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domingo, 8 de mayo de 2011

Bin Laden: víctima del tsunami democrático?

Bin Laden: víctima del tsunami democrático

No era ya el patriarca o mesías de las multitudes de jóvenes que habían crecido políticamente después de la caída del muro de Berlín y del colapso de la Unión Soviética, y por tanto, se acercaron a la propuesta del “choque de civilizaciones” con el fin de hallarle salida al agudo clima de atraso, miseria, injusticias sociales y desigualdades que imperaban en una región del mundo cuya riqueza minera crecía y crecía sin cesar.
Bin Laden: víctima del tsunami democrático que sacude al Medio Oriente


De ahí que su muerte, aunque violenta, no tuvo nada de holocáustica ni de heroica, y más bien pareció un ítem más en la agenda operacional de unos cuerpos policiales que se tropiezan casi por azar con “un fuera de la ley” que se solaza en sus días de jubilado sin ejércitos que lo defiendan y mueran por él, ni el coraje para rendir el último suspiro con un Kalashnikov en las manos.

Un guión, en definitiva, absolutamente inadecuado para un thriller de Hollywood de alto, de altísimo presupuesto, de esos que ya había pensado la directora de “Hurt Locker”, Kathiryn Bigelow, ganadora del Oscar a “Mejor Película del 2010”, quien tratará más bien de conformarse con un remake, o “Parte 2”, de aquel “Bastardos sin gloria” de Quentin Tarantino, donde nada sucede en serio, porque como escribió, el fraterno Alfonso Molina, en su blog de Noticiero Digital: “Tarantino no quiso hacer una película histórica sino un gran comic de acción con esa guerra como trasfondo. Ningún personaje es verosímil, ni siquiera parcialmente. Lo esencial en Bastardos sin gloria es un homenaje al cine desde distintas ópticas y a través de las claves básicas de determinados géneros. Es un gran divertimento fílmico que se burla de la historia y del propio cine serio”.

Quiere decir que, Osama Bin Laden, el todopoderoso Osama Bin Laden, “el hombre más buscado del mundo”, “el enemigo público No 1 de Occidente y de Estados Unidos”, no podía ser sorprendido sino durmiendo la siesta en una mansión de la localidad exclusiva de Abbotabad en las afueras de Islamabad, capital de Pakistán, fragancias entre las que escanciaba una vida de retirado, quieta, apacible, a lo sumo contemplativa, o quizá colgada de aquellos días no tan lejanos en que fue abrumador el consenso de que había llegado para producir una conmoción mundial como no se conocía desde los tiempos del Mahdi, Nasser, el primer Arafat, o el Imán Jomeini.

Podía acordarse, a este respecto, de los tiempos en que teniendo 22 años, (comienzo de los 80 más o menos), luego de graduarse de ingeniero en la Universidad Rey Abdul Azzis de Jeddaah, decide dejar familia, esposas, hijos, y una posición privilegiada en la empresa constructora de su padre, “Bin Laden Group”, para ir a Afganistán a incorporarse a los ejércitos de muyahidins que luchaban contra la invasión soviética iniciada el 14 de septiembre del año anterior.

Fue el fragor que lo transfiguró de guerrero, en líder religioso de una secta fundamentalista islámica que apenas nacía, el Talibán, financiada y patrocinada por sus pares los príncipes sauditas wahhabitas, preocupados de que los dos países islámicos más importantes de Asia Central, Afganistán y Pakistán, fueran pasto de las llamas del shíismo iraní.

Son los tiempos en que va a crear, igualmente, Al Qaeda, (“La Base”), conjunto de células políticas y militares que por la fracturada geografía del Hindukust, se prestan idealmente para operar sin un centro, un núcleo, un punto, apenas sustentadas por el aliento de un líder remoto y carismático que se remite a trazar la “línea general”

Pero los 9 años de guerra contra la invasión soviética también van a formar al “Bin Laden que entra en el Gran Juego de la política cosmopolita e internacional”, pues se convierte en el enlace de los muyahidinis con los norteamericanos que, vía Pakistán, suministran todo tipo de armas convencionales a los rebeldes, así como entrenamiento para que, como lo quería Zbigniew Brzezinski, Consejero de Seguridad Nacional del presidente, Carter: “Afganistán fuera el Vietnam de los soviéticos”.

Y vaya si lo fue, pues es imposible negar el papel que jugó la derrota soviética en Afganistán para el desencadenamiento de la crisis que 2 años después acabaría, tanto con la Unión Soviética, como con el sistema político, social y económico en el cual había despilfarrado 70 años de su historia: el comunismo.

Pero la expulsión y el fin de la Unión Soviétiva no representan el fin de las guerras en el Medio Oriente, que pasan inmediatamente a la “Primera Guerra del Golfo”, con la invasión del Irak de Saddam Hussein a Kuwait, que a su vez provoca desde la ONU la formación de una coalición de potencias occidentales encabezada por Estados Unidos, que mandan a Saddan de vuelta a Irak, pero no sin antes provocarle enormes daños a la infraestructura petrolera kuwatí.

Tiempo, entonces para que Osama Bin Laden regresé a Afganistán, ahora si para asumir el emirato político, religioso y militar del Talibán, al frente de cuyas bandas derrota las facciones rivales que se creían los herederos del Afganistán postsoviético, entre otros al temible guerrero, Ahmad Shah Massoud, conocido también como el “León del Panjshir”.

El 27 de septiembre de 1996, Bin Laden y sus Talibanes, toman Kabul, la capital de Afganistán y fundan el “Emirato Islámico de Afganistán”, que es el nombre elegido por los integristas para crear un territorio que pase después a formar parte de un imperio islámico que sería el Califato Universal establecido en el Corán.

Creo que aún están frescos los 5 años que duró el Emirato que tuvo entre sus guías y líderes fundamentales a Osama Bin Laden y al Mula Omar, con sus policías que recorrían calles, mercados y barrios haciendo cumplir la Ley Islámica que, según ellos, imponía el uso obligatorio para la barba en los hombres, la burka para las mujeres, así como la prohibición a estas últimas de realizar cualquier otra actividad que no fueran las domésticas, las escolares incluidas.

Un mundo lúgubre, tenebroso, cerrado. de factura estrictamente medioeval, donde estaba prohibido por ley jugar fútbol u otros deportes, ver televisión, participar en fiestas, vestir trajes o prendas que no estuvieran autorizados en los textos canónicos, donde se aplicaban con rigor criminal penas y castigos contemplados en la Sharia, o Ley Islámica y en el cual se extremó el fanatismo y la intolerancia hasta destruir los Budas de Bamiyán, dos esculturas del siglo XI, de entre 38 y 55 metros de altura, esculpidas en unos acantilados lugar de oración de los viajeros de la Ruta de la Seda, que eran fama y asombro del mundo, “patrimonio cultural de la humanidad, según declaración de la Unesco” y que fueron vandalizados porque no concordaban con la escritura coránica que no admite imágenes.

Un mundo desde el cual se planificaron los atentados del 11 de septiembre del 2001, uno en Nueva York, y otro en Washington, más un avión de pasajeros que fue obligado a precipitarse a tierra, que produjeron un saldo de 3900 muertos, cerca de 4000 heridos y la decisión de una mayoría de países de la ONU de crear una coalición que invadiera a Afganistán y pusiera fin a los desmanes de un gobierno de vándalos y forajidos, que en lo posible debían ser detenidos, juzgados y condenados por “crímenes de lesa humanidad”, y darle el apoyo necesario al movimiento democrático de Afganistán para que fundará una república donde una democracia constitucional fundara las bases de un Afganistán en libertad, y pleno disfrute de sus derechos y garantías ciudadanas.

Fue una guerra corta, de poco más de un mes, donde el Talibán fue derrotado y separado del poder, pero cuyo principal profeta, factor y conductor pudo huir a las montañas de Tora Bora, un macizo montañoso que separa a Afganistán de Pakistán, con alturas que alcanzan hasta los 7000 mts, y desde el cual, cada cierto tiempo llamaba, vía internet o televisión por cable, a continuar la jidah o guerra santa, para que los infieles o enemigos del Islam desaparecieran de la faz de la tierra de una vez o para siempre.

También autorizó o patrocinó atentados, como los del 11 de marzo del 2004 en Madrid con un saldo de 199 fallecidos, otro en Londres el 7 de julio del 2005 donde murieron 57 personas, y un último el 12 de octubre del 2002 en un hotel en Bali con 202 asesinados.

No fue, sin embargo, sino en la guerra de resistencia que siguió a la invasión de Irak el 20 de marzo del 2003 por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña para desalojar a Saddan Hussein del poder (como en efecto sucedió), donde puede decirse que Al Qaeda y Bin Laden tuvieron una presencia más firme, continua y con alguna esperanza de éxito, así como en conflictos como el Somalí y la guerra civil que se vienen desovillándose en Yemen.

Pero nada que derrotara a los enemigos del terrorismo y del fundamentalismo y evitara que Afganistán, Pakistán e Irak sean hoy repúblicas democráticas donde las satrapías y las dictaduras militares y mesiánicas lucen cada día más lejanas.

Todo lo contrario: en lo que va del 2011 el norte de África, y el Medio Oriente, están siendo sacudidos por una ola de protestas donde millones de hombres y mujeres, jóvenes y viejos claman por que el islam se laice, modenice y democratice y sea una región donde la igual que en Europa, América y Asia, la democracia y la libertad siembren para siempre las semillas del progreso, la justicia social y la igualdad.

O sea, que todos los ideales contra los que luchó hasta el delirio, Osama Bin Laden, y a los que cuales tuvo que ver al final de sus días con un dejo de resignación, desesperanza e impotencia.

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