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viernes, 21 de agosto de 2026

EL INFIERNO DE LA CONTENCIÓN

 

Publicada: viernes, 21 de agosto de 2026 14:13

El teólogo Adam Kotsko describe en su libro, The Prince of this World, la modernidad como una especie de “infierno viviente”, en el que el orden existente se reproduce continuamente porque somos incapaces de imaginar una alternativa, volviendo constantemente a una lógica que justifica el statu quo.

Por Xavier Villar 

En este sentido, se podría decir que el infierno es el ámbito en el que el statu quo se reproduce a sí mismo como una realidad aparentemente inevitable.

El statu quo en este caso es el discurso que mantiene que Irán es una amenaza y que, como tal, debe ser manejado con las herramientas propias de la contención, una vez que las herramientas coercitivas más directas han fracasado. En este análisis, la contención funciona como el infierno: nada cambia y todo está perfectamente regulado, sin posibilidad de alternativa ni salida para aquellas personas que se encuentran dentro.

En este infierno solamente existe la ley. Es decir, el infierno no sería simplemente un lugar de sufrimiento. Sería un mundo en el que todo está ya determinado por el orden existente, donde no existe la posibilidad de una interrupción, una decisión o un acontecimiento que abra un futuro diferente. Lo que falta en este infierno particular del que estamos hablando es la política, y este tipo de infierno, representado por el statu quo, es el que defiende Occidente a través de editoriales como el publicado recientemente por el Washington Post, llamando a «contener a Irán».

El editorial señala que «la contención está funcionando. Estados Unidos debería adaptar su bloqueo para hacerlo más sostenible, reduciendo el número de buques que realizan interdicciones directas y sancionando a cualquiera que compre petróleo iraní que logre sortear el bloqueo. Los activos congelados del régimen también deberían permanecer congelados. Y los aliados de Irán deberían ser reprimidos sin descanso en Yemen, Irak, Líbano y Gaza».

Este es el lenguaje de la ausencia de lo político, en donde lo político se entiende como aquello que precisamente abre las puertas del infierno hegemónico y facilita una salida hacia lo nuevo. La insistencia en la «contención» es el mismo discurso que se emplea para hablar de estabilidad en aquellos lugares donde la supuesta estabilidad es un infierno para aquellas personas que la sufren. Irak o Afganistán bajo la ocupación estadounidense también se justificaron como uno de esos momentos «sin alternativa».

Este discurso de la ausencia de alternativas, constitutivo del colonialismo y del neoliberalismo, también implica la construcción de poblaciones demonizadas. Es el paralelismo entre los adversarios demoníacos de Dios y las poblaciones subyugadas por el orden social lo que resulta más decisivo para nuestra comprensión de cómo opera este discurso. Los demonios son precisamente aquellos que más sufren las consecuencias del sistema. Y en este sentido, hay que recordar que la demonización va mucho más allá de una retórica hostil, dando lugar directamente a prácticas de coerción, tortura y ejecución.

Aquí hay que volver a Kotsko, quien desde la teología cristiana explica que «demonizar» a alguien significa ponerlo en una situación destinada a hacerlo caer, concediéndole apenas el mínimo margen de agencia necesario para hacerlo responsable. Así es como la tradición teológica concibe el proceso mediante el cual Dios produce demonios, una estrategia que luego repite para atrapar a sus súbditos humanos en una deuda de pecado, todo ello para mayor gloria suya.

La demonización, en sentido estricto, sigue Kotsko, se produce únicamente con la caída del diablo y sus demonios: un descenso instantáneo e irreversible al mal, para el cual no existe posibilidad de redención. Sin embargo, lo que les sucede a los seres humanos bajo el influjo del pecado original no difiere tanto en naturaleza como en grado. Los seres humanos pecadores parten, al igual que los demonios, de un estado de abandono moral desde el primer instante de su existencia, pero, a diferencia de los demonios, tienen la posibilidad de beneficiarse de la economía divina de la salvación.

Esta visión de la divinidad y de la demonización, que es una narrativa creada por un determinado discurso y no parte esencial del cristianismo, tiene dos posibilidades: bien la demonización absoluta, que implica la guerra permanente contra aquellas poblaciones construidas como «demonios», o la posibilidad de «redención», que en este caso concreto implica aceptar las normas del discurso occidental (desmantelar el sistema de misiles balísticos, ceder el control del estrecho de Ormuz y dejar de apoyar a los grupos que integran el Eje de Resistencia). Es decir: las opciones son o la muerte o continuar habitando el infierno del statu quo. Solo que este infierno no es algo preexistente, eterno o inmutable. Es un producto ideológico, con una genealogía y, como se ha comprobado, desprovisto de toda eternidad.

En 1989, Francis Fukuyama publicó un ensayo titulado ¿El fin de la historia? Publicado antes de la caída del Muro de Berlín (que tendría lugar en noviembre de ese mismo año), y mucho antes de la propia disolución de la Unión Soviética (que no se produciría hasta 1991), el ensayo resulta más cauteloso de lo que cabría esperar a la luz de la reputación que adquiriría posteriormente el libro. Mientras que este último apareció en un contexto de triunfalismo, cuando los estadounidenses empezaron a creer que habían «ganado» la Guerra Fría, el ensayo, más breve, se centra sobre todo en «el agotamiento total de las alternativas sistémicas viables al liberalismo occidental».

Fukuyama estaba describiendo el infierno del statu quo desde fuera del mismo, como un visitante privilegiado (fue miembro de la administración Reagan) y como uno de los artífices de la construcción del mismo. Fukuyama formaba parte del equipo de supervisores intelectuales del infierno, en donde solamente aquellos privilegiados disfrutaban de las ventajas políticas y económicas, mientras la inmensa mayoría sufría la demonización.

El mantra del «no hay alternativa» no hay que tomarlo como palabra divina, a pesar de los intentos por hacer pasar un determinado discurso por algo inmutable. La contención de Irán, defendida por el WaPo, es en el fondo una pieza de retórica teológica que busca construir como eterno algo que no lo es.

La contención implica que el statu quo puede mantenerse, algo que claramente no es posible. Este es el marco de análisis anterior a la guerra, totalmente inútil para la situación actual de posguerra.

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