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martes, 23 de julio de 2013

El suicidio de Daniel Somers. Mensaje y misión final de un soldado USA

El suicidio de Daniel Somers. Mensaje y misión final de un soldado USA
El suicidio de Daniel Somers. Mensaje y misión final de un soldadoPDFImprimirE-Mail
ESCRITO POR RESUMEN LATINOAMERICANO
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Soldado yanqui Somers: un asesino arrepentido

PIA.- Lo que sigue es la versión textual, traducida al castellano por PIA, de la carta que dejó Daniel Somers, soldado yanqui veterano de la Guerra de Irak, para atestiguar las razones que lo llevaron a suicidarse el pasado 10 de junio, a la edad de 30 años. Su carta, en sí misma, por su honestidad, es elocuente de muchas realidades, y es más elocuente aún si consideramos que Somers no era un soldado cualquiera. Era un hombre muy formado en la acción y en lo intelectual. Era experimentado en el combate, en los “interrogatorios” (el eufemismo occidental de torturas), en las operaciones especiales y en el análisis geopolítico. Integrante de una unidad de inteligencia, a lo largo de una década participó en por lo menos 400 misiones de combate en distintos escenarios de Irak. Se desempeñó, entre otros encuadres, al servicio del Mando Conjunto de Operaciones Especiales, y fue analista senior para el Medio Oriente. Es de suponerse que con semejante foja, debe haber sido un hombre referenciado entre sus pares, con mando real, más allá de grados y escalafones, y que su carta también será referenciada como expresión de un destino muy plausible también para ellos. Si uno de los mejores combatientes que tenían terminó así, destruido de manera tan elocuente… ¿qué quedará para los demás?
El Imperio formó a Daniel Somers en lo que él mismo llamó “instinto asesino”. El Imperio lo hizo adicto a las drogas. El Imperio dictaminó, a través de su sistema médico corrupto (al que Somers también acusa), que padecía lo que ellos definen como “estrés post-traumático” (no es estrés post-traumático, sino estrés post-crímenes), aunque cabe sospecharse que esa es la definición política y es la etiqueta social que el Imperio le pone a “soldado que debe ser descartado”. Somers confiesa haber participado en “crímenes contra la humanidad”, “crímenes de guerra”. Define reveladoramente que fue forzado a “hacer esas cosas y luego participar en encubrirlas”, denunciando que “es mucho más de lo que cualquier gobierno tiene derecho a pedir”.
Y por supuesto, la DEA, principal cártel del narcotráfico en el mundo, también está protagónicamente presente en el testamento de Somers, donde también explora la idea del magnicidio (¿habrá pensado en Dick Cheney o en alguno de sus “amigos corporativos”?), idea que termina descartando porque la ideología del sistema, presente en Somers, termina inhibiéndolo, y porque toma conciencia -confiesa- de que ya está acabado mental y físicamente.
Además, en el testamento de su “misión final” (su propio suicidio), justifica totalmente el derecho a la rebelión, al dar la razón a la furia de aquellos a quienes él hizo daño.
Daniel Somers fue usado y descartado por el Imperio. Es lo que el Imperio hace con todo. La comprobación de esta realidad destruyó su egocentrismo de combatiente y lo dejó desnudo frente al hecho de que sólo fue un instrumento -monstruoso- del sistema que ahora lo abandona. Su honestidad cruda, brutal como él, su carta y su suicidio como medio para proyectar su mensaje, brindan un servicio útil a la humanidad: dejar en evidencia el carácter intrínsecamente genocida del Imperialismo, asesino en el origen, dejando al descubierto sus métodos perversos. Como el mismo Daniel afirma: sí, es cierto, el mundo estará mejor sin Daniel Somers. Nosotros decimos, además, que el mundo estará mejor sin el Imperio, sin ese reino del Mal que siembra dolor, desolación y muerte entre los seres humanos.
A continuación, reproducimos la carta dejada completa dejada por Daniel Somers, publicada en inglés originalmente, con permiso de su esposa y familia:
Lamento haber tenido que llegar a esto.
Pero el hecho es que, desde que puedo recordar, la motivación para levantarme cada día era que ustedes no tuvieran que enterrarme. Dado que las cosas sólo han empeorado, se hizo evidente que esto no es una razón suficiente para seguir adelante. De hecho, no estoy mejorando y no voy a mejorar. Y lo más probable es que me siga deteriorando a medida que el tiempo pase. Desde un punto de vista lógico, lo mejor es simplemente terminar con las cosas de una vez, rápidamente, afrontar las repercusiones de esta decisión, antes de esperar y ver qué puede ocurrir en el largo plazo.
Tal vez estén tristes durante un tiempo, pero lo irán olvidando y podrán seguir adelante. Esto será mucho mejor que seguir transmitiéndoles mis miserias durante años y décadas, arrastrándolos conmigo. Los amo. Por eso no puedo hacerles esto. Verán que esto es mucho mejor, que no tendrán que estar día tras día preocupándose por mí o incluso podrán olvidarme. Podrán darse cuenta que su mundo es mejor sin mí.
Durante más de una década, realmente intenté resistir. Cada día ha sido un testamento para quienes me importan, sufriendo un horror inimaginable del modo más silencioso posible, para que puedan pensar que aún estaba ahí para ustedes. En realidad, yo ya no era más que parte del decorado, ocupando un espacio para que mi ausencia no se notara. La verdad es que he estado ausente desde mucho tiempo atrás.
Mi cuerpo no es otra cosa que una jaula, una fuente de sufrimiento y de problemas permanentes. Mi enfermedad me ha causado dolores que ni la medicina más poderosa pudo mejorar. No hay cura para ello. Todos los días, cada día gritaba agonizando desde cada nervio de mi cuerpo. No es otra cosa que una tortura. Mi mente es un terreno baldío, repleto de visiones de un horror increíble, de una depresión que no cesa, y de una ansiedad paralizante, pese a todos los medicamentos que los médicos se atrevieron a darme.
Cosas simples, que para cualquiera son cuestiones comunes, se vuelven prácticamente imposibles para mí. No puedo reír ni llorar. Apenas puedo dejar la casa. No encuentro placer en ninguna actividad. Todo se resume simplemente en dejar pasar el tiempo hasta que pueda dormir nuevamente. El sueño eterno parece ser la cosa más misericordiosa.
No deben culparse. Esta es la simple verdad: durante mi primer envío al frente de batalla, debí participar en ciertas cosas, la mayoría de las cuales son muy difíciles de describir. Crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad. Pese a que no participé de forma voluntaria, y pese a haber hecho mi mejor esfuerzo para detener tales sucesos, hay algunas cosas de las que sencillamente una persona no puede volver. Encontré cierto orgullo en esto, dado que continuar una vida normalmente habiendo sido parte de algo semejante sería volverse un sociópata. Esas cosas van mucho más lejos de lo que la mayoría puede pensar.
Forzarme a hacer esas cosas y luego haber participado en su encubrimiento es mucho más de lo que cualquier gobierno tiene derecho a pedir. Luego, ese mismo gobierno me dio la espalda y me abandonó. No me ofrecieron ayuda alguna, y activamente, a través de sus corruptos agentes de la DEA, impidieron que busque cualquier tipo de ayuda externa. Toda la culpa es de ellos.
Más allá de todo, una serie de enfermedades físicas me golpearon una y otra vez. Para eso tampoco me ofrecieron ayuda. Actualmente podría haber tenido alguna mejora si luego de veinte años no hubiesen negando esa enfermedad a la que yo y tantos otros fuimos expuestos. Para complicar aún más las cosas, no invirtieron el menor esfuerzo en tratar de comprender las repetidas y severas lesiones cerebrales que sufrí. Cada una de las cuales requería una atención médica inmediata, la cual nunca me fue dada.
Últimamente la DEA entró en escena nuevamente, creando una cultura del miedo en la comunidad médica, al extremo que muchos doctores no se animan siquiera a tomar las medidas necesarias para controlar los síntomas. Todo bajo la apariencia de la mentira de la “epidemia de sobre prescripción médica”, la cual contradice toda investigación seria, las que demuestran todo lo contrario. Tal vez, con la medicación adecuada, con las dosis apropiadas, podría haber vivido algunos años de forma decente. Pero incluso eso es demasiado pedir para un régimen construido sobre la idea de que el sufrimiento es noble y el alivio es para los débiles.
De todos modos, cuando los desafíos que enfrentan a una persona son tan grandes que cualquiera se daría por vencido (salvo los más débiles), estos factores extra son suficientes para llevarlo al límite.
¿Es de extrañar entonces que las últimas estadísticas indiquen que 22 veteranos se suicidan por día? Cada día se suicidan más veteranos que la cantidad de niños asesinados en Sandy Hook [masacre del 14 de diciembre de 2012, ocurrida en la escuela primaria de esa localidad, en Connecticut, EE.UU., donde Adam Lanza asesinó a 20 niños y 8 adultos] ¿Dónde están las grandes iniciativas políticas? ¿Por qué el presidente no dijo nada a esas familias en su discurso del Estado de la Unión? Quizás porque somos asesinados por un sistema deshumanizado, de abandono e indiferencia, y no por un lunático.
Esto nos deja a todos entregados al dolor permanente, a la miseria, la pobreza y deshonor. Les aseguro que cuando esos números finalmente bajen, sencillamente será porque todos los que fueron empujados a esa situación ya estén muertos.
¿Por qué? ¿Por la locura religiosa de Bush? ¿Por la fortuna creciente de Cheney y sus amigos corporativos? ¿Para eso es que destruimos tantas vidas?
Desde entonces, intenté llenar el vacío de todas formas. Intente llegar a una posición de mayor poder e influencia para corregir algunos errores. Nuevamente fui al campo de batalla, esta vez con la meta de salvar vidas. Pero el hecho es que salvar vidas no va a reemplazar a aquellas que fueron asesinadas. Es un ejercicio inútil.
Luego, intenté reemplazar la destrucción con creación. Por un tiempo fue una distracción. Pero no podía durar. El hecho de llevar una vida ordinaria es un insulto para aquellos que murieron en mis manos. ¿Cómo podría ir por ahí como cualquiera mientras las viudas y los huérfanos que yo mismo creé continúan luchando? Si ellos pudieran verme sentado aquí en un suburbio, en mi confortable hogar trabajando en algún proyecto musical, estarían enfurecidos, y con absoluta razón.
Pensé que tal vez podía lograr algún avance con un proyecto fílmico, quizás buscando atraer a aquellos a quienes yo había hecho algún mal, y revelar así una verdad más grande. Pero eso también me fue despojado. Temo que, como todas las cosas que requieren la colaboración de personas que no pueden comprender por no haber estado allí, se caerá a pedazos.
La última cosa que se me ocurrió es una especie de misión final. Me di cuenta de que soy capaz de encontrar algo de salvación en cosas que implican la vida o la muerte. Pensé que sería una buena idea buscar hacer algún bien en base a mis habilidades, mis experiencias y mi instinto asesino. Pero me di cuenta de que no era algo realista. Primero, por el financiamiento y el equipamiento que requiere una operación propia. Luego está la certeza de una muerte espantosa casi segura, las repercusiones internacionales y quedar para siempre retratado por los medios como un terrorista. Lo que realmente me detuvo es que simplemente estoy tan enfermo que no puedo tener efectividad en el terreno, nunca más. Eso también, me lo han quitado.
Por lo tanto, me quedé básicamente con nada. Demasiado atrapado en una guerra para estar en paz. Demasiado dañado para estar en guerra. Abandonado por aquellos que tomaron el camino fácil y una carga para aquellos que debieron soportarlo, que por lo tanto merecen algo mejor. Como ven, no solamente estaré mejor muerto. El mundo estará mejor sin mí.
Esto es lo que me llevó hasta esta misión final. No es un suicidio. Es una muerte misericordiosa. Sé cómo asesinar, y sé cómo hacerlo sin dolor. Fue rápido y no sufrí. Pero por sobre todas las cosas, ahora soy libre. No siento más dolor. No tengo más pesadillas, ni recuerdos ni alucinaciones. Ya no estoy deprimido, asustado o preocupado.
Soy libre.
Por eso les pido que sean felices por mí. Tal vez es el mejor descanso que pueda haber deseado. Por favor acéptenlo y estén contentos por mí.

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