un idealista de buena fe. Madero juzgó a los demás a través de sí mismo, suponiendo a todos sus colaboradores satisfechos con la conciencia del deber cumplido. En su inquebrantable fe plasmó su trágico fin.
Los quince meses que duró el gobierno de Madero podrían describirse como una serie de adversidades que prepararon la debacle final.  Enfrentó cuatro importantes sublevaciones: Emiliano Zapata, Bernardo Reyes, Pascual Orozco y Félix Díaz; en beneficio de la libertad de expresión aceptó el ataque sistemático de la prensa que llegó al libertinaje al criticar hasta los detalles más íntimos de su personalidad y de su familia; soportó la renuncia de varios de sus colaboradores más importantes y dio la espalda a otros que pudieron abrirle el camino para gobernar con realismo; coexistió con dos Congresos distintos generalmente adversos a sus propuestas políticas; resistió la presión de los Estados Unidos a través de su alcohólico embajador Henry Lane Wilson quien renegó de Madero porque de su administración no recibió un solo centavo como solía hacerlo bajo el régimen porfiriano.”[ix]
Madero creyó en la buena fe de la clase política y se encontró con el vértigo de la decepción. Aquellos que no se habían atrevido a mover un dedo, a invocar una palabra, a lanzar una invectiva o una crítica contra el dictador, se arrojaron cobardemente, como hambrienta jauría sobre el poder político, sobre la lealtad y bondad de Madero. En el primer experimento democrático de la historia mexicana, la sociedad había fallado.
En septiembre de 1912, durante las fiestas patrias, Madero habló ante la concurrencia durante un brindis. Su tono sombrío auguraba la catástrofe que se avecinaba. En cierto sentido, sus palabras eran un reconocimiento tácito de la derrota:
“Porque si un gobierno como el mío, que ha cumplido honradamente con sus promesas, que ha hecho todo lo que su inteligencia le alcanza por el bien de la República, que ha llegado al poder por el voto casi unánime de todos los mexicanos, como nunca había sucedido, si un Gobierno así no pudiese subsistir en México, señores, deberíamos decir que el pueblo mexicano no estaba apto para la democracia, que necesitábamos otro nuevo Dictador, que viniese con su sable a acallar todas las ambiciones, a sofocar todos los esfuerzos que hacen los que no comprenden que la libertad únicamente puede ser fructuosa dentro de la Ley”.[x]
Meses mas tarde, en febrero de 1913, Madero fue asesinado. Pocos pudieron concebir entonces la magnitud de lo que había sucedido y la oportunidad histórica que se alejaba por más de ochenta años. El experimento democrático de Madero fracasó y su valiosa vida se  extinguió en el intento. Años más tarde, al escribir Ulises Criollo, Vasconcelos escribió una certera condena y al mismo tiempo una certera profecía: “Si las circunstancias no obedecieron el impulso redentor que a la patria imprimía Madero, peor para todos nosotros y tanto mayor aparece su gloria. Y todavía cuando México se decida a rectificar sus pavorosos yerros, tendrá que tomar el hilo de la patria-regeneración en el punto en que lo dejó Madero.”[xi]


[i]José Vasconcelos, Memorias I. Ulises Criollo. La Tormenta, México, F.C.E., 1983, pp. 375-376.
[ii] El Diario, México, D. F., 1 de junio de 1911.
[iii] Ibid., 8 de junio de 1911.
[iv] Ibid., 28 de junio de 1911.
[v] Ramón Prida, De la dictadura a la anarquía, México, Ediciones Botas, 1958, p. 343.
[vi] Alfonso Taracena, La verdadera revolución mexicana (1912-1914), México, Editorial Porrúa, 1991, pp. 2, 3, 17, 61.
[vii] José Vasconcelos, “Francisco I. Madero. Estudio psicológico” en Tiempo Ilustrado, México, D. F., 23 de julio de 1911.
[viii] Vasconcelos, MemoriasOp. Cit., pp. 422-423.
[ix] Taracena, Op. Cit., p. 11.
[x] Pedro Lamicq (Cráter), Madero, México, Talleres de la H. Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, 1958, pp. 251-252.
[xi] Vasconcelos, Memorias, Op. Cit., p. 418. 

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