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domingo, 12 de abril de 2026

Semiótica de la tregua

 … y Zapata volvió
PLUTARCO EMILIO GARCÍA JIMÉNEZ*
Después de la infame trai-
ción de Chinameca, el 10 de
abril de 1919, el pensamien-
to y acción generados por el
zapatismo siguen presentes
en el corazón y el espíritu de lucha del
pueblo. Porque a más de 100 años, no
sólo lo recordamos, sino que invocamos
la presencia de Emiliano Zapata para
legitimar y fortalecer las luchas sociales,
así como los campesinos invocan la llu-
via para hacer germinar sus semillas.
Al día siguiente del asesinato del Cau-
dillo del Sur, con gran júbilo la prensa
nacional e internacional celebraban
como un gran triunfo del gobierno y el
“heroísmo” del general Pablo González
Garza y falseaban la cobarde traición al
general Zapata, afirmando que murió en
combate. El diario Excélsior, en su edi-
ción del 11 de abril, publicó en primera
plana: “Murió Emiliano Zapata, el zapa-
tismo ha muerto…” The New York Times
celebró el nefando crimen afirmando:
“Eliminado Zapata; se pacificará
México”.
Guajardo y sus jefes pensaron que
al fin se había cumplido la tarea que
Victoriano Huerta y después Francisco
I. Madero habían encomendado a Juven-
cio Robles y Teodoro Jiménez Riverol
de que, “para acabar con el mal de raíz”,
había que “exterminar la semilla
zapatista”.
Mientras Pablo González era felicita-
do y premiado por Carranza y ascendido
Guajardo gracias a la flaca gloria de su
traición, en las montañas de Morelos
y los territorios zapatistas se fraguaba
la resurrección histórica y política de
quien para los campesinos y los indíge-
nas es el apóstol del agrarismo.
No lograron Juvencio Robles y sus
hordas de asesinos, arrasando y que-
mando los pueblos, ni Guajardo con su
cobarde traición exterminar la semilla
zapatista, semilla que desde el 10 de
abril de 1919, comenzó a diseminarse en
todo Morelos, en todo el país y fuera de
nuestras fronteras.
A lo largo de nueve años de terca y he-
roica lucha, primero contra la dictadura
porfirista, luego contra Madero, Huerta
y Carranza, los zapatistas experimenta-
ron diversas formas de acción; además
de la lucha armada, pusieron en práctica
formas de gobierno comunitario, for-
talecieron el municipio, recuperaron la
tierra en muchos pueblos de Morelos y
Guerrero; mantuvieron la agricultura
campesina y la economía rural, dictaron
leyes e impartieron justicia en pueblos y
ciudades.
Lo que podemos destacar de la pro-
longada guerra campesina del zapatis-
mo es su profunda raigambre popular,
indígena y campesina. Zapata, los jefes
revolucionarios y sus soldados, eran
hombres de los pueblos, en su gran
mayoría campesinos y peones, acos-
tumbrados a las formas comunitarias
de organización social y económica y
con un gran amor a la tierra. Por ello,
los principios y valores que se resumen
en el Plan de Ayala, como democracia,
libertad, justicia, respeto a la ley, hones-
tidad, congruencia y respeto a la palabra
empeñada, cayeron en tierra fértil y se
convirtieron en las semillas revoluciona-
rias de las luchas por la transformación.
En un manifiesto zapatista, aparen-
temente sin fecha, rescatado por don
Isidro Fabela, los hombres del sur resu-
men su ideología, su pensamiento hacia
la nación y su radical postura frente al
carrancismo de la siguiente manera:
“El zapatismo es la revolución del in-
dio, no pelea por la presidencia […]
El zapatismo no ha buscado apoyo en
el extranjero […]
El zapatismo no viene a resucitar la
odiosa leva […]
El zapatismo no viene a robar
caballos […]
El zapatismo no prostituye al pueblo
con limosnas […]”
Al final, el manifiesto hacía un llama-
miento al pueblo a la lucha y advertía,
“Carrancistas: podrán ustedes arrancar
de las paredes estos papeles, pero no po-
drán borrar nunca las razones que están
escritas en el corazón de los mexicanos”.
Estas ideas-fuerza, enraizadas en
el profundo sentimiento popular era
imposible borrarlas de la historia. Por
eso, a más de un siglo de la masacre de
Chinameca, los principios universales de
“libertad, justicia y ley” del zapatismo
están más vigentes que nunca.
El 15 de abril de 1919, cuando ya había
sido sepultado el general Zapata, los
generales que formaban parte de su
Estado Mayor publicaron un manifiesto
al pueblo mexicano, del que recogemos
uno de sus más bellos párrafos:
“El general Zapata, al morir, nos ha
dejado su herencia. Una herencia de
abnegación, de espíritu de sacrificio, de
amor acendrado a la colectividad, de
indiferencia ante el peligro, de fe firmísi-
ma ante las dificultades y los obstáculos,
de constancia y valor indomable para
la lucha, de alta nobleza y de supremo
desdén para todo lo que sea interés per-
sonal, ambición o egoísmo […]”
Hoy, los campesinos, los indígenas, los
trabajadores y los mexicanos rendimos
homenaje al hombre que con gran recti-
tud y congruencia nos legó principios y
valores, como la lealtad al pueblo y a la
palabra empeñada, tan indispensables
para la actual transformación.
El grito ¡Zapata vive, la lucha sigue!
Es la voz que invoca al espíritu zapatista,
es la voz que invoca a la acción. No se
equivocó el corridista que un último ver-
so aseguró:
Arroyito revoltoso // ¿qué te dijo aquel
clavel? // –Dice que no ha muerto el Jefe
// que Zapata ha de volver…
Y el jefe Zapata volvió.
*Autor de Zapata en el corazón del pue-
blo: artículos, ponencias y testimonios so-
bre zapatismo y movimiento campesino
en México y América Latina
FERNANDO BUEN ABAD DOMÍNGUEZ
 Todo es mentira, Donald?
¿Esta pausa pactada es
un circo de falacias o
una esperanza cierta de
pacificación? Se perciben
tufos a fake. Nos ha pasado tantas veces.
Toda tregua es también una operación
ideológica.
Ésta especialmente, y no porque parezca
falsa en un sentido absoluto, sino porque
su “verdad” está intoxicada por intereses
mercantiles concretos que sólo se declaran
abiertamente a sangre y fuego. Su tregua,
en este sentido, no es una negación de la
guerra, sino una de sus formas.
Suspende el estruendo de las armas
mientras intensifica el murmullo de los ne-
gocios que buscan domesticar la concien-
cia de las mayorías. Se construye un relato
de racionalidad, de prudencia, incluso de
humanismo, que oculta las condiciones es-
tructurales que hacen posible la violencia
y ocultan a los muertos adultos e infantes.
Ahora la palabra “tregua” aparece, en
el teatro contemporáneo de la geopolítica,
como un signo de alta densidad semiótica
que encubre una compleja red de intereses
mercantiles, correlaciones de fuerza y ope-
raciones ideológicas.
Cuando Donald Trump enuncia o avala
una “pausa” en el conflicto que involucra
a Estados Unidos, Israel e Irán, no se trata
simplemente de un gesto diplomático
hipócrita, sino de una construcción discur-
siva que debe ser interrogada desde sus
condiciones de producción, circulación y
recepción.
La tregua, como signo, no existe en el
vacío: es parte de un sistema de significa-
ciones donde cada palabra, cada imagen
mediática, cada gesto institucional, contri-
buye a jerarquizar la percepción social de
la dominación imperial.
No se trata de dictaminar, en términos
ingenuos, si “todo es mentira” o si estamos
ante una “esperanza real” de paz, sino
comprender qué función cumple la idea
misma de tregua en la reproducción de un
orden mundial atravesado por la guerra
cognitiva, la dictadura de las fake news y
la retahíla infinita de falacias lenguaraces
perpetradas por Trump. La tregua puede
operar simultáneamente como suspensión
táctica de hostilidades materiales y como
intensificación de la guerra en el plano
simbólico.
De hecho, la historia reciente muestra
que los momentos de aparente distensión
suelen coincidir con reconfiguraciones
estratégicas que permiten a las potencias
reordenar sus dispositivos de dominación,
optimizar recursos y rearticular legitimi-
dades. Y profundizar la ofensiva mediática.
Así es el capitalismo, en su fase imperial
de acumulación globalizada y financiari-
zada, que no puede prescindir de la guerra
como mecanismo de regulación.
La guerra no es un accidente ni una
desviación moral, sino una herramienta de
saqueo de recursos naturales, explotación
de seres humanos, subordinación de mer-
cados, control de recursos estratégicos y
disciplinamiento de poblaciones.
En este contexto, la tregua funciona
como un dispositivo de gestión de la vio-
lencia: no la elimina, la administra. Ya no
se trata de si la tregua es “verdadera” o
“falsa”, sino de a quién sirve y qué oculta.
¿Suspende la violencia para proteger a
las poblaciones o para reorganizar la capa-
cidad ofensiva de los aparatos militares?
¿Abre espacios para una transformación
estructural o consolida las condiciones
que harán inevitable el próximo ciclo de
confrontación?
Nuestra semiótica crítica obliga a leer la
tregua no como hecho aislado, sino como
un momento dentro de un proceso históri-
co más amplio donde la guerra y la paz son
dos caras de una misma lógica del engaño
burgués.
Así, la figura de Trump resulta para-
digmática, no por su excepcionalidad,
sino por su capacidad de condensar en un
estilo discursivo monstruoso que en otros
contextos se presenta como un arma de
aberraciones y dislates al servicio de la
confusión programática. Por más imbécil
o sicópata que parezca, más velada.
Su retórica oscila entre la amenaza
abierta y la promesa de negociación, entre
la exaltación del poder militar y la apela-
ción a acuerdos de negocios. Esta oscila-
ción esquizofrénica no es incoherente: es
funcional a una estrategia que combina
coerción y consenso, intimidación y
seducción.
La tregua, en su discurso, puede apare-
cer cual gesto magnánimo, pero también
como advertencia implícita de que la vio-
lencia y el horror siguen disponibles.
Desde una mirada humanista rigurosa,
la evaluación de la tregua no puede limi-
tarse a sus efectos inmediatos, aunque
estos sean cruciales en términos de vidas
humanas.
Toda pausa en la violencia que evite
muertes es, en ese plano, valiosa. Pero el
humanismo no puede reducirse a una ética
de la urgencia que ignore las condiciones
estructurales. Un humanismo de nuevo
género exige interrogar las raíces de la
violencia y no contentarse con su adminis-
tración temporal.
De lo contrario, se corre el riesgo de
convertir la tregua en un ritual recurrente
que legitima la continuidad del sistema
que produce la guerra.
Así la dimensión semiótica de este pro-
blema se vuelve evidente cuando se anali-
zan las narrativas mediáticas que acompa-
ñan la tregua. Se construyen imágenes de
líderes dialogando, de acuerdos firmados,
de declaraciones optimistas.
Estas imágenes funcionan como signos
de estabilidad, como promesas de normali-
dad. Sin embargo, detrás de ellas persisten
las estructuras de poder que hacen posible
la violencia: bases militares, alianzas es-
tratégicas, sanciones económicas, opera-
ciones encubiertas. La tregua, en este sen-
tido, puede ser leída como una superficie
tranquila que oculta un subsuelo criminal
en ebullición
Hay que romper con toda ilusión y des-
naturalizar esta tregua como conquista
civilizada. Hay que transparentar sus con-
diciones materiales.
Esto no implica adoptar una posición
cínica que niegue toda posibilidad de paz,
sino construir una comprensión más com-
pleja que permita distinguir entre una paz
negativa –ausencia temporal de violencia
directa– y una paz positiva –transforma-
ción de las condiciones que generan la
violencia.
Mientras persista un sistema basado en
la acumulación militarizada de riqueza, la
competencia monopólica entre potencias
y la subordinación de la vida a la lógica del
capital, toda tregua estará atravesada por
ambigüedades irresolubles.
Podrá aliviar el sufrimiento en el corto
plazo, pero difícilmente podrá garantizar
una paz duradera liberada del capitalismo.
Así, la tregua no es simplemente un alto
al fuego ni un engaño total: es un signo en
disputa, un momento de condensación de
contradicciones donde se juega, en última
instancia, la posibilidad de transformar la
guerra administrada en una paz verdade-
ramente humana.

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