Un hombre asalta a otro en pleno sol y le roba su cartera, su reloj Q&Q, hasta sus zapatos; mucha gente observa desde la derecha, desde la izquierda y nada hace. A nivel internacional, Estados Unidos asalta Venezuela… secuestra al presidente, se apodera del país y ningún otro mueve un dedo. Los gringos levantan la ceja izquierda o la derecha y hasta ahí. ¿Y el derecho internacional?, ¿los “cascos azules” de la ONU, para qué?, ¿la Corte?, ¿la Interpol?, ¿países aliados? Las leyes, los acuerdos, nada valen. Por otro lado, en el “Nuevo Orden Mundial” la ultraderecha tecnocrática se une a la ultraizquierda dictatorial y los extremos se unen, involucrando a todo el orbe… y nada de libre pensamiento ni respeto a las diferencias. Los hechos demuestran que la izquierda no puede seguir siendo un referente de la utopía. Sus simpatizantes se distinguen por el odio, la sed de poder y privilegios; la tendencia a imponer, a obligar, someter, a uniformizar; y nada de aquella “libertad, igualdad y fraternidad” que en el siglo 18 daba lugar a la “izquierda”, al liberalismo y al supuesto progresismo. Ante la calamidad de los gobiernos de derecha, la sociedad civil se volcó a una izquierda que ha resultado aún peor; así que regresa a la derecha, a la izquierda otra vez… y todo es un péndulo hipnotizante de partidos políticos, un círculo vicioso sin salida. Hoy la humanidad llega a un punto crítico donde se juega su futuro como civilización: o sucumbe ante la alianza global de izquierda-derecha; o abre un nuevo paradigma de sociedad que supere tal contradicción, una síntesis que signifique un avance de la humanidad, un “otro nuevo orden”. En esto tenía razón el materialismo dialéctico de Marx, basado en la dialéctica del idealista Hegel (la de Platón era otra). Se precisa humildad ideológica para reconocer que ambos bandos han sido un desastre. Y hace falta el “imperativo ético” de Kant donde ser honesto es lo mínimo que se espera en una persona cabal, para romper la dicotomía de izquierdas y derechas que, lejos de ser antagónicas, son las dos caras de una misma moneda, expresadas en el sistema de partidos. Los politicos niegan que los partidos sean facciones, sólo porque lo dijo Voltaire ─quien se opuso a la democracia directa─. Machacan que los partidos son “de interés público” y demás mentiras del artículo 41… es una contumaz falacia, como es evidente y el ilustrado Voltaire se engañó por igual. Así se ha impulsado el modelo de Estado burgués llamado “república”: el poder en una élite que tiene al mundo de cabeza y ha sido un fracaso de toda la historia, desde Grecia y Roma hasta nuestra amada Cuba. Los partidos son el alma de la república, y su propio veneno. Desde la antiguedad, lo que hoy se dice “partidos”, son facciones que solo buscan sus propios intereses y dividen a la sociedad ─según Cicerón─; roban, mienten, traicionan, conspiran, acaparan el poder… ¿cómo negarlo? Una definición más realista de Partido Político : “Organización de ciudadanos que comparten la misma ideología y el mismo conjunto de valores políticos y que luchan por tomar o conservar el poder”… y faltó decir “a toda costa”. Partido es sólo un eufemismo de facción o de mafia. Un nuevo paradigma significa ceder para llegar a acuerdos; respeto y armonía; sin acaparar, sin envidias… que todos tengan su sustento. Pero faltan dos cosas que las élites evitan: un sistema monetario sin escasez ni deuda. Y lo más dificil: una genuina democracia sin partidos donde el pueblo manda. La síntesis de ambas es lo que se dice un nuevo paradigma de “Democracia Económica”. ¿Es posible? No lo es. Se encuentra más allá de lo posible.
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