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miércoles, 25 de febrero de 2026

Muerte de “El Mencho”: el golpe al CJNG que puede abrir una nueva narco guerra en México

 

Muerte de “El Mencho”: el golpe al CJNG que puede abrir una nueva narco guerra en México

El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) llevaba más de una década esquivando la captura. Su caída desencadenó una respuesta coordinada y violenta del cártel en todo el país y genera muchas incógnitas sobre la lucha contra el narcotráfico.

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Los peatones pasan junto a un vehículo calcinado tras ser incendiado, en una carretera de Cointzio, estado de Michoacán, México, el domingo 22 de febrero de 2026.
Armando Solís / AP / Cordon Press

Los peatones pasan junto a un vehículo calcinado tras ser incendiado, en una carretera de Cointzio, estado de Michoacán, México, el domingo 22 de febrero de 2026.

La muerte, el pasado domingo, de Nemesio Oseguera Cervantes, el narcotraficante más buscado por México y Estados Unidos, en un operativo militar en Tapalpa, Jalisco, marcó un golpe simbólico y operativo contra el crimen organizado.

El Mencho, de 59 años y por el cual Estados Unidos ofrecía 15 millones de dólares a quien tuviera información que condujera a su detención, había logrado eludir durante más de una década de múltiples intentos de captura. El narco fue el fundador del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una organización que en los últimos 15 años se había expandido por el país y consolidado un poder letal comparable al del Cártel de Sinaloa.

La reacción del cártel fue inmediata y extremadamente violenta: bloqueos de carreteras, quema de vehículos, ataques a comercios y enfrentamientos armados. El gobierno mexicano activó un dispositivo extraordinario con participación de las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional y autoridades estatales, especialmente en Jalisco y los estados aledaños. Hubo cancelaciones de vuelos y disturbios en varios puntos del país. El saldo, según los reportes, dejó decenas de muertos, entre ellos agentes de seguridad y presuntos miembros del cártel.

La demostración de fuerza no solo mostró que el CJNG puede operar sin su líder: también recordó un patrón repetido en México. Los golpes a un capo rara vez cierran una guerra. Con frecuencia abren un periodo de reacomodo, interno y externo, que suele traducirse en más violencia. También deja varias preguntas en el aire. ¿Por qué, desde hace décadas, los cárteles han acumulado tanto poder que han convertido a México en uno de los países más golpeados por la violencia criminal? Y, sobre todo, ¿cómo escaló El Mencho desde los escalafones más bajos hasta dirigir una de las organizaciones criminales más poderosas del hemisferio?

La ‘parábola’ de El Mencho: ascenso, consolidación y caída del líder del CJNG

El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), del que se tiene registro desde 2007, surgió como un brazo armado asociado al cártel de Sinaloa con el objetivo de resguardar zonas de influencia en Jalisco. Fue impulsado en la región por Ignacio Coronel, El Nacho, operador financiero de Sinaloa y aliado de Joaquín El Chapo Guzmán, quien también había cobijado a una estructura local conocida como el Cártel del Milenio.

En ese ecosistema criminal se forjó Oseguera. Empezó como escolta en el entorno del Cártel del Milenio, vinculado a Armando Valencia Cornelio, El Maradona, y consolidó su posición al casarse con una hermana del líder. Antes había sido policía municipal en Jalisco, tras ser deportado de Estados Unidos, adonde había emigrado con su familia en los años ochenta, por su implicación en la venta de drogas.

Cuando el liderazgo del Cártel del Milenio cayó, la organización se fracturó. Oseguera encabezó la facción conocida como Los Matazetas, que terminó convirtiéndose en el CJNG. A partir de ahí, el salto fue vertiginoso: en pocos años, el grupo pasó de banda regional en Jalisco y Colima a una organización con presencia en más de la mitad del país. Recientemente fue designada por la administración de Donald Trump como una organización terrorista por ser un "cártel despiadado y violento”.

Su expansión se explica por una combinación de factores. Primero, el vacío que dejaron la captura de líderes rivales y la fragmentación de otras estructuras criminales. Segundo, una apuesta por cuadros técnicos, en particular, financieros y químicos, capaces de profesionalizar el negocio de las drogas sintéticas. Tercero, una violencia ejemplarizante para desplazar competidores e infundir el terror en sus territorios.

 

Las letras «CJNG», siglas del nombre oficial del grupo, Cartel Jalisco Nueva Generación, cubren la fachada de una casa abandonada en El Limoncito, en el estado mexicano de Michoacán, el 30 de octubre de 2021.
AP / Cordon Press

Las letras «CJNG», siglas del nombre oficial del grupo, Cartel Jalisco Nueva Generación, cubren la fachada de una casa abandonada en El Limoncito, en el estado mexicano de Michoacán, el 30 de octubre de 2021.

El corazón del negocio siguió siendo el tráfico de drogas (heroína, cocaína, metanfetamina y fentanilo) hacia Estados Unidos. Pero una de las claves del éxito criminal del CJNG fue diversificar ingresos y multiplicar rentas locales: secuestros, extorsión, cobro de piso, contrabando, lavado de dinero y corrupción de autoridades, incluyendo aduanas y puertos estratégicos del Pacífico, fundamentales para la entrada de precursores químicos de las drogas desde la India y China.

Además, varios analistas describen al CJNG como una estructura moderna, descentralizada y adaptable, con lógicas cercanas a una “franquicia”: células con autonomía operativa bajo una marca común, capaces de expandirse rápido y reconfigurarse cuando caen mandos. Ese diseño ayuda a entender por qué el grupo pudo exhibir una impactante violencia coordinada tras la muerte de su líder y extender disturbios y bloqueos incluso muy lejos del epicentro del operativo. El mensaje que querían lanzar era claro: incluso sin El Mencho, la organización conserva capacidad de coordinación y fuego.

Pero el golpe abre una incógnita: sin un sucesor evidente, con cuadros clave presos o muertos, el “descabezamiento” no implica desaparición, sino reordenamiento. Y en México, ese tránsito suele ser el periodo más peligroso.

La “guerra al narco”: muchas sombras y resultados limitados

El origen del narcotráfico en México sigue envuelto en versiones contrapuestas. Algunos historiadores lo sitúan a comienzos del siglo XX, asociado a migrantes chinos y al cultivo de opio; otros lo ubican décadas después, cuando Estados Unidos, durante la Administración Roosevelt, habría alentado la siembra de amapola para producir morfina destinada a sus tropas en la Segunda Guerra Mundial. Más allá del punto de partida, hoy el narcotráfico es un fenómeno con capacidad de infiltrar instituciones, corromper al Estado y sostener niveles altísimos de violencia.

México es un país de más de 125 millones de habitantes, con un peso económico central en la región, pero arrastra desde hace décadas un profundo problema de seguridad. En 2024 las estadísticas oficiales registraron más de 33.000 homicidios, una tasa nacional de 25,6 por cada 100.000 habitantes, una cifra muy superior a la de España (0,69) o Estados Unidos (6). En los estados con mayor presencia criminal, el porcentaje sube drásticamente: Colima, Morelos o Sinaloa figuran entre los más golpeados. A estas cifras se suman otros indicadores: según datos del Observatorio Nacional Ciudadano, entre octubre de 2024 y 2025 se incautaron más de 245 toneladas de drogas y 16.000 armas, mientras que solo en 2025 se reportaron entre 12.000 y 14.000 desapariciones forzadas. A esto se suman más de 747.000 casos de extorsión, secuestros y desplazamientos masivos de familias obligadas a abandonar sus hogares ante la violencia y el control territorial de grupos armados.

Desde los años ochenta, los gobiernos mexicanos lanzaron campañas sucesivas contra los cárteles. Pero el giro decisivo llegó en 2006, con Felipe Calderón (2006–2012), cuando el Estado involucró de manera masiva a Policía y Ejército en una estrategia frontal conocida como “guerra contra las drogas”. La lógica era clara: golpear a las cúpulas, recuperar control territorial y desarticular redes. El resultado fue el periodo más sangriento de la historia reciente del país. La ofensiva dejó decenas de miles de muertos y, lejos de resolver el problema, aceleró la fragmentación: las organizaciones se dividieron, sus células mutaron y empezaron a disputarse las plazas y las rutas, con una intensificación de la violencia en todo el país.

 

Un agente de policía monta guardia junto a un vehículo calcinado tras ser incendiado, en una carretera de Guadalajara, estado de Jalisco, México, el domingo 22 de febrero de 2026, tras la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, «El Mencho».
Alejandra Leyva / AP / Cordon Press

Un agente de policía monta guardia junto a un vehículo calcinado tras ser incendiado, en una carretera de Guadalajara, estado de Jalisco, México, el domingo 22 de febrero de 2026, tras la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, «El Mencho». 

Su sucesor, Enrique Peña Nieto, mantuvo un enfoque similar, con resultados limitados. Con la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en 2018, la estrategia cambió de discurso y se sintetizó en el lema “abrazos, no balazos”. El gobierno apostó por reducir la violencia no tanto mediante la confrontación directa, sino con políticas sociales orientadas a prevenir el reclutamiento criminal, especialmente entre jóvenes, y contener la escalada armada.

Sin embargo, la violencia no cedió: en el sexenio de López Obrador se registraron cifras históricas de homicidios (más de 180.000) y persistieron dinámicas de control territorial criminal. Para muchos especialistas, la gran lección no es solo que una estrategia u otra “funcione” o “fracase”, sino que el problema está anclado en capas más profundas: impunidad, corrupción, captura institucional, economías ilegales y redes financieras que permiten a las organizaciones sobrevivir más allá de sus líderes.

¿Y ahora qué? El riesgo del “día después”

México entra en un escenario nuevo, pero familiar. La muerte de El Mencho alimenta la idea de que se ha abatido al “último gran capo” y, al mismo tiempo, confirma que los cárteles clásicos se han transformado en redes más dispersas, locales y adaptables. En años recientes, los descabezamientos han tendido a producir dos efectos: disputas internas por la sucesión y ofensivas de rivales para ocupar territorios y rentas. Ambos caminos suelen elevar aún más la violencia.

En los primeros meses de su gobierno, Claudia Sheinbaum, que ejerce la presidencia desde octubre de 2024, siendo la primera mujer en la historia de su país en hacerlo, ha buscado diferenciarse del legado inmediato y, con la operación contra El Mencho, envía una señal de mayor contundencia. Además, se enfrenta a la presión de Estados Unidos para intensificar el combate a los cárteles, especialmente por el impacto del fentanilo y las drogas sintéticas en la sociedad estadounidense.

Pero el dilema de fondo permanece. Los analistas insisten en que la raíz del problema no se reduce a nombres mediáticos abatidos o encarcelados. Mientras no se golpeen las redes de lavado de dinero, los entramados de complicidad política, las economías criminales y la impunidad que las protege, el fenómeno tiende a reproducirse.

La muerte de El Mencho puede ser un punto de inflexión, pero también el inicio de otra fase. Menos personalista, más fragmentada y, por eso mismo, más impredecible. Por eso el riesgo inmediato no es solo la venganza, sino el reordenamiento: disputas internas, ajustes de cuentas, nuevas alianzas y mayor violencia por el control del territorio.

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