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viernes, 19 de junio de 2026

El juego es lo de menos; van al Ángel a “echar desmadre”

 No fue necesario que la selección mexicana doblegara a Corea del Sur –como ocurrió a la postre, por un gol a cero–, ni siquiera que el juego diera inicio en el Estadio Akron, para que el Ángel de la Independencia y puntos aledaños, como la Zona Rosa, comenzaran a desbordarse por una marejada humana hambrienta de fiesta. Desde al menos tres horas antes de que el balón rodara ayer en la capital jalisciense, una corriente imparable de aficionados fluyó hacia el Paseo de la Reforma, convirtiendo lo que en un principio era un puñado de decenas de personas en cientos, y al paso de los minutos, en un oceáno de varios miles que, sin esperar el resultado deportivo, ya se había adueñado de la glorieta y sus alrededores. Ni siquiera la llovizna que comenzó a caer sobre lel lugar, ni la amenaza de un aguacero mayor que se cernía sobre el cielo capitalino –finalmente se desató durante gran parte del segundo tiempo–, lograron amedrentar a esa multitud ansiosa de fiesta y emociones. Paseo de la Reforma presentaba un aspecto de día de asueto nacional. Los primeros contingentes, compuestos por familias, grupos de amigos y oficinistas, se apostaron sobre los carriles centrales, que fueron cerrados al tránsito vehícular en sus dos sentidos desde las 4 de la tarde. Era una avalancha de varios miles que, expectantes y festivos, aguardaban un resultado favorable para el equipo tricolor, pero más que nada anhelaban dar rienda suelta a una celebración que se presagiaba épica, reminiscente de la ocurrida una semana antes, luego de la victoria sobre Sudáfrica. Christian, un joven veintiteañero que se trasladó desde la alcaldía Álvaro Obregón junto con seis compañeros de la universidad, fue uno de esos tantos que llegaron con mucha anticipación para ver el juego en alguno de los bares o antros de la Zona Rosa. Su plan era, una vez sonado el silbatazo final y con el triunfo en la bolsa, encaminarse a El Ángel, para “seguirla hasta morir”. Si algo sobraba en este punto de la urbe eran la confianza en la selección nacional, los gritos de “México, México” y las porras. También vendedores ambulantes de playeras, chunches, comida, golosinas y cervezas, que eran vendidas de forma no tan clandestina. Los pronósticos aquí marcaban una victoria de dos o tres goles sobre los Tigres de Oriente. “Corea va probar el chile nacional” se escucharon de forma insistente los cánticos Lo que siguió fue un crecimiento exponencial de la masa humana. Las cumbias, el reguetón, las rancheras y el Cielito lindo cantados por la multitud se mezclaban con el sonido ensordecedor de las bocinas tipo estadio y los cláxon de los automovilistas que sonaban en apoyo la escuadra nacional. La marea de aficionados no dejaba de crecer. Todos compartían un mismo objetivo: ser parte del ritual y la celebración. Mariana, con las mejillas pintadas de verde, blanco y rojo, confesó entre el gentío por qué prefirió el Ángel a la pantalla, al televisor. “No vine por el juego; vine por esto, por convivir y echar desmadre”. La aglomeración de gente dificultó el paso por las calles de la Zona Rosa, en particular sobre Génova y Londres, donde los negocios de comida y bebida operaron al tope de su capacidad. Sin embargo, el epicentro de la efervescencia fue el escenario instalado al pie de la glorieta del Ángel. Allí, un equipo de sonido transmitía a todo volumen la narración radiofónica del encuentro, entre el bullicio de esa multitud embebida de orgullo patrio. El partido aún no se definía, pero la fiesta, esa que no necesita de El juego es lo de menos; van al Ángel a “echar desmadre” HERMANN BELLINGHAUSEN La alegría es lo que cuenta. Antes, durante y luego. Ganamos pues. Poco de qué enorgullecerse, pero con eso basta. Y el resultado permitió el baile con soltura al son de la diyei en el tiempo complementario del festejo. Un gol es más que ninguno. Y vaya que lo es. Antes del cotejo, la tarde se dirigía al Zócalo con la gente en plan de fiesta. Hay relajos un tanto incomprensibles, como el del mexicano que grita en la esquina de Motolinía y 5 de Mayo, con cara de madréame por favor: “¡Co-rea, Co-rea! ¡Viva Corea!” La multitud fluye en diversas direcciones, como un hormiguero atareado, pero toda ella tira al Zócalo, donde un animador inspira innecesaria competencia con Guadalajara porque “aquí somos más” y se autoalburea: “la vamos a ver ganar”, cuando la escuadra nacional pisa el campo. En alegre desorden, más de la mitad de la gente porta la verde, y si no, sus variantes beige y blanca, en conmovedora uniformidad vestuaria. Por cierto, en materia de colombianos, los partidos del Mundial en el Centro son como el líquido que usaban los fotógrafos para revelar sus imágenes. Se le reconoce por la camiseta propia, amarillísima, y uno ve que suman cantidades, y los supone residentes, no turistas. La fiesta les gusta, aunque hoy Colombia no juega. En las esquinas circundantes hay pantallas para disuadir a la gente a seguir a la Plaza de la Constitución, totalmente colmada. Y ante la valla policiaca, la gente se resigna. De momento, donde esté hoy un mexicano hay promesa de fiesta. Que se cumple. Uno-cero es suficiente. Durante el primer tiempo, una serie de meleés y empujones tibios, un casi gol de Corea en el minuto 15 que Edson Álvarez salva de tijera, permite a la gente palpitar aliviada, no obstante que era fuera de lugar. Al minuto 19 Quiñones casi, casi. Las carreras largas delatan pereza en ambas escuadras, imprecisas por igual. La primera mitad del partido sólo emociona a los más emocionales. Al medio tiempo la lluvia ahuyenta a las familias con niños. El segundo lapso legitima las emociones patrióticas. Para la fi esta, un gol es más que sufi ciente El Tricolor se impuso por la mínima , pero eso bastó para liberar el hambre de fi esta de los mexicanos El gol al minuto 50 despierta algo más que el entusiasmo en automático que había, y el ánimo se anima aunque el juego no mejore. Al menos no empeora. El grito de gol apabulla el aire y se oye el primer Cielito lindo de la noche. Matracas. “Corea va a probar el chile nacional”. Y llega el paradón de Rangel en el 87. “¡Portero, portero, portero!” Eso y poco más. La diáspora deja ver a uno de los BTS tamaño natural y permite que las chicas que lo trajeron al partido le pongan la verde, felices, y le besen la boca de cartón, felices de conquistarlo. Un partido estándar de liga, aburridón. Más errático el equipo coreano, por fortuna. México gana por la mínima diferencia. Literalmente. O sea, fue muy poca la diferencia. Pero así es el futbol y el “vámonos al Ángel” acompaña los últimos minutos de compensación del cotejo. El inaudible silbatazo final en el estadio de Zapopan desata matracas, ¡Méxicos! y cornetazos. La alegría que traíamos preparada se deja explotar al fin porque ni modo que no, pero si así va a jugar la nuestra, ¡ay wey! Y “vámonos al Ángel”. pretexto ni del buen tiempo para existir, ya era imparable. Más tardó en darse el silbatazo final en Guadalajara, que en estallar un grito unánime en los bares de la zona: “¡Vámonos al Ángel”. Y hacia allá se enfilaron múltiples hordas de aficionados jubilosos para sumarse a los miles mas que allí estaban desde antes y, juntos, disfrutar de un mariachi con El rey de José Alfredo Jiménez, y el Cielito lindo. El festejo apenas empezaba y la noche era larga Al final, el futbol es de quien lo celebra.

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