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sábado, 24 de enero de 2026

⏰ El proyecto civilizatorio nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial muere poco a poco.

 ⏰ El proyecto civilizatorio nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial muere poco a poco.

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vie, 25 mar 2022, 3:25
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¿Nunca más, qué?

Por Jacobo Dayán

Después de la Segunda Guerra Mundial la comunidad internacional se comprometió a un nuevo paradigma civilizatorio. Los horrores vividos obligaban a un cambio. Solo después de episodios muy violentos es que la humanidad logra acuerdos trascendentes.

El nuevo pacto, que hoy se encuentra en crisis, contempló como eje a la Organización de las Naciones Unidas cuyo objetivo central es buscar la paz y seguridad internacionales. El nuevo paradigma se centró en dos documentos firmados el 9 y 10 de diciembre de 1948: la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El compromiso internacional se centró en buscar prevenir y sancionar los crímenes más graves y en el reconocimiento de la “dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

Durante 5 décadas el proyecto quedó congelado bajo la Guerra Fría. Fue hasta 1998 en que se retomó con el Estatuto de Roma que dio pie a la creación de la Corte Penal Internacional y años después la conformación de la doctrina de Responsabilidad de Proteger. Con esto se buscaba prevenir y sancionar los mayores crímenes, los crímenes internacionales: genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión.

A pesar de ello, el siglo XXI ha presenciado pasivamente los genocidios en Darfur contra los yazidíes, rohingya y uigures. Las guerras en Siria y Yemen y los enfrentamientos entre Israel y Hamas, entre muchos otros. La comunidad internacional ha privilegiado los intereses políticos, como siempre, antes que la protección de población civil. Es evidente que a sociedades y gobiernos actuales les queda muy lejos el horror de ambas guerras como para abrazar este proyecto.
 

Desde hace tiempo defender derechos humanos en México y el mundo es complicado, casi imposible. Incluso defender el concepto es a contra pelo de gobiernos y buena parte de la sociedad. Levantar la voz contra agresiones que alcanzan umbrales de crímenes internacionales genera rechazo.

Hablar de crímenes contra la humanidad en México produce rechazo y descalificación por parte de las autoridades. La sociedad prefiere no hablar de eso. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad bloquean cualquier intento por aplicar la Responsabilidad de Proteger o las investigaciones de la Corte Penal Internacional. Todos niegan su responsabilidad ante crímenes internacionales. Se difumina la diferencia entre Estado, gobierno y pueblo. Las evidencias se acumulan y los síntomas son cada vez más claros.

El proyecto civilizatorio nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial muere poco a poco. El discurso de odio ya no alerta a las democracias ni sociedades que, día a día, conviven más de cerca con él.

La frase que capturó la esperanza de un mundo en paz fue creada después del Holocausto: “Nunca más”. Es pertinente y obligado preguntarse nunca más ¿qué? Lo repetimos, y al repetirlo, ¿pensamos que se trata solo de nunca más un genocidio como el Holocausto? ¿Nunca más crímenes internacionales contra cualquier colectivo? ¿Nunca más los ataques generalizados o sistemáticos contra población civil? ¿Nunca más violencia desenfrenada? Y sobre todo, ¿qué estamos dispuestos a hacer para materializar el nunca más?

La polarización ha llevado a escalar el discurso de odio y solo preocuparse por la primera persona del plural. El desinterés ha llevado a mirarse el ombligo y justificar a esa primera persona del plural y dejar de ver la otredad. Intentar preguntarse y preocuparse por la tercera persona del plural es visto como traición y genera ataques contra quienes pensamos en el nunca más de manera universal. La descalificación ad hóminem sin argumentos concretos es la norma. Silenciar es la estrategia. Son tiempos del nativismo, fanatismo y ultranacionalismo. Son tiempos de las primeras personas del singular y plural. Las y los otros, sus realidades y sufrimientos deben ser invisibilizados. Como bien dice Javier Sicilia, son los signos de este tiempo, tiempos miserables. Insultos, descalificaciones y violencia.

Nunca más ¿qué? Tomar partido por las víctimas, todas ellas, o dejar la retórica a un lado. Basta de hipocresía. La realidad nacional y global exige compromiso. Los distintos liderazgos son cómplices por acción u omisión.

Los fundamentos del paradigma civilizatorio dejaron de importar. Los límites de lo intolerable se difuminan. El diálogo, la diplomacia y la transformación paulatina de los órganos multilaterales empiezan a dejar de ser el camino.

No son buenos tiempos. De no retomar con firmeza el paradigma civilizatorio se vendrán tiempos violentos. Aun más violentos. Allí está la historia.

 

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