Palestina. En Gaza, cuando el periodista se convierte de transmisor de la noticia en la noticia misma

Resumen Medio Oriente, 16 de septiembre de 2026.
El corresponsal de Al Mayadeen en Gaza, Ahmed Ghanem, asegura que la verdad más dura que descubrió en esta guerra es que el periodista no siempre escapa de las noticias que reporta, y que la cámara que le da la posición de testigo puede convertirse repentinamente en un espejo en el que se ve a sí mismo. Este artículo de su autoría es un testimonio de su propio dolor.
Durante toda esta guerra creí que sabía lo que significaba que el periodista fuera testigo de la muerte, y que después de todos estos años cubriendo la masacre continua aprendí a mantenerme a una distancia segura de la escena para transmitirla tal como era, a ver la sangre sin que se mezclara con la tinta de mi pluma, a escuchar los gritos de las madres sin que mi voz se derrumbara frente a la cámara, a entrar en las casas destruidas y salir de ellas cargando fotos de las víctimas, sus nombres y sus historias, y luego regresar a mi casa para comenzar una noticia nueva.
No obstante, descubrí en ese momento tan duro que el periodista en Gaza en realidad nunca tuvo esa distancia, y que la guerra no le permite seguir siendo testigo para siempre, pues en un solo instante puede salir de detrás de la cámara para encontrarse dentro de la imagen, y transformarse de quien narra la tragedia en uno de aquellos a quienes la tragedia narra.
En pocos segundos, el día en que bombardearon la puerta de nuestro terreno donde nos desplazamos en Deir Al Balah, pasó ante mis ojos una cinta completa de casi dos años de guerra.
Miles de escenas que había cargado conmigo desde el primer día volvieron de golpe, como si la memoria hubiera decidido abrir todas sus puertas a la vez. Vi las calles que cubrí y las casas en las que entré tras el bombardeo, los niños que la cámara llevó al mundo, los padres que buscaban entre los escombros a sus hijos, las madres que gritaban los nombres de sus seres queridos, y vi los rostros de los periodistas que me precedieron hacia la muerte. Vi todas esas veces que me paré frente a la cámara describiendo lo que les ocurría a otros, y de pronto me encontré en medio de la misma escena, esta vez no describiendo la muerte, sino viviéndola.
Allí estaba Taim, el niño que no conocía de la guerra sino que era algo que llenaba el cielo con un sonido aterrador. Tenía solo tres años. No sabía nada de política, ni de fronteras, ni de misiles, ni de comunicados militares, ni qué significaba que Gaza estuviera sitiada.
Conocía las cosas pequeñas que conocen los niños: conocía el abrazo de su abuelo, los rostros de su familia, el calor del hogar y la seguridad que debería ser un derecho natural de todo niño. Pero la guerra no reconoce los derechos de la infancia, y cuando ocurrió la explosión me encontré cargando su cuerpecito empapado en sangre.
Ese día no era un periodista que llevaba una imagen desde el lugar del crimen: llevaba a un niño de mi propia familia, llevaba al mismo Taim, y la sangre que solía ver por el lente de la cámara sobre los cuerpos de otros, esta vez estaba en mis manos.
Hay momentos que la mente no puede asimilar en su momento, sino que posterga su comprensión para más adelante. Cargué a Taim en un estado que hasta ahora no sé cómo describir.
Su cuerpecito pesaba más que todas las palabras que había escrito a lo largo de los años de guerra, y la sangre era más elocuente que todos los reportajes que había preparado, y mis ojos se negaban a creer lo que veían. ¿Cómo puede un niño de tres años transformarse en un instante de un ser que corre entre nosotros a un cuerpo que llevamos apresuradamente al hospital? ¿Cómo puede el sonido de una explosión borrar en un segundo todo lo que parecía normal antes de ella? ¿Y cómo puede el periodista acostumbrado a preguntarle a la gente «¿qué sienten?» encontrarse esta vez incapaz de responder esa misma pregunta?
Luego llegó una angustia que no se parece a ninguna otra. Llegó la noticia de la muerte, luego el cortejo fúnebre, luego ese vacío que deja un niño pequeño cuando de pronto desaparece del lugar que llenaba con su movimiento, su voz y su risa.
El funeral de Taim no fue para mí simplemente el funeral de un niño más de esta guerra: fue el funeral de una parte de mi familia, de mi infancia, de años en los que creí que todos podríamos sobrevivir juntos. Y en el camino hacia su entierro sentí que también estaba enterrando algo dentro de mí, algo que había permanecido vivo durante todos los años de guerra, hasta que llegó ese momento a decirme que la muerte ya no era una noticia que pasaba frente a nosotros, sino que se había vuelto capaz de llegar hasta los lugares que creíamos más seguros.
Y del otro lado, mi padre luchaba contra su grave herida. La metralla le había alcanzado el rostro y un ojo, y terminó en el hospital; luego la operación terminó con la pérdida de uno de sus ojos.
Y mientras el mundo a mi alrededor sabía que la guerra había matado a un niño y herido a un hombre, yo libraba otra batalla no menos cruel que la herida misma: le ocultaba a mi padre la muerte de su nieto Taim, y también le ocultaba el hecho de que había perdido su ojo.
Observaba su rostro y me preguntaba cómo puede un ser humano soportar todo esto a la vez, y cómo decirle a un padre que perdió un ojo que con él también perdió a su nieto, al que tanto quería, y cómo decirle que Taim ya no volvería a visitarlo mientras él aún creía que el niño estaba en algún lugar y que todo podría volver a ser como antes.
Tuve que mentirle a mi padre para protegerlo, y callar para no matarlo por segunda vez, y elegir las palabras como elige el médico la dosis del medicamento. Viví con él en el hospital cargando dentro de mí dos noticias pesadas, tratando de parecer entero frente a él mientras por dentro me desmoronaba poco a poco. En esos días, el periodista que llevaba dentro ya no sabía cómo escribir sobre la escena, porque la escena me había convertido a mí, a mi padre, a Taim y a toda la familia en su objeto, y la cámara ya no podía separar mi profesión de mi vida. Ya no había una noticia que pudiera cerrar al terminar la transmisión para luego volver a mí mismo, porque esta vez la noticia me esperaba en la cama del hospital, se sentaba junto a mí y me llamaba por mi nombre.
Y cuando mi padre supo la verdad, algo se derrumbó dentro de él, y algo se rompió dentro de mí junto con él. No fue solo el impacto de la muerte de Taim lo que lo alcanzó, sino que llegó también el impacto de la pérdida de su ojo, y llegó además la comprensión repentina de todo lo que le habíamos ocultado durante los días anteriores.
En ese momento comprendí que algunas verdades no pueden postergarse para siempre, y que el periodista que pasó su vida buscando la verdad puede a veces verse obligado a ocultarla de las personas más cercanas a él, no porque haya perdido la fe en ella, sino porque sabe que la verdad misma puede ser letal cuando llega en el momento equivocado.
Días largos en el hospital fueron la peor crisis psicológica que atravesé. Ya no sabía dónde terminaba la tarea de hijo y dónde comenzaba la tarea de periodista, ni dónde terminaba la responsabilidad de padre y dónde comenzaba la responsabilidad de corresponsal.
Observaba a mi padre, seguía su tratamiento, recibía a la gente, respondía llamadas, y trataba de parecer en pie mientras sentía que era una estructura que se erosionaba por dentro. Y cada vez que escuchaba una nueva historia sobre un mártir o un herido, mi memoria me devolvía a aquel instante en que cargué a Taim, como si el tiempo se hubiera detenido ahí, y como si todo lo que vino después no fuera más que un largo intento de la mente por comprender lo ocurrido.
Quizás por eso el título no es solo una metáfora literaria cuando decimos que en Gaza el periodista se convierte de transmisor de la noticia en la noticia misma. No hablamos de un traslado profesional de un lugar a otro, sino del colapso de la distancia humana que se supone debe separar al periodista del suceso.
En las guerras comunes, el periodista puede ir al lugar del bombardeo y luego regresar a su casa; en Gaza no existe una casa fuera del bombardeo, ni existe una vida privada alejada de la guerra.
El periodista aquí vive entre aquellos a quienes cubre, come de lo que ellos comen, huye con ellos de un lugar a otro, pierde a sus amigos, a sus colegas y a sus familiares, y luego se para frente a la cámara para contarle al mundo lo que sucedió.
El periodista en Gaza no carga solo la cámara, sino también el miedo de su familia, la memoria de su casa, los nombres de quienes perdió, los rostros de quienes no pudo salvar.
Y cada vez que sale al terreno existe la posibilidad real de que él mismo sea la próxima imagen, de que su nombre aparezca en el cintillo de noticias, y de que la cámara que cargó durante años para documentar la muerte de otros se convierta en testigo de su propia muerte.
Por eso la frase «el periodista que se convierte en noticia» no es una expresión retórica, sino una realidad que vivieron muchos periodistas aquí, para quienes la muerte dejó de ocurrir solo frente al lente para ocurrir también detrás de él.
Nos acostumbramos a decir que el periodista transmite la verdad, pero ¿qué ocurre cuando la verdad se vuelve parte de su cuerpo y de su familia? ¿Cuándo el niño que carga entre sus brazos es su pariente? ¿Cuándo el herido es su padre? ¿Cuándo el funeral es el de un miembro de su propia familia? ¿Y cuándo regresa del hospital no para escribir sobre los heridos, sino para sentarse junto a un herido al que ama? Entonces el periodista deja de ser un mero transmisor de la escena: se vuelve testigo, cómplice y víctima al mismo tiempo, y la noticia que escribe se convierte en la extensión de una herida que aún permanece abierta.
En Gaza cambió el significado mismo de la profesión. El periodismo aquí dejó de ser un lujo intelectual o una simple búsqueda de la primicia, y se convirtió en una forma de testimonio ante un tiempo en el que la muerte intenta borrar sus propios detalles.
El periodista que carga su cámara entre los escombros sabe que lo que hace puede ser todo lo que le queda al mundo como prueba de que esas personas estuvieron aquí, de que tenían nombres, rostros, sueños e hijos. Pero la ironía más cruel es que ese mismo periodista puede convertirse en el instante siguiente en parte del registro que él mismo construía, y que el mundo escriba sobre él la misma frase que él escribió miles de veces: mártir, herido o sobreviviente de una masacre.
Y desde que cargué a Taim entre mis manos, la palabra «mártir» dejó de ser para mí una palabra pasajera, el herido dejó de ser una cifra en una estadística, el herido dejó de ser una imagen en un reportaje, y el funeral dejó de ser una escena que termina cuando termina la filmación.
Las palabras se volvieron cuerpos, las cifras se volvieron rostros, y cada línea de las noticias adquirió el peso de un ser humano que conozco, que amo o que perdí.
Y quizás por eso ahora escribo desde un lugar distinto, un lugar que no puede fingir una neutralidad completa frente a la masacre, porque la neutralidad frente a la muerte de los seres queridos no es una virtud, sino una incapacidad para reconocer lo que la guerra nos hizo.
Durante todos los años de guerra intenté ser una voz para quienes no tienen voz, y hoy me encuentro buscando mi propia voz entre los escombros que esta tragedia dejó dentro de mí. Solía narrar las historias de otros, y hoy tengo una historia que no sé cómo contar sin temblar. Solía preguntarles a los sobrevivientes por el momento de su llegada al hospital, por el instante en que supieron que habían perdido a sus seres queridos, por cómo era la vida después de la pérdida. Y hoy conozco las respuestas a esas preguntas desde adentro, no desde el cuaderno de notas.
Quizás este sea el momento más duro en la vida de un periodista: descubrir que la cámara no lo protege, que el micrófono no crea una barrera entre él y la muerte, que los años de experiencia no otorgan inmunidad al corazón, y que la persona acostumbrada a preguntarle a otros por su dolor puede llegar un día a encontrarse incapaz de nombrar su propio dolor.
Y en Gaza, específicamente, puedes comenzar el día como periodista y terminarlo siendo parte de la noticia; puedes entrar a un lugar para documentar una masacre y salir de él cargando a un mártir de tu propia familia; puedes ir al hospital a filmar a un herido y encontrar a tu padre en la camilla; puedes volver ante la cámara para contarle a la gente sobre la guerra y luego descubrir que la guerra, finalmente, llegó a tu propia casa.
Y desde ese momento dejé de preguntarme cómo puede el periodista seguir siendo profesional ante todo esto, y comencé a hacerme una pregunta más dura: ¿cómo puede el ser humano seguir siendo humano después de tanta muerte? Quizás no exista una respuesta completa, y quizás todo lo que podamos hacer sea seguir dando testimonio, seguir cargando los nombres de quienes se fueron con nosotros, y decirle al mundo que no fueron cifras en un cintillo de última hora: fueron niños como Taim, padres como el mío, madres, hermanos y amigos; fueron una vida completa que un misil resumió en un segundo.
Y en Gaza la noticia no termina cuando termina la transmisión, porque la noticia puede volver contigo a la carpa, sentarse a tu lado por la noche, despertarte de tu sueño, aparecer ante ti en un momento de silencio cuando miras tus manos y recuerdas la sangre que había en ellas. Y quizás por eso el periodista aquí ya no es alguien que narra la guerra desde afuera: se convirtió en una de sus huellas vivas, la lleva en su cuerpo, en su memoria, en su voz y en su silencio. Y cada vez que se para frente a la cámara para decirle a la gente lo que ocurre en Gaza, una parte de él dice algo más que no siempre llega a la pantalla.
Dice que ya no somos solo quienes narran la muerte: somos quienes vivimos en su centro. Dice que ya no somos solo testigos de la masacre: nos convertimos en parte de sus víctimas.
Dice que la distancia entre el periodista y la noticia en Gaza ya no existe, y que la persona que escribía los nombres de los mártires en su cuaderno ahora teme encontrar su propio nombre algún día en esa misma página.
En cuanto a Taim, seguirá siendo para mí más que un nombre en una historia de guerra. Seguirá siendo el niño que cargué con mis manos, empapado en su sangre, y seguirá siendo la pregunta para la que jamás encontraré respuesta: ¿cómo pudo una guerra de tal magnitud encontrar su camino hasta un niño que no había cumplido tres años? ¿Y cómo pudo arrancarle a mi padre su ojo, y a mí, algo de mi capacidad de mirar el mundo como lo veía antes de aquel día?
Y al final, quizás la verdad más dura que descubrí en esta guerra es que el periodista no siempre sobrevive a la noticia que transmite, y que la cámara que le otorga el lugar de testigo puede convertirse de pronto en un espejo donde se ve a sí mismo, y que la mano que sostenía el micrófono para preguntar por el número de víctimas puede convertirse ella misma en la mano del padre que carga a su nieto hacia el hospital.
En Gaza, cuando el periodista se convierte de transmisor de la noticia en la noticia misma, la pregunta ya no es cómo narrar la tragedia, sino cómo narrarla siendo parte de ella; cómo preservar los nombres de quienes perdimos cuando el olvido se vuelve otra forma de la muerte; cómo pararse frente a la cámara después de haber visto nuestros propios rostros en el espejo de la guerra; y cómo seguir hablando después de que el silencio dentro de nosotros adquirió tantos nombres.
Quizás ahora no tenga respuesta para todo eso, pero sé una sola cosa: que Taim no fue una noticia pasajera, que mi padre no es un simple herido en una estadística, y que lo que le ocurrió a mi familia no es un detalle personal separado de esta guerra, sino una pequeña imagen de una tragedia mayor que viven miles de gazatíes que se encontraron, en un solo instante, pasando del lugar del testigo al lugar de la víctima.
Y así comencé a entender la profesión de otra manera que no conocía antes de esta tragedia: el periodista en Gaza no solo transmite la noticia, sino que paga con su vida el precio para que la noticia llegue al mundo. Y cuanto más se amplía la masacre, más se estrecha la distancia entre la cámara y la sangre, hasta que llega un día en que el periodista ya no permanece detrás de la escena, sino que se convierte él mismo en la escena.
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