Desde que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) gobernaba la capital mexicana en el año 2000, se parecía mucho a “El hombre mediocre” que José Ingenieros describió en 1913. Pero no, es peor. El escritor argentino también habló de las personas idealistas como una clase superior al mediocre; y de una clase inferior: el Tartufo (ver p. 72-82), el cual representa mucho mejor a AMLO. Ya lo advertía el hoy senador Diego Fernández de Ceballos, mas no podíamos creerle. Y formó un partido de mediocres y de tartufos. Muchos de ellos son mujeres, indignas de representar a la mujer, como Claudia Sheinbaum, Layda Sansores, Rocío Nahle, Ernestina Godoy, Luisa María Alcalde, Lenia Batres, Yasmín Esquivel, Guadalupe Taddei, Abelina López y muchas más… ¡Es tiempo de tartufas! Desde luego, Sheinbaum destaca; en este sistema llega más alto el más corrupto… Pero nadie como AMLO. Ahora los tartufos, tienen al país sumido en un infierno. No buscan un México mejor, sino quitar los privilegios para tomarlos ellos, ¡en nombre de la democracia! En eso resultó la “progresista” paridad de género que sólo pelea por puestos directivos y por el acceso a la corrupción; ninguna quiere ser cargadora o velador. Sheinbaum, en su defensa de Cuba y Venezuela, quedó atascada en una ideología de izquierda ya caduca, que no floreció. Y con ello hunde a México. Es ese socialismo ─o capitalismo de Estado─ donde sólo “progresan” los gobernantes y los más acaudalados. Decepcionante realidad. Ya hemos visto la necesidad de superar esta dicotomía de izquierda y derecha, de capitalista y socialista, liberales y conservadores. ¿Cómo nos integramos todos? Sin la herencia conservadora, los liberales no avanzan. Son los conservadores quienes equilibran y atesoran el conocimiento histórico para las nuevas generaciones. Son la plataforma desde donde el progreso se apoya, atina José Ingenieros. Todos somos necesarios
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