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jueves, 30 de julio de 2026

México. La resistencia mayo-yoreme a una planta de amoniaco en Topolobampo, Sinaloa. ¡Aquí no!, dicen, y cierran la planta hasta que se cancele su construcción

 

México. La resistencia mayo-yoreme a una planta de amoniaco en Topolobampo, Sinaloa. ¡Aquí no!, dicen, y cierran la planta hasta que se cancele su construcción

Somoselmedio.com, Resumen Latinoamericano, 29 de julio de 2026

Un enorme enrejado de malla ciclónica con una serpentina de alambre de púas rodea la casa de Melina Maldonado, pescadora yoreme, activista amenazada por la defensa de la Bahía de Ohuira, donde desde hace más de una década se construye la planta de amoniaco de la empresa Gas y Petroquímica de Occidente (GPO), parte de conglomerado suizo-alemán Proman. Melina baja de la lancha en Lázaro Cárdenas, su comunidad natal, y se encamina a la casa que antes habitaba. De entrada, riega las plantas de su pequeño jardín mientras se escucha el ruido de las conchas de caracol de un arreglo realizado por ella, pues también es artesana. Dentro de la pequeña casa cuelgan las fotos de graduación de sus hijas. Todas, dice, estudiaron gracias a la pesca que para el pueblo yoreme “es parte de su corazón y no sólo una actividad productiva”.

Melina carga también un botón de pánico otorgado por el Mecanismo de Defensores, igual que Felipe de Jesús Montalvo, gobernador tradicional quien, junto con Claudia Susana Quintero, es desde hace una década una de las voces indígenas más visibles en contra de esta planta de amoniaco de financiamiento alemán. De mil 800 millones de dólares es la inversión alemana para, afirma Melina, “destruir nuestra naturaleza y cultura”. La triada de voceros explican al mundo los perjuicios sociales, medioambientales, comunitarios y culturales que, aseguran, traerá la empresa. “Piensa el gobierno que somos tres, pero hay un montón de personas que están dispuestas a combatir en su momento para la defensa de nuestro territorio. El gobierno que no se equivoque, aquí estamos listos para continuar esta lucha”, advierte Felipe, entrevistado en mapawe, un estero sagrado para los yoreme.

La bahía de Ohuira, en el Golfo de California (conocido con el colonizador nombre de Mar de Cortés), es parte del sistema lagunar de Topolobampo, donde se encuentra el puerto que es el nodo principal de conexión marítima con Baja California Sur. En un recorrido en lancha por la bahía se aprecia una gran diversidad de aves migratorias. Aquí la principal producción es el camarón café. Hay jaiba azul y café, ostras de diferentes especies, peces como el roncacho, robalo y pargo. No falta una tortuga que se asoma, pues es su zona de alimentación, entre ellas la de carey, que está en peligro crítico de extinción, y la golfina y la negra. También en la época invernal se avistan las ballenas. Vuela el ostrero pico naranja, y entre las rocas se asoma la iguana negra.

Los delfines saltan a la menor provocación y uno en particular es símbolo de la bahía. Lo nombran “Pechocho”, es un delfín nariz de botella y cuentan que llegó ahí junto con su mamá hace más de 30 años. Su progenitora falleció con el paso del huracán “Ismael” y él decidió permanecer en los manglares de la ensenada “El Bichi”. No es un delfín domesticado, pero gusta de ser acariciado por quienes llegan a visitarlo. Su existencia se ha convertido en un símbolo de la defensa de la bahía, principalmente por niños y niñas que organizan campañas de dibujos o papalotes contra la planta de amoniaco para salvar al “Pechocho”.

GPO, empresa transnacional suiza, con capital del Banco de Desarrollo alemán, se defiende de sus oponentes, argumenta que producirá hasta 800 mil toneladas anuales de amoniaco con una inversión histórica de mil 800 millones de dólares, la cual, asegura, generará una importante derrama económica en beneficio de proveedores, comercios, transportistas y servicios de hospedaje en Los Mochis y Topolobampo. Argumenta también que la planta “contribuirá a fortalecer la cadena agrícola y la seguridad alimentaria del país, conviviendo de manera armónica con el turismo y el consumo local”.

Reactor, proyectil, misil o supositorio

Una enorme mole de acero con forma de proyectil de más de 30 metros de largo, 10 metros de diámetro y un peso aproximado de 300 toneladas, salió de la Administración del Sistema Portuario Nacional de Topolobampo el 29 de mayo de 2026, con destino a las instalaciones de GPO. Para que pudiera pasar se cortó la luz eléctrica en Topolobampo, pues la estructura pegaba con los cables. La alarma empezó a correrse primero entre los yoreme y, rápidamente, a través de las redes sociales de Los Mochis y otras ciudades de Sinaloa. “Hay que pararla”, era uno de los mensajes que circulaban. Y la pararon, justo a unos metros de la entrada a la planta de amoniaco, donde aún permanece, mientras otra estructura igual se encuentra varada en el puerto. La empresa explicó que es una torre industrial para la captura de dióxido de carbono, mientras la yoreme Melina Maldonado explica que GPO jamás imaginó que “ese monstruo” sería el detonador que durante más de diez años esperaron para alertar y movilizar al resto de la región sobre las amenazas que representa la planta, no sólo para las comunidades indígenas que viven y pertenecen al mar, sino para toda la región, el país y el planeta.

Luego de detener el paso de la torre de acero, organizaron una megamarcha de Los Mochis a Topolobampo, al final de la cual decidieron clausurar simbólicamente la planta e instalaron un plantón en uno de los accesos, frente a una gasolinera, para impedir el paso de la maquinaria. Después, el 12 de junio, llegó la titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), Alicia Bárcena Ibarra, quien se comprometió a mantener el diálogo con las comunidades indígenas y activistas inconformes. “Nada en concreto”, afirmó la autoridad tradicional yoreme, pues el movimiento no está buscando mitigar los daños, sino la cancelación definitiva de la obra.

Tres días más tarde de la reunión con la Semarnat, la madrugada del 15 de junio, ¡Aquí no! decidió trasladar su protesta justo frente a las instalaciones de GPO, y montar ahí el plantón indefinido y pacífico para impedir que continúe la construcción de la planta, mientras esperan una respuesta favorable de las autoridades

Cuando empezaron a rellenar los humedales

Claudia Susana Quintero Sandoval es una mujer mayo-yoreme de la comunidad de Ohuira. Es una de las voces de ¡Aquí no!, movimiento parteaguas de su vida individual y colectiva. En 2017, cuenta, “las comunidades vimos que habían talado mangles, desecaron y habían impactado en una zona de piedra donde anidaban aves. Nos enteramos porque un gobernador tradicional del centro ceremonial de San Ignacio Loyola, en Lázaro Cárdenas, metió un amparo por falta de consulta indígena. Esta autoridad tradicional había tenido a su pueblo muy subyugado y entonces dijimos ‘hasta que hizo algo bueno’, porque le habían otorgado la suspensión definitiva. Ahí supimos de qué se trataba el proyecto, que era una planta de amoniaco, y empezamos a investigar”.

Llegaron después antropólogos de la organización Bosque a Salvo y académicos junto con Ulises Pinzón, uno de los fundadores del movimiento ¡Aquí no! “Ahí nos enteramos qué era el colectivo ¡Aquí No!, que juntaba a pescadores, académicos, cooperativistas, la federación pesquera, turisteros, restauranteros y ONGs locales. Entonces las comunidades originarias arropamos el movimiento”, narra Susana.

Las comunidades yoreme empezaron a conocer los impactos del proyecto, a informarse sobre qué es una Manifestación de Impacto Ambiental, qué era el Convenio 169 de la OIT y demás herramientas internacionales que los amparaban. En ese momento, dice Susana, “le tomamos importancia, pues vimos que nos estaban arrebatando nuestro territorio”.

Susana, Melina, Felipe y muchos y muchas yoreme más “vimos el monstruo que es la planta que producirá 2 mil 200 toneladas métricas diarias, con 75 mil toneladas de almacenamiento”. Entonces, continúa, “empezamos a conocer tecnicismos, lo que era una consulta previa, libre e informada, qué derechos teníamos. La principal arma fue conocer y dar a conocer a la comunidad el Convenio 169, que dice que tenemos el derecho a ser consultados”, y ahí empezó la incorporación del pueblo yoreme al movimiento ¡Aquí no!, que se había formado desde el 2014. “Ellos ya habían metido diferentes recursos legales pero habían sido desistidos, hasta que se dieron cuenta de que había comunidades originarias. Las comunidades estábamos en un letargo. Sabíamos que nos estaban destruyendo la bahía, volteábamos y mirábamos que no había mangle, ya no había dónde anidaran las aves, pero no sabíamos por qué ni para qué”. En realidad, añade Quintero Sandoval, no conocían el proyecto ni sus implicaciones, “y cuando lo conocimos nos unificamos, nos empoderamos con conocimiento y con mucho amor”.

La mujer indígena resume lo que llama el monstruo de mil cabezas: “Es una planta para producir 2 mil 200 toneladas diarias de amoniaco en Topolobampo. El proyecto pretende también almacenar 75 mil toneladas en tres tanques de 25 mil toneladas cada uno, y succionarle a nuestra bahía más de 2 mil metros cúbicos de agua por minuto. Pretenden desalinizar sus aguas y que pasen por sus turbinas, calentarlas y echarlas más saladas al mar y con más químicos, más calientes, a una bahía de la que dependemos tres comunidades. A una bahía que es nuestro lugar sagrado. No entienden que aquí en cada mangle, en cada sonido de los pájaros, se escuchan nuestros ancestros, están los espíritus. Nos pretenden arrebatar la vida”.

La entrevista con Susana y con Felipe, la autoridad tradicional, se realiza en un lugar sagrado para los mayo-yoreme en el que había una enramada que fue destruida por personas ajenas. La enramada (paxko jöta) es un centro ceremonial sagrado construido con bejuco y ramas, un espacio de interconexión espiritual, un microcosmos en el que se reza, se ejecutan las danzas tradicionales y se reúnen las autoridades originarias.

Son múltiples, desarrolla Susana Quintero, los atropellos de GPO a lo largo de 13 años: Dividió a la comunidad, fragmentó el tejido social comunitario, “atacó por dentro, como el salitre que entra a las casas, que no lo ves y que va permeando, y al final deshace las bases de tu hogar”, de tal manera que, explica, “ya no es la empresa la que va y golpea a mi hijo, la que me golpea o la que me insulta o la que violenta una asamblea. Ya es la propia comunidad, es tu propio tejido social que se fragmentó y que se pudrió por el salitre que entró sin darte cuenta”.

De manera paralela, continúa, llegó la violencia “generada por gobierno y sus medios de comunicación, la sociedad que te dice que eres un indio que no quieres progresar, que lo que no queremos es trabajar, que si por nosotros fuera anduviéramos en taparrabos. ¿Pero quién dice que eso no es bienestar también? ¿Por qué me tengo que adaptar a la sociedad y la sociedad no se adapta a mi modo de vida?”

Es un atentado, asegura la experta Diana Escobedo

De espaldas al Mirador local, con una vista panorámica a la Bahía de Ohuira que conecta con la bahía de Topolobampo, Diana Escobedo Urías, doctora en Ciencias Marinas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con más de 30 años investigando este sistema lagunar costero, describe con precisión los riesgos que trae la planta de amoniaco a la zona: “Es un atentado y un riesgo de pérdida de productividad de la actividad pesquera, además de los riesgos ambientales, culturales y de riesgos para la población. Cada tonelada de amoniaco produciría 1.4 o 1.5 toneladas de CO2 lanzadas a la atmósfera, en tiempos en los que el cambio climático está causando serios problemas a la humanidad”.

De acuerdo a las leyes mexicanas, advierte la experta, la empresa tuvo que presentar una Manifestación de Impacto Ambiental (MIA), “las cuales normalmente hablan de lo bueno de la empresa y minimizan los impactos, porque están hechas por consultorías pagadas por las mismas empresas. Pero también tuvieron que presentar un estudio de riesgos ambientales que simula los diferentes escenarios posibles de riesgo en condiciones normales de funcionamiento, y éste arrojó que había 33 escenarios de riesgo, de los cuales ocho tenían la categoría de inaceptables.

Inaceptables, explica Escobedo, según la metodología que usaron significa que los escenarios pudieran presentarse una o más veces en el desarrollo, tanto de la instalación como de su funcionamiento, que pudieran causar daños a las personas con lesiones o muerte, y una gravedad más es la del siniestro. Uno de los ocho escenarios que, advierte la experta del Politécnico, es el más catastrófico, no se refiere ni siquiera a los tanques de almacenamiento, sino al ducto de amoniaco que lleva al muelle de Pemex. Una ruptura que provoque una fuga de cinco minutos causaría una nube tóxica de muerte inmediata de humanos en cuatro kilómetros, de lesiones muy graves en 14.5 kilómetros, y de una afectación radial de hasta 45 kilómetros.

Es resumen, señala, “se trata de una empresa y una actividad que no debería de estar en una zona en la que a menos de dos kilómetros está la población, y donde hay otros desarrollos a los que acude la gente. En el caso de una fuga de amoniaco hay un efecto catastrófico también en el sistema lagunar. El amoniaco es un corrosivo que asfixia inmediatamente a los organismos, produce quemaduras, no se podría escapar”.

Escobedo Urías advierte que este es el canal de acceso del agua que entra a la Comisión Federal de Electricidad, “porque ellos también succionan agua”, y es ahí donde la empresa pretende extraer 2 mil metros cúbicos de agua por hora.

La investigadora y su equipo hacen estudios en la bahía desde 1987. En el más reciente trabajaron con larvas de camarón, ostión, almeja y pez, pues aquí está la máxima concentración de larvas de toda la laguna. “La extracción del agua que pretende GPO, solamente para el camarón café, podría causar un desplome de la pesquería de hasta 500 o 600 toneladas al año, cuando la producción total es de 900”, advierte.

De frente a la bahía, la también especialista en el análisis de la salud ambiental del sitio señala la costa donde hay humedal, una comunidad de mangle relativamente bajo porque no está recibiendo entradas de agua dulce. Lo que se ve, señala, son algunos ejemplares de rhizophora o mangle rojo y también mangle blanco.

Después de la zona de inundación, donde no hay manglar, se yergue la planta de amoniaco GPO en construcción. La también experta en estrategias para la conservación del patrimonio natural e inmaterial de la región mayo-yoreme explica que “la planta está en una zona que era de inundación, donde con la marea alta o las lluvias había larvas de crustáceos o moluscos, y en tiempo de lluvias, cuando la marea no crecía tanto, de insectos. Es la zona donde comían las aves que normalmente descansan o anidan en la pequeña isla conocida como Isla Patos, que es un lugar en la que la vegetación, sobre todo de cactáceas, ha proliferado, y las aves ponen ahí sus nidos. Hay aves tan interesantes como el bobo patas azules, que es una especie muy rara, y hay otras especies que están en peligro crítico de extinción. Esta zona representa un porcentaje alto de la población internacional y por lo tanto es sumamente importante que se proteja”.

Durante el invierno, indica la experta, Ohuira recibe más de 36 mil aves migratorias, tan sólo de patos y gansos. Un estudio reciente señala que la bahía de Ohuira, por sí sola, es de las más importantes en Sinaloa que alberga esas aves. A quienes han despreciado la abundancia e importancia de la bahía, la experta responde: “Los que trabajamos en la zona y los ornitólogos hemos documentado la cantidad de organismos presentes, tanto que en esta zona convergen dos sitios denominados Áreas de Importancia para la Conservación de las Aves (Aicas). La laguna en sí está fuera del polígono del Aicas, pero casi se tocan, obviamente las aves no saben de fronteras imaginarias, están en toda la región y se alimentan aquí”.

La doctora del Politécnico señala el litoral que se vislumbra más adelante. Es, dice, lo último que queda de manglar en esta zona. El manglar ha ido disminuyendo en cobertura y en tamaño por todos las modificaciones y los rellenos que cambian el régimen hidrológico. “Se da un fenómeno que llamamos «secuestro de agua», porque al hacer más profunda la zona, el agua que normalmente entraba y que subía más a la zona terrestre encuentra un canal más profundo y ya no llega”.

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