Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

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martes, 1 de marzo de 2016

AFGANISTÁN: LOS TALIBANES OCUPAN PUNTOS DE URUZGAN

VICTORIA TALIBÁN

Soldados afganos se retiran de varias posiciones de Uruzgan

KABUL


Ejército Nacional Afgano (ANA) se retiran de  un paraje de la provincia de Helmand,
REUTERS / ABDUL MALIK


Las fuerzas afganas sehan retirado de puntos importantes en la provincia meridional de Uruzgan, continuando una retirada que comenzó el mes pasado cuando abandonaron dos distritos de la provincia vecina de Helmand a los talibanes, dijeron las autoridades el martes.

El portavoz del gobierno provincial Dost Mohammad Nayab dijo que alrededor de 100 soldados y policías habían sido sacados de los puestos de control en dos áreas en el distrito de Shahidi Hassas y enviado al vecino distrito de Deh Rawud.

Los talibanes afganos, que buscan derrocar al gobierno respaldado por Occidente en Kabul y volver a imponer un gobierno islámico de 15 años después de que fueran expulsados ​​del poder, dijo que la medida, que se produjo después de intensos combates última hora del lunes, había dejado toda la zona alrededor del pueblo de Yakhdan bajo su control.

La decisión de dejar los mensajes se produce tras meses de intensos combates con los talibanes, que han puesto las fuerzas del gobierno bajo una fuerte presión a través del sur de Afganistán.

"Queremos crear un batallón de reserva en Deh Rawud y podemos pedir a nuestros soldados y policías de otros distritos también a abandonar sus puestos de control", dijo Nayab.

Nayab dijo que la retirada fue motivada por la escasez de soldados y policías, agotados por las pérdidas en combate y deserciones. Dijo que el número de tropas en la provincia eran alrededor de 1.000 por debajo de su fuerza asignada mientras que la policía había cientos corto.

"Algunos de ellos han dejado el ejército y la policía, algunos han sido muertos o heridos y algunos se han rendido a los talibanes", dijo. "Tenemos que controlar la situación aquí hasta que recibamos las fuerzas suficientes."

Funcionarios de la OTAN han presionado a mucho comandantes afganos de retirar las tropas sólo en casos  aislados y difíciles de defender los puestos de control y utilizarlos con mayor eficacia contra los talibanes, que han presionado su insurgencia desde que las tropas internacionales terminaron la mayoría de las operaciones de combate en 2014.

Uruzgan, que comparte una frontera con los países centrales insurgentes de Helmand y Kandahar, es una región pobre y en gran parte montañosa, que las tropas holandesas y australianas lucharon para estabilizarse después el régimen Talibán fue derrocado por las fuerzas lideradas por Estados Unidos en 2001.

Junto con el norte de Helmand, gran parte del cual ha sido abandonado a los talibanes, que constituye una de las principales rutas de contrabando de opio de Afganistán, proporcionando una fuente importante de ingresos para la insurgencia.

El mes pasado, las tropas se retiraron de los distritos de Helmand Musa de Qalah y Nawzad, reagrupandose en torno a algunas ciudades cerca de la capital provincial de Lashkar Gah, en lo que las autoridades dijeron que era una decisión táctica para desplegar fuerzas de manera más eficaz.

La religión de los terroristas

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(Especial por Ahmad Diab*).- La secta uahabi creada bajo el influjo de Inglaterra y los miles de millones de dólares que le entraban a la monarquía quien dio su patronímico clasista a la milenaria Arabia (Saudita), se expandió sin pausa desde hace 90 años, primero en los países árabes circundantes, a los que radicalizó, luego en el magrib africano; desembocó y arraigó particularmente en India, Pakistán y Sudáfrica.
Arrasó en gran parte y meticulosamente con las ideologías de las cuatro escuelas tradicionales sunnas alrededor del mundo, hasta desembocar en el terrorismo Daesh.
La falsa doctrina que propugnaba Muhammad ibn Abdel Uahab (nació en Huraimila, en el Nayd, Arabia, en 1699 y murió en 1791. En sus correrías tuvo acceso a las herejías de Ahmad ibn Taimiiah de Harrán (1263-1328). Abdel Uahab, era bastante vilipendiado por la Gente de la Sunnah (Ahlul sunnah), que veía incompatible sus creencias con lo que denominaban su “ortodoxia”, o sea en defensa de las cuatro escuelas sunnis (Hanafi, Maliki, Shafei y Hanbali, de esta última nacieron los movimientos salafistas)) no irrumpió de la mano de la persuasión, sino que a base de espada y fusil. Y tal como ahora, fueron los musulmanes diseminados en la extensa geografía de Arabia quienes sufrieron los tormentos y la degollina de estos antecesores del Daesh.
Desterrado de todos lados por taimado y embaucador, pero con un objetivo diseñado por la corona británica, enfrentada con el poder de los turcos que dominaban gran parte de Arabia, Abdel Uahab fue acogido por el clan Saud, quien no solo adquirió la novedosa doctrina que denominaba kafer (infiel) a los propios musulmanes o en otros casos mushrikun (asociadores, es decir, que asocian otro ser a Dios), sino que pudo casarse con las mujeres de esta tribu, y de este modo selló un vínculo irrompible con el clan Saud. Y así también se convirtieron en lo que hoy se llama takfirismo (excomulgadores), pues niegan el Islam del universo musulmán que no adhieran a sus creencias.
Prohijado por Inglaterra, experta en estas lides y en crear sectas en el mundo musulmán para destrozar el cuerpo del Islam y factótum a la postre de las calamidades que iban desembocar en la actual crisis en el Medio Oriente, Abdel Uahab sostenía que se debía regresar a las fuentes primigenias del Islam y sobre esto desarrolló externamente todo un programa para destruir vestigios de lo que llamaba “la era de la ignorancia”, que ya el propio Corán había extirpado. (“Antes al contrario, lanzamos la verdad contra lo falso, lo invalida y este se disipa. ¡Ay de vosotros por lo que contáis!” (21: 18)), sin necesidad que otro postrer “profeta” lo suplante.
Como el “catecismo” uahabí era y es muy estrecho, no hubo lugar para el desarrollo profundo de sus ideas, pero además toda especulación filosófica estaba prohibida ya que apenas se atenían a la literalidad del Corán y a miles de hadices falsos (narraciones atribuidas al Profeta Muhammad) traídos por los más controvertidos contemporáneos del mensajero de Dios (pbd), o del taimado Ibn Taimiia y sus fatuas para el rubor de los musulmanes que estudian estas ciencias.
Tan evidente que proclaman la intangibilidad del Corán por un lado, pero en los hechos pesan más las narraciones y fatuas de su máximo mentor Ibn Taimiiah, aunque se contrapongan con el texto sagrado por excelencia de los musulmanes y esto se evidencia en sus debates donde los hadices misóginos tienen más peso que los versículos coránicos que ensalzan a la mujer. (Hay que tener en cuenta que hadices de tal naturaleza se encuentran en todo el orbe islámico, pero con un particular: los sabios bien guiados pusieron en el ático del olvido a las narraciones que se contradicen con El Sagrado Corán).
El dios del uahabismo es un dios antropomorfo, cruel, distante, injusto y vengativo, que si él lo desea llevará al justo al infierno y al impío al paraíso, y ni qué hablar de las iniquidades y fatuas para justificar la maldad y atropello de sus gobernantes, ya que el fiel debe obedecer a un sultán malvado, de acuerdo a algunas interpretaciones torcidas que realizan del Corán cuando habla de “la obediencia a la autoridad” (se supone autoridad justa y benévola).
Volver a las fuentes y purificar al Islam sonaba en los oídos de las masas musulmanas como el más bello adhan (llamado a la oración), si se tiene en cuenta el profundo encono del mundo islámico contra quienes desde hace poco más de trescientos años han expoliado no solo sus riquezas, sino la propia cultura del Islam, sea Francia, Inglaterra, EEUU o Italia, quienes colonizaron el Oriente Próximo, pero además por arcaicos prejuicios devenidos desde siglos cuando las Cruzadas irrumpieron en tierras del Islam y masacraron a sus habitantes, por lo que –más que por ignorancia supina y a causa de ese resentimiento- no le fue difícil al wahabismo penetrar el corpus del islam sunni. Así las cosas, la doctrina de los Saud encontró tierra feraz.
(Dicho sea a vuelo de pájaro, Cruzadas fallidas para occidente, pero recreadas en la voz del oficial francés Goraud, cuando tomó Damasco, pateó la tumba de Salahuddin (Saladino) y exclamó: “Despierta, Saladino. Hemos regresado. Mi presencia aquí consagra la victoria de la Cruz sobre la Media Luna” (El auge de Isis la nueva cruzada de occidente, Andrew Sharp, pag. 19, Editorial Babelcube).
Cuando se estableció la monarquía del viejo Abdul Aziz ibn Saud (1876-1953, su reinado duró cincuenta años) y su doctrina maliciosa comenzó a esparcirse por Egipto, el Golfo, Kwait y allí donde prodigaban sus petrodólares, el pueblo musulmán ignoraba de qué modo había llegado al poder, ni qué doctrina era esa que propugnaba destruir la historia misma del Profeta Muhammad (pbd); sus pertenencias (como la casa de su esposa Jadiyah (a) y todo lo que fuese de su familia), la prohibición de visitar su tumba, y la intención casi llevada a cabo de destruir la tumba del Enviado de Dios, que el rey egipcio por entonces Faruq ibn Fuad desbarató amenazando con una guerra.
Quienes adherían a la doctrina uahabi, tal como en la actualidad, no sabían que adherían a una herejía del islam, una deformación que nació bajo el influjo de las más grandes crueldades y calamidades de los pueblos que se resistieron a Saud en el desierto y que fueron masacrados. Hasta degollaban a los habitantes de una casa si les encontraban fotografías, según el escritor inglés David Howarth que no pudo esconder esas atrocidades a pesar de la apología que hace de Abdul Aziz ibn Saud en su libro El rey del desierto (The Desert King, Editorial de Ediciones Selectas, 1965, Traducción de Federico López Cruz, Buenos Aires).
(Aún hoy, cuando se recorren todos los pueblos de Yedda a La Meca y de Meca a Medina, circundados por ese desierto inmensurable, se puede advertir el temor de sus residentes, la solemnidad prodigada a los guardias uahabíes que están apostados con sus vestiduras blancas en el centro de las aldeas, sin armas, pero su sola presencia trae recuerdos atávicos de la sangre derramada por los Saud para coronarse rey).
La explosión del uahabismo
El rey que alguna vez dijo que todo el tesoro del reino lo cargaba en las alforjas de su camello, veía de qué modo los norteamericanos, que a partir de 1933 descubrieron grandísimos yacimientos de petróleo, lo enriquecieron como jamás pudo soñar. El reconocido británico St John Philby, asesor inmediato del rey, sospechosamente convertido al uahabismo, logró que el monarca diera en concesión a la empresa estadounidense Standard Oil of California (SOCAL), toda la explotación petrolífera del reino.
Allí comenzó el holocausto intelectual para cientos de millones de musulmanes en el mundo, que se vieron inundados por libros uahabíes en todos los idiomas posibles; mezquitas, madrasas (escuelas, pero escuelas coránicas, donde se privilegia la memoria antes que el conocimiento y con lavado de cerebro incluido), la llegada de jeques obtusos e intolerantes, una de las características de los estudiantes del uahabismo)
Miles de millones de dólares al servicio de una doctrina ajena al Islam recorrieron las cuatro escuelas sunnis. Algunos lugares donde shuiuj tradicionales (plural de sheij) estaban advertidos, se blindaron contra el empuje de la nueva doctrina presentada aviesamente como el islam original. (es digno de mencionar que algunas cofradías sufís del norte de Africa de la escuela Maliki resistieron esta “invasión” doctrinaria), pero Europa, Asia, Africa, América, no pudieron con la tentación de las generosas ayudas del reino uahabi. Los centros islámicos sunnis recibieron (y aún lo hacen) generosos estipendios dinerarios, viajes, visas fáciles para la Peregrinación que a otros se les dificulta y a los que se pone trabas).
Miles de estudiantes fueron becados a las universidades sauditas, con comodidades, departamentos, salarios, y decenas de miles regresaron a sus respectivos países para continuar con la difusión del novedoso islam, sueldo mediante por supuesto. Cabe no obstante tender un manto de misericordia a estos jóvenes que fueron fanatizados por el uahabismo, ya que fueron introducidos sin saber de qué se trataba. Para ellos Ibn Taimiiah era el epicentro de su islam y sus hadices eran más sagrados que los versículos del sagrado Corán, pues debatían en base a ellos, sin lógica y sin sentido crítico.
(Actualmente son decenas de los mismos egresados de sus universidades que ponen en discusión lo que aprendieron en los claustros sauditas y que se alejaron del uahabismo. En Argentina tenemos a varios de ellos muy conocidos).
Caso aparte es la subvención en India, Pakistán y Sudáfrica, a las madrasas coránicas, aprovechándose del pauperismo y del alto índice de analfabetos que pueblan esas aulas.
De allí parten por todo el mundo “peregrinos” que hablan de paz, que enseñan el uahabismo con libros extraídos de Ahmad ibn Hanbal, creador de la cuarta escuela del islam que lleva su nombre pero astutamente jamás presentan algún libro de Abdel Uahab, el mentor principal.
Quien escribe, hace cuarenta años que sigue la saga de estos grupos que no solo adoctrinan, sino reclutan jóvenes para becarlos en sus universidades en Pakistán, India o Sudáfrica, pero su ruta ideológica lleva a un pivote: Arabia Saudita.
Y así como desde que se apoderaron de La Meca y prohibieron las jutbas de los viernes (sermones) a las demás escuelas que se rotaban para tal fin, se presentaron al mundo sin hablar de las diferentes escuelas de pensamiento, política que redundó en su beneficio, como si el uahabismo fuera el islam original.
Penetraron en una de las más prestigiosas universidades del mundo islámico como la egipcia Al Azhar; también en Marruecos pero no pudieron penetrar en la shia a la que directamente trata como a una herejía cuya sangre de sus creyentes es lícito derramar.
De este modo la mayoría del Islam sunni de las cuatro escuelas, salvo excepciones como se citó, fueron infectados por la irreverencia uahabi.
Esa infestación recorrió las venas del islam sunni hasta  que hizo septicemia e hizo implosión estremeciendo al mundo por su crueldad, hasta explotar en las narices de sus mecenas. Luego la historia reciente y vívida del Daesh, al que llaman “Estado Islámico” apadrinado por los reyezuelos sauditas y el sueño turco otomanista de Erdogán, sin olvidar que cada musulmán que muere a manos de los mercenarios, es muerto por imperio de la CIA o el Mossad israelí, creadores de este engendro del mal.
Derrotarlos completamente es depurar las creencias, pero para tal cosa se debe destruir la matriz e inocular el antídoto contra este veneno y se debe enarbolar el Islam Muhammadiano en las santas ciudades de La Meca y Medina.
————————————-
*Ahmad Diab es el fundador del Centro Islámico de la Provincia de La Rioja, Encargado de los Asuntos Religiosos de esa Entidad;  Presidente de la Federación Argentina de Entidades Islámicas Yafaritas (FIYAR), Profesor de la Cátedra de Islam de la Universidad Nacional de La Rioja (UNLAR), Periodista, Director y asesor de varios periódicos, autor del libro “La caída de Maza”y “El Perfume de la Profecía” (en imprenta); Premio Nacional Télam 2009 al Periodismo, entre otras actividades.

Charla-debate: “el islam y la libertad de expresión”

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Domingo 8 de febrero de 2015, 11:45 horas.
Un mes después del atentado yihadista contra el semanario francés Charlie Hebdo, la Asociación Iberoamericana pro Derechos Humanos de Castilla-La Mancha, con sede en la ‘Casa de los Pueblos, calle Mesones, 38, Talavera, ha organizado en la mañana del sábado un coloquio-debate bajo el título ‘Libertad de expresión e Islam’.
El encuentro celebrado en la Biblioteca Municipal José Hierro ha tenido de moderador a Francisco Corretjé, presidente de la AIDH-CLM, interviniendo como ponentes, Raúl González, presidente de Musulmanes por la Paz y teólogo y licenciado en Ciencias Islámicas por la Universidad Qom, de Irán; la presidenta de la Asociación de Periodistas de Talavera, Blanca Bermejo, y Fernando Rovetta, profesor de Filosofía del Derecho en el campus de Albacete e integrante de la entidad organizadora.
Partiendo de la condena del terrorismo, el intercambio de puntos de vista celebrado este sábado tenía por objeto debatir sobre los posibles límites de la libertad de expresión, una de las bases sobre la que se sustenta la democracia, y al mismo tiempo salir al paso de la islamofobia que se estaría generarando tras los asesinatos de París.
Así, Fernando Rovetta defendía que “como todos los derechos fundamentales, la libertad de expresión tiene límite, pues colisiona con otros derechos fundamentales, por ejemplo, el derecho al honor”. En este sentido, incidía en “el derecho que tiene toda persona a ser respetada en su creencia individual y colectiva”, alertando de que las polémicas caricaturas de Mahoma utilizadas como excusa del ataque contra la revista satírica francesa chocan con el Islám, “una religión iconoclasta, es decir, que está absolutamente en contra de representaciones de su profeta”.
“En nombre de la libertad de expresión uno no insulta al vecino cuando se encuentra con él por la mañana”
Mientras tanto, el presidente de Musulmanes por la Paz también invitaba al debate sobre la libertad y el respeto a las creencias de los demás y argumentaba al respecto que “en nombre de la libertad de expresión uno no insulta al vecino cuando se encuentra con él por la mañana”, saliendo también al paso de lo que definía como “campaña de criminalización del Islam” a cuenta de la acción criminal llevada a cabo en Francia el 7 de enero.
Por su parte, Blanca Bermejo también afirmaba que “los periodistas defendemos la libertad de expresión hasta sus últimos límites”, si bien matizaba que los asesinatos perpetrados por terroristas yihadistas en la redacción de Charlie Hebdo “tienen poco que ver con la liberdad de expresión”. En su opinión, en caso de no haber utilizado la excusa de las caricaturas para justificar el sangriento ataque, los promotores y los autores de los mismos “hubieran buscado otra”. Igualmente, la presidenta de los periodistas coincidía con el resto de ponentes al llamar la atención sobre la necesidad de trasmitir el mensaje de que este tipo de actos terroristas no han de asociarse con el conjunto de la religión islámica.

La religión de los terroristas

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(Especial por Ahmad Diab*).- La secta uahabi creada bajo el influjo de Inglaterra y los miles de millones de dólares que le entraban a la monarquía quien dio su patronímico clasista a la milenaria Arabia (Saudita), se expandió sin pausa desde hace 90 años, primero en los países árabes circundantes, a los que radicalizó, luego en el magrib africano; desembocó y arraigó particularmente en India, Pakistán y Sudáfrica.
Arrasó en gran parte y meticulosamente con las ideologías de las cuatro escuelas tradicionales sunnas alrededor del mundo, hasta desembocar en el terrorismo Daesh.
La falsa doctrina que propugnaba Muhammad ibn Abdel Uahab (nació en Huraimila, en el Nayd, Arabia, en 1699 y murió en 1791. En sus correrías tuvo acceso a las herejías de Ahmad ibn Taimiiah de Harrán (1263-1328). Abdel Uahab, era bastante vilipendiado por la Gente de la Sunnah (Ahlul sunnah), que veía incompatible sus creencias con lo que denominaban su “ortodoxia”, o sea en defensa de las cuatro escuelas sunnis (Hanafi, Maliki, Shafei y Hanbali, de esta última nacieron los movimientos salafistas)) no irrumpió de la mano de la persuasión, sino que a base de espada y fusil. Y tal como ahora, fueron los musulmanes diseminados en la extensa geografía de Arabia quienes sufrieron los tormentos y la degollina de estos antecesores del Daesh.
Desterrado de todos lados por taimado y embaucador, pero con un objetivo diseñado por la corona británica, enfrentada con el poder de los turcos que dominaban gran parte de Arabia, Abdel Uahab fue acogido por el clan Saud, quien no solo adquirió la novedosa doctrina que denominaba kafer (infiel) a los propios musulmanes o en otros casos mushrikun (asociadores, es decir, que asocian otro ser a Dios), sino que pudo casarse con las mujeres de esta tribu, y de este modo selló un vínculo irrompible con el clan Saud. Y así también se convirtieron en lo que hoy se llama takfirismo (excomulgadores), pues niegan el Islam del universo musulmán que no adhieran a sus creencias.
Prohijado por Inglaterra, experta en estas lides y en crear sectas en el mundo musulmán para destrozar el cuerpo del Islam y factótum a la postre de las calamidades que iban desembocar en la actual crisis en el Medio Oriente, Abdel Uahab sostenía que se debía regresar a las fuentes primigenias del Islam y sobre esto desarrolló externamente todo un programa para destruir vestigios de lo que llamaba “la era de la ignorancia”, que ya el propio Corán había extirpado. (“Antes al contrario, lanzamos la verdad contra lo falso, lo invalida y este se disipa. ¡Ay de vosotros por lo que contáis!” (21: 18)), sin necesidad que otro postrer “profeta” lo suplante.
Como el “catecismo” uahabí era y es muy estrecho, no hubo lugar para el desarrollo profundo de sus ideas, pero además toda especulación filosófica estaba prohibida ya que apenas se atenían a la literalidad del Corán y a miles de hadices falsos (narraciones atribuidas al Profeta Muhammad) traídos por los más controvertidos contemporáneos del mensajero de Dios (pbd), o del taimado Ibn Taimiia y sus fatuas para el rubor de los musulmanes que estudian estas ciencias.
Tan evidente que proclaman la intangibilidad del Corán por un lado, pero en los hechos pesan más las narraciones y fatuas de su máximo mentor Ibn Taimiiah, aunque se contrapongan con el texto sagrado por excelencia de los musulmanes y esto se evidencia en sus debates donde los hadices misóginos tienen más peso que los versículos coránicos que ensalzan a la mujer. (Hay que tener en cuenta que hadices de tal naturaleza se encuentran en todo el orbe islámico, pero con un particular: los sabios bien guiados pusieron en el ático del olvido a las narraciones que se contradicen con El Sagrado Corán).
El dios del uahabismo es un dios antropomorfo, cruel, distante, injusto y vengativo, que si él lo desea llevará al justo al infierno y al impío al paraíso, y ni qué hablar de las iniquidades y fatuas para justificar la maldad y atropello de sus gobernantes, ya que el fiel debe obedecer a un sultán malvado, de acuerdo a algunas interpretaciones torcidas que realizan del Corán cuando habla de “la obediencia a la autoridad” (se supone autoridad justa y benévola).
Volver a las fuentes y purificar al Islam sonaba en los oídos de las masas musulmanas como el más bello adhan (llamado a la oración), si se tiene en cuenta el profundo encono del mundo islámico contra quienes desde hace poco más de trescientos años han expoliado no solo sus riquezas, sino la propia cultura del Islam, sea Francia, Inglaterra, EEUU o Italia, quienes colonizaron el Oriente Próximo, pero además por arcaicos prejuicios devenidos desde siglos cuando las Cruzadas irrumpieron en tierras del Islam y masacraron a sus habitantes, por lo que –más que por ignorancia supina y a causa de ese resentimiento- no le fue difícil al wahabismo penetrar el corpus del islam sunni. Así las cosas, la doctrina de los Saud encontró tierra feraz.
(Dicho sea a vuelo de pájaro, Cruzadas fallidas para occidente, pero recreadas en la voz del oficial francés Goraud, cuando tomó Damasco, pateó la tumba de Salahuddin (Saladino) y exclamó: “Despierta, Saladino. Hemos regresado. Mi presencia aquí consagra la victoria de la Cruz sobre la Media Luna” (El auge de Isis la nueva cruzada de occidente, Andrew Sharp, pag. 19, Editorial Babelcube).
Cuando se estableció la monarquía del viejo Abdul Aziz ibn Saud (1876-1953, su reinado duró cincuenta años) y su doctrina maliciosa comenzó a esparcirse por Egipto, el Golfo, Kwait y allí donde prodigaban sus petrodólares, el pueblo musulmán ignoraba de qué modo había llegado al poder, ni qué doctrina era esa que propugnaba destruir la historia misma del Profeta Muhammad (pbd); sus pertenencias (como la casa de su esposa Jadiyah (a) y todo lo que fuese de su familia), la prohibición de visitar su tumba, y la intención casi llevada a cabo de destruir la tumba del Enviado de Dios, que el rey egipcio por entonces Faruq ibn Fuad desbarató amenazando con una guerra.
Quienes adherían a la doctrina uahabi, tal como en la actualidad, no sabían que adherían a una herejía del islam, una deformación que nació bajo el influjo de las más grandes crueldades y calamidades de los pueblos que se resistieron a Saud en el desierto y que fueron masacrados. Hasta degollaban a los habitantes de una casa si les encontraban fotografías, según el escritor inglés David Howarth que no pudo esconder esas atrocidades a pesar de la apología que hace de Abdul Aziz ibn Saud en su libro El rey del desierto (The Desert King, Editorial de Ediciones Selectas, 1965, Traducción de Federico López Cruz, Buenos Aires).
(Aún hoy, cuando se recorren todos los pueblos de Yedda a La Meca y de Meca a Medina, circundados por ese desierto inmensurable, se puede advertir el temor de sus residentes, la solemnidad prodigada a los guardias uahabíes que están apostados con sus vestiduras blancas en el centro de las aldeas, sin armas, pero su sola presencia trae recuerdos atávicos de la sangre derramada por los Saud para coronarse rey).
La explosión del uahabismo
El rey que alguna vez dijo que todo el tesoro del reino lo cargaba en las alforjas de su camello, veía de qué modo los norteamericanos, que a partir de 1933 descubrieron grandísimos yacimientos de petróleo, lo enriquecieron como jamás pudo soñar. El reconocido británico St John Philby, asesor inmediato del rey, sospechosamente convertido al uahabismo, logró que el monarca diera en concesión a la empresa estadounidense Standard Oil of California (SOCAL), toda la explotación petrolífera del reino.
Allí comenzó el holocausto intelectual para cientos de millones de musulmanes en el mundo, que se vieron inundados por libros uahabíes en todos los idiomas posibles; mezquitas, madrasas (escuelas, pero escuelas coránicas, donde se privilegia la memoria antes que el conocimiento y con lavado de cerebro incluido), la llegada de jeques obtusos e intolerantes, una de las características de los estudiantes del uahabismo)
Miles de millones de dólares al servicio de una doctrina ajena al Islam recorrieron las cuatro escuelas sunnis. Algunos lugares donde shuiuj tradicionales (plural de sheij) estaban advertidos, se blindaron contra el empuje de la nueva doctrina presentada aviesamente como el islam original. (es digno de mencionar que algunas cofradías sufís del norte de Africa de la escuela Maliki resistieron esta “invasión” doctrinaria), pero Europa, Asia, Africa, América, no pudieron con la tentación de las generosas ayudas del reino uahabi. Los centros islámicos sunnis recibieron (y aún lo hacen) generosos estipendios dinerarios, viajes, visas fáciles para la Peregrinación que a otros se les dificulta y a los que se pone trabas).
Miles de estudiantes fueron becados a las universidades sauditas, con comodidades, departamentos, salarios, y decenas de miles regresaron a sus respectivos países para continuar con la difusión del novedoso islam, sueldo mediante por supuesto. Cabe no obstante tender un manto de misericordia a estos jóvenes que fueron fanatizados por el uahabismo, ya que fueron introducidos sin saber de qué se trataba. Para ellos Ibn Taimiiah era el epicentro de su islam y sus hadices eran más sagrados que los versículos del sagrado Corán, pues debatían en base a ellos, sin lógica y sin sentido crítico.
(Actualmente son decenas de los mismos egresados de sus universidades que ponen en discusión lo que aprendieron en los claustros sauditas y que se alejaron del uahabismo. En Argentina tenemos a varios de ellos muy conocidos).
Caso aparte es la subvención en India, Pakistán y Sudáfrica, a las madrasas coránicas, aprovechándose del pauperismo y del alto índice de analfabetos que pueblan esas aulas.
De allí parten por todo el mundo “peregrinos” que hablan de paz, que enseñan el uahabismo con libros extraídos de Ahmad ibn Hanbal, creador de la cuarta escuela del islam que lleva su nombre pero astutamente jamás presentan algún libro de Abdel Uahab, el mentor principal.
Quien escribe, hace cuarenta años que sigue la saga de estos grupos que no solo adoctrinan, sino reclutan jóvenes para becarlos en sus universidades en Pakistán, India o Sudáfrica, pero su ruta ideológica lleva a un pivote: Arabia Saudita.
Y así como desde que se apoderaron de La Meca y prohibieron las jutbas de los viernes (sermones) a las demás escuelas que se rotaban para tal fin, se presentaron al mundo sin hablar de las diferentes escuelas de pensamiento, política que redundó en su beneficio, como si el uahabismo fuera el islam original.
Penetraron en una de las más prestigiosas universidades del mundo islámico como la egipcia Al Azhar; también en Marruecos pero no pudieron penetrar en la shia a la que directamente trata como a una herejía cuya sangre de sus creyentes es lícito derramar.
De este modo la mayoría del Islam sunni de las cuatro escuelas, salvo excepciones como se citó, fueron infectados por la irreverencia uahabi.
Esa infestación recorrió las venas del islam sunni hasta  que hizo septicemia e hizo implosión estremeciendo al mundo por su crueldad, hasta explotar en las narices de sus mecenas. Luego la historia reciente y vívida del Daesh, al que llaman “Estado Islámico” apadrinado por los reyezuelos sauditas y el sueño turco otomanista de Erdogán, sin olvidar que cada musulmán que muere a manos de los mercenarios, es muerto por imperio de la CIA o el Mossad israelí, creadores de este engendro del mal.
Derrotarlos completamente es depurar las creencias, pero para tal cosa se debe destruir la matriz e inocular el antídoto contra este veneno y se debe enarbolar el Islam Muhammadiano en las santas ciudades de La Meca y Medina.
————————————-
*Ahmad Diab es el fundador del Centro Islámico de la Provincia de La Rioja, Encargado de los Asuntos Religiosos de esa Entidad;  Presidente de la Federación Argentina de Entidades Islámicas Yafaritas (FIYAR), Profesor de la Cátedra de Islam de la Universidad Nacional de La Rioja (UNLAR), Periodista, Director y asesor de varios periódicos, autor del libro “La caída de Maza”y “El Perfume de la Profecía” (en imprenta); Premio Nacional Télam 2009 al Periodismo, entre otras actividades.

Mentiras, náuseas y sanciones

Ex embajador de Francia en Siria, Michel Raimbaud denuncia el carácter horrendo de las sanciones occidentales contra el pueblo sirio. Resalta además la necesidad de poner fin de inmediato a la política bárbara que representó el ahora ex ministro francés de Exteriores Laurent Fabius.
 | Paris (Francia) | 26 de febrero de 2016 
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Michel Raimbaud
El peor ministro de Relaciones Exteriores impuesto a Francia [Laurent Fabius] finalmente sale del cargo. Tras él deja una diplomacia en plena bancarrota, desacredita y desmoralizada. Aunque fuesen los mejores del mundo, nuestros diplomáticos no pueden hacer milagros cuando se les obliga a defender únicamente expedientes que no tienen defensa posible, que los ponen sistemáticamente del lado equivocado de la Historia. Ahí reside el problema.
La partida de un ministro tan lejano de lo que deben ser las Relaciones Exteriores, que sólo se despertaba cuando oía el nombre de Bachar al-Assad, será motivo de lamentos únicamente de parte de él mismo y de sus cómplices. Pero deben desconfiar los eternos optimistas, que se llenaron de esperanzas durante el espacio de un adiós: si nunca estamos seguros de que vaya a suceder lo peor, que lo mejor llegue a suceder es todavía menos seguro.
El que se va era un pilar del «Grupo de Amigos de Siria», cuya lista de países miembros era la perfecta demostración de la bien conocida frase “con esos amigos no hacen falta enemigos”. Retomando la antorcha que Francia blandió durante la agresión de la OTAN contra Libia, Fabius hizo todo lo que pudo por poner a nuestro país en la vanguardia de los guerreristas de la virtuosa «comunidad internacional». ¿Acaso no fue él quien, entre despechado y goloso, estimaba en julio de 2012 que «todavía quedan algunas posibilidades de recrudecimiento en materia de sanciones»?, insistiendo para que Grecia suspendiera la importación de fosfato sirio.
El club Elisabeth Arden (Washington, Londres, Paris), que desde hace un cuarto de siglo pretende encarnar la «comunidad internacional», se ha transformado estos los últimos años en un directorio de flageladores que encuentran su fuente de inspiración en los neoconservadores del «Estado profundo» de los países de Occidente y de otras regiones del mundo, y que tienen por aliados privilegiados a los regímenes del Medio Oriente que más afición sienten por la flagelación como forma de castigo. En 2011, después de Irak, Sudán, Afganistán, Somalia, Palestina, Yugoslavia, Irán y Ucrania, entre otros, nuestros padres flageladores, a pesar de lo absortos que estaban en su tarea de aquel momento, reservan a Siria un tratamiento especial. Comienzan así a llover las sanciones desde los primeros días de primavera.
En julio de 2012 (por decencia nos abstendremos de mencionar el nombre del diario y los de los periodistas), aparece en internet un video con un título en forma de pregunta asesina: «De qué sirven las sanciones contra Siria?». Este país, señala el comentario escrito, «es desde hace un año objeto de medidas de represalia de parte de la comunidad internacional, con un éxito desigual». Hay que «castigar y ahogar economicamente al regimen de Bachar al-assad, que reprime de manera sangrienta a sus opositores: ese es el objetivo». Todavía hoy seguimos oyendo la misma cancion.
Aquel video precisa que, el 23 de julio de 2012, la Unión Europea adoptó un nuevo paquete de sanciones, por décimoseptima vez en un solo año. La Unión Europea recuerda además que Estados Unidos, Canadá, Australia, Suiza, Turquía y la Liga Árabe (secuestrada por Qatar y los regímenes del Golfo) tomaron medidas equivalentes.
Sin llegar al extremo de citar una lista interminable de las sanciones impuestas, renovadas y reforzadas durante los años siguientes, no resulta inútil recordar de paso, para los distraídos, los ignorantes o quienes presumen de buenos sentimientos, el guión general de la obra maestra de los dirigentes occidentales y sus sádicas burocracias:
1- Primeramente vienen las sanciones clásicas de «puesta en situación» por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptadas en mayo de 2011:
Las primeras medidas de la Unión Europea proscriben (negación de visas) a 150 personalidades del «régimen sirio» y congelan sus haberes.
Por otro lado, unas 50 firmas que «respaldan el régimen» son sometidas a un boicot. Se encuentran entre ellas 5 organismos militares, conforme al embargo adoptado «contra las exportaciones de armas y de material susceptible de ser utilizado con fines represivos». Se prohíbe así la exportación hacia Siria de equipamiento, tecnologías o programas informáticos destinados a vigilar o interceptar comunicaciones a través de internet o por vía telefónica.
2- El 10 de agosto de 2011, el gobierno de Estados Unidos adopta sanciones económicas contra las empresas sirias de telecomunicaciones y los bancos vinculados a Damasco, impidiendo a los ciudadanos estadounidenses hacer negocios con el Banco Comercial de Siria, el Banco Comercial Sirio-Libanés y Syriatel. Los fondos de esas empresas en Estados Unidos son congelados, podría decirse robados. Hillary Clinton anuncia al mismo tiempo un embargo total de todas las importaciones de petróleo y de productos petroleros provenientes de Siria.
Imitando presurosamente al amo, la Unión Europea decide varios paquetes de medidas suplementarios, incluyendo un embargo sobre el petróleo.
La última andanada apunta a reducir los intercambios comerciales para estrangular la economía del país.
3- Vendrían después las sanciones diplomáticas (retirada de los embajadores para consulta) decididas en el otoño de 2011, después del doble veto ruso-chino contra el proyecto de resolución islamo-occidental tendiente a provocar en Siria un proceso al estilo del que ya se había provocado anteriormente en Libia. Dado el hecho que Estados Unidos había retirado de Damasco su embajador de tercer tipo, varios países de la Unión Europea también se apresuraron a retirar los suyos.
El entonces ministro francés de Relaciones Exteriores, Alain Juppé, retiró el suyo por primera vez el 17 de noviembre de 2011: «error fatal» para el ministro-computadora. Después de un falso regreso [a Damasco], la partida definitiva [del embajador de Francia en Siria] se produce en febrero de 2012. Al ser nombrado jefe de la diplomacia francesa, Fabius irá aún más allá: en cuanto toma posesión del cargo, Fabius expulsa a la embajadora de Siria en París, olvidando que esta diplomática es también representante de su país ante la UNESCO y que, por consiguiente, el gobierno francés no puede obligarla a irse.
4- En 2012, se ordena el cierre de la compañía aérea Syrian Air en París y, posteriormente, se prohíbe todo enlace aéreo entre Francia y Siria e incluso, más generalmente entre las capitales europeas y Damasco.
Ciertos expertos declaran contritos que no todo el mundo está de acuerdo, desgraciadamente, para instaurar un embargo [contra Siria], lo cual limita los resultados de los que sí lo hacen. Ha dejado de existir la bella unanimidad que, desde 1991 hasta 2001, reunió a los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad alrededor de las decisiones auspiciadas por los 3 miembros permanentes occidentales, y esto constituye un factor determinante que permite quebrar la arrogancia y la preponderancia de las potencias de la OTAN. Dedos acusadores señalan a «ciertos países que no juegan como se debe (sic).
Pero, ¿es esto un juego? Rusia y China apoyan el gobierno y el Estado sirios. Se les insta entonces a que «se unan a la comunidad internacional» (sic). Siria puede contar también con la ayuda multiforme de su aliado iraní, pero este último también se encuentra a su vez bajo el peso de duras sanciones. Otros países, como Brasil, no apoyan a los occidentales. Además, en el seno de la Unión Europea algunos Estados se hacen de rogar y se multiplican las fallas en la aplicación de los compromisos asumidos en contra de Damasco.
Este bloqueo que asfixia progresivamente a Siria es ciertamente difícil de aplicar. Pero, para consuelo de quienes pretenden que sea perfecto, es indiscutible la existencia de los resultados que de él se esperaban. Al cabo de 5 años de sanciones y saña colectiva contra Siria, el pueblo sirio está exhausto y vive en condiciones terribles. Nuestros grandes dirigentes, tan buenos y tan púdicos, ¿desconocen acaso la verdad? Y no hablamos de la verdad de sus protegidos emigrados, que viven al calor y a la sombra de sus protectores, sino de la verdad de los sirios que a pesar de todo se han mantenido en su país. Lejos del paraíso de la “revolución” en la que fingen creer los primeros, lejos del paraíso al que aspiran los yihadistas democráticos y los terroristas moderados, los sirios de la verdadera Siria están viviendo un infierno creado por el fanatismo de sus «liberadores» y de sus aliados turcos o árabes, así como por el sadismo del «Eje del Bien», padrino de los terroristas y gran ejecutor de castigos ante Dios.
Las sanciones han logrado destruir un país que era más bien próspero, que casi no tenía deudas, autosuficiente en cuanto a sus necesidades esenciales y globalmente bien situado. Las sanciones han logrado afectar el tejido nacional sirio, basado en una tolerancia «laica» bastante ejemplar, aun que sin lograr destruir su estructura. El objetivo de este politicida era (y sigue siendo) desmoralizar a los sirios, llevándolos a perder confianza en la legitimidad de su Estado, de su Gobierno, de sus dirigentes, de sus instituciones, de su ejército, dándoles a la vez la impresión de que Occidente está ahí (¡felizmente!) para «salvarlos del tirano que los masacra» y acoger en su seno a los refugiados y tránsfugas.
El terrible balance ya registrado anteriormente en Irak –un millón y medio de muertos, entre ellos medio millón de niños– nos recuerda que las sanciones son un arma de destrucción masiva que los «dueños del mundo» utilizan con total cinismo. Madeleine Albright [1], para quien todos esos muertos no pasan de ser «daños colaterales», declaró en su momento que «valió la pena». Hoy vemos el resultado.
En Siria, no son mejores las intenciones de los «castigos» occidentales. Lo que buscan es someter a un pueblo que resiste y obligarlo a aceptar la fatalidad de un cambio de régimen, o al menos llevarlo a huir, a desertar… aunque para lograrlo haya que desangrar el país privándolo de su juventud ya formada, de sus cuadros, que aspiran a vivir mejor en un clima de paz… aunque haya que convertir a esos refugiados en un pueblo de mendigos, a merced de todo tipo de traficantes: prueba de ello son esas mujeres y niños que grupos inquietantes ya instalan de noche en las esquinas de los bulevares parisinos.
Desde hace 5 años, nuestros retorcidos políticos, nuestros periodistas complacientes, nuestros intelectuales extraviados o desviados, participan –con muy pocas excepciones– en la enorme conspiración de la mentira que presenta la Siria soberana y legal como usurpadora y culpable de masacres, mientras que quienes la agreden y sus padrinos –orientales y occidentales– son presentados como revolucionarios liberadores.
Además del horror que infunden las imágenes de esta guerra salvaje, ¿cómo no sentir náuseas ante la ceguera, voluntaria o no, de nuestras élites, que prefieren dar crédito a las mentiras de sus aliados y protegidos, ignorando los innumerables testimonios de las víctimas que señalan claramente a sus verdugos? ¿Cómo es posible no sentir náuseas ante esta complicidad asumida, a penas disimulada por una omerta sistemática? ¿Cómo es posible ver impasibles el aplomo y el derroche de supuestos “buenos sentimientos” de quienes modelan nuestra «opinión pública»?
La solución no es acoger en Europa a los refugiados que de una u otra manera hemos creado al alimentar la guerra universal de agresión y la yihad contra Siria. Hay que levantar de inmediato, sin dilación ni condiciones, las sanciones destinadas a quebrar la voluntad de todo un pueblo. Hay que poner fin a la guerra, en vez de dedicarse a agravar su impacto recurriendo a los métodos despreciables, taimados e inicuos que son las sanciones al estilo de Occidente.
Hay que lograr que se haga justicia al pueblo sirio martirizado y humillado. Y lo más elemental de esa justicia, lo primordial, es no cubrir con un manto de virtud a los feroces criminales que, en nombre de la intolerancia, tratan de destruir la Siria tolerante. Esa justicia implica también no seguir dando nuestro aval a los flageladores que impunemente castigan soberbiamente a los demás. Basta ya de mentiras. Basta ya de hipocresía. Basta ya de supuestas lecciones.
Repitámoslo. Hay que levantar las sanciones criminales y espurias que están matando a Siria y su pueblo. Pero hay que hacerlo ahora, no en un mes o en un año. No es una cuestión de diplomacia sino una cuestión de honor. Y Francia recobraría algo de su honor si decidiese, unilateralmente y a título nacional, el levantamiento de las sanciones.
[1] Secretaria de Estado bajo la presidencia de 1997 a 2001, bajo la presidencia de Bill Clinton, Madeleine Albright fue la primera mujer que dirigió el Departamento de Estado. Nota de la Red Voltaire.