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martes, 8 de septiembre de 2026

IA y universidades: la nueva anatomía del fraude

 IA y universidades: la nueva anatomía del fraude MAURO JARQUÍN RAMÍREZ* En 2015 fue lanzada al mercado Cluely, una aplicación de IA en forma de asistente invisible en tiempo real, que tenía como fin ayudar al usuario a atender entrevistas de trabajo o de acceso a la universidad –y con ello responder preguntas– sin tener que prepararse previamente. Es decir, tenía como objetivo, esencialmente, hacer trampa. La empresa publicó incluso un manifiesto fundacional en donde afirmaba que dicha tecnología serviría “para que nunca más tengas que pensar solo”, porque “¿por qué memorizar hechos, escribir código, investigar cualquier cosa, cuando un modelo puede hacerlo en segundos?”. El escrito terminaba con una invitación muy clara: “Así que empieza a hacer trampa. Porque cuando todo el mundo lo hace, nadie lo hace”. Traer a colación dicho emprendimiento –financiado originalmente por millones de dólares de capital riesgo proveniente de sectores tecnoreaccionarios en Estados Unidos– nos permite mover el foco de análisis sobre los polémicos resultados en el examen de admisión de la UNAM, una vez que aparentemente la crisis se ha disuelto. En lugar de discutir dicho evento únicamente en clave de responsabilidad individual y/o generacional sobre el mal uso de dicha tecnología, o sobre la propensión a la trampa de las generaciones jóvenes, parece necesario discutir tal fenómeno en tanto un síntoma de una cultura organizacional, política, y educativa específica que acompaña el diseño, producción y circulación de tecnologías digitales privadas en distintos ámbitos de nuestra vida, incluida la educación. Si miramos con cierta atención, podemos identificar la existencia de una nueva anatomía del fraude en el mundo universitario a nivel global, el cual va más allá de los intentos por hacer trampa en exámenes de admisión, y se sitúa como un correlato, a la sombra del supuesto progreso tecnológico de la denominada “automatización”. Dentro de otras cosas, esto puede verse en la externalización de las funciones cognitivas hacia modelos de lenguaje, como parte de un proceso de recomposición del espacio universitario a nivel global. Así, ha sido posible ver cómo se ha extendido geográficamente la tendencia a que estudiantes entreguen como propios ensayos o escritos generados por tales modelos, mientras docentes “delegan” en otros modelos de IA la revisión de dichos “trabajos”; o que, en revistas académicas, colaboradores “evalúen” con IA un volumen cada vez mayor de artículos que, muy probablemente, fueron también generados con la intervención de modelos de lenguaje. Según algunas posiciones, la salida a esta situación consiste en el buen uso de la IA mediante, por ejemplo, realizar citas sobre el modelo utilizado (DeepSeek, Gemini, Claude). Así, paradójicamente, la salida ética al problema del fraude en la academia es la institucionalización del fraude mismo, considerando que dicha tecnología opera mediante la extensión de la expropiación sistemática del conocimiento colectivo de millones de personas que piensan y crean, y quienes no reciben retribución ni reconocimiento alguno por parte de las corporaciones tecnológicas que se benefician de su trabajo intelectual. Pensando con más calma, parece ser que el señalado fraude en el examen de admisión de la UNAM es la respuesta a una pregunta fundamental: ¿Qué clase de cultura educativa estamos creando en un contexto de aceleración tecnológica del capital? Y digo estamos creando porque si bien las mercancías educativas digitales fundadas en la expropiación, el discurso tecnosolucionista y las estrategias de expansión corporativa se construyen en polos específicos de la sociedad, la amplificación de dicha narrativa es recursiva: “la sociedad” adopta y reproduce una narrativa tecnológica específica, la cual nos interpela como individuos, quienes, en aras de obtener supuestas ventajas, terminamos por reproducirla. El problema del fraude académico y la aceleración tecnológica no es un asunto exclusivo de la UNAM, sino del sistema universitario en su conjunto. La construcción de una cultura tecnológica centrada en gran medida en la externalización de las funciones cognitivas y la renuncia a las facultades creativas humanas –con la retórica de “ganar tiempo”, “facilitar el trabajo” u “obtener mejores resultados”– pone en entredicho la función misma de la universidad. Para hacer frente a este escenario, no es suficiente construir mecanismos “más seguros” de ingreso a la universidad o crear un ambiente de mayor vigilancia en las actividades cotidianas de las instituciones educativas. No se trata de llenar nuestras aulas de más tecnología, como software antifraude, que a menudo también arroja falsos positivos y coadyuva en la conformación de un ambiente educativo donde estudiantes sienten menos confianza en sus capacidades de comprensión y explicación del mundo. Se trata, ante todo, de (re)construir una cultura del respeto y reivindicación de las facultades humanas, y de la defensa de la soberanía cognitiva de estudiantes y docentes. De crear entornos de producción de conocimiento donde el intercambio humano permita ir más allá de los supuestos, y las preguntas permitan confrontar socialmente el conocimiento. De fomentar con mayor ahínco, desde las aulas, una cultura del conocimiento y aprendizaje que aprecie procesos sostenidos, en ocasiones lentos, de comprensión de temas específicos. Y de reconocer la importancia del proceso de creación de conocimiento –a menudo plagado de equivocaciones y también cierto nivel de frustración– como parte de la formación integral de cada estudiante. En esencia, luchar contra la nueva anatomía del fraude educativo no requiere una perspectiva inmunitaria o policial, sino el rescate y florecimiento de las dimensiones de lo humano en la educación. En solidaridad con el abogado Alejandro Martínez y la

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