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sábado, 28 de febrero de 2026

Medio Oriente. El eje séxtuple de Netanyahu frente a los «ejes del mal»

 

Medio Oriente. El eje séxtuple de Netanyahu frente a los «ejes del mal»

Oraib Al Rantawi, Al Mayadeen / Resumen Latinoamericano, 27 de febrero de 2026.

Netanyahu percibe un «excedente de poder», lo que le empuja a pensar en llevar a «Israel» de la «superioridad» a la hegemonía, y de una «mezcla de herramientas blandas y duras» bajo el título de «normalización», al «salvajismo» y la imposición de dictados

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu reveló su intención de conformar un eje de «seis vértices», tanto dentro del Medio Oriente como fuera de él, para hacer frente a «un eje chiita en colapso y otro sunita en formación»: el eje de Irán y sus aliados, que sufrió graves sacudidas estratégicas tras el «Diluvio de Al Aqsa», y las guerras de apoyo y de los Doce días, así como otro articulado en torno a Turquía y Qatar, del que Arabia Saudita y Egipto no parecen estar demasiado alejadas… y en el horizonte más lejano, Pakistán aguarda en sus umbrales.

Desde la perspectiva de la «teoría de la seguridad nacional israelí», Teherán representó, a lo largo de casi medio siglo, una fuente de amenaza, con altibajos, hasta alcanzar su cénit en el período comprendido entre 2005 y 2025, durante el cual el poder de los aliados de Teherán en Irak, Siria y Líbano creció sin precedentes.

En paralelo, la resistencia palestina en Gaza entró en una nueva fase de consolidación, mientras Ansar Allah emergía como una fuerza sin parangón en la estructura interna yemení, antes de adquirir una proyección regional al incorporarse a la línea de «apoyo» y lograr interrumpir la navegación israelí, y la destinada a «Tel Aviv», a través del estrecho de Bab el-Mandeb y el mar Rojo.

Hoy, el panorama luce radicalmente distinto desde la perspectiva israelí: ese eje ha sido herido de muerte como resultado de los éxitos estadounidenses e israelíes al asestar dolorosos golpes estratégicos a Hizbullah, la caída del régimen de Al Assad, el tránsito de Siria de una orilla a otra, el recrudecimiento del bloqueo y las amenazas contra las facciones «leales» que se incorporaron a la guerra de «apoyo», aunque con vacilación, el giro del escenario en Gaza en contra de la resistencia y lo que resulta más determinante, el movimiento de Irán a posiciones defensivas dentro de sus propias fronteras para salvaguardar su régimen y sus «activos» estratégicos, mientras los tambores de la próxima guerra contra ella no dejan de resonar con fuerza, y ahogan las voces de la diplomacia y las mediaciones regionales.

Netanyahu percibe un «excedente de poder» que lo impulsa a concebir el traslado de «Israel» desde la «superioridad» hacia la «hegemonía», y desde una «combinación de herramientas blandas y duras» bajo el rótulo de la «normalización», hacia la «brutalización» y la imposición de dictados.

Encontrando en los resultados de las guerras encadenadas de los últimos dos años una oportunidad histórica excepcional que quizás no vuelva a repetirse jamás, para materializar su sueño bíblico de erigir la «Gran Israel», se ve compelido a buscar nuevas herramientas y nuevos ejes que lo acompañen y allanen a su entidad el camino hacia la consecución de sus objetivos coloniales y expansionistas… De ahí surgió la idea del «eje séxtuple».

Los «árabes moderados» dejaron de ser suficientemente moderados a ojos de «Bibi»: su «moderación» ya no es coherente con los objetivos de la nueva fase estratégica que su entidad se apresta a inaugurar.

Algunos de ellos, según su lectura, se encaminan hacia una versión radical del «islam sunita»; él y los pilares de su gobierno advirtieron reiteradamente, en los últimos tiempos, sobre el riesgo de que Riad siga los pasos de Ankara, cobijándose bajo el manto de los Hermanos Musulmanes, que se convirtió en una «fórmula lista para usar» de la que brotan sin cesar las acusaciones de extremismo, odio y terrorismo, después de que las campañas de demonización hayan alcanzado cotas lamentables de demagogia y vulgaridad, mérito atribuible siempre a la gestión de un presidente desequilibrado e inestable, influenciable por lo último que le susurran los líderes de los «lobbies» del dinero árabe reconciliados con los «lobbies israelíes» y con las corrientes más extremistas del sionismo cristiano, cuyo portavoz, Mike Huckabee, ya ha dejado rezumar algo de lo que rebosan esas vasijas.

Los seis vértices del nuevo eje

En realidad, no se precisa de una inteligencia especial para identificar los seis vértices que compondrán el «eje séxtuple» anunciado por Netanyahu, desde dentro del Medio Oriente y desde fuera de él.

En el interior, hablamos de dos Estados árabes, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, a los que podría sumarse Marruecos.

En el exterior, desde Europa, hablamos del dúo greco-ortodoxo: Grecia y Chipre. Desde África, señalamos a Etiopía, y quizás algunas entidades emergentes o aquellas que corren anhelantes tras las migajas del dinero y la inversión. Y desde Asia, seria India, el miembro más relevante de este club.

Ya lo dijimos antes, y hoy los hechos confirman la exactitud de nuestras palabras: los «Acuerdos de Abraham» nunca fueron únicamente un salto hacia «las incógnitas de la normalización» con un enemigo que perpetra un genocidio y un apartheid; fueron, desde el principio, el proyecto de una alianza militar-securitaria-económica que encuentra sus justificaciones al margen de los cálculos del conflicto árabe-israelí, y que está destinada a convertirse en el núcleo de un «nuevo eje» en la región, cuyos componentes se refuerzan mutuamente para alcanzar sus objetivos: bien instaurar un nuevo equilibrio de poder dentro del sistema del Consejo de Cooperación del Golfo, bien brindar cobertura al proyecto expansionista criminal israelí, cuyos mapas más ambiciosos trazó Huckabee y cuyos líderes de la extrema derecha en «Tel Aviv» no cesan de explicar sus perversos alcances y de trazar sus fronteras, que no se detienen en los límites de la Palestina histórica.

Hoy, una vez manifestados los obstáculos ante los intentos de ampliar y desarrollar el «eje abrahamico», «Israel» orienta su voluntad a ensancharlo desde fuera, mientras se intensifican las acusaciones contra quienes rechazan sumarse a sus filas, señalándolos de haber emigrado hacia las trincheras del «islam radical».

Hemos seguido de cerca, al igual que otros, el éxito de «Israel» en «militarizar» el foro del gas del Mediterráneo oriental, que ya no es lo que fue en sus inicios, una iniciativa eminentemente egipcia que incluía a «Israel» y perseguía aislar a Turquía.

El Cairo se encuentra hoy en un lugar completamente distinto: ha sido blanco de las flechas de la expansión israelí, y su ejército nacional sufre las más extensas campañas de demonización y advertencia sobre el peligro latente en sus proyectos de armamento y construcción de capacidades.

La alianza tripartita en el Mediterráneo oriental es, en esencia, una alianza militar-securitaria; el gas y la energía no son más que su fachada visible, mientras los ejercicios, los entrenamientos, el intercambio de armamentos y sistemas militares y de seguridad entre sus integrantes bastan para revelar sus verdaderos propósitos: cercar a Turquía, consolidar a «Israel» y aislar a Egipto, que es incapaz de seguir el ritmo de esta alianza en sus nuevos objetivos y aspiraciones.

En cuanto a Etiopía, esa es una historia antigua y nueva a la vez, que ha suscitado siempre un creciente interés israelí: ya sea para utilizar la carta del agua del Nilo con el fin de «deshidratar» a Egipto y Sudán, o para lograr objetivos relacionados con la fragmentación de la región y el engrandecimiento del poder etíope, competidor de Egipto y antagonista suyo, en el mar Rojo, a través de Somalilandia, o para desintegrar Sudán, el flanco de seguridad débil de Egipto.

Adís Abeba desempeña hoy un papel axial en los proyectos de fragmentación de Sudán, Somalia y Yemen; y la escalada emergente contra Eritrea no está desvinculada de las aspiraciones y objetivos de este eje séxtuple, cuyos pilares están todos implicados en estos asuntos, aunque en grados variables y dentro del juego de distribución e intercambio de roles.

¿Hacia dónde se dirigen los «árabes moderados»?

El término «árabes moderados» o «los moderados árabes» ha desaparecido del vocabulario israelí de la era posterior al siete de Octubre.

Hoy, «Tel Aviv» lleva a cabo una clasificación diaria entre los pilares de este eje y sus componentes, y los países del «islam sunita» árabe son recategorizados sobre una nueva basecuáles de ellos permanecen fieles al compromiso de la normalización abrahámica, y cuáles dieron marcha atrás o mostraron titubeos y tardanza en recorrer ese camino.

Escuchamos lo que dijo Lindsey Graham en su última gira por «Israel», Emiratos y Arabia Saudita. Transmitió lo que le había dicho Netanyahu y expresó lo que bullía en su propia cabeza.

Arabia Saudita comete un error si eleva el tono de sus críticas y acusaciones contra Abu Dabi, y esta última, desde la perspectiva de «Tel Aviv», cumplió y superó con creces sus compromisos.

Arabia Saudita recibe la advertencia y el amago por el riesgo de dejarse arrastrar tras Doha y Ankara, y por extensión, tras el islam radical; Turquía reemplaza a Irán como cabeza del nuevo «eje del mal», esta vez de signo sunita.

Graham, quien anteriormente no tuvo reparos en abogar por bombardear Gaza con armas nucleares, desea ahora que Washington lance una guerra de aniquilación contra Irán y contra todo aquel que se alíe o solidarice con ella.

Netanyahu cuenta con el crecimiento de las probabilidades de una nueva guerra de Estados Unidos contra Irán para declarar oficialmente el fin del «eje del mal chiita», de una vez y para siempre.

Por ello, la quiere devastadora, que no deje en pie nada ni en Teherán, «la cabeza de la serpiente», ni en los países de los «brazos» y los «agentes».

Esta alianza se derrumba, según los cálculos de Netanyahu, y ha llegado la hora de sepultarla… Golpearla con crudeza y dureza sirve, además, para dar al «eje sunita emergente» una lección que jamás olvidará. Quiere que la próxima guerra contra Irán mate dos pájaros, dos ejes, de un solo tiro.

Arabia Saudita, junto con numerosos países árabes considerados «moderados», no desea que una eventual guerra contra Irán concluya con un arrollamiento israelí de la región. Teme este tipo de desenlace y es consciente de que estará en las listas de los «territorios a saquear»; sin embargo, no hace nada que vaya más allá de la mediación para conjurar la guerra o frenar la brutalidad israelí.

Lo más probable es que un giro cualitativo en la posición de la mayoría de estos países no se produzca sino después de que se resuelva el expediente del conflicto irano-estadounidense, por la paz o por la guerra, y a la luz de los resultados de la próxima ronda de confrontación o negociación.

La mayor parte de estos países trazará entonces su siguiente paso, el cual no tendrá que ser necesariamente hacia adelante, en dirección a corregir y endurecer las posiciones frente a «Tel Aviv», mientras la puerta permanezca aún «entornada» para dar pasos hacia atrás también.

La postura de estas naciones específicamente experimentó una evolución tras la agresión israelí contra Doha y la sucesión de declaraciones y posicionamientos israelíes, y más recientemente estadounidenses, que los sitúan en el corazón del radio del expansionismo israelí.

Desde la perspectiva recién adquirida por estas naciones, «Israel» pasó a ser «una fuente de amenaza latente», y no un «aliado potencial».

La paradoja reside en que esta misma percepción resuena en boca del propio Netanyahu y de los pilares de su gobierno, quienes consideran que estos Estados se están convirtiendo en una fuente de amenaza, en lugar de ser candidatos a la membresía de la nueva alianza o el «club de la OTAN del Medio Oriente».

Lamentablemente, no obstante, los países árabes e islámicos, mencionados no extraen, de momento al menos, las consecuencias que se derivan lógicamente de su situación.

Lo correcto sería que los países de la región no se distribuyeran entre dos ejes: uno chiita en colapso y otro sunita en formación.

Lo acertado sería que todos se encaminaran hacia la construcción de un sistema regional de seguridad y cooperación que consagre su titularidad y legitimidad sobre la región y su tierra, y que exprese las aspiraciones y los anhelos de sus pueblos, trabajando de manera conjunta y eficaz para quebrar la brutalidad israelí y frenar su hegemonía, para aislar y repudiar a todo aquel que respalde a «Tel Aviv» o se incorpore a su nuevo eje séxtuple.

Sin embargo, los cálculos de los regímenes se anteponen a los de los intereses nacionales y regionales superiores y más elevados y eso es, en sí mismo, otra cuestión, y objeto de otro

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