Los jóvenes mexicanos abrazan el suicidio
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11 de enero de 2013
- Los jóvenes mexicanos abrazan el suicidio
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Has tenido una vida. Ha habido momentos en que tenías una vida. Cierto, ya no te acuerdas muy bien; pero hay fotografías que lo atestiguan. Probablemente era en la época de tu adolescencia, o poco después. ¡Qué ganas de vivir tenías entonces! La existencia te parecía llena de posibilidades inéditas. Podías convertirte en cantante de variedades; o irte a Venezuela.
Michel Houellebecq.
Uno de los discursos más gastados apunta al lugar común:
“invirtamos en nuestro futuro, los jóvenes”. Si hacemos un corte de caja hasta
este momento, podemos decir que el saldo final advierte que México apostó a
perder. Las nuevas generaciones fueron alimentadas con veneno, bombardeadas con
frustrados sueños artificiales y explotadas por la cruel cultura de la ganancia
sin escrúpulos.
La investigadora Emilia Lucio, de la Facultad de
Sociología de la Universidad Nacional Autónoma de México, dio la bienvenida a
2013 con una cifra que paraliza: el suicidio juvenil es una de las tres causas
de muerte en menores de edad, precedida por los accidentes automovilísticos y el
cáncer.
Una de las características naturales de la condición
humana es la tristeza y la frustración; así como alcanzamos estados de plenitud
o dicha, también experimentamos dolor y depresión. No es extraño que algunos
pensemos en algún momento en el suicidio, pero es sólo eso, un mal momento, una
temporada de crisis, una idea que se consume. Quien decide ponerle punto final a
la experiencia de vida es porque llegó a un estado de desesperanza extremo y
permanente.
De acuerdo con los más recientes estudios del Instituto
Nacional de Psiquiatría, los suicidios entre niños se incrementaron 150 por
ciento y en jóvenes un 74 por ciento. ¿Qué hace que una generación entera
acelere sus estados de hartazgo? Basta leer los indicadores sociales para
encontrar pistas contundentes.
En México seis de cada diez jóvenes no estudian ni
preparatoria ni universidad, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística
y Geografía (INEGI). En los tiempos de la brutal competencia para entrar al
mercado laboral, carecer de estudios profesionales es casi garantía absoluta de
ser excluido del mundo profesional y, por ende, de concretar los más elementales
anhelos de la vida adulta.
El porcentaje restante de los jóvenes mexicanos no
estudia ni trabaja o, si tiene alguna remuneración, está sumido en la infame
explotación del subempleo. En la última década el desempleo en este sector de la
población pasó de 5.3 a 10.3 por ciento. Y siete millones de jóvenes no realizan
actividades académicas o laborales.
De acuerdo con el INEGI, sólo el 30 por ciento de los
egresados encuentra empleo en el primer año y de ese porcentaje, únicamente una
tercera parte se desenvuelve en actividades relacionadas con las carreras que
estudió.
Pocos concluyen la preparatoria (51.2 por ciento) y
muchos menos continúan sus estudios a los 20 años de edad (22 por ciento).
Además, hay una ola de jóvenes excluidos del sistema educativo del país debido a
la escasa oferta de universidades públicas. Año con año, miles tocan una y otra
vez la puerta de alguna institución, sufriendo la terrible experiencia del
rechazo. En el periodo de admisión 2012, la UNAM no aceptó al 90 por ciento de
los aspirantes, el equivalente a 60 mil personas.
En ese lapso, estos jóvenes, en su amplia mayoría
miembros de familias que viven al día y cubriendo las mínimas necesidades
básicas, se ven orillados a ser presas de la explotación del sistema de consumo.
El 66 por ciento de menores de entre 12 y 24 años padecen el subempleo, de
acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo. Están disfrazados con
gorritos ridículos en franquicias norteamericanas que les retribuyen horas y
horas de explotación con ínfimos pagos. Carecen de prestaciones y conviven con
sueños que comienzan a frustrarse por la realidad.
Las universidades privadas de calidad están ceñidas a la
elite. A veces ofrecen pequeñas concesiones y becas para incluir a la clase
media. Algunos pocos logran entrar en instituciones de pésimo prestigio,
negocios ruines que lucran con la esperanza de los estudiantes. En los últimos
seis años, la Secretaría de Educación Pública (SEP) sancionó a cuatro de cada
diez programas de licenciatura de universidades privadas por no cumplir con los
requisitos de calidad (El Universal, 9 de enero de 2013).
“No nos culpen por querer ser ricos y famosos, éramos
extremadamente pobres”, con estas palabras el vocalista de la banda The Who,
pilar del rock británico, explica en el documental Amazing Journey la
travesía que vivió para cumplir sus sueños juveniles en medio de una nación
azotada por la posguerra. La cultura de consumo y los medios masivos han hecho
de este, el sueño americano, el símbolo de la realización humana. Los contenidos
para jóvenes apuntan a ese trayecto: conseguir una mujer físicamente perfecta o
un hombre con músculos torneados, automóviles deportivos, casas en la playa,
alcanzar la fama, gozar de vacaciones frente al mar, ropa de diseñador
actualizada a la temporada en turno, el teléfono más moderno… Esta imagen
frustrante llega a todos los hogares, a todos los jóvenes mexicanos.
Aplastados por una realidad ajena a los espejismos de la
mercadotecnia, sin estudios, trabajo digno ni esperanzas, muchos de estos
jóvenes son quienes finalmente se incorporan a los indicadores de adicción, a
las filas del narcotráfico y a las estadísticas de suicidio anual.
Cuatro de cada cien jóvenes mexicanos son alcohólicos y
el 1.5 por ciento son drogadictos, según la Encuesta Nacional de Adicciones
2011; peor aún, cerca de un millón son vulnerables a caer en manos del crimen
organizado (El Universal, noviembre de 2010).
En el saldo de la narco-economía, la población más
afectada también es la juvenil. Un total de mil 746 estudiantes fueron
reportados como desaparecidos en el sexenio anterior (Proceso, 1887). Y
la tasa de homicidios por cada cien mil personas afectó a 7.71 jóvenes de entre
20 y 24 años de edad; 6.6, de 25 a 29 y 5.6 de 15 a 19.
Si es verdad que el futuro de cada nación radica en sus
jóvenes, los años venideros serán para México mucho más crueles que los ya
vividos. La realidad actual es apenas un asomo de lo que viene.
No podemos esperar un futuro alentador para una
generación que fue excluida, pisoteada, explotada y ridiculizada. A la que se le
vendieron sueños artificiales que tal vez nunca podrá concretar.
Se acepta como una verdad que, mientras esté en sus
manos, el ser humano sólo tiene una opción: vivir o morir. En su ensayo El
mito de Sísifo, el Nobel de Literatura francés Albert Camus lo plantea
mejor: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”. Está
claro que, con impactante velocidad, cada vez más jóvenes mexicanos eligen
ponerle fin a todo. Y esto es un reflejo del fracaso de México como nación.
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