El ‘gran juego’ en Siria
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Los orígenes del actual intento de remodelación de Oriente Medio hay que buscarlos en las consecuencias del fracaso de Israel de derrotar a Hezbolá en 2006. En la autopsia realizada después de ese conflicto, Siria fue considerada como la vulnerable piedra angular que conecta a Hezbolá con Irán
Por Alastair Crooke
Este verano, un miembro del gobierno de Arabia Saudí dijo a John Hannah, exjefe del estado mayor con el exvicepresidente de EEUU Dick Cheney, que el rey ha creído, desde el inicio de la revuelta siria en marzo, que el cambio de régimen en Siria sería muy beneficioso para los intereses saudíes: “El rey sabe que, aparte de la caída de la República Islámica, nada debilitaría tanto a Irán como la pérdida de Siria”, dijo.
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¿Cuál es, entonces, la anatomía del gran juego? En el pasado, las revoluciones de colores fueron diseñadas, en buena parte, en las oficinas de consultoras políticas de la calle K de Washington. Pero, en el nuevo formato, los “técnicos” que intentan dar forma a la región proceden directamente del gobierno de EEUU: son, según informaciones dignas de crédito, Jeffrey Feltman, exembajador de EEUU en Líbano y actualmente vicesecretario de Estado, como coordinador-jefe, junto con otros dos exembajadores, Ron Schlicher y David Hale, que es también el nuevo enviado a Oriente Medio.
Y en lugar de un centro de operaciones establecido en alguna falsa organización de “Amigos de Siria” de Washington, tenemos ahora un lujoso centro de operaciones situado en Doha, financiado, según varias fuentes, con dinero catarí.
Los orígenes del actual intento de remodelación de Oriente Medio hay que buscarlos en las consecuencias del fracaso de Israel de derrotar a Hezbolá en 2006. En la autopsia realizada después de ese conflicto, Siria fue considerada como la vulnerable piedra angular que conecta a Hezbolá con Irán. Y fue el príncipe Bandar de Arabia Saudí quien plantó la primera semilla: sugirió a los políticos norteamericanos que podía hacerse algo con esta conexión siria, pero solo por medio de la Hermandad Musulmana siria, añadiendo rápidamente, en respuesta a las previsibles objeciones, que él podía encargarse del manejo de la Hermandad y otros grupos islamistas.
John Hannah señaló en ForeignPolicy.com que “si Bandar trabaja sin referencia a los intereses de EEUU, es una causa clara de preocupación, pero si trabaja como socio contra el enemigo iraní común, es un importante activo estratégico”. Bandar fue cooptado.
La hipotético planificación se transformó, de repente, en acciones concretas a principios de este año, después de la caída del gobierno de Saad Hariri en el Líbano y el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak en Egipto. De repente, Israel parecía vulnerable y una Siria debilitada, con serios problemas, tenía un encanto estratégico.
En paralelo, Catar había dado pasos al frente cuando Azmi Bishara, un panarabista y exmiembro del parlamento israelí, del que fue expulsado, y ahora establecido en Doha, elaboró un esquema por medio del cual la televisión —como han informado varios medios árabes—, es decir, Al Yazira, no solo informaría de la revolución, sino que la representaría en la región, o al menos esto es lo que se creía en Doha a raíz de las insurrecciones de Túnez y Egipto.
Esto suponía una nueva evolución del antiguo modelo: una televisión arrogante, en lugar de un simple medio de comunicación. Pero Catar no solo ha intentado aprovechar el sufrimiento humano para promover una intervención internacional, repitiendo una y otra vez que “las reformas no son suficientes” y que la caída de Asad era “inevitable”, sino que, como en Libia, está financiando las operaciones y está participando activamente en ellas.
El siguiente objetivo era atraer a Nicolas Sarkozy por medio del emir de Catar y sus vínculos con el presidente francés, complementado con la labor de presión de Feltman. Se creó un “equipo del Elíseo” compuesto por Jean-David Levite, Nicolas Gallet, Sarkozy y, gracias a la esposa de este último, Bernard Henri-Levy, el promotor del modelo del Consejo Nacional de Transición libio que ha sido tan eficaz al convertir a la OTAN en un instrumento de cambio de régimen.
Finalmente, el presidente de EEUU Barack Obama delegó en Turquía el control de la frontera con Siria. Sin embargo, estos dos últimos componentes tienen sus propios problemas de seguridad, por lo que son escépticos sobre la eficacia del modelo del Consejo de Transición libio y se oponen a una intervención militar.
El presidente turco está siendo presionado por su partido en una dirección, mientras que otros tienen serias dudas sobre el papel de Turquía como “corredor” de la OTAN hacia Siria. Incluso Bandar tiene algunos problemas: no tiene la protección política del rey y otros miembros de la familia están jugando otras cartas islamistas para diferentes fines.
En términos operativos, Feltman y su equipo coordinan. Catar alberga la “sala de guerra”, la “sala de prensa” y gestiona los fondos. París y Doha siguen presionando para que se adopte el modelo del Consejo de Transición libio. Mientras que Bandar y Turquía manejan conjuntamente a las fuerzas sunníes en el terreno, tanto armadas como desarmadas.
El componente salafista de combatientes armados y experimentados tendría que ser manejado dentro de este marco, pero están siguiendo cada vez más su propio camino, respondiendo a una agenda distinta y siendo financiados por otros.
Si el ámbito del “juego” sirio —no olvidemos que muchos muertos (civiles, miembros de las fuerzas de seguridad y combatientes armados) no están en el juego— tiene una escala diferente a las primeras revoluciones de colores, sus defectos son también más grandes. El paradigma del Consejo Nacional de Transición, que ya está exhibiendo sus limitaciones en Libia, es todavía más claramente defectuoso en Siria, con un consejo opositor promovido por Turquía, Francia y Catar, atrapado en un callejón sin salida. Las estructuras de seguridad sirias han aguantado sólidas durante estos siete meses —las deserciones han sido escasas— y el apoyo popular a Asad se mantiene intacto.
Solo una intervención extranjera podría cambiar esa ecuación, pero si la oposición la pidiera, sería un suicidio político, y lo saben. Doha y París pueden seguir presionando a la comunidad internacional en favor de una intervención extranjera, pero todo indica que la oposición interna optará por negociar.
Pero el verdadero peligro en todo esto, tal como ha señalado John Hannah a ForeignPolicy.com, es que los saudíes, entre la espada y la pared, “podrían, una vez más, enardecer los ánimos de los viejos yihadistas y orientarlos contra el Irán chiíta”.
De hecho, eso es lo que está pasando, pero Occidente no parece darse cuenta. Como ha señalado Foreign Affairs la semana pasada, los saudíes y sus aliados del Golfo están “incitando” a los salafistas, no solo para debilitar a Irán, sino, sobre todo, con el fin de hacer lo que creen que es necesario para sobrevivir: desorganizar y machacar los levantamientos que amenazan a las monarquías absolutas.
Los salafistas están siendo utilizados para este fin en Siria, Libia, Egipto (véase su enorme bandera saudí ondeando en la Plaza Tahrir en julio), Líbano, Yemen e Irak.
Los salafistas pueden ser visto, en términos generales, como apolíticos y flexibles, pero la historia no es muy reconfortante. Si le dices a la gente que estos serán los protectores de los reyes de la región y que repartirán dinero a espuertas con ellos, no se sorprenderán si luego se convierten, otra vez, en algo muy político y radical.
Michael Scheuer, exjefe de la unidad Bin Laden de la CIA, advirtió recientemente que la respuesta ideada por Hillary Clinton a la primavera árabe, consistente en implantar paradigmas occidentales, por la fuerza si es necesario, en el vacío dejado por los regímenes derribados, será vista como una “guerra cultural contra el Islam” y sembrará las semillas de una nueva oleada de radicalización.
Arabia Saudí es un aliado de EEUU. Como amigos, Washington debería preguntarles si están interesados en la caída de Asad y el conflicto sectario que casi seguro le seguiría. ¿Creen que sus aliados sunníes en Irak y Líbano escaparían de las consecuencias? ¿Creen realmente que los chiíes de Irak no atarán cabos y tomarán serias precauciones?
Una de las tristes paradojas de la “voz” sectaria adoptada por los líderes del Golfo para justificar su represión de las protestas ha sido minusvalorar a los sunníes moderados, ahora atrapados entre la espada de ser vistos como un instrumento de Occidente y la pared de los salafistas sunníes que solo esperan la oportunidad para desplazarlos.
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Alastair Crooke es fundador y director de Conflicts Forum y ha sido asesor del ex Alto Representante del Consejo de Europa para la Política Exterior, Javier Solana, entre 1997 y 2003.
Traducción: Javier Villate-Disenso
The ‘great game’ in Syria, Asia Times, 22/10/2011. Debido a su extensión, he suprimido la parte inicial.
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