Medio Oriente. Tenía 18 años cuando me enviaron a Guantánamo. El sistema que lo permitió nunca desapareció

Mansoor Adayfi, Middle East Eye, /11 de septiembre de 2026.
Traducción Tlaxcala
Mansoor Adayfi era estudiante cuando la «guerra contra el terrorismo» lo convirtió en un
número. Veinticinco años después, sostiene que el engranaje que hizo posible su
encarcelamiento ha encontrado nuevos blancos.
Crecí de niño en Yemen sin imaginar jamás que un día compartiría mi historia con una audiencia
mundial. Pero poco sabía yo que quedaría atrapado en la mira violenta de la «guerra contra el
terrorismo» lanzada inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre. Antes del
11 de septiembre de 2001, mi vida no tenía nada de extraordinario. Crecí en una familia humilde,
y solo al llegar a la adolescencia empecé a pensar en dejar mi país.
A los 18 años, di el paso drástico de dejar mi pueblo para terminar la escuela, con el sueño de
estudiar informática en el extranjero. Durante casi un año le pedí al director del instituto donde
estudiaba y trabajaba una carta de recomendación. Él siempre me decía: «Más tarde».
Tras el atentado contra el USS Cole en Yemen, le pidieron al director del instituto que escribiera
un libro sobre al-Qaeda y los talibanes. Envió a un antiguo alumno que había combatido a los
soviéticos en Afganistán para hacer la investigación, y me pidió que lo acompañara. «Vuelve de
este viaje —me prometió— y te daré tu carta.» Volamos a Dubái, luego a Pakistán, y viajamos por
tierra hasta Afganistán, llegando finalmente a Kabul, donde una ONG nos ayudaba con nuestra
investigación. Seguía allí cuando cayeron las torres en Nueva York. Poco después, mientras
ayudábamos a la ONG a trasladar suministros antes de huir del país, unos hombres armados
detuvieron nuestro coche y nos secuestraron.
Acabamos en manos de un señor de la guerra que exigía 100.000 dólares por nuestra liberación.
Yo no sabía entonces que aviones estadounidenses lanzaban panfletos por todo Afganistán
ofreciendo recompensas por sospechosos de al-Qaeda y los talibanes. Dos semanas después,
los hombres del señor de la guerra vinieron a por mí. Encapuchado y esposado, recuerdo poco
de lo que siguió, salvo violencia, un camión, un helicóptero, un avión y, finalmente, una
habitación subterránea. Me colgaron del techo con una capucha en la cabeza. Cuando me la
quitaron, cinco fusiles me apuntaban, con puntos rojos fijos en mi pecho. «Hola, señor Adel», dijo
un traductor, confundiéndome con un general egipcio. «¿Sabe quiénes somos y por qué estamos
aquí?» Por supuesto, no tenía ni idea.
Semanas antes había estado investigando en Afganistán y esperaba empezar la universidad a
finales de año. Ahora se me acusaba de ser un líder de al-Qaeda, secuestrado por señores de la
guerra afganos y entregado a la CIA.
El comienzo de mi calvario
Mientras estuve detenido ilegalmente en una base aérea en Kandahar, veía despegar y aterrizar
aviones de la Fuerza Aérea usamericana en aquel emplazamiento improvisado. Cuando
aterrizaba un avión de carga de la Fuerza Aérea, sabíamos que un grupo de prisioneros iba a
desaparecer. A finales de diciembre de 2001 éramos allí un centenar, retenidos en tiendas de
madera rodeadas de muros de alambre de espino de tres metros de altura. Desde las tiendas
veía los aviones de la Fuerza Aérea despegar y aterrizar en aquel emplazamiento improvisado.

Marines yanquis observan cómo un helicóptero se prepara para salir de una base usamericana en el aeropuerto de Kandahar, el 23 de enero de 2002 (Banaras Khan/AFP)
Una tarde, un grupo de soldados con uniformes distintos a los de los destinados en Kandahar
empezó a llamar a los detenidos por sus números. Yo estaba en una tienda con un grupo de
hombres que no podían caminar, tras meses de tortura en un sitio negro de la CIA. Lo recuerdo
con nitidez. Los soldados gritaron mi número y me ordenaron tumbarme. Primero soltaron un
perro sobre mí, luego saltaron sobre mi espalda antes de inmovilizarme y arrastrarme hasta una
tienda. La llamaban estación de procesamiento. Me colgaron y me desnudaron a la fuerza.
Soldados y soldadas nos desnudaron, nos afeitaron el cuerpo entero, se burlaron de nuestros
genitales y nos dieron patadas.
Vi a un muchacho llorar. Escupí a los soldados y le dije que no tuviera miedo. Entonces se
cebaron conmigo, golpeándome duramente la boca hasta partirme el labio. Pasé horas colgado
allí, desnudo. Luego llegó un soldado con un mono naranja, zapatos naranjas, calcetines
naranjas, un gorro naranja: naranja por todas partes. Fue mi primer encuentro con mi nuevo
«amigo»: el color naranja. No recuerdo haberlo llevado nunca antes.

Un uniforme entregado a un detenido descansa sobre una cama en una celda del Campo Delta, en Guantánamo, el
23 de agosto de 2004 (Mark Wilson/AFP
En ese momento no pensé mucho en el color en sí. También había cadenas y grilletes que nunca
había visto, gafas opacas, orejeras, una máscara y un cartel que decía «PÉGAME». Me vistieron,
me encadenaron, me colgaron el cartel del cuello, me taparon los ojos y los oídos, y me obligaron
a sentarme en el suelo. Cuando llegó la hora de la oración, grité e intenté ponerme en pie para
rezar. Me golpearon, me tiraron al suelo, me amordazaron con cinta adhesiva y me ataron a una
camilla. Oía el rugido de los motores de la Fuerza Aérea. Esperamos así durante horas, y luego
nos subieron al avión uno por uno. Nos encadenaron al suelo formando un círculo. No tenía ni
idea de adónde nos llevaban ni de qué iba a pasar.
El viaje
A bordo, los soldados nos recibieron a golpes y humillaciones, sentándose sobre nosotros y
posando para fotos. Cada 10 o 15 minutos me golpeaban, tal como indicaba el cartel colgado de
mi cuello. Música a todo volumen, motores estruendosos, dolor y privación sensorial. Costaba
respirar. Los grilletes en mis manos y pies estaban tan apretados que sentía el dolor dispararse
hasta el cerebro. Rezaba para que el viaje no durara mucho. Pasaron las horas y el dolor
empeoró. Perdí la sensibilidad en manos y pies. El armazón de las orejeras se me clavaba en la
cabeza; sangraba, pero los golpes no cesaban. Cuando el avión aterrizó, sentí un alivio al pensar
que el viaje había terminado. Pero no duró.
Nos arrastraron hasta otro avión, y el viaje continuó. Me estaba muriendo, luchando por respirar,
incapaz de sostener mi cuerpo por más tiempo. Pensé que iba a morir. Recé a Alá para que me
perdonara y me aceptara. Oí a alguien llamar a la oración: «Allahu Akbar. Allahu Akbar.» Los
soldados lo silenciaron de inmediato. Después de eso, cada vez que sentíamos que se acercaba
la hora de la oración, nos dábamos codazos para pasarnos el aviso, y rezábamos como mejor
podíamos dadas las circunstancias. El siguiente tramo del viaje fue más largo que el primero.
¿Adónde nos llevaban? ¿Cuándo terminaría?
Seguí rezando a Alá para que nos lo hiciera más llevadero a todos. Alguien ya se había
desplomado contra mí. Me alegró poder servirle al menos de apoyo. Finalmente, el avión aterrizó.
Pese a todo el dolor, sentí alivio: Alhamdulillah. Los soldados empezaron a sacarnos uno por uno.
Yo no podía caminar. Me arrastraron y me pasaron de mano en mano. Oía risas. Me encadenaron
de nuevo, y alguien gritó fuerte en inglés mientras un traductor lo repetía en árabe: «Están bajo el
control de los marines de Estados Unidos. Si intentan algo, los eliminaremos.» El hombre no
dejaba de insultarnos y humillarnos; el traductor añadía también sus propios insultos. No me
importaba quién fuera. Para mí, no eran más que un grupo de cobardes. Solo los cobardes
golpean y maltratan a hombres encadenados y engrilletados. Solo los cobardes actúan así.
El autobús recorrió una corta distancia, se detuvo, y sentí que avanzábamos sobre agua: un mar.
Sentí una especie de alivio ante el mar. Bienvenida, amiga, pensé. El mar rompió la privación
sensorial. Esa fue mi primera pista: el mar estaba cerca. El barco navegó veinte o treinta minutos,
y luego el autobús rodó otros treinta o cuarenta y cinco minutos. Los marines nos golpearon todo
el tiempo. Un soldado no dejaba de golpearme la cabeza por delante y por detrás a la vez. Veía
destellos de luz cada vez. El autobús finalmente se detuvo. Los marines nos sacaron uno por uno
y nos obligaron a arrodillarnos sobre grava afilada. Pasaron horas así. Mi cuerpo se negaba a
cooperar, y los golpes continuaban.
Un perro volvió a ladrar con fuerza y olfateó mi cuerpo. Apenas estaba consciente. Ya casi no me
importaba lo que viniera después. Había dejado de preocuparme mucho antes, en el sitio negro
de la CIA, donde había sido peor. Ya no sentía nada respecto a lo que se avecinaba. Oh, Alá, estoy
en tus manos. Por favor, no les des poder sobre mí. Nuestro viaje había ido por tierra, por aire,
por mar y de nuevo por tierra. Nunca más quise volver a subir a un avión.
La llegada a Gitmo
Tras horas de espera oyendo a hombres gritar de dolor, llegaron soldados que arrastraron mi
cuerpo y me arrojaron sobre el hormigón, antes de cortarme el uniforme naranja y desnudarme
de nuevo. Quería que me quitaran la capucha, las orejeras, las gafas opacas, la cinta adhesiva,
las esposas de manos y pies. Había perdido toda sensibilidad. Pero no lo hicieron. Sentí una
fuerte presión de agua sobre mi cuerpo, y luego algo parecido a jabón líquido y un cepillo grande
y áspero raspando mi piel. Fingían que era una ducha, pero era humillación y más golpes. Me
arrastraron de nuevo a más humillación, un registro corporal íntimo, una y otra vez. Se reían y
preguntaban: «¿Dónde está Osama bin Laden? Bienvenido, señor Comandante.»
Me tomaron una foto. No podía ver nada. Siguieron las huellas dactilares y otros trámites, pero
no lograba distinguir la mayoría. Luego me colocaron una pulsera roja en la mano izquierda

Los pies de un detenido de Guantánamo, encadenados al suelo, mientras asiste a una clase de «habilidades para la vida» el 27 de abril de 2009 (Michelle Shephard/AFP)
La estación de procesamiento era un conjunto de tiendas donde nos trasladaban de una a otra
para tomar huellas dactilares, fotografías, medir la estatura y hacer registros. La mayor parte del
tiempo no podía ver lo que ocurría. Tras la estación de procesamiento me llevaron directamente
a una sala de interrogatorios, donde un equipo tras otro venía a hacerme preguntas. Algunos
ofrecían quitarme la cinta adhesiva para que pudiera hablar, o aflojarme los grilletes y darme
ropa si cooperaba. Mi cuerpo se apagó y perdí el conocimiento. Me desplomé. Los soldados
arrastraron entonces mi cuerpo hasta una jaula y me tiraron dentro. Un soldado se arrodilló sobre
mí, sosteniendo un escudo, y empezó a quitarme las cadenas, las esposas, las orejeras, las gafas
y la cinta adhesiva. Sentí que podía volver a respirar. Gritaban algo que no entendía.
Tenía las manos y las piernas hinchadas, entumecidas, se me habían puesto azules. Apenas
podía ver; tenía la cara y los ojos hinchados, y los labios partidos. Solo veía por un ojo, y aun así
borroso. Lo primero que quise fue cubrir mi cuerpo y ponerme el mono naranja. Después quise
rezar, y luego dormir. Llevaba dos días sin comer ni beber agua, y para entonces ni siquiera tenía
ganas. Era de noche. No estoy seguro de haber logrado rezar a tiempo. Hice lo que pude, dadas
las circunstancias.
Miré a mi alrededor. Veía siluetas de naranja en las jaulas de alrededor, igual que yo. Cada bloque
tenía unas diez jaulas conectadas entre sí, hechas de tela metálica atornillada a tubos de acero.
Luces intensas, alambre de espino arriba. Un perro ladraba con fuerza. Los soldados gritaban y
vociferaban a los detenidos, llamaban por sus números y ladraban órdenes: «Cállate de una puta
vez.» «No hables.» «Mira hacia abajo.» «No me mires.» «No te muevas.» Dentro de la jaula había
pocas cosas: una esterilla de plástico, una manta, un contenedor de agua y dos cubos pequeños,
uno para el agua y otro que servía de retrete.

Un preso (a la derecha) reza en su jaula el 14 de febrero de 2002, mientras otro detenido observa (Peter Muhly/AFP)
No había un retrete de verdad, ni protección alguna contra los elementos. Logré ponerme el
mono naranja, arrastrarme hasta el cubo y hacer mis abluciones. Ahora bien, ¿en qué dirección
quedaba La Meca, para saber hacia dónde orientarme al rezar? Le pregunté a mi vecino, un
hombre de aspecto sorprendentemente pálido, ojos azules, de rasgos europeos. «As-Salaamu
Alaikum, hermano.» «Wa Alaikum Salaam», respondió, y luego me hizo señas de que no hablara.
Volví a preguntar, susurrando, dónde quedaba La Meca. «No lo sabemos», dijo. «Puedes rezar
hacia la torre de vigilancia. Si pudiera ver las estrellas, te lo diría.» Me puse de pie y empecé a
rezar de todos modos. Vinieron soldados, llamándome por el número de mi jaula, y me gritaron
que me sentara. Apenas podía sostenerme en pie. Estaba apoyado en la malla.
Siguieron gritando, luego irrumpieron en mi jaula, me tiraron al suelo, me golpearon, me
esposaron manos y pies, y me dejaron tendido boca abajo. No se nos permitía hablar, ponernos
de pie ni mirar a los guardias. Mi vecino se preocupó por mí. «Por favor, hermano, obedece sus
órdenes. Quieren domarte. No les des motivos para golpearte», me dijo. «Wallahi [lo juro por
Dios], nunca me domarán. No soy un pollo al que se pueda domesticar», respondí. Recé como
mejor pude, y finalmente no pude resistir más el sueño.
Un mar de naranja
Más tarde, unos soldados me quitaron las esposas y me trajeron algo de comida: una ración
militar usamericano(MRE, Meal Ready to Eat), una bolsa marrón con la foto de un soldado
sosteniendo un arma, la misma comida que nos habían dado en Kandahar. Arrojaban las
raciones por una abertura de la jaula, llamando nuestros números. Veía un océano de siluetas
naranjas en jaulas, cada bloque dividido en diez jaulas, dos filas, tres bloques por fila. Solo jaulas:
sin techo, sin retretes, sin intimidad, tela metálica repleta de hombres y niños con la cabeza
rapada. Miré la pulsera en mi muñeca. Había una foto en ella, y no lograba distinguir qué estaba
mirando, un rostro o alguna otra cosa por completo.
Al mirar a los otros detenidos, sus rostros no eran diferentes del mío: deformados, irreconocibles
como rostros, amoratados, azulados, labios partidos, dientes rotos, heridas sangrantes, manos
y piernas hinchadas. Fue especialmente doloroso ver a ancianos y niños tan brutalmente
golpeados. No puedo olvidar aquella escena. Así conocí por primera vez a estos hermanos. Este
es el primer recuerdo que mi mente grabó de ellos: todos nosotros en aquellas jaulas, golpeados,
con monos naranjas.

Detenidos se aferran a una valla en el Campo 4, dentro de la prisión de máxima seguridad de Campo Delta, en
Guantánamo, el 26 de agosto de 2004 (Mark Wilson/AFP)
Lo primero que noté, más allá de todo eso, fue el calor. Tras el frío de Afganistán, este nuevo lugar
se sentía extraño, cálido, aunque era finales de enero. El aire era denso y húmedo, y un viento
fuerte traía el olor del mar. Se sentía como un mensaje del mar, dándonos la bienvenida,
asegurándonos que seguíamos vivos. El olor del mar resultaba, de alguna manera, reconfortante,
suave, como si el mar nos dijera que, hicieran lo que hicieran con nosotros, aún podríamos ser
libres. Fue el primer olor de aquel nuevo lugar, y tras dos días encapuchado y amordazado, se
sintió como un soplo de vida en nuestros cuerpos destrozados. Todavía había algo que no podían
controlar. No era solo un olor. Era una forma de poder y esperanza, algo que ni siquiera ellos
podían impedirnos respirar. Desde entonces amo el mar. Lo sentía cerca, escuchando,
observando, velando por nosotros.
Después del desayuno vi algo extraño por primera vez, quizá también para otros: seis guardias
con lo que, en ese momento, me pareció una especie de disfraz extraño. Nunca había visto nada
parecido. Yo no era alguien criado con el cine y la televisión de Hollywood. Era solo un simple
hombre de tribu. Caminaban en fila, recorriendo los bloques con un perro. El guardia de cabeza
llevaba un escudo. Quería entender lo que estaba viendo. Cascos oscuros les cubrían la cabeza
y el rostro; una armadura corporal los cubría de pies a cabeza. Las cadenas arrastraban por la
grava. Un perro abría la marcha. Querían intimidarnos, gritando a cualquiera que los mirara: «Baja
la vista, no me mires.» La mejor respuesta que alguien encontró fue: «No English.» Claro que los
mirábamos, idiotas. Aquello era algo nuevo. Sentía curiosidad. ¿Qué era aquello?
Marcharon hacia mi jaula en aquella misma formación, gritando: «¡Detenido ISN 441, de rodillas,
ahora!» No tenía idea de qué decían. Su inglés ni siquiera me sonaba a inglés. «No English», dije.
Estaba demasiado ocupado observando su extraña armadura, tratando de entender por qué la
llevaban. Mi vecino danés susurró en árabe: «Quieren que te pongas de rodillas. No los enfrentes
con la mirada. Van a llevarte. Por favor, hermano, hazlo, sin más.» «¿Por qué van vestidos así?»,
pregunté. «Te lo explicaré luego», dijo. De todos modos, no habría podido sostenerme en pie. De
repente abrieron la puerta y soltaron al perro sobre mí. Lo agarré por la cabeza; un escudo me
golpeó con fuerza, y luego todos se me echaron encima, gritando algo que no entendía.
El perro ladraba pegado a mi cara, una rodilla se hundía en mi cuello, y me encadenaron las
manos a la espalda. Querían que caminara. Me negué, aunque tampoco podía. Arrastraron mi
cuerpo por la grava de vuelta a la sala de interrogatorios. Otro registro corporal íntimo, esta vez a
manos de alguien que parecía médico. Se sentía más como humillación que como algo médico.
Oía mi número, ISN 441, repetido una y otra vez por radio mientras me llevaban a través de las
puertas hacia la sala de interrogatorios. Los interrogadores no dejaban de repetirlo. Volví a oírlo
cuando me llevaron de regreso, y de nuevo después. Todavía no entendía que ese era mi nuevo
número, distinto del que había tenido en Kandahar. En los sitios negros de la CIA no tenía
ninguno. Allí era solo un fantasma.

Esta foto muestra a detenidos no identificados en las instalaciones del Campo 6, en Guantánamo, el 8 de abril de
2014 (Mladen Antonov/AFP)
Algunos estadounidenses, pensé, están llenos de sus propios mitos. Ven demasiadas películas
y series y esperan que el resto del mundo los vea como los ve Hollywood. También quieren que
los traten así. En aquel momento no hablaba inglés, pero de todos modos esperaban que los
entendiera. El interrogatorio duró casi todo el día: sin descansos, sin comida, sin agua, sin
retrete. Estaba encadenado al suelo y a una silla. La mayoría de los interrogadores vestía de civil;
los traductores eran arabófonos de distintas nacionalidades. Las mismas preguntas volvían una
y otra vez. Esta vez trajeron una carpeta llena de fotografías y me preguntaron si reconocía a
alguno de los hombres. Una mujer las fue pasando una a una, cientos de fotos. No reconocí
ninguna. Gritó y empujó mi cabeza hacia la carpeta. «Eres un mentiroso de mierda.»
Todos fingían enfado, y para entonces yo también estaba realmente enfadado. Ella sostuvo una
foto frente a mi cara y volvió a insistir. «¿Conoces a este hombre?» Le hablé a la foto en su lugar:
«¿Te conoces a ti mismo? Díselo tú.» Me abofetearon la cabeza y la cara. Era terriblemente triste
mirar aquellas fotos: cada rostro brutalmente golpeado, magullado, hinchado, con los ojos
amoratados, algunos sangrando, labios partidos. Ni siquiera reconocí mi propia foto entre ellas,
lo cual, al parecer, los molestó, y por eso me abofetearon y golpearon aún más. Me llevaron de
vuelta a mi jaula. Cuando necesité usar el retrete, traté de cubrirme con una manta para que
nadie me viera. Un guardia se acercó gritando y golpeó la valla. No entendía las palabras, pero
entendí que no quería que me tapara. No me importó. Cuando terminé, un grupo de guardias
irrumpió en mi jaula y me confiscó todo lo que tenía.
Me senté en el suelo de cemento, tratando de encontrar un momento para pensar, para procesar
lo que estaba pasando y por qué. Ese fue mi primer día en Guantánamo. Los guardias sirvieron
raciones MRE de cena a los demás detenidos, pero no a mí ni a un par de otros. Dos de mis
vecinos intentaron pasarme algo de su comida, un danés y un chico de 14 años. Al principio
rechacé, agradecido por su gentileza, pero el hermano danés insistió, así que tomé un trozo de
galleta con mantequilla de cacahuete. Intenté llamar a uno de los guardias. Necesitaba agua; me
habían quitado el contenedor de plástico. Grité en árabe: «Soldado, soldado, ven aquí.» Me
gritaron en inglés que me callara mientras yo seguía hablando en árabe. El hermano danés
tradujo lo que quería. Primero dijeron que no.
Una hora después, volví a llamar. Hablaron entre ellos por radio, y luego regresaron con una
manguera, la apuntaron a mi cara y gritaron «¡Bebe, bebe!», riéndose de mí. Me quedé allí,
mirándolos, preguntándome: ¿qué clase de gente es esta?
Mi primera noche en Gitmo
Aquella noche, a la hora de dormir, no tenía manta ni esterilla. Me tumbé sobre el cemento
desnudo. Al mirar el cielo, vi grandes aves blancas volar cerca sobre nuestras jaulas, la primera
vez que veía un pájaro así tan de cerca: cuello largo, patas largas. Hola, pensé. ¿Puedo volar
contigo? ¿Puedes llevarme contigo? Me pregunto qué puedes ver desde ahí arriba. Mientras
dormía, unos guardias vinieron a golpear la valla. «Detenido 441, despierta, registro de jaula.» Me
encadenaron y engrilletaron mientras registraban una jaula vacía, y luego me devolvieron mis
cosas. Sentí alivio de tener de nuevo algo sobre lo que tumbarme y con qué cubrirme. Pasaron a
la siguiente jaula. Tenía hambre y estaba agotado, y volví a quedarme dormido.

Sondas de alimentación nasal, como las usadas para alimentar a detenidos en huelga de hambre, expuestas en el
hospital de Guantánamo el 27 de octubre de 2009 (John Moore/Getty Images/AFP)
Un golpe fuerte en la valla y un grito de «Detenido 441» me despertaron de nuevo. Me incorporé.
Los guardias tenían un papel en la mano y querían que ordenara mis pertenencias en un orden
específico, señalando cada objeto en secuencia: chanclas, luego el contenedor de agua, el cubo
de agua, el cubo de desechos. Los ordené como pedían. Se marcharon. Volvieron treinta minutos
después con un orden distinto. Lo hice de nuevo. Treinta minutos más tarde, los ignoré y me
negué. El hermano danés dijo: «Hermano, no les des motivos para golpearte.» «No me importa, y
de todos modos no necesito sus cosas», respondí. Un equipo de guardias con equipo completo
irrumpió en mi jaula, se llevó todo, me esposó manos y pies a la espalda, y me dejó tendido boca
abajo durante horas. Aun así me dormí. Mi cuerpo y mi mente simplemente se apagaron.
Al día siguiente, tras el desayuno, llegó un equipo médico con una caja de pastillas,
ordenándonos tomar unas diez cada uno. Algunos nos negamos. No confiábamos en esa gente
y no teníamos idea de qué nos estaban dando. Llamaron a un equipo antidisturbios. Irrumpieron
en mi jaula, me encadenaron a la valla como en una cruz, encadenaron también mis piernas, y
me sujetaron la cabeza mientras el equipo médico intentaba obligarme a tragar pastillas y agua
a la fuerza. Me negué. Mantuve la boca cerrada por más veces que lo intentaran. El equipo
médico abofeteó mi cara ya hinchada, tratando de forzar el paso del medicamento. Me dejaron
encadenado allí durante horas, lo cual solo reforzó mi determinación de romper sus reglas.
Llamé a los guardias por sus nombres, hablé con todos. No paraban de gritarme «Cállate». Yo se
lo gritaba de vuelta.

Un detenido es escoltado por guardias militares de regreso a su celda tras su audiencia anual ante la Junta de
Revisión Administrativa, en la zona de máxima seguridad de Campo Delta, el 6 de diciembre de 2006 (Paul J.
Richards/AFP)
Nos susurrábamos entre nosotros, preguntándonos nombres, nacionalidades, historias. Cada
uno tenía una historia distinta que contar. No nos conocíamos antes de Guantánamo; no
teníamos vida compartida antes de Guantánamo. Y nos topamos con un problema serio: la
barrera del idioma. A un muchacho africano lo insultaron con una injuria racial algunos guardias
blancos. Fue allí donde entendí por primera vez qué significaba el racismo basado en el color de
piel. Un afgano llamaba a los guardias, tratando de hablarles. Otro afgano le tradujo, y lo que oí
me estremeció hasta el fondo: al hijo pequeño de aquel hombre lo habían entregado a los
estadounidenses junto con él, herido, y él suplicaba saber si su hijo seguía con vida. Los
estadounidenses aparentemente creían que el bebé estaba de algún modo relacionado con
Osama bin Laden.
Otro detenido gemía de dolor por una herida en la pierna; el personal médico le había dicho que
se la amputarían si rechazaba el tratamiento. No podía dormir, lloraba de dolor. Otro afgano
gritaba, día y noche, «Número Uno». Se había desnudado, había defecado en el suelo, pero nunca
dejaba de gritar esas dos palabras. Los guardias lo castigaban de todos modos; los
interrogadores seguían interrogándolo. «Número Uno» se convirtió en su identidad. Había
perdido la razón incluso antes de llegar a Guantánamo. Todo lo que podía decir, todo lo que
parecía recordar, era «Número Uno», gritado a pleno pulmón.
¿Por qué estábamos allí?
En cada rostro se leían mil preguntas. Todos nos hacíamos las mismas. ¿Por qué estábamos allí?
¿Hasta cuándo, y qué nos pasaría? ¿Y dónde estábamos? Circulaban distintas teorías, basadas
en especulaciones, suposiciones sobre el clima y otras pistas. Algunos decían Omán o Bahréin,
por el clima y la duración de los vuelos. Otros decían la India, por una inscripción marcada en las
tuberías: «Made in India». Según estas suposiciones, distintos grupos rezaban en direcciones
distintas. No había una respuesta clara. ¿Qué nos pasaría? Algunos decían que los
interrogadores les habían dicho que a todos nos ejecutarían. Otros decían que solo los
condenados a muerte vestían de naranja. Mi vecino danés decía que no, que no podían
simplemente matarnos; había leyes. «Pero yo no las veo», le dije. Ya no sabía qué pensar.
Pasaban demasiadas cosas, demasiado rápido; mi mente no lograba procesar todo lo que había
vivido. Todo era nuevo para mí. Los interrogatorios no se detenían nunca, ni de día ni de noche.
Los guardias trasladaban a los detenidos constantemente hacia las salas de interrogatorio. Solo
podíamos comunicarnos susurrando o con señas. Todos buscábamos cualquier retazo de
información, cualquier novedad. Cuando necesitábamos el retrete, teníamos que cubrirnos y
vigilar los recorridos de los guardias por el bloque, esperando a que uno pasara antes de usarlo.
Otros detenidos se avisaban entre sí cuando un guardia se acercaba. Que te descubrieran
significaba castigo. El tercer día, a la hora del almuerzo, mientras comía, noté que alguien me
observaba a poca distancia, con ojos hermosos. «As-Salaamu Alaikum», dije, y ofrecí compartir
mi comida.
Se acercó a mi jaula, con elegancia, y compartimos nuestra primera comida juntos. Nunca la
había visto antes. La llamé Princesa. Notamos que, cada vez que caminaba, los guardias se
apartaban para dejarla pasar; ninguno se atrevía a tocarla. Podía ir adonde quisiera. Los guardias
la llamaban iguana. Yo la llamaba Princesa.

Esta foto, tomada el 9 de abril de 2014 en la base naval de Guantánamo, Cuba, muestra a una iguana caminando por una carretera de la base (Mladen Antonov/AFP)
Seguía volviendo a mi jaula para compartir mi comida, y otros detenidos empezaron a tenerle
celos. Al final del tercer día, los guardias nos ordenaron sentarnos mirando en una sola dirección,
sin movernos, sin hablar, sin mirar alrededor. Oí un helicóptero cerniéndose cerca sobre el
campo, y luego a soldados gritando como lo habían hecho a nuestra llegada, cadenas
resonando. Un perro ladró. Sabíamos que habían traído a un nuevo grupo de detenidos. Pasaron
las horas hasta que llegó la noche. Esa noche no hubo cena, ni sueño, ni descanso. Sabíamos
por lo que estaban a punto de pasar los recién llegados. Recé a Alá para que se lo hiciera fácil,
para que los protegiera. Durante el día, el sol nos castigaba sin ningún sitio donde resguardarnos.
No se nos permitía cubrirnos la cabeza con toallas, ni usar las esterillas de plástico para
protegernos.
Al quinto día, un grupo de guardias, hombres y mujeres, vinieron a nuestro bloque y nos
ordenaron desnudarnos por completo para llevarnos a las duchas. Me negué, y también algunos
otros. Wallahi, no me quitaré la ropa aunque me cueste la vida. Simplemente no podía hacerlo.
Les dije: o me dan algo con qué cubrirme, o me dejan ducharme vestido. A algunos detenidos no
les importaba hacerlo; a los que se negaban los golpeaban y los arrastraban. Vino un oficial que
se presentó como capellán musulmán, trayendo consigo ejemplares del Corán, que resultarían
ser uno de los mayores problemas.
Los guardias no tenían ningún respeto por nuestras oraciones ni por el Corán. Cada vez que
venían a registrar la jaula, le daban patadas, lo tiraban, lo profanaban. Protestábamos, les
pedíamos que no lo hicieran, lo cual solo empeoraba las cosas. Lo tiraban a los cubos. No nos
veían como seres humanos. No creían que debiéramos ser tratados como tales. Empezamos a
aprender sobre esta gente, y sobre nuestra propia situación. Algunos detenidos, nacionales
europeos o que habían vivido en Europa, nos decían que no podían retenernos para siempre;
podía ser hasta seis meses, y luego nos liberarían. Yo quería creerles. Creía que lo hacía. El
hermano danés me decía que en cuanto averiguaran quiénes éramos realmente, nos soltarían.
Parte de mí quería creerle, pero todo lo que ya había vivido —el trayecto desde los sitios negros
de la CIA, la detención en Kandahar, y ahora esto— decía lo contrario. No teníamos contacto con
el mundo exterior. Ni abogado. Ni familia. Ni siquiera contacto con el mundo más allá de estas
vallas. Los días en Guantánamo se estiraron en meses, en años, en décadas. Guantánamo
mismo creció, evolucionó, cambió. Cerca de 800 hombres y niños musulmanes pasaron por allí,
de docenas de nacionalidades distintas, hablando docenas de idiomas: árabe, pastún, dari,
urdu, uigur, ruso, francés, bosnio, y muchos más.
Muchos habían sido capturados o entregados al ejército usamericano por fuerzas aliadas,
mientras USA ofrecía recompensas por sospechosos enemigos. A cada uno se le etiquetaba
como «el peor de los peores», un terrorista. Se convirtió en un laboratorio para el ejército
estadounidense, una cámara de tortura, un plano director.

Abu Bakker Qassim, musulmán chino de etnia uigur, liberado de la prisión de Guantánamo y reasentado en Albania, prepara pizzas en Tirana el 6 de enero de 2012 (Gent Shkullaku/AFP)
Mientras la prisión permanecía abierta, la CIA gestionaba una red paralela de sitios secretos,
«sitios negros», con la complicidad de gobiernos de todo el mundo. Durante sus últimos años
como presidente, Obama estableció los Periodic Review Boards (juntas de revisión periódica),
un proceso legal y técnico para reexaminar los casos de los detenidos. En 2015, la Junta de
Revisión Periódica aprobó mi traslado fuera de la prisión. Es crucial señalar que este proceso no
fue más que otra medida para ocultar el hecho de que yo, como la mayoría de los demás hombres
detenidos en Guantánamo, nunca fui acusado de un delito ni sometido a juicio. Durante años me
dijeron que era demasiado peligroso para ser liberado. Incluso me clasificaron como «prisionero
de por vida». Luego, sin ninguna prueba nueva, me dijeron que podía irme. Cabe destacar que,
incluso con esa aprobación, seguí detenido en Guantánamo otros nueve meses.
Finalmente, tras pasar casi la mitad de mi vida en los agujeros negros estadounidenses, fui
liberado a la fuerza y subido a un avión fuera de Guantánamo el 11 de julio de 2016. Como Yemen
estaba en plena guerra y el Congreso había restringido el traslado de detenidos a Yemen, en lugar
de enviarme a casa me enviaron a Serbia, un país con el que no tenía ninguna relación: ni familia,
ni idioma, ni historia allí. El hecho de que no tuviera ninguna relación con Serbia, y el hecho de
que me negara a irme a Serbia, no le importaron en absoluto al Gobierno usamericano. A USA
solo le importaba deshacerse de nuestras vidas y barrer bajo la alfombra nuestras historias y la
violencia que sufrimos.
Veinticinco años después
Mientras USA y los grandes medios conmemoran este año el 11-S con el lema «Nunca olvidar,
nunca perdonar», quiero recordarle al mundo quiénes son realmente las víctimas. El mundo no
debe olvidar a los millones de musulmanes inocentes muertos en Afganistán, Irak, Pakistán,
Yemen y Somalia. No debemos olvidar las invasiones, los programas de tortura, los prisioneros.
Con USA conmemorando este aniversario, la gente debería saber que Washington no persigue la
justicia; está lleno de odio y vengativo hacia los musulmanes. La «guerra global contra el
terrorismo» fue una campaña de terror. Llamémosla como el propio George W. Bush la llamó una
vez: una cruzada. Hoy, Guantánamo no solo sigue abierto, sino que además se ha convertido en
un símbolo de la tortura y la detención indefinida.
Según documentos estadounidenses y declaraciones de abogados, cerca del 98 % de los
hombres retenidos en Guantánamo lo fueron injustamente, sin cargos ni juicio. Quince hombres
permanecen presos allí hoy. Tres han sido exculpados. Tres han sido clasificados como
prisioneros de por vida. Soy un producto de la guerra global de USA contra el terrorismo: sus
invasiones, sus millones de muertos, sus decenas de millones de desplazados, su programa de
tortura, sus asesinatos con drones, sus miles de musulmanes secuestrados, torturados y
retenidos indefinidamente. Esa guerra no se quedó en Afganistán o Irak. También volvió a casa,
en la vigilancia del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) sobre los barrios y mezquitas
musulmanes, la vigilancia masiva de la NSA sobre las comunidades musulmanas, el uso
por parte del FBI de informantes para atrapar a jóvenes musulmanes en complots diseñados por
la propia agencia, y la prohibición de viaje contra musulmanes. También cruzó el Atlántico. En
Gran Bretaña, el programa Prevent tejió una red de vigilancia alrededor de la vida musulmana
desde la infancia hasta la muerte, desde la consulta del médico de cabecera hasta la escuela y
la mezquita. En toda Europa siguieron leyes similares, aprobadas en nombre de la seguridad,
recayendo de manera desproporcionada sobre las comunidades musulmanas. La misma
etiqueta nos seguía a todas partes: sospechosos por defecto. Ese engranaje no desapareció. Se
convirtió en el cimiento de algo peor. La infraestructura construida para vigilar, detener y deportar
a musulmanes le dio a la extrema derecha un sistema ya listo para heredar.
El presidente usamericano Donald Trump no inventó la prohibición contra los musulmanes, las
listas de vigilancia, ni la idea de que toda una religión pudiera tratarse como una amenaza para
la seguridad; hizo campaña con ellas, y luego usó herramientas que ya existían. Los movimientos
nacionalistas blancos en USA y Europa absorbieron el mismo lenguaje, la misma sospecha, y la
dirigieron tanto contra los inmigrantes como contra los musulmanes. Veinticinco años de «guerra
contra el terrorismo» construyeron la máquina. La extrema derecha solo tuvo que encenderla.
Esa guerra allanó el camino para la política antiislámica y antiinmigrante de la extrema derecha
que vemos hoy. Ese mismo engranaje alcanza ahora mucho más allá de los musulmanes. En
Georgia, fiscales han acusado a personas implicadas en protestas contra el centro de formación
de seguridad pública de Atlanta de terrorismo doméstico y otros delitos.
El FBI ha dirigido sus fuerzas antiterroristas contra organizadores de Black Lives Matter y
defensores del agua de Standing Rock. En 2025, la administración Trump emitió directrices
ordenando a las agencias federales tratar a las redes activistas de izquierda y a los movimientos
de protesta como amenazas terroristas domésticas. En Gran Bretaña, el Gobierno proscribió a
Palestine Action como organización terrorista, y desde entonces se ha detenido y acusado a
personas por presunto apoyo al grupo. La disidencia misma se volvió sospechosa. La etiqueta
que primero me pusieron a mí, y a miles de musulmanes como yo, hoy se le pone a cualquiera a
quien el Estado decida que no quiere que hable. Veinticinco años después, el Gobierno
usamericano nunca ha llevado el caso del 11-S a un juicio justo.
Ni una sola persona ha sido jamás condenada en un juicio justo por los atentados que se usaron
para justificar todo lo que me sucedió. ¿Dónde están las voces, y dónde están los medios, que
reclaman justicia para los millones de víctimas en todo el mundo de la llamada guerra global
contra el terrorismo? ¿Dónde está el «Nunca olvidar, nunca perdonar» para ellas?
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los hombres del señor de la guerra vinieron a por mí. Encapuchado y esposado, recuerdo poco
de lo que siguió, salvo violencia, un camión, un helicóptero, un avión y, finalmente, una
habitación subterránea. Me colgaron del techo con una capucha en la cabeza. Cuando me la
quitaron, cinco fusiles me apuntaban, con puntos rojos fijos en mi pecho. «Hola, señor Adel», dijo
un traductor, confundiéndome con un general egipcio. «¿Sabe quiénes somos y por qué estamos
aquí?» Por supuesto, no tenía ni idea.
Semanas antes había estado investigando en Afganistán y esperaba empezar la universidad a
finales de año. Ahora se me acusaba de ser un líder de al-Qaeda, secuestrado por señores de la
guerra afganos y entregado a la CIA.
El comienzo de mi calvario
Mientras estuve detenido ilegalmente en una base aérea en Kandahar, veía despegar y aterrizar
aviones de la Fuerza Aérea usamericana en aquel emplazamiento improvisado. Cuando
aterrizaba un avión de carga de la Fuerza Aérea, sabíamos que un grupo de prisioneros iba a
desaparecer. A finales de diciembre de 2001 éramos allí un centenar, retenidos en tiendas de
madera rodeadas de muros de alambre de espino de tres metros de altura. Desde las tiendas
veía los aviones de la Fuerza Aérea despegar y aterrizar en aquel emplazamiento improvisado.
Marines yanquis observan cómo un helicóptero se prepara para salir de una base usamericana en el aeropuerto de
Kandahar, el 23 de enero de 2002 (Banaras Khan/AFP)
Una tarde, un grupo de soldados con uniformes distintos a los de los destinados en Kandahar
empezó a llamar a los detenidos por sus números. Yo estaba en una tienda con un grupo de
hombres que no podían caminar, tras meses de tortura en un sitio negro de la CIA. Lo recuerdo
con nitidez. Los soldados gritaron mi número y me ordenaron tumbarme. Primero soltaron un
perro sobre mí, luego saltaron sobre mi espalda antes de inmovilizarme y arrastrarme hasta una
tienda. La llamaban estación de procesamiento. Me colgaron y me desnudaron a la fuerza.
Soldados y soldadas nos desnudaron, nos afeitaron el cuerpo entero, se burlaron de nuestros
genitales y nos dieron patadas.
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Vi a un muchacho llorar. Escupí a los soldados y le dije que no tuviera miedo. Entonces se
cebaron conmigo, golpeándome duramente la boca hasta partirme el labio. Pasé horas colgado
allí, desnudo. Luego llegó un soldado con un mono naranja, zapatos naranjas, calcetines
naranjas, un gorro naranja: naranja por todas partes. Fue mi primer encuentro con mi nuevo
«amigo»: el color naranja. No recuerdo haberlo llevado nunca antes.
Un uniforme entregado a un detenido descansa sobre una cama en una celda del Campo Delta, en Guantánamo, el
23 de agosto de 2004 (Mark Wilson/AFP)
En ese momento no pensé mucho en el color en sí. También había cadenas y grilletes que nunca
había visto, gafas opacas, orejeras, una máscara y un cartel que decía «PÉGAME». Me vistieron,
me encadenaron, me colgaron el cartel del cuello, me taparon los ojos y los oídos, y me obligaron
a sentarme en el suelo. Cuando llegó la hora de la oración, grité e intenté ponerme en pie para
rezar. Me golpearon, me tiraron al suelo, me amordazaron con cinta adhesiva y me ataron a una
camilla. Oía el rugido de los motores de la Fuerza Aérea. Esperamos así durante horas, y luego
nos subieron al avión uno por uno. Nos encadenaron al suelo formando un círculo. No tenía ni
idea de adónde nos llevaban ni de qué iba a pasar.
El viaje
A bordo, los soldados nos recibieron a golpes y humillaciones, sentándose sobre nosotros y
posando para fotos. Cada 10 o 15 minutos me golpeaban, tal como indicaba el cartel colgado de
mi cuello. Música a todo volumen, motores estruendosos, dolor y privación sensorial. Costaba
respirar. Los grilletes en mis manos y pies estaban tan apretados que sentía el dolor dispararse
hasta el cerebro. Rezaba para que el viaje no durara mucho. Pasaron las horas y el dolor
empeoró. Perdí la sensibilidad en manos y pies. El armazón de las orejeras se me clavaba en la
cabeza; sangraba, pero los golpes no cesaban. Cuando el avión aterrizó, sentí un alivio al pensar
que el viaje había terminado. Pero no duró.
Nos arrastraron hasta otro avión, y el viaje continuó. Me estaba muriendo, luchando por respirar,
incapaz de sostener mi cuerpo por más tiempo. Pensé que iba a morir. Recé a Alá para que me
perdonara y me aceptara. Oí a alguien llamar a la oración: «Allahu Akbar. Allahu Akbar.» Los
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soldados lo silenciaron de inmediato. Después de eso, cada vez que sentíamos que se acercaba
la hora de la oración, nos dábamos codazos para pasarnos el aviso, y rezábamos como mejor
podíamos dadas las circunstancias. El siguiente tramo del viaje fue más largo que el primero.
¿Adónde nos llevaban? ¿Cuándo terminaría?
Seguí rezando a Alá para que nos lo hiciera más llevadero a todos. Alguien ya se había
desplomado contra mí. Me alegró poder servirle al menos de apoyo. Finalmente, el avión aterrizó.
Pese a todo el dolor, sentí alivio: Alhamdulillah. Los soldados empezaron a sacarnos uno por uno.
Yo no podía caminar. Me arrastraron y me pasaron de mano en mano. Oía risas. Me encadenaron
de nuevo, y alguien gritó fuerte en inglés mientras un traductor lo repetía en árabe: «Están bajo el
control de los marines de Estados Unidos. Si intentan algo, los eliminaremos.» El hombre no
dejaba de insultarnos y humillarnos; el traductor añadía también sus propios insultos. No me
importaba quién fuera. Para mí, no eran más que un grupo de cobardes. Solo los cobardes
golpean y maltratan a hombres encadenados y engrilletados. Solo los cobardes actúan así.
El autobús recorrió una corta distancia, se detuvo, y sentí que avanzábamos sobre agua: un mar.
Sentí una especie de alivio ante el mar. Bienvenida, amiga, pensé. El mar rompió la privación
sensorial. Esa fue mi primera pista: el mar estaba cerca. El barco navegó veinte o treinta minutos,
y luego el autobús rodó otros treinta o cuarenta y cinco minutos. Los marines nos golpearon todo
el tiempo. Un soldado no dejaba de golpearme la cabeza por delante y por detrás a la vez. Veía
destellos de luz cada vez. El autobús finalmente se detuvo. Los marines nos sacaron uno por uno
y nos obligaron a arrodillarnos sobre grava afilada. Pasaron horas así. Mi cuerpo se negaba a
cooperar, y los golpes continuaban.
Un perro volvió a ladrar con fuerza y olfateó mi cuerpo. Apenas estaba consciente. Ya casi no me
importaba lo que viniera después. Había dejado de preocuparme mucho antes, en el sitio negro
de la CIA, donde había sido peor. Ya no sentía nada respecto a lo que se avecinaba. Oh, Alá, estoy
en tus manos. Por favor, no les des poder sobre mí. Nuestro viaje había ido por tierra, por aire,
por mar y de nuevo por tierra. Nunca más quise volver a subir a un avión.
La llegada a Gitmo
Tras horas de espera oyendo a hombres gritar de dolor, llegaron soldados que arrastraron mi
cuerpo y me arrojaron sobre el hormigón, antes de cortarme el uniforme naranja y desnudarme
de nuevo. Quería que me quitaran la capucha, las orejeras, las gafas opacas, la cinta adhesiva,
las esposas de manos y pies. Había perdido toda sensibilidad. Pero no lo hicieron. Sentí una
fuerte presión de agua sobre mi cuerpo, y luego algo parecido a jabón líquido y un cepillo grande
y áspero raspando mi piel. Fingían que era una ducha, pero era humillación y más golpes. Me
arrastraron de nuevo a más humillación, un registro corporal íntimo, una y otra vez. Se reían y
preguntaban: «¿Dónde está Osama bin Laden? Bienvenido, señor Comandante.»
Me tomaron una foto. No podía ver nada. Siguieron las huellas dactilares y otros trámites, pero
no lograba distinguir la mayoría. Luego me colocaron una pulsera roja en la mano izquierda.
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Los pies de un detenido de Guantánamo, encadenados al suelo, mientras asiste a una clase de «habilidades para la
vida» el 27 de abril de 2009 (Michelle Shephard/AFP)
La estación de procesamiento era un conjunto de tiendas donde nos trasladaban de una a otra
para tomar huellas dactilares, fotografías, medir la estatura y hacer registros. La mayor parte del
tiempo no podía ver lo que ocurría. Tras la estación de procesamiento me llevaron directamente
a una sala de interrogatorios, donde un equipo tras otro venía a hacerme preguntas. Algunos
ofrecían quitarme la cinta adhesiva para que pudiera hablar, o aflojarme los grilletes y darme
ropa si cooperaba. Mi cuerpo se apagó y perdí el conocimiento. Me desplomé. Los soldados
arrastraron entonces mi cuerpo hasta una jaula y me tiraron dentro. Un soldado se arrodilló sobre
mí, sosteniendo un escudo, y empezó a quitarme las cadenas, las esposas, las orejeras, las gafas
y la cinta adhesiva. Sentí que podía volver a respirar. Gritaban algo que no entendía.
Tenía las manos y las piernas hinchadas, entumecidas, se me habían puesto azules. Apenas
podía ver; tenía la cara y los ojos hinchados, y los labios partidos. Solo veía por un ojo, y aun así
borroso. Lo primero que quise fue cubrir mi cuerpo y ponerme el mono naranja. Después quise
rezar, y luego dormir. Llevaba dos días sin comer ni beber agua, y para entonces ni siquiera tenía
ganas. Era de noche. No estoy seguro de haber logrado rezar a tiempo. Hice lo que pude, dadas
las circunstancias.
Miré a mi alrededor. Veía siluetas de naranja en las jaulas de alrededor, igual que yo. Cada bloque
tenía unas diez jaulas conectadas entre sí, hechas de tela metálica atornillada a tubos de acero.
Luces intensas, alambre de espino arriba. Un perro ladraba con fuerza. Los soldados gritaban y
vociferaban a los detenidos, llamaban por sus números y ladraban órdenes: «Cállate de una puta
vez.» «No hables.» «Mira hacia abajo.» «No me mires.» «No te muevas.» Dentro de la jaula había
pocas cosas: una esterilla de plástico, una manta, un contenedor de agua y dos cubos pequeños,
uno para el agua y otro que servía de retrete.
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Un preso (a la derecha) reza en su jaula el 14 de febrero de 2002, mientras otro detenido observa (Peter Muhly/AFP)
No había un retrete de verdad, ni protección alguna contra los elementos. Logré ponerme el
mono naranja, arrastrarme hasta el cubo y hacer mis abluciones. Ahora bien, ¿en qué dirección
quedaba La Meca, para saber hacia dónde orientarme al rezar? Le pregunté a mi vecino, un
hombre de aspecto sorprendentemente pálido, ojos azules, de rasgos europeos. «As-Salaamu
Alaikum, hermano.» «Wa Alaikum Salaam», respondió, y luego me hizo señas de que no hablara.
Volví a preguntar, susurrando, dónde quedaba La Meca. «No lo sabemos», dijo. «Puedes rezar
hacia la torre de vigilancia. Si pudiera ver las estrellas, te lo diría.» Me puse de pie y empecé a
rezar de todos modos. Vinieron soldados, llamándome por el número de mi jaula, y me gritaron
que me sentara. Apenas podía sostenerme en pie. Estaba apoyado en la malla.
Siguieron gritando, luego irrumpieron en mi jaula, me tiraron al suelo, me golpearon, me
esposaron manos y pies, y me dejaron tendido boca abajo. No se nos permitía hablar, ponernos
de pie ni mirar a los guardias. Mi vecino se preocupó por mí. «Por favor, hermano, obedece sus
órdenes. Quieren domarte. No les des motivos para golpearte», me dijo. «Wallahi [lo juro por
Dios], nunca me domarán. No soy un pollo al que se pueda domesticar», respondí. Recé como
mejor pude, y finalmente no pude resistir más el sueño.
Un mar de naranja
Más tarde, unos soldados me quitaron las esposas y me trajeron algo de comida: una ración
militar usamericano(MRE, Meal Ready to Eat), una bolsa marrón con la foto de un soldado
sosteniendo un arma, la misma comida que nos habían dado en Kandahar. Arrojaban las
raciones por una abertura de la jaula, llamando nuestros números. Veía un océano de siluetas
naranjas en jaulas, cada bloque dividido en diez jaulas, dos filas, tres bloques por fila. Solo jaulas:
sin techo, sin retretes, sin intimidad, tela metálica repleta de hombres y niños con la cabeza
rapada. Miré la pulsera en mi muñeca. Había una foto en ella, y no lograba distinguir qué estaba
mirando, un rostro o alguna otra cosa por completo.
Al mirar a los otros detenidos, sus rostros no eran diferentes del mío: deformados, irreconocibles
como rostros, amoratados, azulados, labios partidos, dientes rotos, heridas sangrantes, manos
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y piernas hinchadas. Fue especialmente doloroso ver a ancianos y niños tan brutalmente
golpeados. No puedo olvidar aquella escena. Así conocí por primera vez a estos hermanos. Este
es el primer recuerdo que mi mente grabó de ellos: todos nosotros en aquellas jaulas, golpeados,
con monos naranjas.
Detenidos se aferran a una valla en el Campo 4, dentro de la prisión de máxima seguridad de Campo Delta, en
Guantánamo, el 26 de agosto de 2004 (Mark Wilson/AFP)
Lo primero que noté, más allá de todo eso, fue el calor. Tras el frío de Afganistán, este nuevo lugar
se sentía extraño, cálido, aunque era finales de enero. El aire era denso y húmedo, y un viento
fuerte traía el olor del mar. Se sentía como un mensaje del mar, dándonos la bienvenida,
asegurándonos que seguíamos vivos. El olor del mar resultaba, de alguna manera, reconfortante,
suave, como si el mar nos dijera que, hicieran lo que hicieran con nosotros, aún podríamos ser
libres. Fue el primer olor de aquel nuevo lugar, y tras dos días encapuchado y amordazado, se
sintió como un soplo de vida en nuestros cuerpos destrozados. Todavía había algo que no podían
controlar. No era solo un olor. Era una forma de poder y esperanza, algo que ni siquiera ellos
podían impedirnos respirar. Desde entonces amo el mar. Lo sentía cerca, escuchando,
observando, velando por nosotros.
Después del desayuno vi algo extraño por primera vez, quizá también para otros: seis guardias
con lo que, en ese momento, me pareció una especie de disfraz extraño. Nunca había visto nada
parecido. Yo no era alguien criado con el cine y la televisión de Hollywood. Era solo un simple
hombre de tribu. Caminaban en fila, recorriendo los bloques con un perro. El guardia de cabeza
llevaba un escudo. Quería entender lo que estaba viendo. Cascos oscuros les cubrían la cabeza
y el rostro; una armadura corporal los cubría de pies a cabeza. Las cadenas arrastraban por la
grava. Un perro abría la marcha. Querían intimidarnos, gritando a cualquiera que los mirara: «Baja
la vista, no me mires.» La mejor respuesta que alguien encontró fue: «No English.» Claro que los
mirábamos, idiotas. Aquello era algo nuevo. Sentía curiosidad. ¿Qué era aquello?
Marcharon hacia mi jaula en aquella misma formación, gritando: «¡Detenido ISN 441, de rodillas,
ahora!» No tenía idea de qué decían. Su inglés ni siquiera me sonaba a inglés. «No English», dije.
Estaba demasiado ocupado observando su extraña armadura, tratando de entender por qué la
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llevaban. Mi vecino danés susurró en árabe: «Quieren que te pongas de rodillas. No los enfrentes
con la mirada. Van a llevarte. Por favor, hermano, hazlo, sin más.» «¿Por qué van vestidos así?»,
pregunté. «Te lo explicaré luego», dijo. De todos modos, no habría podido sostenerme en pie. De
repente abrieron la puerta y soltaron al perro sobre mí. Lo agarré por la cabeza; un escudo me
golpeó con fuerza, y luego todos se me echaron encima, gritando algo que no entendía.
El perro ladraba pegado a mi cara, una rodilla se hundía en mi cuello, y me encadenaron las
manos a la espalda. Querían que caminara. Me negué, aunque tampoco podía. Arrastraron mi
cuerpo por la grava de vuelta a la sala de interrogatorios. Otro registro corporal íntimo, esta vez a
manos de alguien que parecía médico. Se sentía más como humillación que como algo médico.
Oía mi número, ISN 441, repetido una y otra vez por radio mientras me llevaban a través de las
puertas hacia la sala de interrogatorios. Los interrogadores no dejaban de repetirlo. Volví a oírlo
cuando me llevaron de regreso, y de nuevo después. Todavía no entendía que ese era mi nuevo
número, distinto del que había tenido en Kandahar. En los sitios negros de la CIA no tenía
ninguno. Allí era solo un fantasma.
Esta foto muestra a detenidos no identificados en las instalaciones del Campo 6, en Guantánamo, el 8 de abril de
2014 (Mladen Antonov/AFP)
Algunos estadounidenses, pensé, están llenos de sus propios mitos. Ven demasiadas películas
y series y esperan que el resto del mundo los vea como los ve Hollywood. También quieren que
los traten así. En aquel momento no hablaba inglés, pero de todos modos esperaban que los
entendiera. El interrogatorio duró casi todo el día: sin descansos, sin comida, sin agua, sin
retrete. Estaba encadenado al suelo y a una silla. La mayoría de los interrogadores vestía de civil;
los traductores eran arabófonos de distintas nacionalidades. Las mismas preguntas volvían una
y otra vez. Esta vez trajeron una carpeta llena de fotografías y me preguntaron si reconocía a
alguno de los hombres. Una mujer las fue pasando una a una, cientos de fotos. No reconocí
ninguna. Gritó y empujó mi cabeza hacia la carpeta. «Eres un mentiroso de mierda.»
Todos fingían enfado, y para entonces yo también estaba realmente enfadado. Ella sostuvo una
foto frente a mi cara y volvió a insistir. «¿Conoces a este hombre?» Le hablé a la foto en su lugar:
«¿Te conoces a ti mismo? Díselo tú.» Me abofetearon la cabeza y la cara. Era terriblemente triste
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mirar aquellas fotos: cada rostro brutalmente golpeado, magullado, hinchado, con los ojos
amoratados, algunos sangrando, labios partidos. Ni siquiera reconocí mi propia foto entre ellas,
lo cual, al parecer, los molestó, y por eso me abofetearon y golpearon aún más. Me llevaron de
vuelta a mi jaula. Cuando necesité usar el retrete, traté de cubrirme con una manta para que
nadie me viera. Un guardia se acercó gritando y golpeó la valla. No entendía las palabras, pero
entendí que no quería que me tapara. No me importó. Cuando terminé, un grupo de guardias
irrumpió en mi jaula y me confiscó todo lo que tenía.
Me senté en el suelo de cemento, tratando de encontrar un momento para pensar, para procesar
lo que estaba pasando y por qué. Ese fue mi primer día en Guantánamo. Los guardias sirvieron
raciones MRE de cena a los demás detenidos, pero no a mí ni a un par de otros. Dos de mis
vecinos intentaron pasarme algo de su comida, un danés y un chico de 14 años. Al principio
rechacé, agradecido por su gentileza, pero el hermano danés insistió, así que tomé un trozo de
galleta con mantequilla de cacahuete. Intenté llamar a uno de los guardias. Necesitaba agua; me
habían quitado el contenedor de plástico. Grité en árabe: «Soldado, soldado, ven aquí.» Me
gritaron en inglés que me callara mientras yo seguía hablando en árabe. El hermano danés
tradujo lo que quería. Primero dijeron que no.
Una hora después, volví a llamar. Hablaron entre ellos por radio, y luego regresaron con una
manguera, la apuntaron a mi cara y gritaron «¡Bebe, bebe!», riéndose de mí. Me quedé allí,
mirándolos, preguntándome: ¿qué clase de gente es esta?
Mi primera noche en Gitmo
Aquella noche, a la hora de dormir, no tenía manta ni esterilla. Me tumbé sobre el cemento
desnudo. Al mirar el cielo, vi grandes aves blancas volar cerca sobre nuestras jaulas, la primera
vez que veía un pájaro así tan de cerca: cuello largo, patas largas. Hola, pensé. ¿Puedo volar
contigo? ¿Puedes llevarme contigo? Me pregunto qué puedes ver desde ahí arriba. Mientras
dormía, unos guardias vinieron a golpear la valla. «Detenido 441, despierta, registro de jaula.» Me
encadenaron y engrilletaron mientras registraban una jaula vacía, y luego me devolvieron mis
cosas. Sentí alivio de tener de nuevo algo sobre lo que tumbarme y con qué cubrirme. Pasaron a
la siguiente jaula. Tenía hambre y estaba agotado, y volví a quedarme dormido.
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Sondas de alimentación nasal, como las usadas para alimentar a detenidos en huelga de hambre, expuestas en el
hospital de Guantánamo el 27 de octubre de 2009 (John Moore/Getty Images/AFP)
Un golpe fuerte en la valla y un grito de «Detenido 441» me despertaron de nuevo. Me incorporé.
Los guardias tenían un papel en la mano y querían que ordenara mis pertenencias en un orden
específico, señalando cada objeto en secuencia: chanclas, luego el contenedor de agua, el cubo
de agua, el cubo de desechos. Los ordené como pedían. Se marcharon. Volvieron treinta minutos
después con un orden distinto. Lo hice de nuevo. Treinta minutos más tarde, los ignoré y me
negué. El hermano danés dijo: «Hermano, no les des motivos para golpearte.» «No me importa, y
de todos modos no necesito sus cosas», respondí. Un equipo de guardias con equipo completo
irrumpió en mi jaula, se llevó todo, me esposó manos y pies a la espalda, y me dejó tendido boca
abajo durante horas. Aun así me dormí. Mi cuerpo y mi mente simplemente se apagaron.
Al día siguiente, tras el desayuno, llegó un equipo médico con una caja de pastillas,
ordenándonos tomar unas diez cada uno. Algunos nos negamos. No confiábamos en esa gente
y no teníamos idea de qué nos estaban dando. Llamaron a un equipo antidisturbios. Irrumpieron
en mi jaula, me encadenaron a la valla como en una cruz, encadenaron también mis piernas, y
me sujetaron la cabeza mientras el equipo médico intentaba obligarme a tragar pastillas y agua
a la fuerza. Me negué. Mantuve la boca cerrada por más veces que lo intentaran. El equipo
médico abofeteó mi cara ya hinchada, tratando de forzar el paso del medicamento. Me dejaron
encadenado allí durante horas, lo cual solo reforzó mi determinación de romper sus reglas.
Llamé a los guardias por sus nombres, hablé con todos. No paraban de gritarme «Cállate». Yo se
lo gritaba de vuelta.
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