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Aquel 5 de abril de 1932, Guty decidió adelantarse a la cantina para rencontrarse con López Méndez

Aída María López Sosa

A las 11:30 de la noche del 5 de abril de 1932, el Salón Bach en el Centro Histórico de CDMX, fue el trágico escenario donde acribillaron al Ruiseñor yucateco Guty Cárdenas. Estando con Ricardo López Méndez en la XEW -con quien compuso Yo sé que nunca besaré tu boca…-, decidió adelantase a la cantina para más tarde rencontrarse como acostumbraban hacerlo después del trabajo. La llamada con la mala noticia, hizo que con premura López Méndez se apersonara al sitio para auxiliar a su amigo, sólo para encontrarlo muerto de un balazo en el corazón a los veintiséis años. Han pasado casi nueve décadas, Augusto Cárdenas Pinelo, como el Ave Fénix, resurge de la pluma de Carlos Martin Briceño, en una novela ficcionada y fundamentada en hechos históricos. Como muchos acontecimientos que nos suceden en la vida por azar, la idea nació de su participación en una antología de cuentos cuya unidad temática fue precisamente el Centro Histórico de CDMX, devenir de su ópera prima en el género.

La muerte del Ruiseñor (2017), bajo el sello Penguin Random House, Ediciones B, es definida por Carlos como una metanovela. Narra la vida de Guty, remitiéndolo a la adolescencia cuando escuchaba a su papá tararear Un rayito de sol, mientras salían del Bar La Negrita, su “territorio de felicidades”, después de beber León Negra -porque ahí no se iba a almorzar decía el propietario-, y degustar “jícamas con chile, remolacha curtida, papa con chorizo, chicharra en salpicón, empanaditas de frijol, sikil pak…” y muchos otros manjares de la gastronomía peninsular.

En paralelo el autor hace partícipe al lector de su proceso escritural de largo aliento, incursión nada fácil. Sutil y frontal nos introduce a la vida del compositor y a la del propio escritor quien desea hacer “un texto entrañable, una historia que permanezca largo tiempo rebotando en las mentes y corazones de los lectores”. En un ejercicio introspectivo, se plantea su futuro en la Literatura. A través de un zigzag narrativo va intercalando pasajes personales y del Ruiseñor, incluyendo letras de canciones, cartas; a veces con lenguaje metafórico, otras con la crudeza de la vida. Nos transporta a la primera mitad del siglo XX, para luego arrojaros a la actualidad,  sorprendiendo nuestra ingenuidad hasta convertirnos en sus cómplices. Siempre desinhibido, ameno y ligero.

Martin Briceño nos advierte que la mayor parte del contenido de la nouvelle es real, en ocasiones se sirve de su creatividad para ficcionar hechos históricos, con la que espera encumbrase como escritor, según se lee en las primeras líneas cuando se encuentra “absorto en el teclado de la computadora a altas horas de la noche, fraguando la trama de un nuevo relato”, buscando ese rayito de luna que inspire sus palabras y lo “ayude a incursionar en serio en el caprichoso mercado de la industria editorial”.    

El libro nos habla de vidas, música, fama, corazonadas y del destino. A pesar de que la muerte ronda toda la obra -unas veces directa, otras al acecho-, los lectores no reparamos en ella en primera instancia por el dinamismo narrativo, característica de la prosa de Carlos, quien lleva un Chico Chandler por dentro y la competencia imaginaria con el exitoso novelista español Santiago Posteguillo.

La memoria franca plasmada en la novela, sobrevivirá a su creador; trascenderá cumpliéndose su anhelo de permanecer en el tiempo y rebotar, por qué no, más allá de los espacios del corazón.

contacto@lajornadamya.mx

Edición: Ana Ordaz