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Prohibir celulares en colegios no resuelve el problema, se necesita educar a los estudiantes en el uso crítico y responsable de la tecnología.
Paola Portilla (izquierda) abogada y colaboradora de la secretaria de integración social de Bogotá; Tatiana Reyes (derecha) es estudiante de Comunicación de la EAN.

Esta columna fue escrita con la columnista invitada Tatiana Rey.

La discusión sobre el uso de celulares en los colegios ha abierto un debate entre quienes proponen su total  prohibición y quienes abogan por su regulación. Aunque no se trata de un tema sencillo, es posible afirmar que existen argumentos sólidos que respaldan ambas posturas.

En cuanto a la prohibición de los teléfonos inteligentes, encontramos un ejemplo bastante controversial en Brasil y es la ley sancionada el pasado 13 de enero de 2025  por el presidente Brasileño, Lula, quien ha expresado “No podemos permitir que el humanismo sea reemplazado por algoritmos” con esto se refiere a darle prioridad a la interacción humana para evitar diferentes consecuencias causadas por el uso excesivo de celular ,tales como déficit de atención, depresión, ansiedad y la adicción a los celulares(trastornos como la nomofobia o la ciberadicción.)

Lo que genera controversia frente a estas posturas no son las acciones orientadas a prevenir los efectos negativos del uso excesivo de pantallas en niñas, niños y adolescentes—como el déficit de atención, la ansiedad o los trastornos de adicción digital—sino el hecho de que, una vez salen del colegio, los estudiantes llegan a casa y tienen acceso libre y sin restricciones, sin ningún tipo de orientación ni regulación. En Colombia Según el estudio “Infancia y Medios Audiovisuales 2024” de la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC), en Colombia los niños, niñas y adolescentes entre los 7 y los 17 años pasan en promedio 8,9 horas al día entre semana frente a una pantalla, y 7,2 horas los fines de semana, sin contar el tiempo destinado a fines escolares. Además, el estudio señala que solo el 35 % de los padres, madres o cuidadores declara establecer reglas sobre el uso del celular en casa, lo que indica una baja presencia de normas claras para el uso responsable de internet.

La clave no está únicamente en prohibir los celulares en las aulas, sino en educar a los estudiantes sobre el uso crítico, consciente y responsable de la tecnología. Capacitarlos para identificar riesgos como el ciberacoso, la exposición a contenido inapropiado, la manipulación algorítmica o los trastornos de salud mental asociados. Prohibir sin formar es tan efectivo como apagar una alarma sin resolver el incendio: silencia el síntoma, pero no transforma el problema.

Este enfoque de educar y acompañar a los estudiantes en el uso consciente de la tecnología es, sin duda, más exigente y desafiante que simplemente prohibir. Requiere formación docente, compromiso familiar y políticas públicas integrales. Por eso, la prohibición total de los celulares en las aulas suele parecer una solución rápida, simple y políticamente popular. Sin embargo, hasta el momento no hay evidencia concluyente de que prohibir el uso de celulares mejore la calidad educativa o el bienestar emocional de los estudiantes.

Una revisión de estudios realizada por la Unesco en 2023 advierte que, si bien el uso desmedido de dispositivos puede tener impactos negativos, la prohibición por sí sola no resuelve los problemas de fondo y, en algunos casos, puede incluso ampliar las brechas educativas, especialmente en contextos donde los celulares son el principal medio de acceso a recursos digitales. Apostarle a una ciudadanía digital informada y crítica no es el camino más fácil, pero sí es el más sostenible si realmente queremos formar sujetos autónomos y responsables frente a su entorno tecnológico.

Nomofobia y educación: cuando el miedo a desconectarse desconecta del aprendizaje

Todo esto plantea una encrucijada urgente para el sistema educativo, que hoy enfrenta el reto de formar en medio de una hiperconectividad permanente. El aula, pensada históricamente como un espacio de atención sostenida, intercambio cara a cara y desarrollo de pensamiento crítico, se ve retada por la presencia constante de los celulares, que disputan cada segundo de atención con notificaciones, plataformas y estímulos inmediatos.

Esta tensión pone en evidencia la necesidad de repensar el rol de la escuela no solo como transmisora de conocimiento, sino como formadora en habilidades digitales, autorregulación emocional y manejo del tiempo frente a las pantallas. En este contexto, trastornos como la nomofobia (el miedo irracional a estar sin el celular) no son solo un asunto de salud mental, sino también un obstáculo creciente para el aprendizaje profundo, la construcción de vínculos significativos y el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes.

Este trastorno de la nomofobia se ha convertido en una sombra silenciosa que afecta a una generación entera de adolescentes. Esta dependencia constante de los dispositivos móviles no solo impacta su bienestar emocional, sino que también interfiere de manera directa en su capacidad de aprendizaje. La necesidad permanente de revisar notificaciones, redes sociales o mensajes, fragmenta su concentración, disminuye la retención de información y afecta habilidades esenciales como la lectura crítica y el pensamiento profundo. 

Entre los riesgos más preocupantes, adicionales a la pérdida de concentración y el subdesarrollo de habilidades sociales, encontramos el acceso a contenidos no adecuados que exponen a los menores ante un peligro inminente. En la famosa serie Adolescente, aclamada por el público con una puntuación del 98% (Rotten Tomatoes), se exploran riesgos tales como el Cyberbullying, la violencia sexual digital y la difusión de ideologías como la misoginia que atentan contra la privacidad y la salud mental  de los involucrados. 

Por otro lado, otro de los riesgos suscitados a partir del uso no regulado de los celulares es el deterioro del lenguaje que se puede evidenciar en “la deformación de la expresión escrita, e injerencia en el desarrollo de esta competencia lingüística, por la influencia del lenguaje abreviado en los mensajes de texto” según María Mendoza Bernal.

Esta transformación en el uso del lenguaje no es superficial ni inofensiva. La normalización de abreviaciones, emojis y estructuras gramaticales simplificadas ha comenzado a trasladarse a contextos académicos, afectando la calidad de la escritura formal, la ortografía, la coherencia argumentativa y la riqueza léxica de los estudiantes.

A esto se suma una creciente dificultad para sostener conversaciones profundas, argumentar con claridad o desarrollar ideas complejas, lo que limita seriamente el desarrollo del pensamiento crítico. En un sistema educativo que debería estar enfocado en fortalecer las capacidades comunicativas como base para la comprensión y producción del conocimiento, el uso desregulado del celular se convierte, silenciosamente, en una barrera que entorpece los procesos de aprendizaje y el desarrollo integral de las competencias educativas que son clave.

Educar antes que prohibir

Lejos de ser solo una fuente de distracción, el celular también puede convertirse en una herramienta poderosa para el aprendizaje. Bajo el enfoque del mobile learning o aprendizaje móvil, los dispositivos permiten expandir las fronteras del aula gracias a su portabilidad, inmediatez, conectividad y la ubicuidad (la capacidad de aprender en cualquier momento y lugar) como en el caso de Eneza education  una plataforma de educación vía SMS para estudiantes de secundaria de zonas de difícil acceso la cual mejora la interacción didáctica de forma sincrónica y asincrónica. Un informe destaca que los estudiantes que usan Eneza mejoran sus calificaciones en promedio un 22.7 %, y dedican 2 horas adicionales por semana en actividades educativas.

Estas cifras confirman cómo una tecnología sencilla, accesible y bien implementada puede convertirse en una herramienta poderosa para apoyar el aprendizaje en contextos educativos remotos.

Es necesario recalcar que debe existir una corresponsabilidad de la familia y la sociedad sobre la enseñanza y capacitación del uso responsable del celular en todas las áreas necesarias. Sin duda el uso de estos dispositivos en las aulas de clase es un tema complejo, pero del que se debe hablar y cuestionar.

¿Pueden los celulares convertirse en herramientas eficaces para facilitar y optimizar el aprendizaje en el entorno educativo? ¿Los celulares podrían utilizarse como herramientas para facilitar y optimizar el aprendizaje?, o, por el contrario, ¿el uso de estos dispositivos inteligentes en el entorno educativo entorpecen los procesos de aprendizaje? ¿Considera que la responsabilidad del uso adecuado de celulares recae en la educación familiar o en la implementación de regulaciones o prohibiciones estatales en los colegios?

Finalmente, lo que está en juego no es simplemente permitir o prohibir el uso de celulares en las aulas, sino cómo los incorporamos de manera crítica, pedagógica y responsable en los procesos educativos. Los riesgos asociados al uso desmedido de la tecnología —como la nomofobia, la distracción, el deterioro del lenguaje o la exposición a contenidos nocivos— son reales y no pueden ser ignorados.

Pero tampoco podemos desconocer que, cuando se integran con propósito y mediación adecuada, los dispositivos móviles tienen el potencial de ampliar el acceso al conocimiento, fortalecer competencias digitales y enriquecer las experiencias de aprendizaje, especialmente en contextos vulnerables. Esto exige un enfoque más exigente, que combine regulación, formación docente, acompañamiento familiar y políticas públicas inteligentes. Educar para el buen uso es más difícil que prohibir, pero también es el único camino para formar estudiantes críticos, autónomos y capaces de navegar el mundo digital sin quedar atrapados en sus trampas.

Estudiante de comunicación EAN

Tatiana Rey

Estudiante de Comunicación de último
semestre de la Universidad EAN; interesada
en la participación y crecimiento en áreas
afines, con fortalezas como creatividad,
influencia, relaciones interpersonales y
comunicación asertiva.