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lunes, 30 de marzo de 2026

 Irán, ¿nuevo
Vietnam?

CARLOS FAZIO
Al cumplirse un mes del ar-
tero e ilegal ataque de Esta-
dos Unidos e Israel contra
Irán, resulta difícil enten-
der qué está ocurriendo
sobre el terreno y qué decisiones toman
las partes en la realidad. El conflicto
se dirime en dos planos, el de las na-
rrativas y el de los hechos. La guerra
está ligada a los discursos de uno y otro
bando: los ultimátums maximalistas de
Donald Trump con énfasis en la “ren-
dición incondicional” son respondidos
por la dirección iraní con una nutrida
matriz de represalias y exigencias que,
de aplicarse, transformaría el círculo
estratégico de la guerra, consciente de
que enfrenta una amenaza existencial
y está dispuesta a luchar hasta el final
frente a dos potencias nucleares. Por
eso, los ataques aéreos de saturación
del bando agresor son respondidos con
acciones simétricas de retaliación de la
parte iraní.
Esto no es simplemente la “niebla de
la guerra” ni la propaganda gris o negra
clásicas. Se trata de un estilo completa-
mente nuevo de llevar a cabo operacio-
nes militares, que en un alto porcentaje
se libran y se ganan en el ámbito de
las simulaciones virtuales. Por eso re-
sulta muy difícil evaluar y considerar
con seriedad el ultimátum postrero
de Trump que vence el 6 de abril o las
acciones reales de la república islámica.
Por supuesto, hay que verificarlo todo
y buscar las fuentes originales, pero, en
última instancia, sólo la realidad da la
respuesta.
En ese intercambio de golpes vir-
tuales se entremezclan imágenes de
acontecimientos reales y separar unas
de otras se vuelve casi imposible. Si
bien parece claro que está en curso una
nueva fase de un plan de Washington
y Tel Aviv por destruir, desmembrar y
dividir a Irán en pequeños estados ét-
nicos sectarios y anárquicos (siguiendo
el modelo sirio) y reconfigurar de raíz
la economía mundial y la geopolítica,
no se alcanza a comprender del todo
las contradictorias tácticas de guerra
híbrida de Trump; su diatriba en Truth
Social se presenta y suena como una
completa farsa. A su vez, aunque pare-
ce incontrovertible que Irán cuenta con
una estrategia cuidadosamente elabo-
rada que se está desarrollando en fases
diferenciadas, tampoco resulta nítida
la lógica de la Guardia Revolucionaria
Islámica. Menos aún, las acciones de las
monarquías petroleras vasallas del gol-
fo Pérsico y del mundo islámico.
Aunque sí es plausible señalar es
que, de ser simplemente una potencia
proxy, un portaviones terrestre del
Occidente colectivo en Medio Oriente
que vivía de las subvenciones de Esta-
dos Unidos y Europa, Israel (al influjo
de los megamillonarios del lobby judío
israelí-estadunidense) se ha convertido
en un centro de toma de decisiones
que incide directamente sobre el jefe
de la Casa Blanca y el Estado profundo
(deep state). Según se infiere de los
dichos del periodista Tucker Carlson
y del dimitente ex director del Centro
Nacional de Contraterrorismo de Es-
tados Unidos, Joe Kent, ambos no hace
mucho cercanos a Trump, Israel ya no
es “la cola que mueve al perro”, sino el
cerebro; con Benjamin Netanyahu y los
sionistas a la vanguardia ideológica del
conflicto y haciendo el “trabajo sucio”
(Drecksarbeit), Friedrich “Blackrock”
Merz dixit.
Otra novedad del conflicto es que a
diferencia de las guerras tradicionales,
en las que los ejércitos dirigían su po-
tencia de fuego hacia infraestructuras
estratégicas del enemigo –bases milita-
res, aeródromos, fábricas de armas– y
en las que se podían rastrear las líneas
de suministro y trazar planes de batalla
con relativa certeza, en las dos últimas
décadas, la lógica ha ido más allá de
la zona de guerra física. La revolución
digital ha construido una segunda capa
de infraestructura estratégica tras las
líneas del frente, transformando silen-
ciosamente la proyección de fuerza y
la manera en que se libran las guerras.
La infraestructura digital ha pasado
de la periferia de la guerra a su núcleo
operativo.
La recopilación de inteligencia, la
logística del campo de batalla y la coor-
dinación de mando y control en múlti-
ples teatros dependen cada vez más de
los sistemas en la nube de inteligencia
artificial. Según la perspectiva estraté-
gica de Irán, la columna vertebral tec-
nológica que sustenta las operaciones
militares de Estados Unidos e Israel
(Amazon, Microsoft, Google, Oracle,
Nvidia, IBM, Palantir) no puede consi-
derarse políticamente neutral; consti-
tuye una extensión del propio espacio
de batalla, un dominio donde se cruzan
los activos económicos, las plataformas
empresariales y los objetivos de seguri-
dad nacional.
Pero más allá de la propia lógica del
conflicto, cuanto más se prolonga, más
frecuentes son las comparaciones con
Vietnam: a pesar de su superioridad
militar, Washington corre el riesgo de
verse envuelto en una agotadora gue-
rra de desgaste sin un desenlace claro.
Vietnam demostró que, incluso al per-
der en el campo de batalla, se puede ga-
nar estratégicamente. A los generales
vietnamitas se les atribuye una fórmula
que se ha convertido casi en un axioma
de los conflictos asimétricos: perder las
batallas, pero ganar la guerra. Dado el
carácter existencial del conflicto, todo
indica que Irán está actuando así. Le va
en ello su supervivencia.
Por eso, a pesar de los graves daños
sufridos, aumenta de manera cons-
tante el costo del enfrentamiento para
Estados Unidos (e Israel), mediante la
presión sobre los mercados globales
y el bloqueo del estrecho de Ormuz
(lo que con la entrada de los hutíes de
Yemen al conflicto, podría replicarse
en el estrecho de Bab el Mandeb, que
une el mar Rojo con el golfo de Adén).
La guerra trasciende el enfrentamiento
con sus agresores y afecta los intereses
de todo el mundo. Ante Trump se per-
fila un dilema al que ya se enfrentaron
sus predecesores, desde Vietnam hasta
Irak: llevar la escalada militar a un
nuevo nivel o retroceder y asumir una
derrota estratégica. Esa es la cuestión

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