Derrota política de la CNTE

Vivimos una época caracterizada por diferentes procesos de transformación económica, social, política, tecnológica y cultural. La realidad gira a gran velocidad y casi nada de lo que ayer se presentaba como válido y verdadero actualmente tiene vigencia. El hilo común de este fenómeno está representado por el final de las certezas que parecían sólidas. Durante décadas, el mundo moderno operó bajo una serie de supuestos que funcionaban como suelo firme: que el libre mercado produciría prosperidad creciente, que las democracias liberales eran el destino natural de las sociedades, que las instituciones internacionales podían arbitrar los conflictos entre naciones, que la tecnología era inherentemente liberadora y que el crecimiento económico, tarde o temprano, filtraría esos beneficios hacia abajo. Nada de esto ha sucedido. La prosperidad para unos produjo desigualdad para otros, la democracia sufre involuciones cada vez más severas que afectan los valores e instituciones que la sustentan, prácticamente el derecho internacional ha muerto llevándose consigo al viejo orden mundial, mientras que la tecnología se ha convertido en un nuevo instrumento de dominación y control social.
Parte medular de estos cambios se han reflejado en la lucha política y social. Lo que observamos no es simplemente una crisis más dentro del sistema. Es más bien una crisis del sistema. Y esto la hace cualitativamente diferente. Aparece una nueva fase en la permanente reconstrucción de la hegemonía en México. La historia de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación representó durante décadas, una forma de resistencia popular que combinaba movilización de masas, democracia de base, asambleísmo y confrontación directa con el poder político. Fue una de las experiencias más significativas del sindicalismo democrático latinoamericano. Sin embargo, todo esto se ha agotado. Las movilizaciones recientes han puesto en evidencia una paradoja histórica: la organización que durante años fue capaz de desafiar a gobiernos autoritarios y a una serie de reformas neoliberales parece haber encontrado los límites de sus formas tradicionales de lucha en un contexto político profundamente transformado.
Actualmente se observa una derrota política de la CNTE que no debe interpretarse como un fracaso sindical en sentido estricto, ni como el final de su capacidad para ofrecer alternativas. Sus marchas continúan reuniendo miles de participantes y su influencia territorial en estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán sigue siendo considerable. La derrota es, sobre todo, estratégica y cultural. Está representada por la pérdida de eficacia de un repertorio de acciones construido para combatir a un adversario que ya no existe en la misma forma. Durante décadas la CNTE desarrolló una lógica política basada en la confrontación contra el
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Estado percibido como una estructura cerrada, vertical y represiva. La huelga indefinida, el plantón permanente, el bloqueo carretero y la ocupación del espacio público funcionaban como mecanismos para obligar al gobierno a negociar.
Las transformaciones ocurridas en México durante los últimos años han alterado el escenario. El ascenso de gobiernos identificados con la izquierda nacional-popular modificó profundamente el campo político. La CNTE pasó a enfrentar gobiernos que consideraba representantes directos del proyecto neoliberal a confrontar administraciones que, al menos discursivamente, reivindican muchas de las causas históricas que ella misma defendió: la revalorización de la educación pública, la recuperación del papel del Estado, la crítica al neoliberalismo y la ampliación de los derechos sociales. Aquí aparece una contradicción fundamental: la Coordinadora continuó actuando como si enfrentara al mismo adversario histórico, mientras el contexto político había cambiado. La repetición mecánica de tácticas exitosas en el pasado terminó convirtiéndose en una forma de conservadurismo político.
La derrota política de la CNTE puede entenderse también como una oportunidad histórica para repensar las formas de lucha. Su dilema es: seguir en la resistencia tradicional o convertirse en un actor capaz de interpretar las nuevas condiciones políticas del presente


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