Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

Libro en PDF 10 MITOS identidad mexicana (PROFECIA POSCOVID)

  Interesados comunicarse a correo: erubielcamacho43@yahoo.com.mx  si quieren versión impresa o electrónica donativo voluntario .

sábado, 14 de mayo de 2011

El retorno de quetzalcoatl

El retorno de quetzalcoatl

El centro de las creencias mesoamericanas era la promesa del retorno de la Serpiente Emplumada - una promesa que cae dentro de esa categorización religiosa a la que los antropólogos llaman "mesianismo". Pero el mesianismo tolteca no era plano, como el de los judíos y cristianos, pues, aunque partía de la común idea de que el Creador se manifiesta en la tierra para ayudar a evolucionar al ser humano, no entendía dicho proceso redentor como algo que ocurre de una vez y para siempre, sino como parte de una recurrencia eterna: "¡Eternamente se escuchará mi voz proclamando la palabra de la verdad!" (Chilam Balam, Jaculatorias)

En consonancia con esta creencia, los voceros de Ketsalkoatl fueron vistos como portadores de un mensaje evolutivo. El último de ellos fue el príncipe de Tula Se Akatl Topiltsin Nakshitl, quien vivió en la segunda mitad del siglo X después de Cristo. Tal como habían hecho sus predecesores, Topiltsin también prometió regresar, según nos dice un cronista: "Topiltzin (N)acxitl dejó a sus gentes en Tollan y se fue por la orilla del mar. Y, al marchar, dejó dicho que algún día volvería a ellos." (Chimalpahim, Relaciones originales de Chalco Amaquemecan)

El único modo de entender la promesa de Topiltsin, es adentrándonos en la visión profético-calendárica de los antiguos mexicanos, algo que me propongo hacer en el siguiente artículo.

El profeta tolteca

Todas las culturas han tenido profetas, individuos que canalizan las esperanzas y los temores de los demás. Sus profecías dependen del modo como conciben al tiempo. Las culturas de la herencia judeo-cristiano-musulmana ven el tiempo como una continuidad rectilínea en la cual se engarzan los sucesos por simple ley de causa y efecto. Resulta natural que el profeta bíblico sea un místico exaltado en contacto con un dios casi siempre impredecible, y que sus premoniciones prácticamente carezcan de todo intento de ajuste cronológico.

Los antiguos mexicanos, en cambio, veían al tiempo como una ciclicidad. "Los sacerdotes indígenas se persuadieron de que los sucesos humanos no ocurren en forma lineal, sino que tienen pautas en su desarrollo semejantes a las de un ser vivo, con ciclos de ascenso, plenitud, retrogresión y caída. Aquí no había cabida para fenómenos definitivos, al modo del rescate o la revelación de los cristianos." (F. Díaz, La Doctrina Tolteca de los Ciclos)

Según afirma un libro sagrado maya, no sólo los seres creados, sino incluso los dioses tiene su momento de exaltación y caída, metaforizado y medido por el curso de los astros: "Todo camina y pasa… Porque tiene su fin el observar la trama de las estrellas, desde donde, custodiándonos, nos miran los dioses – los dioses que están aprisionados en (los ciclos de) las estrellas." (Chilam Balam de Chumayel)

En este contexto ideológico, el poder de predecir se desarrolló con el rigor de una ciencia exacta, ya que los profetas toltecas eran hijos del calendario y sus promesas contenían fechas concretas. El término "profeta" resulta inadecuado para describir a aquellos especialistas, cuya función no era adivinar lo que iba a pasar, sino leer el curso de la historia y adelantar interpretaciones estadísticas.

El profeta tolteca se consideraba a sí mismo en los términos de un investigador moderno. En lugar de imponer sus predicciones, las sugería, después de analizar concienzudamente un gran cúmulo de apuntes en sus libros de amate. Su intención no era reflejar los dictados de los dioses, sino descifrar las leyes del movimiento social. Como cualquier científico honesto, incluso se permitía márgenes de incertidumbre; una frase que se repite varias veces en los libros de Chilam Balam, es la siguiente: "Tal es la promesa del ciclo; si ocurrirá o no, sólo Dios lo sabe."

De hecho, las profecías prehispánicas no pertenecían a la teología, sino a la ciencia cronológica; más que contener una intención moralizadora, lo que procuraban era ajustar los eventos a ciertas pautas astronómicas. En la vida social, aquellas profecías tenían la misma función que los horóscopos en el ámbito personal. Tal como el niño recibía un nombre calendárico al nacer, que dictaba o, mejor dicho, sugería su destino, también los pueblos, por el sólo hecho de vivir en una determinada época, tenían una marca celeste que precondicionaba sus acciones.

Pero, el radio de acción de las profecías iba más allá de la sugestión social; a través de la doctrina de los ciclos, se insertaban en el ámbito cósmico, transformándose en una verdadera escatología, es decir, en una ciencia que procuraban explicar nuestro papel, posibilidades y destino dentro del flujo de los poderes divinos. De ese modo, el pensamiento mesoamericano rompió el límite entre lo particular y lo universal, entre lo histórico y lo eterno, un hecho que se refleja en la capacidad de las fechas maya-olmecas para inscribir con precisión un día en un marco de tiempo que excede por mucho a la duración del Universo.

Además de presagiar sucesos, las profecías de Anawak tenían una vocación mágica, funcionando como un elemento de conjura frente al asalto del caos. Al someter el pasado a número y medida, el profeta mesoamericano no sólo pretendía trazar pautas para entender el porvenir, sino, sobre todo, imprimir a la historia su propia intención, modelándola cual arcilla fresca para que se ajustara al proyecto civilizador tolteca.

En aquella visión, la dinámica de las eras creativas, además de concernir a los tiempos míticos y geológicos en los cuales se desarrolló nuestro planeta, estaba íntimamente ligada al devenir humano. La idea era que, puesto que somos producto de una Naturaleza que nos imprimió su molde, nuestros biorritmos siguen pautas calendáricas, y sólo en sintonía con ellas somos capaces de realización.

Al aplicar este análisis a la historia de México, llegamos a un sorprendente resultado: los grandes sucesos, tales como la fundación y el abandono de las ciudades, las alianzas y las guerras devastadoras, la aparición de los profetas y los cambios en el simbolismo religioso, e incluso algo tan reciente como el colapso del último reino maya a 1697, coincidieron puntualmente con las predicciones. Podríamos explicar esto de un modo racional, suponiendo que los dirigentes de aquella sociedad manipularon la conducta del pueblo a fin de que corroborara sus cálculos. Sin embargo, hay un suceso que pone en duda semejante interpretación: la llegada del conquistador Hernán Cortés y sus huestes, precisamente en el momento marcado por la profecía.

El milenio tolteca y la llegada de los españoles

La herramienta que nos permite entender las profecías toltecas, en particular, las referentes al retorno de la Serpiente Emplumada, es el calendario de Anawak. Esto se comprende mejor si observamos que los mesías mesoamericanos recibieron sobrenombres calendáricos; por ejemplo, Topiltsin se llamó Se Akatl, uno caña; su predecesor, Nanawatsin, fue Chiknawi E'ekatl, nueve viento, mientras que el primero de ellos, Sipaktonal, también fue conocido como Se Sipaktli, uno dragón.

Como regalo a los hombres de Sipaktonal, y debido a que su prodigiosa exactitud servía para medir los ciclos de los astros-dioses, el calendario se consideraba materia sagrada. Probablemente, el más sagrado de los ciclos fue un lapso de 52 años al que los cronólogos llamaron Shiu’molpilli, atadura de años, hoy más conocido como Ciclo del Fuego Nuevo. Este lapso les proporcionó una herramienta capaz de dar sentido al pasado y predecir el futuro, razón por la cual se usaba para quemar los emblemas y enterrar los templos, en señal de renovación.

Ahora bien, cada ciclo de Fuego Nuevo se atrasa en trece días con respecto a 52 años naturales. Puesto que la cantidad de nombres de días a disposición en este calendario era 260, tenían que transcurrir veinte ciclos de Fuego Nuevo para que de nuevo volvieran a coincidir las fechas y el cielo. Así surgió la otra gran periodicidad de este calendario: una sucesión de veinte Fuegos Nuevos o 1040 años al que llamaremos "milenio" tolteca.

Aunque este "milenio" se origina en un sistema de medición del tiempo muy diferente a los que existían en el Viejo Mundo, es significativo que dure casi lo mismo que el milenio descrito en la Biblia, el Zend Avesta y otros libros sagrados del Oriente. Ello delata antiguos recuerdos impresos en la memoria profunda de nuestra especie, que encontraron cauces paralelos en Asia y América.

Un aspecto importante del milenio tolteca es que, como todo ciclo en aquella cosmovisión, estaba organizado en mitades, la primera positiva y aspectada por Ketsalkoatl, y la segunda negativa y aspectada por su complementario dialéctico: Teskatlipoka. Esta matriz cronológica ejerció enorme influencia sobre la sociedad mesoamericana, tal como podemos ver en el siguiente ejemplo:

Quedó bien documentada la impresión que ocasionó a los anahuacas la llegada de los europeos. Lejos de tomarlos como invasores, los acogieron como señal de Ometeotl pues, para ellos, era imposible que el Ser Supremo no hubiese decretado un suceso de tal magnitud, como el reencuentro de los continentes. Así lo expresaron los sabios mexicas a los primeros frailes franciscanos llegados a México:

"Entonces un señor de los Quequetzalcoa se levantó, saludó a los sacerdotes y pronuncio un gran discurso en el cual dijo: Señores, habéis venido a esta tierra con grandes trabajos, os ha permitido llegar Nuestro Señor, el Humano… De entre las nubes habéis salido, de la niebla del océano, pues el Dueño del Cerca y el Junto os ha enviado como sus ojos, sus oídos y sus labios." (Coloquio de los Doce)

Los reportes de los cronistas nativos y europeos demuestran que los españoles fueron el elemento catalítico en un clima de gran tensión que ya existía en Anawak desde antes de su llegada. En los comienzos del reinado de Moteku’soma (Moctezuma), aparecieron en el cielo señales que presagiaban un cambio - y no era un cambio bueno, pues el rey trató de conjurarlo. Esta sugestión negativa no sólo marcó el reinado de Moctezuma, sino también la política que siguió en sus relaciones con los europeos.

Para los españoles, el descubrimiento de México tuvo un carácter militar y comercial. Los historiadores actuales lo ven desde una óptica cultural e historicista. Pero los mesoamericanos lo vivieron desde dentro, tomándolo como la confirmación de sus más acendradas creencias mesiánicas y milenaristas.

Sin embargo, lo extraordinario de este episodio no fue el modo como sus diversos actores lo interpretaron, sino el hecho de que la llegada de Hernán Cortés a México en 1519, ocurrió exactamente 520 años después de la desaparición de Topiltsin, es decir, en el momento en que debía comenzar a regir la mitad sombría del ciclo de Ketsalkoatl. Si esta sincronización no es fruto de la casualidad, entonces hay que aceptar que las profecías toltecas reflejan ritmos sociales reales, capaces de influir sobre toda la humanidad, y no sólo sobre los mesoamericanos.

Un futuro advenimiento

Contrario a lo que afirman casi todos los historiadores, el análisis de las crónicas contemporáneas de la invasión demuestra que los anahuacas no tomaron a los españoles como emisarios de Ketsalkoatl. Veamos como ejemplo la siguiente respuesta, dada por un informante nativo al cronista Bernardino de Sahagún en la década de 1550: "Vendrá el día en que él (Ketsalkoatl) retornará (al Anawak) para conocer de nuevo su estera y su trono" (Sahagún 12.9). Como vemos, esta respuesta transfiere el retorno a un tiempo futuro.

Encontramos una idea parecida en el siguiente texto de Chilam Balam, escrito hacia 1595: "Los sacerdotes (antiguos) se acabaron, pero no se acabó su nombre, tan antiguo como ellos. Solamente por causa del período de la locura, por la locura de los (nuevos) sacerdotes, entró en nosotros el cristianismo. Los cristianos llegaron con un Dios 'verdadero', pero ese fue el principio de nuestra miseria. Pues ellos son el Anticristo sobre la tierra, el devorador del pueblo. Mas, aún ha de llegar el día en que suban hasta el Dios Único las lágrimas de nuestros ojos, y de un golpe baje su justicia sobre el mundo. ¡Verdaderamente, es Su voluntad que regrese el Músico Celeste para raerlos de la superficie de la tierra!" (Chilam Balam, Libro de los linajes)

Para entender cuándo se cumple esta promesa, tenemos que analizar los textos proféticos que se conservan. Afortunadamente, contamos tanto con la versión nawatl como con la maya, escritas con dos claves calendáricas diferentes, lo cual nos permite triangular los datos para llegar a conclusiones firmes.

La fecha nawatl fue reportada por Ixtlilxochitl, quien afirma que Se Akatl Topiltsin prometió regresar “en un año que lleve su nombre” (Relaciones 1:20). La fecha Uno Caña se repite cada 52 años, por lo que esta promesa es bastante ambigua. Sólo cobra sentido si la interpretamos en el contexto del ciclo de los Fuegos Nuevos, ya que, únicamente cada 1040 años, la fecha Se Akatl vuelve a acercarse a un mismo día astronómico. Si contamos esta cantidad de años a partir del nacimiento de Topiltsin en el 947 después de Cristo, ello nos lleva al pasado año 1987. En ese momento comenzó un ciclo de 52 años regido por el signo de Se Akatl, que se extenderá hasta el próximo 2039.

Por su parte, la versión maya de la profecía da una fecha más precisa: "El Katún Cuatro Ahau se asienta en Chichén Itzá. Llegará el quetzal, el ave preciosa, al árbol dorado. Regresará el vómito de sangre por cuarta vez. Llegará la Serpiente Emplumada a los Itzaes ('iniciados'). Es la cuarta vez que habla su ciclo, la cuarta vez que retorna al Itzá." (Chilam Balam, Segunda Rueda de Katunes)

Observemos que la manifestación prometida forma parte de una serie de advenimientos, pues es el cuarto retorno, es decir, el quinto suceso en orden lineal. La llegada del “ave preciosa” al “árbol dorado” es el reencuentro del quetzal y la serpiente, un suceso que, en la expresiva prosa de Chilam Balam, afectará las entrañas de la tierra como un “vómito de sangre”.

En cuanto a la fecha, es relativamente fácil de descifrar. Los katunes mayas eran ciclos de casi veinte años que se contaban en paquetes de trece, generando una periodicidad de casi 260 años. De modo que un katún cualquiera se repite en esa cantidad de tiempo. La combinación de esta profecía con la que se conservó en el área nawatl, demuestra que el katún aludido es el que comenzó en 1993, cuya conclusión será entre diciembre del 2012 y enero del 2013, según la correlación GMT-HMC.

Esta última fecha es particularmente importante, pues constituye el epicentro del período de tiempo que transcurre entre los años 1987 y 2039, determinado a partir del natalicio de Topiltsin. Además, será el cierre una gran edad del calendario maya-olmeca, de casi 5200 años, y el comienzo del fin de la mitad oscura del milenio tolteca, inaugurado en 1519. Pocos meses antes, en junio del 2012, ocurrirá un fenómeno relacionado con el ciclo de Ketsalkoatl que sólo se repite cada dos siglos y medio: el paso de Venus sobre el Sol. La sincronización de todos estos eventos culturales y astronómicos no es accidental, y demuestra que el ciclo predicho por las profecías mayas y nahuas está a punto de cumplirse.

Respondiendo a la señal de las fechas, en el año 1987, el anciano Don Felipe Alvarado Peralta, patriarca espiritual del pueblo de Amatlán de Quetzalcoat (el sitio natal de Se Akatl Topiltsin), anunció a México y al mundo el inminente arribo de la Serpiente Emplumada, inaugurando una festividad que, desde entonces, se repite todos los años en dicha localidad. Dentro del Templo de la Serpiente Emplumada, tomamos esa fecha como señal del fin de la etapa de ocultación del linaje tolteca y comienzo una fase de trabajo público, cuyo objeto es desarrollar una imagen mesiánica basada en las raíces de Anawak, como emblema de unidad mundial y de retorno al Espíritu.

No hay comentarios:

Publicar un comentario