Del efecto llamada al efecto cerrojo
ANDREA CEGNA*
En Italia está pasando algo anó-
malo. Hay quien dice que no se
veía algo así desde los años 70,
otros dicen que desde los 90, y
otros que desde el movimiento
contra la guerra en Irak de 2003. Lo cierto
es que yo, que tengo 43 años y observo la
política desde 1998, nunca había vivido una
temporada de marchas e iniciativas, prácti-
camente permanentes, radicales y con una
composición social tan diversa, como la
que estamos viendo en apoyo al pueblo pa-
lestino y para denunciar el ataque contra la
Global Sumud Flotilla.
Después de la jornada impresionante
del 22 de septiembre, las plazas no se han
vaciado. Desde el miércoles 1º de octubre
–día del ataque a la flotilla humanitaria
rumbo a Gaza– hasta el sábado 4, se han
sucedido movilizaciones todos los días.
El 1 y 2 de octubre, más de 100 ciudades
fueron atravesadas por manifestaciones
espontáneas, bloqueos de trenes y protes-
tas en las calles. El 3 de octubre ocurrió
algo todavía más raro: una huelga general
convocada no sólo por los sindicatos
combativos, sino también por la CGIL –la
central sindical más grande del país– , que
paralizó prácticamente a Italia.
La competencia sindical en Italia es
fuerte, y esta convergencia fue empujada
desde las bases. Se habla de niveles de abs-
tención laboral que en algunos sectores
superaron el 80%, con marchas en todas
partes: desde Turín hasta Nápoles, pasan-
do por Palermo, Milán, Cagliari y Bari, e
incluyendo a muchas ciudades medianas
y pequeñas. Es imposible contar todas las
plazas. Se estima que, sumando todas las
manifestaciones de ese día, participaron
más de 2 millones de personas. Y no se
trata sólo de números: hubo bloqueos en
puertos, autopistas y centros logísticos,
así como huelgas y ocupaciones en es-
cuelas, universidades, hospitales y en el
transporte público. La movilización fue
transversal y profunda.
Y luego, el 4 de octubre, la marcha na-
cional en Roma. Un millón de personas
recorrieron la capital exigiendo no sólo
el fin del genocidio en Palestina, sino
también denunciando la complicidad
política y militar del gobierno de Meloni,
así como la de la Unión Europea. La
rabia y la dignidad se encontraron en
una movilización permanente que logró
unir muchas almas y formas de lucha: la
“liturgia” de la tradicional marcha nacio-
nal de otoño –rito bien conocido por los
movimientos italianos– se fusionó con
una nueva forma de activación territo-
rial, forjada en los últimos años por mo-
vimientos como Non Una di Meno (femi-
nistas), Fridays For Future, Extinction
Rebellion y los colectivos estudiantiles
surgidos desde la “ola” contra la reforma
Gelmini (una reforma neoliberal del sis-
tema universitario).
Es en esta intersección de lenguajes,
prácticas y subjetividades donde se está
moviendo algo profundamente nuevo.
Una nueva genealogía de la solidaridad
y de la militancia. Plazas donde conviven
partidos de izquierda y sindicatos, acti-
vistas de centros sociales y comunidades
migrantes, colectivos estudiantiles y
abuelas con banderas de la paz, segun-
das y terceras generaciones de italianos
racializados y obreros metalúrgicos,
jóvenes queer y creyentes de todas las
religiones. Una multitud, como diría Toni
Negri, que hoy parece aún más real que
la que tomó las calles en Génova en 2001
y que formó parte del movimiento alter-
mundista de aquellos años.
En este ciclo de luchas –que no prevé un
final hasta que termine el genocidio y la
ocupación colonial de Gaza– no hay sola-
mente solidaridad internacional. También
se abre una fractura en el corazón de la
sociedad italiana. El apoyo casi incondi-
cional del gobierno a Israel, la criminali-
zación de las protestas, el silencio de los
grandes medios y de las instituciones aca-
démicas, han reforzado el sentimiento de
aislamiento y rechazo en amplios sectores
de la población. La crítica al colonialismo
ha salido del pensamiento universitario
para convertirse en práctica política. Y así,
en ese vacío, algo se ha llenado. Las plazas
se han convertido en lugares de palabra y
encuentro, de cuidado y rabia, de política
viva y no delegada.
Nadie sabe si este movimiento resistirá
en el tiempo ni si de aquí nacerá una nueva
temporada de luchas, una primavera para
las y los militantes del mañana. Mientras
escribo, la manifestación en Roma sigue,
y los medios tradicionales, al no haber
enfrentamientos, no saben qué decir. No
tienen el valor de reconocer la magnitud
de lo que está ocurriendo ni la fractura so-
cial que se ha hecho evidente. En muchas
escuelas secundarias, estudiantes están
leyendo poesía palestina, viendo docu-
mentales, llevando keffiyehs y banderas a
clase. Una generación entera –que muchos
creían apática– está aprendiendo a nom-
brar la palabra apartheid, a preguntar qué
es el sionismo, quiénes son los cómplices,
qué es el colonialismo y el poder.
Y si la solidaridad siempre ha sido un
motor de las luchas sociales, hoy nos
preguntamos si no está formándose una
conciencia colectiva que ya no acepta el
compromiso, la normalización del crimen,
ni la indiferencia. El grito de “¡Palestina
libre!” resuena por todas partes: en los
cantos de las marchas, en los murales que
aparecen en las ciudades, en los carteles
que cuelgan de las ventanas y que ya no
necesitan de los profesionales de las mar-
chas para hacerse escuchar.
*Periodista italiano
Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)
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domingo, 5 de octubre de 2025
El despertar de Italia por Gaza y su quiebre social
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