Sura Al-Másad
Al-Másad (Las Fibras Retorcidas) 111. Traducción y tafsir de Abderrahmán Muhámmad Maanán
15/06/2000 - Autor: Tafsir de Muhámmad Asad y Abdurrahmán Muhámmad Maanan - Fuente: Verde Islam 14
Tafsir de Muhámmad Asad
Esta sura, muy temprana —la quinta en el orden de revelación—, toma su
nombre de su última palabra. Se refiere a la enconada enemistad que
mostró siempre hacia el mensaje del Profeta su tío Abû Lahab: una
enemistad arraigada en su arrogancia innata, en el orgullo por su gran
riqueza, y en su antipatía por la idea, propugnada por Muhámmad, de que
todos los seres humanos son iguales ante Dios y que serán juzgados por
Él sólo conforme a sus méritos (Ibn Seid, citado por Tabari en su
comentario al primer versículo de esta sura).
Según ha sido transmitido por varias autoridades fidedignas —Bujari y
Muslim entre ellas— el Profeta se subió al altozano de As-Safa, en
Mecca, y llamó a todos los que podían oírle de su tribu, los Quraish.
Cuando se hubieron reunido, les preguntó: “¡Oh hijos de Abd
al-Muttalib! ¡Oh hijos de Fihr! ¿Si os informara de que un enemigo está a
punto de atacaros desde detrás de esa colina, me creeríais?” Respondieron: “Si, te creeríamos.” Entonces dijo: “¡Pues, he aquí, que os advierto de la llegada de la Última Hora!” Al oír esto, Abû Lahab exclamó: “¿Para esto nos has hecho venir? ¡Muérete!” Y poco después fue revelada esta sura.
En el Nombre de Dios, el Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia
(1) ¡Perezcan las manos del de rostro encendido, (1) y perezca él!
(2) ¿De qué ha de servirle su riqueza, y cuanto ha adquirido?
(3) ¡(En la Otra Vida) tendrá que sufrir un fuego llameante,(2)
(4) junto con su esposa, esa acarreadora de infamias,(3)
(5) (que lleva) alrededor de su cuello una soga de fibras retorcidas!(4)
Notas
(2) ¿De qué ha de servirle su riqueza, y cuanto ha adquirido?
(3) ¡(En la Otra Vida) tendrá que sufrir un fuego llameante,(2)
(4) junto con su esposa, esa acarreadora de infamias,(3)
(5) (que lleva) alrededor de su cuello una soga de fibras retorcidas!(4)
Notas
1. El verdadero nombre del tío del Profeta era Abû al-Ussa. Era conocido, sin embargo, por el apodo de Abû Lahab (lit., “el de la llama”)
por su prestancia, que alcanzaba su expresión más notable en su rostro
encendido (Bagawi, transmitido de Muqátil; en diversos lugares de los
comentarios de Samajshari y Rasi al versículo anterior; Fath al-Bari
VIII, 599). Dado que este apodo o kunia era ya usado para
referirse a él antes de la llegada del Islam, no hay razón para suponer
que tuviera sentido peyorativo. - El término ‘manos’ en esa cláusula es,
según el uso árabe clásico, una metonimia por ‘poder’, y alude a la
gran influencia de Abû Lahab.
2. La expresión nar dat lahab es un sutil juego de palabras con el significado del apodo de Abû Lahab.
3. Lit.,”acarreadora de leña”, una conocida expresión idiomática que indica alguien que subrepticiamente lleva infundios y calumnias de una persona a otra “para avivar las llamas del odio entre ellas”
(Samajshari; véase también Ikrima, Muyahid y Qatada, citados por
Tabari). El nombre de esta mujer era Arwá umm Yamil bint Harb ibn
Umayya; era hermana de Abû Sufián y, por tanto, tía paterna de Muáawiya,
el fundador de la dinastía Omeya. Su odio hacia Muhámmad y sus
seguidores era tan intenso que a menudo, al amparo de la oscuridad,
esparcía pinchos de espino delante de la casa del Profeta para
lastimarle los pies; y hacía uso de su gran elocuencia para calumniar
persistentemente al Profeta y a su mensaje.
4. El término masad significa cualquier cosa hecha de fibras retorcidas, sea del material que sea (Qamús, Mugni, Lisán al-Aarab).
En sentido abstracto, que es evidentemente el que se emplea aquí, esta
frase parece tener una doble connotación: alude al carácter retorcido y
avieso de esa mujer, y también a la verdad espiritual de que “el destino de cada ser humano está atado a su cuello”
(véase 17:13 y, en particular, la nota 17 correspondiente) -lo cual
revela, junto con el versículo 2, el sentido general e intemporal de
esta sura.
Tafsir y traducción de Abderrahmán Muhámmad Manan
Surat AL-Masad: Las Fibras, Revelada en Mecca, 5 versículos
Bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm
Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm
Bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîm
Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm
(1) tábbat yadâ: abî láhabin wa tabb*
¡Sean destruidas las manos de Abû Láhab! Ha sido destruido.
(2) mâ: agnâ ánhu mâluhû wa mâ kásab*
No lo libran ni sus riquezas ni lo que ha ganado.
(3) sayaslà nâran dzâta láhabin
Arderá en un Fuego de llamas,
(4) wa mráatuh*
con su mujer,
hammâlatu l-hátabi
la acarreadora de leña:
(5) fî ÿîdihâ háblun min másad*
a su cuello lleva una cuerda de fibras.
Esta sura nos devuelve a la revelación del Corán en Meca, antes, por tanto, de la Emigración (la Hégira o Hiÿra) que sacaría a los musulmanes de la clandestinidad y les permitiría emanciparse en Medina. Durante ese difícil período, de necesaria introspección, el Corán se propone ante todo cimentar el Islam sobre las sólidas bases de una ‘Aqîda clara, de una concepción de la Unidad que fuera calando en los corazones y los vaciara de ídolos, orientándolos hacia Allah-Uno y preparándolos para la constitución de una comunidad cuando llegue el momento. Su primer y principal objetivo es despertar en los hombres el Îmân, la inclinación hacia lo Absoluto, la apertura hacia Allah, pero el Îmân también se define por su opuesto, el Kufr, la cerrazón, que se traduce de hecho en aversión hacia el Islam. Prevenir contra esto último y condenarlo será el tema de la sura, que en lugar de ofrecer un enunciado teórico propone una imagen práctica. El Kufr tiene nombres y apellidos.
Abû Láhab ("el Padre de la Llamarada") era el apodo de Abd
al-Uçça ibn Abd al-Muttalib, tío paterno de Muhámmad (saw), próspero
comerciante de Meca que encabezaba con saña la oposición a su sobrino.
Su apodo lo debía a lo sonrojado de su rostro. Su mujer era conocida
como Umm Ÿamîl, aunque su verdadero nombre era Árwa bint Harb ibn
Umayya, hermana de otro de los líderes de Meca, Abû Sufiân. Era, junto a
su marido, una de las más acérrimas enemigas del Islam. Esta pareja va
ser tomada por el Corán como modelo del Kufr más agresivo.
Abû Láhab y Umm Ÿamîl, a pesar del parentesco que los unía a Muhámmad
(saw), fueron encarnizados en su intento por desprestigiar y dañar a Rasûlullâh (saw). En su Sîra,
o Biografía del Profeta, Ibn Ishâq transmite el siguiente relato en el
que queda ejemplificado el modo de actuar de Abû Láhab. Rabîa ibn Abbâd
ad-Dáili contó que cuando era joven acompañó a su padre a una reunión
concertada por Rasûlullâh (saw) con representantes de diversas
tribus entre las que buscaba difundir el Islam y protección para los
musulmanes. Detrás de él iba un hombre bizco, de rostro claro y
cabellera larga. Rasûlullâh (saw) decía: “¡Gentes! Yo soy
el Mensajero de Allah entre vosotros, y os enseño que no reconozcáis
como Señor más que a Allah, y no le asociéis nada. Confirmadme y
salvaguardadme, hasta que cumpla aquello para lo que he sido enviado”.
Cuando acabó sus palabras y se retiró, el que venía detrás dijo:
“¡Gentes! Éste quiere despojaros de vuestros dioses al-Lât y al-Uçça y
separaros de vuestros aliados entre los genios. Os trae una novedad que
es error y perdición. No le escuchéis ni le sigáis”. El narrador del relato preguntó a su padre quién era ese segundo hombre, y le respondió: “Es su tío Abû Láhab”.
Por su parte, en su Sahîh, al-Bujâri recoge el siguiente hadiz transmitido por Ibn ‘Abbâs y en el que se descubre que Abû Láhab adoptó esa postura contra el Islam desde el primer momento: “Cuando
le fue dada la orden de comunicar el Islam, el Nabí (s.a.a.s.) salió a
la explanada de Meca y, subiéndose sobre el montículo, exclamó: ‘¡Ay de
esta mañana!’, y la tribu de los Quráish se congregó a su alrededor. Les
dijo: ‘¿Me creeríais si os comunicara que un ejército enemigo está al
acecho y que llegará aquí esta mañana o luego por la tarde?’, y le
respondieron: ‘Sí, pues sabemos que eres digno de crédito’. Entonces,
Muhámmad (saw) les dijo: ‘Pues bien, soy el anunciador de un castigo
terrible’. Entonces Abû Láhab le interrumpió y dijo: ‘¿Para esto nos has
reunido? ¡Seas destruido!’. Y fue entonces cuando Allah reveló la sûra
tábbat yadâ: abî láhabin wa tabb...”.
Cuando el clan de los Banû Hâshim —al que pertenecían Muhámmad (saw) y
Abû Láhab— decidió, a pesar de no aceptar el Islam, defender al Profeta
frente a la agresión de los demás clanes, para mantener la ancestral
costumbre que obligaba a cada grupo a proteger a sus miembros en
cualquier circunstancia, Abû Láhab se opuso a ello. No dudó en aliarse
con los demás quraishíes contra su sobrino, y estuvo en la reunión en la
que las familias poderosas de Meca condenaron a los Banû Hâshim a la
incomunicación en sus barrios para forzarles por el hambre a entregar a
Muhámmad (saw) y a los musulmanes. Fue la intervención de otros notables
de la ciudad la que impidió que la incomunicación alcanzara niveles
desastrosos.
Umm Ÿamîl no le iba en la zaga en el propósito de destruir el Islam. El
Corán deja adivinar que era una instigadora que soliviantaba a las
gentes contra Rasûlullâh (saw). Según un relato, incluso
agredía físicamente al Profeta. En cierta ocasión arrojó espinos a sus
pies cuando caminaba descalzo. De ahí que el Corán la describa como
“acarreadora de leña”, que puede ser entendido como una referencia
literal a dicha anécdota o bien en sentido metafórico como
“alimentadora” del odio que había en Meca contra Muhámmad (saw). En
cualquier caso, se nos dice en la Tradición que aprovechaba la
proximidad de su casa a la del Profeta (saw) para molestarle. También se
cuenta que, antes del Islam, Abû Láhab y Umm Ÿamîl casaron a dos de sus
hijos con Ruqaya y Umm Kulzûm, hijas de Muhámmad (saw), pero cuando el
Profeta comenzó a comunicar el Islam, les obligaron a repudiarlas.
La sura retoma la imprecación que Abû Láhab lanzó contra Muhámmad (saw) convirtiéndola en una maldición que ahora recae sobre él: tábbat yadâ: abî láhabin wa tabb, ¡sean destruidas las manos de Abû Láhab! Ha sido destruido... Cuando Rasûlullâh (saw) empezó a comunicar públicamente el Islam, Abû Láhab le dijo: tábban lak, ¡seas destruido!, y ahora Allah se hace cargo de responder por su Mensajero, y vuelve la maldición contra Abû Láhab: ‘¡sea él destruido!’. Al ser una invocación de Allah, el Corán apostilla confirmando su cumplimiento: “y ya ha sido destruido”.
El verbo tábba-yatubb significa “ser destruido, hacer perecer, cortar”. En la expresión coránica tábbat yadâ: abî láhabin, “¡sean destruidas —o cortadas, o mueran— las manos de Abû Láhab!...” se citan sus manos como objetos maldecidos. La mano (yad) es con lo que se manipula las cosas, es la materialización de la energía de una persona. ‘¡Sea, por tanto, reducida a la nada la fuerza de Abû Láhab!’, y, al instante, su poder se ha desvanecido: wa tabb, “¡ha sido destruido!”.
Con la intervención de la Única Verdad, toda la aparente consistencia
de Abû Láhab queda disuelta como por encantamiento. Su furia, su
odio,... se disipan. Lo imponente de su agresividad, su prestigio en
Meca, la influencia que ejercía con su riqueza, todo pierde importancia
ante la severidad de esta maldición inmediatamente ejecutada. Una vez
maldito por Allah, el poder del kâfir se desvanece ante el mûmin: ya no es nadie, ya no puede atemorizarlo.
A continuación, el Corán explica: mâ: agnâ ánhu mâluhû wa mâ kásab, “no lo libran ni sus riquezas ni lo que ha ganado”.
Este versículo reúne varias significaciones. La más inmediata es que ni
su riqueza (mâl, riqueza, bienes materiales) ni su prosperidad, es
decir, lo que ha ganado (kásaba-yáksib, ganar, adquirir) con
sus negocios invirtiendo su fortuna, nada de ello lo libran ante la
maldición que ha sido proferida contra él. Pero el verbo agnà-yugnî
tiene más connotaciones. Efectivamente, significa ‘evitar’: sus
riquezas y ganancias no le evitan la maldición. Pero el verbo significa
en realidad “enriquecer’, es decir, ‘sus riquezas y sus
ganancias no lo han enriquecido’... en definitiva, no lo han hecho
autosuficiente frente a Allah. Ganí, Rico, es uno de los
Nombres de Allah, y significa que Él es Suficiente para Sí mismo,
mientras que todo lo que no es Él está supeditado a su Querer y está
necesitado —para existir en cada momento— de su Voluntad Creadora. Todo
lo que no es Allah es faqîr, pobre, insuficiente en sí, necesitado de Allah.
El problema del kâfir es que, cegado por sus posesiones, cree
estar al margen de Allah, cree, en definitiva, ser una realidad
independiente. Pero en su raíz todo está sujeto ineludiblemente a Allah.
Es esa autoafirmación al margen de Allah lo que cierra al kâfir
en su propio círculo y lo aísla en su mundo quimérico, y es a la vez la
razón de su rechazo y lo que configura su terrible destino. Cree ser
rico cuando es pobre, cree ser autónomo cuando en realidad ignora su
propia fuente en la que está su Señor, la Verdad que lo gobierna, y la
creencia en su riqueza y su autosuficiencia lo condenan a la nada de su
realidad y a la frustración de sus esperanzas.
Sus riquezas, que son todo lo que Allah le ha ofrecido —desde el ser y
la existencia hasta las facultades y el cuerpo con los que cuenta— y sus
acciones —lo que gana haciendo uso de lo que Allah le ha dado— lo han
confundido, le han hecho elaborarse una identidad falsa y separada de lo
esencial, y ya no reconoce a Allah en Su Presencia Inmediata. Es decir,
lo que Allah ha depositado en él se ha convertido en una maldición para
el kâfir, porque la inclinación hacia las banales pretensiones
del ego lo hunde en la nada de lo ilusorio, en lo ‘ajeno’ a su misma
verdad configuradora, y el kâfir se desvanece.
Por ello, el Corán enuncia a continuación: sayaslà nâran dzâta láhab, “arderá en un Fuego de llamas”. Definitivamente, porque es incapaz de salir de su pozo, Abû Láhab (el “Padre de la Llamarada”, es decir, la ira, el odio) arderá (saliya-yaslà, arder, abrasarse) en un fuego (nâr) poseedor de llamas (láhab). “Poseedor de llamas” quiere decir “agitado, inquieto, revuelto”, tal cual es la naturaleza de Abû Láhab, el padre de su propio fuego.
El versículo anterior le anunciaba la ruina y la frustración en este mundo (Duniâ), y el versículo actual le anuncia la ruina y el dolor junto a Allah tras la muerte (al-Âjira), siendo ambas experiencias las dos caras de la moneda de su ser, una la de lo efímero y pasajero, y la otra, la de lo eterno.
Lo anterior es aplicable a su mujer (imraa). Como en el caso
de Abû Láhab —cuyo nombre (el “Padre de la Llamarada”) era indicio de su
mundo interior agitado por el fuego de la ira en la que acaba
consumiéndose—, Umm Ÿamîl es descrita como “acarreadora de leña”
por su actividad misma como instigadora, que anuncia su destino: es la
que alimenta el fuego de una ira que se revuelve en ella: Abû Láhab arde
en su fuego... wa mráatuh* hammâlatu l-hátab, “y también su mujer, la acarreadora de leña”. La imagen es suficientemente explícita.
La acarreadora (hammâla) de leña (hátab) va asfixiada por la carga que soporta: fî ÿîdihâ háblun min másad, “a su cuello lleva una cuerda de fibras”. Se trata de la cuerda (habl), formada con trenzas de fibras de palma (másad), con la que las beduinas sujetan a sus espaldas la madera y los espinos, pasando la cuerda por el cuello (ÿîd).
Aquello con lo que Umm Ÿamîl quiere hacer daño pesa sobre ella, la
fatiga y la oprime, ahogándola. Su rabia, su rencor... son una cuerda de
fibras que ha ido trenzando en torno a su propio cuello con cada
estratagema que urdía. Ese esfuerzo tiene su correlato en el mundo de
Allah, en al-Âjira, y es la eternización de su acto y su intención: su acción exterior es reflejo de su universo interior y signo de su destino.
Umm Ÿamîl entendió de esta sura que se trataba de una simple sátira con
la que Muhámmad (saw) quería ridiculizarla. El Corán la retrata como si
fuera una pobre acarreadora de leña vencida bajo el peso de su carga.
Ibn Ishâq, uno de los biógrafos de Muhámmad (saw) dice: “Me han
contado que Umm Ÿamîl, la acarreadora de leña, cuando oyó lo que fue
revelado concerniente a ella y a su marido fue a buscar al Profeta (saw)
junto a la Kaba. Él estaba ahí sentado junto a su compañero Abû Bakr.
Umm Ÿamîl llevaba en la mano una piedra, pero cuando se detuvo ante
ellos, Allah le impidió ver a Muhámmad (saw), y solo veía a Abû Bakr. Le
preguntó: ‘Abû Bakr, ¿dónde está tu compañero? Me han dicho que se
burla de mí. Juro que si lo viera le golpearía la boca con esta piedra.
Yo también sé componer versos: Es vil aquél al que no aceptamos / y su
enseñanza rechazamos.’ Y se marchó. Entonces, Abû Bakr preguntó a
Muhámmad (saw), que estaba a su lado: ‘¿Cómo es posible que no te haya
visto?’. Y Rasûlullâh (saw) le respondió: ‘Allah ha apartado su mirada
de mí’.”
Existe otra versión, la de Ibn Abbâs, que cuenta así el suceso: “Cuando
fue revelada la sûra de tábbat yadâ: abî láhabin wa tabb, Umm Ÿamîl fue
a la Mezquita en busca del Nabí (saw). Él estaba ahí con Abû Bakr, que
le dijo cuando vio que se acercaba Umm Ÿamîl: ‘Si te pones detrás de mí
no te verá ni podrá dañarte’, pero Rasûlullâh (saw) le contestó: ‘Allah
se interpondrá entre ella y yo’. Cuando Umm Ÿamîl llegó a donde estaban,
dijo a Abû Bakr: ‘Tu compañero me ha ridiculizado con sus versos’, y
Abû Bakr le dijo: ‘No, y te lo juro por el Dueño de este Edificio, él no
dice versos’, y entonces ella se fue. Abû Bakr preguntó entonces a
Muhámmad (saw): ‘¿No te ha visto?’, y él le respondió: ‘Allah me ha
estado tapando hasta que ella se ha dado la vuelta’.”
Sûrat al-Másad, el Capítulo de las Fibras Trenzadas, es un
texto duro, de ecos y resonancias terribles. Incluso su ritmo es
violento, propio de una maldición aprovechada para explicar a lo largo
de ella, bajo el efecto de la intensidad de su lenguaje crudo, verdades
viscerales. No podría ser menos al tratar de un personaje que se llama
el Padre del Fuego, es decir, de la ira, de la furia del rencor,... y de
otro que es la Acarreadora de Leña. Hay en esta sura un torbellino
llameante, destructor, que describe la agitación de corazones turbios en
los que se remueven sentimientos dañinos, que se desencadenan devorando
a sus propios protagonistas.
Vocabulario
tábba-yatubb, ser destruido, perecer, cortar, amputar
yad, mano
láhab, llama, llamarada
agnà-yugnî, enriquecer, evitar (un mal a alguien), salvar
Ganí, Rico, Autosuficiente; es uno de los Nombres de Allah
faqîr, pobre, necesitado
mâl, riqueza, bienes materiales
kásaba-yáksib, ganar, adquirir
salia-yaslà, arder
nâr, fuego
imraa, mujer
hammâl, acarreador
hátab, leña
ÿîd, cuello
habl, cuerda
másad, fibras de palma trenzadas
duniâ, el mundo material
al-Âjira, el mundo de Allah experimentado con la muerte
APÉNDICE IV
Tafsir de Muhámmad Asad
Al-Muqattaat: las letras misteriosas del Qur’an
Tafsir de Muhámmad Asad
Al-Muqattaat: las letras misteriosas del Qur’an
Casi una cuarta parte de las suras del Qur’án vienen precedidas de letras misteriosas denominadas muqattaat (“letras inconexas”) o, algunas veces, fawatih (“aperturas”) porque aparecen al principio de esas suras. De las veintiocho letras del alfabeto árabe, exactamente la mitad aparecen en esta posición, bien solas o en diferentes combinaciones de dos, tres, cuatro o cinco letras. Se pronuncian siempre aisladamente, por sus nombres y no como simples sonidos, así: alif lam mim, o ha mim, etc.
La significación de estas letras ha dejado perplejos a los
comentaristas desde los primeros tiempos. No existe indicación alguna de
que el Profeta se refiriera a ellas en ninguno de los dichos que han
sido transmitidos, ni de que ninguno de sus Compañeros le preguntase
acerca de ellas. No obstante, es un hecho incuestionable que todos los
Compañeros —siguiendo obviamente el ejemplo del Profeta— consideraban a
las muqattaat como parte integral de las suras a las que dan
comienzo, y así las recitaban: un hecho que refuta inapelablemente la
sugerencia propuesta por algunos orientalistas occidentales de que estas
letras pudieran ser simplemente las iniciales de los escribanos que
escribieron las revelaciones parciales al dictado del Profeta, o de los
Compañeros que las recogieron en el tiempo de la codificación final del Qur’án durante el gobierno de los tres primeros califas.
Algunos de los Compañeros y también algunos de sus sucesores inmediatos y comentaristas posteriores del Qur’án
estaban convencidos de que estas letras son abreviaturas de ciertas
palabras, o bien frases, relativas a Dios y a Sus atributos, e
intentaron ‘reconstruirlas’ con gran ingenio: pero dado que las
combinaciones posibles son prácticamente ilimitadas, todas esas
interpretaciones resultan excesivamente arbitrarias y carecen, por
tanto, de utilidad real. Otros han intentado vincular a las muqattaat
con los valores numerológicos de las letras del alfabeto árabe, y han
‘extraído’ de ese modo toda clase de profecías e indicaciones
esotéricas.
A lo largo de los siglos, sin embargo, algunos de los más destacados
eruditos islámicos han propuesto otra interpretación, quizás más
verosímil, basada en dos series de datos:
Primero, todas las palabras del idioma árabe están formadas, sin
excepción, por una letra o una combinación de dos, tres, cuatro o cinco
letras, y nunca más de cinco: y, como ya hemos mencionado, estas son las
combinaciones en las que aparecen las muqattaat.
Segundo, todas las suras que vienen precedidas por estas letras
comienzan, directa o indirectamente, con una referencia a la revelación,
bien sea en sentido general o en su manifestación específica, el Qur’án. A primera vista podría parecer que tres de esas suras (29, 30 y 68) son excepciones a esa regla; pero tal suposición es engañosa. En el versículo inicial de la sura 29 (Al-Aankabut), existe una referencia a la revelación claramente implícita en las palabras: “Hemos llegado a creer” (amanna), e.d., en Dios y en Sus mensajes. En la sura 30 (Ar-Rum),
la revelación divina está claramente enfatizada en la predicción de la
victoria bizantina en los versículos 2-4. En el primer versículo de la
sura 68 (Al-Qalam) se alude obviamente al fenómeno de
la revelación con la mención evocativa de “la pluma” (véase la nota 2 al
primer versículo de esa sura). Así pues, no hay ‘excepciones’ en las suras precedidas de una o más de las muqattaat: todas ellas comienzan haciendo referencia a la revelación divina.
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