Modernidad con memoria: El Ramadán como prueba de tradición y apertura
Antes, el visitante veía el Ramadán como una barrera; hoy es una experiencia cultural
Durante muchos años, en Occidente se hablaba del Golfo Árabe con una mezcla de fascinación y desconfianza. Se repetían las mismas ideas: que los extranjeros no encajarían, que las mujeres no podían moverse libremente, que la religión dominaba todos los espacios públicos y que el turismo estaba condenado a ser siempre limitado. Para cualquier país que aspirara a atraer inversión global, talento internacional y millones de visitantes, esa percepción era más que un prejuicio: era un obstáculo económico.
Los Emiratos Árabes Unidos lo entendieron temprano. Su reto no era renunciar a su identidad, sino demostrar que tradición y apertura podían coexistir. El crecimiento no vendría únicamente del petróleo, sino de la confianza. Y la confianza, en el mundo moderno, también depende de la percepción cultural.
En las últimas dos décadas el cambio ha sido evidente. Las ciudades se diseñaron para recibir al mundo: más de 200 nacionalidades conviven hoy en el país, existen templos de distintas religiones, las mujeres participan activamente en la vida profesional y pública, y el turismo opera bajo reglas claras que buscan respeto mutuo, no imposición. El mensaje es simple: quien llega es bienvenido, siempre que entienda dónde está.
Es en ese contexto donde el Ramadán adquiere un significado especial.
El Ramadán es el noveno mes del calendario islámico y recuerda la primera revelación del Corán al profeta Mahoma en el siglo VII. Cada año cambia de fecha porque sigue el calendario lunar. Durante este periodo, los musulmanes ayunan desde el amanecer hasta la puesta del sol como un ejercicio espiritual de disciplina, reflexión y solidaridad.
Pero en los Emiratos, el Ramadán también se ha convertido en un símbolo del equilibrio entre fe y modernidad. La vida no se detiene: cambia de horario. Las noches sustituyen a los días. Restaurantes llenos después del atardecer, centros comerciales abiertos hasta la madrugada, hoteles organizando grandes cenas de iftar a las que asisten musulmanes y no musulmanes por igual.
Antes, el visitante veía el Ramadán como una barrera; hoy es una experiencia cultural. No se exige participar en la religión, pero sí comprenderla. Puedes viajar, trabajar y convivir con normalidad, mientras el país preserva el sentido espiritual del mes. La tradición no se elimina: se explica.
Ahí está la lección más interesante del Golfo. La modernización no llegó sustituyendo la religión, sino organizándola dentro de una sociedad globalizada. En lugar de elegir entre identidad o apertura, eligieron ambas.
En una región que hace apenas medio siglo era desierto, hoy conviven rascacielos, mercados tradicionales, inversionistas internacionales y familias reunidas al anochecer para romper el ayuno con un dátil. El progreso avanza hacia el futuro, pero el calendario sigue marcado por la luna.
Y quizá esa sea la clave de su éxito: crecer sin dejar de ser.
POR BERNARDO GIL LOERA
COLABORADOR



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