Es esa la tradición protestante: que se remite al mismo Lutero, de apoyarse en las autoridades laicas vendiéndoles las «protecciones» de la igesia.
Evangélico es todo aquel que sigue las enseñanzas de Jesús el Cristo –Hijo de María virgen. No necesariamente el que pertenezca a un grupo, secta, sociedad bautista, protestantes o iglesias separadas a partir del siglo XVI; (ni todos cristianos, a ejemplo: testigos de Jehová, mormones e infinidad de iluminados americanistas).
El problema de las sectas es vasto y complejo, lo sabemos; y por ende las propuestas y metodologías pastorales a proponer son numerosas. Sin embargo, estos programas pastorales no nos deben hacer perder de vista las fuentes perennes de la espiritualidad, por cuanto que es allí donde radica la solución básica y el fundamento ultimo de los medios pastorales por utilizar. La comunidad creyente que vive el misterio de Jesucristo y que irradia la verdad del Evangelio, desmantela y detiene por sí misma la invasión de las sectas. Hemos de retomar con fuerza las fuentes de la vida divina: la Santísima Eucaristía, la devoción mariana y la familiaridad con la palabra de Dios. La caridad brotará de esta fuente inagotable de vida, siendo de este modo las obras de misericordia el distintivo que muestre la imagen de Cristo ante los demás.
Don Telésforo Isaac, pastor episcopal emérito, ha dicho públicamente que existen unas 7’000 iglesias* protestantes en Dominicana, y –por lo menos- igual número de pastores. ¿De dónde provienen? De los Estados Unidos. ¿Cuántas denominaciones existen? Una infinidad. ¿Cuál es el propósito? Desestabilizar religiosamente a una nación que hasta hace poco ha sido católica (es decir, treinta años), a base de tergiversar la verdad y mentir descaradamente. 05.IX.2006 República Dominicana.
[grupos-sectas y alianzas de variadas doctrinas = congregaciones, sociedades, aglomerados, convocados, gurús, cofradías, círculos, hermandades, testigos, acabildados, asambleas, iluminados, confraternidades, anunciadores, etc.].
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Entre las sectas se dice: …surgieron, efectivamente muchos movimientos cristianos, pero todos ellos buscaron en sus iglesias regresar a los principios que el mismo Jesús estableció, traducieron la Biblia al alemán, al inglés, al español (Reyna-Valera) y regalaban biblias y enseñaban su contenido.
AFIRMACIÓN FALSA. ¿Por qué? Porque basta indagar en los fondos bibliotecarios o universitarios y se comprueba que lo que usted afirma es falso. Y sorprende que por todo el internet se declaren estas falsedades como si fueran verdades probadas: La Biblia fue traducida al alemán primeramente por la Iglesia Católica, de hecho ud. debe haber oído hablar de la Biblia de Gutenberg. Dicha Biblia no es protestante sino católica. La primera Biblia en inglés fue traducida por el Venerable Beda, en el siglo VIII. Más de ochocientos años antes de Lutero. El primer testimonio histórico de la presencia de la Vulgata en España se encuentra en el siglo IV, en una carta de San Jerónimo a Lucinio de Bética, y luego otra a su viuda Teodora, en la que da cuenta de la copia de los libros del Antiguo Testamento, que hasta ese momento había traducido, así como del Nuevo Testamento revisado, y su transporte a España. Así pues, parte de la Vulgata entra por primera vez a España cerca del año 398. Allí coexiste con algunas formas de la Vetus durante siglos. Habría habido una edición parcial o total de la Vulgata para mediados del siglo V, debida a Peregrino, supuestamente un obispo del norte español. Se cree que en el siglo VII, San Isidoro, Obispo de Sevilla, habría hecho una nueva edición revisada de la Vulgata. A pesar de lo inseguro de los datos, sí es un hecho que la Vulgata circuló extensamente en España, desde donde se difunde a otros pueblos. El proceso de traducciones de los textos bíblicos a lenguas hispánicas se produce hacia el siglo XIII. Habría un curioso antecedente de algunos pasajes del Antiguo Testamento traducidos al castellano por Aimerich Malafaida, quien llegaría a ser el tercer patriarca de Antioquía. También, por entonces se traduce el Salterio a un idioma hispánico, pero desde el hebreo y no desde el griego que venía siendo lo usual. Esta traducción se debería a Mons. Hernán Alemán, Obispo de Astorga. En realidad la famosa obra de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, Grande e general Estoria que trae una traducción no literal del latín, desde el Génesis hasta el Nuevo Testamento, viene a ser la primera gran traducción del texto bíblico ampliamente reconocida. Se la llama Biblia Alfonsina o Española. Parece que corresponde a la última parte del siglo XIII. Sin embargo, cabe notar que hay quienes han encontrado claras evidencias de una Biblia pre alfonsina, completa que circulaba en la Iberia antes del siglo XIII. De todos modos, los fieles han venido escuchando la lectura diaria de la Biblia desde los tiempos apostólicos pues la Escritura se lee diaria mente en la Santa Misa, como Ud. seguramente puede comprobar asistiendo a su parroquia católica más cercana.
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Como hubo falsos profetas en el pueblo
El lunes [2005-08-08] en EWTN (U.S.A.) en el programa de Marcus Grodi se mencionó la cifra: 30.000 denominaciones protestantes y se dijo que surgen cinco nuevas denominaciones por semana. Pero la verdad es que nadie sabe ya cuantas hay... la estimación cauta de las Naciones Unidas hace ya un tiempo era de mas de 20.000 (hace ya casi veinte años). U.S.A es un gran exportador de sectas: bautistas, evangelistas, biblistas, etc. ¡Es que ni los mismos informes oficiales protestantes llegan a poder enumerar sus propias sectas e identificar sus domicilios!
"¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?" (Lc 6, 41).
- "Como hubo falsos profetas en el pueblo, también entre vosotros habrá falsos maestros que promoverán sectas perniciosas. Negarán al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una ruina inminente. Otros muchos se sumarán a sus desvergüenzas, y por su culpa será difamado el camino de la verdad. En su codicia querrán traficar con vosotros a base de palabras engañosas. Pero hace tiempo que está decretada su condena y a punto de activarse su perdición…" 2ª carta de S. Pedro, cap. 2
Deberíamos de tener todos muy en cuenta, que el peso y la gravedad de los pecados cometidos por los ‘hijos’ la Iglesia, sean estos laicos o consagrados, causan gran escándalo, y son nuestras propias faltas las causantes de tales desvergüenzas. Pero no podrán imputarse jamás como ‘un pecado de la Iglesia-Cuerpo místico de Cristo’, sino como un pecado de esas personas particulares que lo cometen «yo-tu-él». La Iglesia, cuya cabeza es Cristo, es Santa y sus hijos –tal como los apóstoles- pecadores. Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
El cristiano se identifica [debería] por completo, en la pobreza y fragilidad, con las mismas actitudes y sentimientos de la Virgen María en el Magnificat, y con las de aquel salmo que dice: «No pretendo grandezas que me superan, acallo y modero mis deseos como un niño recién amamantado en brazos de su madre». Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Hay laicos y ciertos comentaristas, sea por ignorancia (enciclopédica), por inmadurez, orgullo deformado, incompetencia o hartos de malas intenciones, al encontrarse con faltas y limitaciones de laicos y consagrados católicos, se deciden dejar la única Iglesia fundada por Jesús. Por tal razón, ha dicho San Bernardo: “pierden también lo sublime, lo divino, de la Iglesia”. Actúan con un rancio puritanismo como diciendo: ¡yo nunca haría eso… yo no soy tan pecador!.
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Dice el Señor: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre». Evangelio según S. Marcos7, 1-8. 14-15. 21-23
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
En el mismo colegio de los Apóstoles, que estuvieron en compañía física de Jesús, cayeron con graves pecados. Es necesario de mucha humildad y una fe robusta para poder aceptar así el misterio de la Iglesia, porque –enseña San Pablo- ella es la Esposa de Cristo. Se requiere buena dosis de sumisión para que reconocer que nuestra propia altivez como limitaciones y debilidades, pueden ser motivo del mismo escándalo que después denunciamos en los demás. Los hipócritas gustan solo escudriñar los defectos y faltas ajenas, sin preocuparse mucho por las propias. Orgullosamente, estos no prefieren observar e imitar a los dignos laicos, prudentes consagrados, anónimos servidores del Evangelio: ¡auténticos maestros de sabiduría!
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Dice San Agustín que “cualquier pecado o delito grave que haya cometido un ser humano, puede uno también cometerlo, si se encontrara en esa circunstancia y Dios le dejara fuera de sus manos”. Por esta razón debemos nosotros ser muy humildes frente a todos nuestros hermanos pecadores, y en vez de acusarlos de manera orgullosa, aconsejarlos si está a nuestro alcance, y sobre todo, orar por ellos y por nosotros para que el Señor nunca nos deje “caer en tentación y nos libre de todo mal”. San Agustín añade: “el ser humano, cuanto menos medita sus propios pecados, tanto más curiosea los ajenos. Los busca, no para corregirlos, sino para murmurar”. Tal es el caso de esa oración del fariseo delante del publicano (cf. Lc. 18, 9-14).
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
«Dios no quiere cosas, sino el oído del hombre que escuche, que obedezca y, con ello, le quiere a él mismo. Esta es la acción de gracias verdadera y digna de Dios: entrar en la voluntad de Dios». Benedicto PP. XVI.
Este es un tema fundamental para nosotros como católicos. Estamos siendo vilmente atacados –sobretodo- por nuestros hermanos separados. Hermanos que desprecian la Iglesia fundada por Jesucristo escogiendo otra secta más adecuada a sus gustos… como si la Iglesia fuera un buffet al gusto de la moda, según el consumidor; o un partido política cuya plataforma cambia según mayoría; o son los que piensan que la democracia basada exclusivamente en el número de votos sustituye a la sabiduría. Pues eso es exactamente lo contrario a lo que Cristo indicó en la Sagrada Biblia. Oh, están aquellos que fundan nuevas sectas, sean bautistas, jehovistas, mormónicas, etc. Así el gran buffet sigue creciendo, los charlatanes acomodando sus bolsillos y los ‘biblia bajo el brazo’ –estropeando-deturpando la Palabra de Dios. Nosotros, fieles en la Iglesia ‘una, santa, católica y apostólica’ al mensaje desde hace dos milenios, ciertos de escuchar a sus apóstoles, deberíamos estudiar más, donar ejemplo de vida humilde y coherentemente cristiana para así poder, tal como lo enseña San Pablo: “dar razón de nuestra fe”.
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10). “fidem custodire, concordiam servare”», custodiar la fe, conservar la concordia.
En consecuencia: atraídos por Jesucristo, no necesitamos de sectas bautistas, jehovistas, evangélicos-pentecostales-adventistas, etc. Necesitamos ser ‘iglesia’, practicar los sacramentos, enseñar la catequesis, defendernos con sólida apología, estudiar los documentos del Magisterio y colaborar en nuestras parroquias. Necesitamos hombres cuya mente esté iluminada por la luz de Dios y a los que el propio Dios abra el corazón para que su inteligencia pueda hablar a la inteligencia de los otros y su corazón pueda abrirse a los demás. Sólo a través de hombres tocados por Dios, puede el propio Dios volver a habitar entre nosotros. Hombres que sepan “amarse unos a otros con amor fraterno…; amen a Dios sin olvidar el temor…; que no antepongan absolutamente nada a Cristo, que nos conducirá a todos a la vida eterna” (San Benito, La Regla, capítulo 72).
«Dios no quiere cosas, sino el oído del hombre que escuche, que obedezca y, con ello, le quiere a él mismo. Esta es la acción de gracias verdadera y digna de Dios: entrar en la voluntad de Dios». Benedicto PP. XVI.
Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
Carta de San Pablo a los Efesios 2,19-22. – Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu. Cristo sabía cuando dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).
- "Como hubo falsos profetas en el pueblo, también entre vosotros habrá falsos maestros que promoverán sectas perniciosas. Negarán al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una ruina inminente. Otros muchos se sumarán a sus desvergüenzas, y por su culpa será difamado el camino de la verdad. En su codicia querrán traficar con vosotros a base de palabras engañosas. Pero hace tiempo que está decretada su condena y a punto de activarse su perdición…" 2ª carta de S. Pedro, cap. 2
- "El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de su fe y prestarán oído a espíritus seductores y doctrinas diabólicas. Esta será la obra de impostores hipócritas de conciencia insensible…" 1ª Carta de S. Pablo a Timoteo, cap. 4 [Recordemos las sectas aparecidas y sobre todo, las que siguen seduciendo].
- "Predica la Palabra, insta a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta usando la paciencia y la doctrina. Pues llegará el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán lo que quieren oír; apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas." 2 Timoteo: 4: 2-5
- "…Porque sabemos que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó a las cavernas tenebrosas del abismo y allí los retiene para el juicio… No libró de la destrucción a Sodoma y Gomorra sino que las redujo a cenizas… libró en cambio al justo Lot, que abrumado por la conducta lujuriosa de aquellos disolutos, sentía torturado día tras día su buen espíritu por las perversas acciones que oía y veía. Y es que el Señor sabe librar de la prueba a los que viven religiosamente y reservar a los inicuos para castigarlos el día del juicio; sobre todo a los que corren en pos de sucios y desordenados apetitos y a los que desprecian la autoridad de Dios." 2 Pedro 2
- "Atrevidos y arrogantes, no tienen recato en denigrar a los seres gloriosos… son como animales irracionales, destinados por su naturaleza a ser cazados y degollados. Injurian lo que desconocen y como bestias perecerán." 2 Pedro 2: 7-13
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Es necesario contraponer la lucha heroica por la libertad del espíritu, es decir, por la verdad que desenmascara la mentira. La verdad significa siempre que el espíritu determina la sociedad, mientras la mentira significa que es la sociedad la que determina el espíritu. El mundo está completamente lleno de mentiras. La mentira llega hasta tal punto que corroe las ideas humanas más sublimes. En un mundo en el que todo está relativizado, es imposible vencer a la mentira. La fe en la victoria sobre la mentira presupone la fe en la existencia de una fuerza que se eleva por encima del mundo, es decir, Dios. Aunque todo el mundo está contaminado por la mentira, existe, no obstante, la verdad pura, libre de cualquier mancha.
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PASTORES EVANGÉLICOS –
EVANGELISTAS PROTESTANTES
CÓMPLICES DEL RÉGIMEN COMUNISTA…
Se ha publicado un voluminoso documento (unas 867 páginas «pesadas como el plomo», como las ha definido alguien) compilado por el historiador luterano Gerhard Bieser y editado por un protestante de la antigua Alemania comunista libre de toda sospecha.
En la obra se reconstruyen las relaciones entre los «evangélicos» y el disuelto régimen «democrático». Es un cuadro que el propio Sínodo de la reunificada EKD, la Iglesia evangélica alemana, define como «alarmante» y «como para solicitar un acto público de contrición».
Del dossier se desprende que tres mil de los cuatro mil pastores protestantes de la Alemania autodenominada «popular» eran informadores estables u ocasionales de la terrible Staatsichereit, la policía secreta del Estado, llamada Stasi. Según Bieser, la apertura de los archivos ha mostrado que la colaboración del estamento eclesiástico luterano con el régimen, incluso como espías, «no fue ocasional ni estuvo limitada al marco de la vida religiosa sino que constituyó un problema estructural para la Iglesia evangélica».
Siguiendo al mismo historiador, se dice que entre los informadores de la Stasi «todavía no han aparecido nombres de eclesiásticos católicos», pero, añade a modo de consuelo para sus colegas luteranos, «es sólo cuestión de tiempo».
También señala como igualmente cierto que, como ocurrió con el nazismo, cuando se lleve a cabo el balance definitivo, la implicación de los protestantes será bastante superior a la de los católicos. Y, según observa el propio historiador, no sólo se debe a la desastrosa tradición evangélica de las «Iglesias de Estado» sino también al hecho de haber sustituido al Papa por el poder de turno; otro factor es la tradición, que se remite al mismo Lutero, de apoyarse en las autoridades laicas vendiéndoles las «protecciones» de la Iglesia. Pero también, señala el reverendo Bier, porque «los pastores están casados, tienen familia y son más susceptibles de ser chantajeados que el clero católico, que es célibe».
Así lo reconoce el mismo Sínodo evangélico alemán al buscar las razones que llevaron a tres mil de los cuatro mil pastores a hacerse informadores de la policía secreta al servicio de una tiranía oficialmente atea. Vittorio MESSORI. conoze.com. 2006-10-25
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La fe se prueba con obras
«Sí, creo en la democracia, creo que un gobierno constitucional de ciudadanos libres es el mejor posible.» Uno que dijera esto y, al mismo tiempo, no votara, ni pagara sus impuestos, ni respetara las leyes de su país, sería puesto en evidencia por sus propias acciones, que le condenarían por mentiroso e hipócrita.
También resulta evidente que cualquiera que manifieste creer las verdades reveladas por Dios sería absolutamente insincero si no pusiera empeño en observar las leyes de Dios. Es muy fácil decir «Creo»; pero nuestras obras deben ser la prueba irrebatible de la fortaleza de nuestra fe. «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). No puede decirse más claramente: si creemos en Dios tenemos que hacer lo que Dios nos pide, debemos guardar sus mandamientos.
Convenzámonos de una vez que la ley de Dios no se compone de arbitrarios «haz esto» y «no hagas aquello», con el objeto de fastidiarnos. Es cierto que la ley de Dios prueba la fortaleza de nuestra fibra moral, pero no es éste su primor dial objetivo. Dios no es un ser caprichoso. No ha establecido sus mandamientos como el que pone obstáculos en una carrera. Dios no está apostado, esperando al primero de los mortales que caiga de bruces con el fin de hacerle sentir el peso de su ira.
Muy al contrario, la ley de Dios es expresión de su amor y sabiduría infinitos. Cuando adquirimos un aparato doméstico del tipo que sea, si tenemos sentido común lo utilizaremos según las instrucciones de su fabricante. Damos por supuesto que quien lo hizo sabe mejor cómo usarlo para que funcione bien y dure. También, si tenemos sentido común, confiaremos en que Dios conoce mejor qué es lo más apropiado para nuestra felicidad personal y la de la humanidad. Podríamos decir que la ley de Dios es sencillamente un folleto de instrucciones que acompaña al noble producto de Dios, que es el hombre. Más estrictamente, diríamos que la ley de Dios es la expresión de la divina sabiduría dirigida al hombre para que éste alcance su fin y su perfección. La ley de Dios regula al hombre «el uso» de sí mismo, tanto en sus relaciones con Dios como con el prójimo.
Si consideramos cómo sería el mundo si todos obedeciéramos la ley de Dios, resulta patente que se dirige a procurar la felicidad y el bienestar del hombre. No habría delitos y, en consecuencia, no habría necesidad de jueces, policías y cárceles. No habría codicia o ambición, y, en consecuencia, no habría necesidad de guerras, ejércitos o armadas. No habría hogares rotos, ni delincuencia juvenil, ni hospitales para alcohólicos. Sabemos que -consecuencia del pecado original- este mundo hermoso y feliz jamás existirá. Pero individualmente puede existir para cada uno de nosotros.
Nosotros, igual que la humanidad en su conjunto, hallaríamos la verdadera felicidad, incluso en este mundo, si identificáramos nuestra voluntad con la de Dios. Estamos hechos para amar a Dios, aquí y en la eternidad. Este es el fin de nuestro existir, en esto encontramos nuestra felicidad. Y Jesús nos da las instrucciones para conseguir esa felicidad con sencillez absoluta: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (lo 14,15).
La ley de Dios que rige la conducta humana se llama ley moral, del latín «mores», que significa «modo de actuar». La ley moral es distinta de las leyes físicas por las que Dios gobierna al resto del universo. Las leyes de astronomía, física, reproducción y crecimiento obligan necesariamente a la natura creada. No hay modo de eludirlas, no hay libertad de elección. Si das un paso sobre el precipicio, la ley de la gravedad actúa fatalmente y te desplomas, a no ser que la neutralices por otra ley física -la de la presión del aire- y utilices un paracaídas. La ley moral, sin embargo, nos obliga de modo distinto. Actúa dentro del marco del libre albedrío. No debemos desobedecer la ley moral, pero podemos hacerlo. Por ello decimos que la ley moral obliga moralmente, pero no físicamente. Si no fuéramos físicamente libres, no podríamos merecer. Si no tuviéramos libertad, no podría ser un acto de amor nuestra obediencia.
Al considerar la ley divina, los moralistas distinguen entre ley natural y ley positiva. La reverencia de los hijos a los padres, la fidelidad matrimonial, el respeto a la persona y propiedad ajenas, pertenecen a la misma naturaleza del hombre. Esta conducta, que la conciencia del hombre (su juicio guiado por la justa razón) aplaude, se llama ley natural. Comportarse así sería bueno, y lo opuesto, malo, aunque Dios no nos lo hubiera expresamente declarado. Aunque no existiera sexto mandamiento, el adulterio sería malo. Una violación de la ley natural es mala intrínsecamente, es decir, mala por su misma naturaleza. Ya era mala antes de que Dios diera a Moisés los Diez Mandamientos en el monte Sinaí.
Además de la ley natural, existe la ley divina positiva, que agrupa todas aquellas acciones que son buenas porque Dios las ha mandado, y malas porque El las ha prohibido. Son aquellas cuya bondad no está en la raíz misma de la naturaleza humana, sino que ha sido impuesta por Dios para perfeccionar al hombre según sus designios. Un ejemplo sencillo de ley divina positiva es la obligación que tenemos de recibir la Sagrada Eucaristía por el mandato explícito de Cristo.
Tanto si consideramos una u otra ley, nuestra felicidad depende de la obediencia a Dios.
«Si quieres entrar en la vida», dice Jesús, «guarda los mandamientos» (Mt 19,17).
Amar significa no tener en cuenta el costo. Una madre jamás piensa en medir los esfuerzos y desvelos que invierte en sus hijos. Un esposo no cuenta la fatiga que le causa velar a la esposa enferma. Amor y sacrificio son términos casi sinónimos. Por esta razón, obedecer a la ley de Dios no es un sacrificio para el que le ama. Por esta razón, Jesús resumió toda la ley de Dios en dos grandes mandamientos de amor.
«Y le preguntó uno de ellos, doctor, tentándole: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt. 22, 35-40).
En realidad, el segundo mandamiento se contiene en el primero, porque si amamos a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, amaremos a los que, actual o potencialmente, poseen una participación de la bondad divina, y querremos para ellos lo que Dios quiere. También nos amaremos rectamente, queriendo para nos otros lo que Dios quiere. Es decir, por encima de todo, querremos crecer en amor a Dios, que es lo mismo que crecer en santidad; y, más que nada, querremos ser felices con Dios en el cielo. Nada que se interponga entre Dios y nosotros tendrá valor. Y como el amor por nosotros es la medida de nuestro amor al prójimo (que abarca a todos, excepto los demonios y los condenados del infierno), desearemos para nuestro prójimo lo que para nosotros deseamos.
Querremos que crezca en amor a Dios, que crezca en santidad. Querremos también que alcance la felicidad eterna para la que Dios lo ha creado.
Esto significa, a su vez, que tendremos que odiar cualquier cosa que aparte al prójimo de Dios. Odiaremos las injusticias y los males hechos por el hombre, que pueden ser obstáculos para su crecimiento en santidad. Odiaremos la injusticia social, las viviendas inadecuadas, los salarios insuficientes, la explotación de los débiles e ignorantes.
Amaremos y procuraremos todo lo que contribuya a la bondad, felicidad y perfección de nuestro prójimo.
Dios nos ha facilitado la labor al señalarnos en los Diez Mandamientos nuestros principales deberes hacia El, hacia nuestro prójimo, y hacia nosotros mismos. Los primeros tres mandamientos declaran nuestros deberes con Dios; los otros siete indican los principales deberes con nuestro prójimo, e, indirectamente, con nosotros mismos.. Los Diez Mandamientos fueron dados originalmente por Dios a Moisés en el monte Sinaí, grabados en dos tablas de piedra, y fueron ratificados por Jesucristo, Nuestro Señor: «No penséis que he venido a abrogar la Ley o los profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mt. 5,17). Jesús consuma la Ley de dos maneras.
En primer lugar, nos señala algunos deberes concretos hacia Dios y el prójimo. Estos deberes, dispersos en los Evangelios y las Epístolas, son los que se relacionan en las obras de misericordia corporales y espirituales. Luego, Jesús nos aclara estos deberes al dar a su Iglesia el derecho y el deber de interpretar y aplicar en la práctica la ley divina, lo que se concreta en los que denominamos mandamientos de la Iglesia.
Debemos tener en cuenta que los mandamientos de la Iglesia no son nuevas cargas adicionales que nos prescriben, por encima y más allá de los mandamientos divinos. Estas leyes de la Iglesia no son más que interpretaciones y aplicaciones concretas de la ley de Dios. Por ejemplo, Dios ordena que dediquemos algún tiempo a su culto. Nosotros podríamos decir, «Sí, quiero hacerlo, ¿pero cómo?». Y la Iglesia contesta: «Yendo a Misa los domingos y fiestas de guardar». Este hecho, el hecho de que las leyes de la Iglesia no son más que aplicaciones prácticas de las leyes divi nas, es un punto que merece destacarse. Algunas personas, incluso católicos, razonan distinguiendo las leyes de Dios de las leyes de la Iglesia, como si Dios pudiera estar en oposición consigo mismo.
Aquí tenemos, pues, las directrices divinas que nos dicen cómo perfeccionar nuestra naturaleza, cómo cumplir nuestra vocación de almas redimidas: los Diez Mandamientos de Dios, las siete obras de misericordia corporales y las siete espirituales, y los mandamientos de la Iglesia de Dios.
Todos ellos, claro está, prescriben solamente un mínimo de santidad: hacer la voluntad de Dios en materias obligatorias. Pero no debiéramos poner límites, no hay límites a nuestro crecimiento en santidad. El auténtico amor de Dios supera la letra de la ley, yendo a su espíritu. Debemos esforzarnos para hacer no sólo lo que es bueno, sino lo que es perfecto. Para aquellos que no tienen miedo de volar alto, nuestro Señor propone la observancia de los llamados Consejos Evangélicos: pobreza voluntaria, castidad perpetua y obediencia perfecta.
Hablaremos de cada uno de ellos -de los Mandamientos de Dios y su Iglesia, de las obras de misericordia y de los Consejos Evangélicos - a su debido tiempo. Y, dado que el lado positivo es menos conocido que los «no harás», empecemos con las obras de misericordia. Agradecemos al autor don Leo J. Trese – conoze.com 2006-10-25
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Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación.
(Recomendamos: ‘Dios y el mundo’ – creer y vivir en nuestra época; S.S. Benedcicto XVI – al siglo Joseph Ratzinger. Editorial Galaxia Gutenberg-círculo de lectores).-
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La Virgen María «imagen de la Iglesia futura...que guía y sostiene la esperanza de tu pueblo» - “ Oh Madre de Dios, siempre virgen, tu santa partida de este mundo es verdaderamente una travesía, una entrada en la morada de Dios. Saliendo de este mundo material, entras «en una patria mejor» (Heb 11,16). El cielo gozoso acoge tu alma: «¿Quién es esta que sube brillante como la aurora, bella como la luna, resplandeciente como el sol?» (Ct 8,5;6,10) ... «El rey la ha introducido en sus estancias» (Ct 1,4) y los ángeles glorifican a la que es la madre de su propio señor, por naturaleza y en verdad, según el plan de Dios...
Los apóstoles han llevado a tu cuerpo sin mancha, tú, el arca de la verdadera alianza, y lo han depositado en su santo sepulcro. Y allí, como si fuera otro Jordán, ha llegado a la verdadera Tierra prometida, quiero decir a la «Jerusalén de arriba», madre de todos los creyentes (Gal 4,6), de la cual Dios es el arquitecto y constructor. Porque tu alma, seguramente, «no ha descendido al lugar de los muertos, sino que tu carne misma no ha conocido la corrupción» (Sl 15,10; He 2,31). Tu cuerpo purísimo, sin mancilla, no ha sido abandonado a la tierra, sino que te lo has llevado a la mansión del Reino de los Cielos, tú, la reina, la soberana, la señora, la Madre de Dios, la verdadera Theotokos...
Hoy nos acercamos a ti, nuestra reina, Madre de Dios y Virgen; giramos nuestras almas hacia ti que eres la esperanza para nosotros... Queremos honorarte con «salmos, himnos y cánticos inspirados» (Ef 5,9). Honorando a la sierva, manifestamos nuestro afecto a nuestro Maestro común... Pon tu mirada sobre nosotros, oh reina, madre de nuestro Soberano; guía nuestro camino hasta el puerto sin tempestad del buen deseo de Dios”.
San Juan Damasceno (hacia 675-749), monje, teólogo, doctor de la Iglesia Homilía 1 sobre la Dormición, 11-14
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Pedro y Pablo, apóstoles de la Iglesia Católica fundada por Cristo.
Preguntas - Quiero comenzar intentando responder a quienes nos preguntan, acerca de la existencia de Dios y, más todavía, acerca de haber sido elegidos para existir como personas: «¿Cómo puedo saberlo? No siento nada. ¿Qué es eso de ser elegido?». Dice Guardini: «A ello responde la Escritura: Esa no es la pregunta adecuada. Tienes que familiarizarte con el mandamiento del Señor y actuar en consecuencia. Ser elegido no es un título que se ponga a una existencia humana, sino una intención viva de Dios, una acción eficaz de su amor en esa persona. Lo que aquí rige sólo se sustancia en la actuación personal. Pero una persona elegida, ¿no tendrá que comportarse de una manera determinada? ¿No se le tendría que notar?». No podemos derivar en este momento hacia un examen de conciencia que, quizás, hacemos cada noche. Pero, en cuanto a juzgarnos con acierto a nosotros mismos, el mismo Pablo dice expresamente que sólo Dios juzga.
«¡Atrévete, pues, a reconocer que has sido elegido! Esa osadía acontece en la fe. Y, desde el mundo, desde la experiencia interna o externa, no hay objeción que vaya contra tal osadía».
¿Y si la respuesta es radicalmente opuesta, negando la idea de Dios? Ante esa hipótesis hay que repetir lo que tantas veces se ha experimentado -que no sólo afirmado- que, entonces, el hombre, como afirmó De Lubac, es «un ser al cual no se atreve nadie a llamarle ser. Una cosa que no tiene nada dentro, una célula sumergida completamente en una masa en “devenir”. Hombre social e histórico, en el que no queda nada más que una pura abstracción, fuera de las realidades sociales y de la situación en la temporalidad por la que es definido. No hay en él nada de fijeza o de profundidad. Que no se busque, pues, ninguna imagen inmóvil, que no pretenda descubrirle ningún valor, que imponga respeto a todo».
Y ello sucede, porque el hombre no es «él mismo» más que gracias a la iluminación de un rayo divino. Si el fuego desaparece, el reflejo se extingue. Dijo D. von Hildebrant: «Basta destruir completamente lo que sucede en nuestro mundo sublunar, la relación con la eternidad, para destruir a la vez toda la profundidad y todo contenido real en este mundo». Dostoievski al «Adolescente» le hace decir: «Todo está en ti, Señor, yo mismo estoy en Ti, recíbeme».
Card. Ricardo María Carles – Barcelona-ESPAÑA-L.R. 2006-10-25
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Trascendencia - Al autor de treinta y siete obras literarias, Miguel Delibes, ex director del diario «El Norte de Castilla»; catedrático de Derecho Mercantil, Premio Nadal, Premio Nacional de las Letras, miembro de la RAE... se le preguntó:
- «¿Qué es lo esencial de la experiencia religiosa?» Afirmó: «Es la convicción que tiene el hombre de no haber sido creado para la muerte».
El periodista insistió: «¿La trascendencia es esencial al hombre o éste -el hombre- puede vivir sin trascendencia… sin perder, por eso, nada que le sea fundamental?» Delibes dijo: «El hombre puede vivir de todas las maneras posibles. Para mí, en cambio, lo trascendente es esencial».
- «¿Qué tengo que hacer para evitar que la muerte sea el final de todo?», es la pregunta del joven rico a Jesús, según formulación de J. L. Pagola.
- En la vida hay cosas esenciales y otras accidentales. Unas perdurarán, otras fenecerán. Unas son para el tiempo, otras para la eternidad.
- Kant enseña: «Trascender es traspasar los límites de la experiencia sensible».
- Oscar Wilde escribía:«La diferencia más notable que hay entre un santo y un pecador es que el pecador tiene sólo su pasado. El santo tiene su futuro».
- La trascendencia: nos libera de la materia y sus límites, de la enfermedad, de la muerte, para ofrecernos nueva vida para siempre.
- La trascendencia: infunde esperanza, fuerza, seguridad, alegría.
J. M. Alimbau - 2006-10-25
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El hombre fue honrado por Dios y colocado por encima de toda criatura: «El cielo no fue hecho a imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni la belleza de las estrellas, ni nada de lo que aparece en la creación. Sólo tú (alma humana) has sido hecha a imagen de la naturaleza que supera toda inteligencia, semejante a la belleza incorruptible, huella de la verdadera divinidad, espacio de vida bienaventurada, imagen de la verdadera luz, y al contemplarte te conviertes en lo que Él es, pues por medio del rayo reflejado que proviene de tu pureza tú imitas a quien brilla en ti. Nada de lo que existe es tan grande que pueda ser comparado a tu grandeza» («Homilia in Canticum 2»: PG 44,805D). San Gregorio de Nisa - Dos grandes doctores de la Iglesia del siglo IV, Basilio y Gregorio Nacianceno, obispo en Capadocia, en la actual Turquía. El hermano de Basilio, san Gregorio de Nisa, hombre de carácter meditativo, con gran capacidad de reflexión y una inteligencia despierta, abierta a la cultura de su tiempo. Se convirtió así en un pensador original y profundo de la historia del cristianismo.
La fe indefectible de Santa María Virgen –madre de nuestro Salvador-, que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!
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Recomendamos vivamente la siguiente lectura:
‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’
Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.
Autor: Thomas E. WOODS Jr. -
Editorial: CIUDADELA.
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