ill Gates publicó recientemente
una nota en la que
alertaba sobre la situación
de la inteligencia artificial:
“La transición hacia la era de
la IA será uno de los tiempos más turbulentos
en la historia humana: ahora
no nos estamos preparando adecuadamente
para esta transición… No veo
evidencias de que los líderes, expertos
y comunidades estén confrontando los
desafíos de manera adecuada. No hay
plan para facilitar la entrada a la era de
la IA”.
Esta observación se ha convertido ya
en un lugar común. El desarrollo de la
industria mantiene su impulso, se acelera
y tiene fracturas. Se ha generado
incertidumbre sobre las consecuencias
adversas de la tecnología y se han
puesto de relieve sus riesgos sin que
haya aún una perspectiva clara de su
naturaleza y alcance. A ello se suma el
recelo que provocan los personajes que
diseñan e impulsan la IA y de un enorme
poder económico.
Ésta es una industria altamente
dependiente del financiamiento, tanto
para el propio desarrollo de la tecnología,
como para el soporte de infraestructura
que requiere, como es el caso
de los centros de datos. La valuación
de las empresas ha llegado a cifras extraordinarias
en un entorno altamente
especulativo y con repercusiones en el
conjunto del sistema financiero global
en cuanto a la asignación de los recursos
y a la gran acumulación de deuda
que se ha generado.
En su edición del 13 de septiembre, el
diario The Wall Street Journal publicó
un reportaje con una cabeza a propósito
que decía: “Cómo el choque entre
el dinero y la seguridad ha creado una
monumental crisis para la IA”. En medio
hay una ríspida competencia entre
las empresas tecnológicas y en especial
la que mantienen OpenAI y Anthropic,
mientras corren hacia su cotización pública
en el mercado de valores. En tanto
admiten que pueden perder el control
de sus poderosos bots. La brecha de
seguridad ha ocurrido recientemente
también en Alphabet (Google) donde el
reconocido Demis Hassabis ha tomado
el mando como científico en jefe.
Los hechos recientes detrás de esto se
han seguido de cerca desde la denuncia
que hizo el investigador de Anthropic
Jacob Coxon el pasado 9 de septiembre
sobre las graves consecuencias derivadas
de la inseguridad de los modelos de
la IA. Señaló que Anthropic y OpenAI
estaban en una carrera para implementar
la “superinteligencia” sin tener ningún
plan de salida.
Amodei y Altman, cabezas respectivas
de dichas empresas, pidieron
públicamente frenar el desarrollo de la
tecnología, cuestión a la que se sumó
también Musk, hasta contar con mecanismos
adecuados de seguridad. El
primero dijo explícitamente que habría
que establecer una fuerte y obligatoria
regulación gubernamental.
Una referencia interesante en este
sentido es que Alan Turing, pionero de
la informática y la computación, precursor
de la inteligencia artificial, declaró
en la década de 1950: si esa tecnología
se convertía en algo posible, podría tomar
el control. Vaya, que una sorpresa
no es. Amodei es una figura muy controvertida.
Al tiempo que ha creado uno de
los modelos más populares y utilizados
en el mercado de la IA, como es Claude,
y de ser protagonista en ese campo,
es quien advierte de los peligros que
representan dichos modelos. Dos de los
investigadores de su empresa –Coxon y
Hubinger– abrieron la disputa acerca de
tales riesgos, cifrando en 10 por ciento
la posibilidad de que la IA haga desaparecer
a la humanidad. No son los primeros
en decirlo. Geoffrey Hinton, Nobel
de física y padrino de esta tecnología lo
ha sostenido en repetidas ocasiones. Es
realmente absurdo proponer tal cosa.
¿Qué significa 10 por ciento en cuanto
a la posible extinción de los humanos?
Tal debate no debería plantearse así de
plano, ni siquiera al uno por ciento.
Amodei impulsa a todo lo que da el
poder de sus modelos y va de la mano
de Altman. Tienen enfrente a los chinos
cuyos modelos de IA se han descrito como
versátiles, de buen funcionamiento y
de menor precio, lo que representa una
competencia relevante en la industria y
en sus fuentes de financiamiento.
La valuación de ambas empresas de
AI se ha elevado hasta cantidades multimillonarias.
Al mismo tiempo que admiten
riesgos que podrían ser catastróficos.
Primero plantearon que habría que
posponer la salida a bolsa de Anthropic
y Open AI mientras se aclaraba el asunto
de la seguridad, ahora Amodei parece
dispuesto a seguir adelante con su oferta
pública inicial en noviembre próximo,
pues ahora es una empresa privada. Vaya
convicciones las suyas. Las presiones
económicas y financieras son grandes y,
así, la disputa por el poder dentro de la
industria.
Del lado de los inversionistas se
cuestiona si las dos empresas pueden
sostener su extraordinario ritmo de
crecimiento, considerando que hay
una mayor sensibilidad al precio de las
acciones en el sector y, por supuesto,
ante el potencial de la IA de destruir a la
humanidad.
Este es un vodevil. Y, mientras, no
puede perderse de vista el significado
de la IA, sus posibilidades y sus riesgos.
Sobre todo si parece haber un consenso
acerca de lo que significa transitar
hacia la era de la IA, que como ha dicho
Harari, representa un cambio sin precedente,
pues la inteligencia artificial
es un agente independiente que puede
controlar el lenguaje, tomar decisiones
autónomas y manipular el comportamiento
humano.
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