Detrás de las escaramuzas, señales de aprendizaje colectivo
La avalancha de fotos y videos sobre los enfrentamientos y detenciones violentas ocupan ya los encabezados de medios masivos y alternativos; sin dejar de condenar el uso obsceno de la fuerza al que pretende acostumbrarnos la burocracia que mal gobierna la capital, es justo también poner atención a sucesos menos vistosos.
No era una marcha sencilla, todos sabíamos que no sería un día de campo y que ser detenido era una posibilidad real. Llegué pasadas las cuatro de la tarde a Tlatelolco y caminé con diversos contingentes hasta El Ángel.
Las estaciones cercanas a la plaza de las tres culturas estuvieron copadas por granaderos y policías intimidando los nutridos contingentes de estudiantes que puntuales asistieron a la marcha. Desde ese momento los jóvenes universitarios se mostraron prudentes al cruzar las vallas de granaderos. Observé con indignación a un policía vestido con jersey de los pumas. Los estudiantes pasaron de largo, no por descuido sino por que su intención era marchar.
La marcha partió puntual y a su paso por el primer cuadro de la ciudad la
distancia entre fuerzas policíacas y manifestantes fue prudente; contra todo pronóstico nadie agredió a los uniformados. Ya en las inmediaciones del metro Hidalgo pude advertir un movimiento de preparación de las líneas de granaderos, parecían preparar una estrategia envolvente a los manifestantes, portaban pistolas de balas de goma y extintores. Me parece que la intensión era dividir la marcha para disolverla. No lo lograron.
Los contingentes se detuvieron e incluso guardaron silencio, pues algo sucedía en la vanguardia.
Avancé; el cruce de Juárez y Reforma, a los pies del Caballito, era escenario de escaramuzas que eventualmente arreciaban. Los maestros de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE) quienes encabezaban esa sección de la marcha, hacían vallas mientras gritaban: ¡somos docentes, no delincuentes!. Vieron correr hacia ellos estudiantes que huían de los gases, los profes aguantaron, indicaron no correr y se unieron codo a codo.
Los contingentes de universitarios hicieron lo propio, cerraron filas y juntos esperaron que los enfrentamientos bajaran de intensidad.
Filosofía y Letras, Ciencias Políticas, La Escuela Nacional de Antropología e Historia, fueron algunos de los contingentes que vi acuerparse, hacer vayas humanas, esperar pacientes. Finalmente los maestros decidieron continuar la marcha rumbo a El Ángel. El gas lacrimógeno nos picaba la nariz, escuché a un universitario ofrecer agua con vinagre, los vi contener su propio miedo y tomar decisiones colectivas, cambiar de carril, hacer alto, guardar silencio.
Señales claras de un aprendizaje colectivo a partir de los tiempos de represión, de infamia y frente a ellos, los estudiantes plantando cara, estrechando codos.
Al pasar por la sede del Senado, otra vez se escucharon petardos, enfrentamientos, y otra vez los contingentes aguantaron el miedo, se tomaron de las manos repitieron con firmeza: ¿porqué? ¿Porqué nos asesinan, si somos la esperanza de América Latina?
Concluido el mitin en El Ángel de la independencia los estudiantes regresaron juntos al metro.
Más allá de la violencia desmedida, de los detenidos. Los miles de jóvenes universitarios, son muestra de una generación renovada, con convicciones, con claridad en los momentos sórdidos. Esta marcha parece el inicio de una nueva etapa, de aprendizajes compartidos.
Vayamos por partes, la brutalidad está ahí, pero también esta el aprendizaje posible. Habrá que pensar cómo facilitar que la inteligencia colectiva germine, quizá en espacios más propicios. Lo burdo del poder no puede oscurecer los brillos de una resistencia que inicia, da luces. El movimiento estudiantil luce renovado y como es su naturaleza: aprendiendo. 2 de Octubre No se olvida.
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