Ser estudiante en la UAM-Xochimilco
os hombres y mujeres jóvenes con quienes trabajamos en su formación en la UAM-X son, para empezar, los aspirantes que más dificultad tuvieron para ser admitidos. Porque en esta unidad hasta 89.4 por ciento de los 34 mil solicitantes son rechazados, mientras todos los demás planteles –como Iztapalapa, con 63.9 por ciento de rechazados– son más accesibles. Pero, además, como ocurre también en otras unidades, una significativa proporción de estudiantes desarrolla su formación con profesores precarios. Es decir, académicos con maestría y hasta doctorado, pero con plazas de medio tiempo, concursos y contratos de tres meses, y sueldos de 10 mil pesos mensuales, mientras la universidad usufructúa los recursos de cientos de plazas (un millón y medio cada una) que Hacienda aporta religiosamente. Agobiados, angustiados y sobrexplotados, son estos profesores y profesoras los que por su convicción de docentes se esfuerzan lo mejor que pueden para ofrecer una formación integral a las y los estudiantes y para su esperanza de obtener algún día una plaza definitiva. Son condiciones degradantes y poco propicias para la formación de los alumnos.
Mientras tanto, los estudiantes, dada la política de cerrar con chapas electrónicas las aulas transitoriamente libres, ahora carecen de espacios suficientes para trabajar en grupo en sus proyectos de investigación y para discutir las lecturas con que construyen su profesión. Viven en cuartos de azotea, o en cuartos de casas vecinas o viajan hasta cuatro horas en transporte público. Tienen también problemas para comer deben esperar más de una hora a que avance la larga fila que casi rodea el edificio de comedores y poder así acceder a la comida subsidiada (ocho pesos) y no gastar hasta 50 pesos en torta y refresco en los puestos de comercio de alimentos colocados dentro de la unidad casi al frente del comedor mixto de profesores y estudiantes. Y eso que son condiciones que no hay siquiera en la UNAM, menos en muchas otras instituciones públicas. Finalmente, son estudiantes cuya presencia colectiva y organizada no se reconoce en la política institucional. Así, la designación de autoridades –que debería partir de las y los estudiantes como referente fundamental para las propuestas y planes de trabajo–, se ocupa de planes de estudio, etcétera, pero no de la realidad amplia en que viven y trabajan las y los jóvenes.
Sus demandas e incipientes movimientos son preventivamente ahogados con una retahíla de actividades e iniciativas más orientadas a infantilizarlos y volverlos dóciles respecto de la problemática doméstica, que a fomentar el carácter colectivo, crítico y liberador de su formación. Se quiere borrar no incluyéndola en el presente, la historia de rebeliones y protestas que especialmente en Xochimilco han protagonizado estudiantes mujeres y hombres académicos –aquí fue profesor el subcomandante Marcos del EZLN. Solos o en solidaridad con los zapatistas y los movimientos feministas y estudiantiles no han dejado de luchar, pero las elecciones de consejos o de autoridades no tienen relevancia (ni siquiera para la mayoría de académicos). Porque en ellos ni los estudiantes ni los académicos tienen una relevancia al menos igual que la presencias dominante de los bloques de autoridades.
Algunos de estos estudiantes después ingresaron como académicos o administrativos a la UAM-X y cobran relevancia momentánea cuando la institución los persigue o expulsa. Tengo en memoria y afecto a un joven cuya familia tenía su puesto de periódicos en una esquina. Allí trabajaba Miguel Ángel desde niño, rodeado de textos y noticias y, a pesar de que la plataforma de un camión le golpeó y le dejó una cicatriz en cara y cráneo, pudo luego ingresar como estudiante de sicología y sociología y encargarse durante 27 años de las publicaciones de la División de Sociales. Pero al llegar al poder una nueva generación de “excelencia” y de lindos modales (procedentes de El Colegio de México y de la Universidad de Londres), que todavía hoy considera la educación como instrucción y “privilegio”, la secretaria general de la UAM, Sotelo (por ahí transitaron los Tesla), y el director Expósito de esa división lo despidieron a pesar de una producción de decenas de libros al año.
Mientras la UAM otra vez pide a sus estudiantes que respondan si por su “tono de piel u otros rasgos físicos” se consideran indígenas”, y con eso obligan a recordar que Miguel Ángel es moreno y, en contraste, quienes le quitan el trabajo son blancos y de prosapia. Por eso ahora que se va a designar al jefe o jefa del departamento de Educación y Comunicación, creo que la UAM-X necesita un cambio de color; dejar atrás el engañoso azul cielo; asumir los muchos colores de la tierra y dejar ya de atosigar con preguntas sobre el color de su piel. Regresarles la universidad (el poder) a sus estudiantes y docentes; reparar el maltrato a sus docentes; reinstalar a Miguel Ángel.
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